La historia agridulce de Málaga

Más de 800 lagares y 12.000 personas habitaron Los Montes de Málaga a finales del siglo XVIII, la época gloriosa del vino de Málaga. Tras la filoxera, se despoblaron. Pero hoy algunas haciendas todavía recuerdan los orígenes agrícolas de las montañas que coronan la ciudad.

LA historia de Málaga era dulce. Al menos, la de los lagares que estaban en las montañas que coronan la ciudad. Una historia tan dulce como el vino que dio fama a Málaga, tanto, que hubo una época en la que en los lugares donde se exportaba no sabían si el vino tenía nombre de ciudad, o la ciudad nombre de vino. Pero hubo un momento de este dulce idilio entre la ciudad y el vino que se rompió. Que se agrió. Y fue cuando la plaga de la filoxera, que entró en 1885, acabó con los viñedos de Los Montes de Málaga. Este insecto acabó con la exportación de pasas y vinos, con la consiguiente pérdida de los mercados internacionales, lo que provocó la caída del comercio y repercutió en la crisis de la industria. El crecimiento de la población también se frenó y llegó a ser negativo en los siguientes años y a lo largo del siglo XX.

Pero hubo un tiempo en el que las vides estaban libres de la plaga y Los Montes de Málaga era un lugar eminentemente agrícola en el que viñedos y olivares ocupaban un espacio que, en época de los Reyes Católicos, fue un bosque de encinas, alcornoques y quejigos. Éstos se cortaron para crear los lagares y se abancalaron los terrenos para plantar las vides y los olivos. Y tal apogeo agrícola llegó a tener esta zona que en 1787 la población era de 12.185 habitantes -«creemos que fue la máxima que albergó este territorio», según se explica en la guía ambiental del parque. E incluso más de 867 lagares, como se indica en el ejemplar ‘Por las montañas de Málaga’.

Hoy, el catedrático de Historia Contemporánea de la UMA, Cristóbal García Montoro y la profesora de Historia Moderna Begoña Villar, tienen una cita con el director del parque natural de Los Montes de Málaga, Rafael Haro y con el guarda mayor, Juan Naranjo, para rememorar una historia cercana, pero muchas veces olvidada, que contribuyó a que, gracias al vino, el nombre de Málaga alcanzara fama mundial. Muchos son los estudiosos que recuerdan que hasta la zarina de Rusia Catalina la Grande, enamorada del dulzor de los vinos Málaga, los eximió un año de impuestos arancelarios. Dicen las malas lenguas que, seguramente, para abastecerse. Pero hoy no hay sitio para la realeza, y sí para una de las formas de vida más tradicionales y agrícolas que se han asentado en la capital: los lagares. «Tal fue la importancia del vino, que el lagar, la dependencia en la que se elaboraba el vino acabó dando nombre y condicionando la estructura de la vivienda de Los Montes de Málaga», según explica la guía ‘Lagares y vino’.

La primera parada de esta visita para conocer cómo vivían estos agricultores es en el lagar de Torrijos. Este inmueble, ahora llamado Ecomuseo Torrijos, contiene una prensa para la uva, un molino de aceite, y decenas de útiles para la labranza de la tierra. Nada más entrar, el visitante disfruta con una estancia larga, donde está la prensa de la uva. Aquí, los hombres calzados con alpargatas de esparto pisaban la uva, y una vez que extraían el primer zumo, metían la masa obtenida en unas capachas, y éstas se estrujaba en prensa de la viga, formada por un gran tronco de madera de gran peso, como explica el guarda mayor, Juan Naranjo. La piedra del molino de 1.000 kilos llegaba a prensar en un punto con una fuerza de 40.000 kilos. Este artilugio, ingenioso donde los haya, data de 1843. Detrás, la cocina. El horno para hacer pan y una olla que cuelga del techo. «Esta es la olla de cucharón y paso atrás», dice muy gracioso el director del parque. «Sí, vamos, que como de la olla comían tantas personas, pues cada vez que una metía el cucharón se echaba atrás para que la siguiente también comiera», según explica entre las risas de la comitiva.

Trillos, viergos para aventar y separar el grano de la paja. Y más adelante, una estancia con tinajas, «donde se almacenaba el vino durante cuarenta días hasta que fermentaba, es decir, cuando los azúcares se convertían en alcoholes. De aquí se sacaba lo que conocían como mosto, y luego realizaban el trasiego a la barrica, durante nueve o diez meses para elaborar el vino», indica Juan. Después, los vinos se metían en dos pellejos y los bajaban en mulos hasta Málaga, que en aquella época se presume como un gran viaje de 20 kilómetros.

Molino de aceite

En la siguiente estancia está el molino de aceite. «Cada rodillo o piedra (hay tres) pesa 200 kilos -subraya Juan-, que eran movidos por una bestia». Detrás, una prensa de piquera o breva, -continúa-, que se llamaba así por los mangos de manejo. «¿Mira, la prensa es de Ruperto Heaton!», dice Cristóbal extasiado. «Este inglés, Rupert, que españolizó su nombre tenía una fundición en Huelin, ‘Heaton & Bradvury’. Al parecer, empezó trabajando con los Heredia, y luego se independizó», dice Cristóbal mientras indica que las barras de la prensa son de acero y el resto, de hierro fundido.

Curiosamente, Heredia también tenía su lagar, don Timoteo, así que parece ser que el gran industrial riojano tocó todos los palos. Muchos señores tenían colonos en sus lagares, y otras familias, menos pudientes, se dedicaban ellas mismas a las labores de las vides.

Pero la gran pregunta es: ¿De quién era el lagar de Torrijos? Al parecer, comenta Juan, pertenecía a un militar de alto rango que se apellidaba así, «pero esto tampoco está muy claro», matiza. En la puerta, un pequeño recuadrito verde. «Aquí es donde la guardia civil dejaba una señal a sus superiores, bajo llave, de que habían pasado para vigilar el cortijo», dice el guarda mayor mostrándolo.

Salida al lagar Jotrón. De camino, Begoña Villar explica que esta hacienda pertenecía a un francés llamado Juan Bautista Maury. Llegó a Málaga con 12 años, en 1757, y entró a trabajar en una tienda de otros franceses como dependiente a la espera de montar su propio negocio. Finalmente, lo hizo: ‘Juan Bautista Maury, hermanos y Cía». Maury amasó una gran fortuna. «Compró bienes inmuebles tanto urbanos como rurales y estableció en Málaga dos fábricas, una de jabones y otra de licores y perfumería», según indica en un artículo esta profesora en la revista ‘Baética’.

El lagar de Jotrón, que le perteneció a Maury, muestra varios detalles de haber sido una gran casa con fachadas llenas de frescos, según cuentan los lugareños de las cuatro estaciones. «Es más, uno de ellos, una mujer, la recuperamos y la llevamos a Torrijos», indica el director del parque. La casa casi derruida, que muestra elementos decorativos de un gusto exquisito, tiene una preciosa torre (la de la viga de la prensa), que se asemeja a la fachada con espadaña de una iglesia. Y ahí, como escondida, está la pierna de Hércules. Y a los dos lados, casi borradas, las dos columnas, que simbolizan el límite del mundo, la última frontera para los navegantes del Mediterráneo. Dentro, dos grandes hornos: uno para el pan y otro para fabricar los ladrillos. Tres plantas, cuadras, vaquerizas, chimenea al gusto francés, múltiples habitaciones y unas enormes ventanas y arcos. Los que la vieron en pie dicen que era una «señora casa». Y ahora, los que la ven derruida, sólo con echar a volar la imaginación piensan, con pena, lo que se ha perdido.

Exportación

Este lagar, el de Torrijos, el de Heredia, y otros muchos, entre los más de 800, muestran cómo el cultivo de la vid, y, en menor, medida del aceite en Los Montes, fueron grandes impulsores de la actividad exportadora de Málaga, que estuvo íntimamente ligada a la explosión industrial de la capital. Tanto, que en muchos casos, los mismos apellidos, muchas veces extranjeros y emigrantes de otros puntos de España que se enriquecieron en Málaga, son los impulsores de la actividad industrial y la agrícola. De ahí se entiende que cuando la filoxera acabó con las vides, Málaga se resintiera enormemente.

El abandono de los lagares y de los cultivos dejó Los Montes vacíos. Y la falta de arboleda provocó que las grandes avenidas inundaran Málaga en 1901,1902, 1905, y 1907, ‘la riá’, en la que los sedimentos taponaron el puente de Tetuán y desviaron las aguas por encima de los muros de canalización. Más tarde, siendo ministro de Fomento el conde del Guadalhorce se aprobaron en 1927 los trabajos de corrección hidrológico-forestal (que ejecutó el ingeniero Martínez Falero), que crearon, con la plantación de pinos carrascos, lo que hoy conocemos como el parque natural Montes de Málaga.

Todavía, algunas botellas de vino que en su día embotelló la Junta para mantener activa la prensa de Torrijos tienen una preciosa leyenda en latín: ‘Vinus laetificat cor hominis’. ‘El vino alegra el corazón de los hombres’. «Y el de las mujeres», añade el catedrático entre las risas de la comitiva, que hoy quiere rememorar el pasado dulce de Málaga. El de su vino, que dio la vuelta al mundo. El que se ‘criaba’ en Los Montes que hoy, llenos de pinos, cobijan la ciudad.
 
Diario Sur, 25/03/07

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