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Padres adolescentes, niños sobreprotegidos

2011 diciembre 17
por Pilar R. Quirós

        Cuando era pequeña y alguien se metía en un lío, y no solía ser yo (prudente hasta la extenuación, algo que no he mantenido, por fortuna, en mi etapa adulta) siempre escuchaba la voz de una madre o padre que decía algo así: “Son cosas de niños”. Y lo más que hacían era poner paz, y después gloria.

        Pues bien, ahora, cualquier mínimo altercado entre locos bajitos tiene repercusión a mayores. He llegado a ver, horrizada todo hay que decirlo, como una madre recriminaba a un niño, y le decía que si era malísimo por tal comportamiento (muy educativo) cuando la madre del ejemplar en cuestión andaba cerca. No reprimiéndole con buen criterio, algo con lo que estoy de acuerdo, sino con malas formas o malos modos (también muy pedagógico). Y después que la citada queja exagerada causase un mal mayor en el entorno y hasta los padres en cuestión tuvieran palabras de más. “Mi hijo es buenísimo. ¿Tú que tienes que decir de él?” o “lo mejor será que el mío no juegue con el tuyo”. Vamos, un dramón estilo Shakespeare pero con enanos que no superan los cinco años y madres que hace muchos años que los dejaron atrás pero que se comportan como adolescentes (también he visto a padres, aunque menos fogosos).

         A mi juicio, a no ser que se trate de algo verdaderamente grave (una agresión que deje marcas, o una acción temeraria) creo que se debe dejar, siempre que sea posible, que arreglen solos sus problemas. Si alguno pega a otro, entonces se debe actuar exigiéndole que pida el consabido perdón (algo que parece olvidado en pleno siglo XXI, “es que es muy orgulloso”, zanja más de una muy resuelta). Y si éste no se cuaja, llevarse al enano del sitio en el que ha hecho la faena. El castigo es no seguir jugando o no seguir con el amiguito o lo que sea. Pero entrar en disquisiciones entre adultos me parece de no haber superado el estadío de la adolescencia. Con este tipo de comportamientos sobreprotectores solo se llega a un final: niños sobreprotegidos, incapaces de gestionar su vida y, por tanto, unos auténticos inútiles sociales, que necesitan a sus padres para interactuar con los demás. Craso error. A los niños hay que dejarlos que se manejen solos o cuando tu hijo llegue a una empresa le vas a decir en qué mesa sentarse, con quién debe llevarse bien por ciencia infusa o si debe o no patalear cuando algo le sale mal. Educar tiene mucho de sentido común; solo hay que aplicarlo.