En el lenguaje habitual existe, a veces, una confusión entre dos expresiones que son diferentes. Se mezclan en las opiniones las expresiones “eficiencia energética” y “reducción del consumo energético”, nos indica el arquitecto ecológico Luis Miquel Suárez-Inclán, como si fueran equivalentes. Sin embargo, bajo cada una de ellas subyacen criterios diferentes y una concepción divergente de la responsabilidad que atañe a cada uno en relación con el uso de la energía. La primera expresión (eficiencia energética) puede excluir a la segunda, y la segunda (reducción del consumo energético) incluye siempre a la primera. Esta es una cuestión esencial para establecer principios y acciones de gobierno en relación con la eficiencia. En este día dedicado a tan importante cuestión, es necesario transmitir con claridad a la ciudadanía qué queremos decir y a dónde nos conduce. Se puede aceptar la definición de eficiencia que expresa Jeremy Rifkin como “la obtención del máximo resultado posible en el mínimo de tiempo y con la mínima inversión de trabajo, energía y capital”. Curiosamente, como han puesto de manifiesto otros autores, esta definición no contiene ninguna mención en relación con la calidad del producto. Por ello, el concepto de Eficiencia Energética significa obtener más rendimiento de cualquier recurso energético, sea éste cual sea, sin tener en cuenta si es renovable o no lo es. Por otro lado, si consideramos definiciones reduccionistas de Eficiencia Energética, no es preciso que una mayor eficiencia determine una reducción o racionalización del consumo, es incluso es aceptable que la consecuencia de una mayor eficiencia estimule el incremento del consumo, considerando que el incremento del consumo muestra algunos aspectos positivos, respondiendo a una pretendida mejora de la calidad de vida o, como indica Miquel Suárez-Inclán en un libro de próxima publicación, respondiendo a una creciente demanda de los consumidores que se presupone legítima. La prioridad concedida hoy a la eficiencia energética por algunos sectores no se basa en razones de deterioro al medio ambiente sino en que podría llegar a producirse un colapso social, ante el imparable incremento del consumo, motivado por la carestía y el coste de su obtención de las reservas tradicionales de los recursos no renovables y se apoya en cuestiones como que, al obtener un mejor rendimiento de la energía que producimos, podemos seguir consumiendo de forma pródiga y con ello no alterar nuestras costumbres y las nuevas que nos crean cada día, todas de un elevado coste energético. La reducción del consumo energético significa, sobre todo, entender que todo consumo energético, ya sea bajo, moderado o alto, implica un incremento de la entropía, del desorden del entorno más o menos alejado. La defensa prioritaria de la reducción del consumo frente a la defensa prioritaria de la defensa de la eficiencia como solución tecnológica se basa en criterios termodinámicos. No podemos ir contra los principios de la Termodinámica: la energía ni se crea ni se destruye, pero al consumirla la entropía total del planeta aumenta y su acumulación amenaza la supervivencia de la especie humana. Está hoy bien claro que la tecnología, por sí sola, no nos sacará del complejo atolladero (cambio climático, incremento de emisiones de CO2, guerras, aumento de las diferencias sociales, conflictos de todo tipo, emigraciones masivas, pérdidas de biodiversidad) en que nos hemos metido. No es suficiente la eficiencia energética; hay que reducir el consumo. Alguien ha calculado que en el planeta hay actualmente recursos para que todos su moradores viviesen al nivel de la media europea de los años ochenta o noventa. Esto nos debería hacer pensar. Consumir más no mejora la calidad de vida, el incremento del consumo no equivale al progreso, ni conduce a la felicidad, ni individual ni colectiva. La barrera energética de nuestra cultura de alto consumo existe, y no existe la posibilidad de crecer indefinidamente, el límite de nuestra civilización es nuestro planeta. Todos debemos conocer en nuestros trabajos, en nuestra casa, en nuestra actividad, lo que podemos y debemos hacer por el ahorro, y con ello por la eficiencia colectiva en la utilización de los recursos. La persona que sabe, puede responder, y de eso se trata. Hay que transmitir en el Día de la Eficiencia que, para luchar contra los graves problemas que tenemos, no es suficiente ser eficiente en la utilización de nuestros recursos, especialmente de la energía, sino que hay que reducir. Nuestro futuro depende de esta profunda reflexión que todos, individuos e instituciones, debemos hacer acerca de nuevos modelos donde todos reduzcamos, y para ello la educación y el conocimiento son esenciales, y, en tal escenario, se convierte en esencial la eficiencia.
Manuel Enrique Figueroa, catedrático de Ecología
Málaga Hoy 05/03/07