Cuando mi amigo Pancho me dice al teléfono, con un claro acento americano derivado de su periplo en Boston, “The Lord works in the misteryous ways” (en español sería la bíblica frase: Los caminos del señor son inescrutables) a mi me viene a la cabeza que nunca mejor aseveración para ilustrar lo que uno va viviendo por tierras suizas.
Y es que la frase tiene su miga. Acudiendo a ella pareces tener el culo salvado, porque hurgando un poco en la traducción no viene de la literalidad, ya que la Biblia dice realmente Los caminos del señor permanecen rectos. Habla de un sólo camino, y los anglosajones, como no, aprovecharon para darle ese aire de “misterio” y así justificar con lo injustificable cualquier variable que se pudiera dar.
Como no se trata de hablar de religión, partiendo del hecho que soy un ateo ignorante, estos días que transcurren entre lluvias, tormentas y soleadas jornadas, los estoy aprovechando para ponerme al día en algunas cosas que tenía pendientes. Leer, hacer deporte y, por supuesto, mis labores como amo de casa.
En casa estamos sufriendo las obras de la planta de arriba. Vivimos, en lo que a tranvías se refiere, en la línea nº 6, que es la que lleva desde Bahnof Enge hasta el Zoo. La casa está en la penúltima parada dirección al Zoo, Susenbergstrasse, lindando con el bosque. Es la zona alta de la ciudad. Estamos rodeados de verde y al abrigo de muchos árboles de distinto tipo. Las tardes son maravillosas porque si te asomas a la terraza de la casa o bajas al jardín común que compartimos los del edificio, puedes relajarte escuchando la variedad de pájaros que vuelan entre los árboles con el crujir de éstos dejándose querer por el viento. No sólo vemos pájaros. Tenemos incluso localizada una mofeta que pasa todas las noches por delante nuestra, a la cual le damos galletas, ante el asombro de nuestros gatos que deben creer que esa cosa es un gato persa más grande que ellos.
Y hablando del jardín de mi edificio, yo invitaría a Almodovar a pasarse por aquí para inspirarse en algún guión, o al mismo Alex de la Iglesia, por si quiere hacer “La comunidad II: el reich suizo”. Nuestro edificio es de tres plantas. Vivimos en la primera. Nuestras vistas son a los envidiables jardines de nuestros vecinos adinerados y a una residencia de ancianos de la comunidad judía, que nos deleita cada día con alguna sorpresa. Una noche en vela, porque a algún anciano le ha dado por cantar o ponerse a leer la Torá hasta altas horas, el paseo de los rabinos que vienen hacer visitas y todo aderezado con la multiculturalidad del personal de enfermería. Hay varios hispanos y uno se muere de risa escuchando, mientras se fuman el cigarrillo, expresiones del tipo “ayy mira yo le dejo que se canse, hartita me tiene el viejo”; “el mío se orinó todito y el cabrón cuando le cambié, se volvió a orinar”.
Esas vistas van acompañadas de mis “queridos vecinos”. Creo que somos los únicos que vivimos en pareja. Es una zona del alquiler un poco cara. Lo normal es encontrarse apartamentos pequeños, lo que llamamos en España estudios, que aquí sería del tamaño 1 ½ aumentando a 2 ½ , 3 ½ ….. en virtud del número de habitaciones. Lo del ½ nunca lo entendí muy bien, pero creo significa que tienes cocina. Pues bien, como no iba a ser menos, mi edificio es multicultural también. La Sra. Onhg (una china afincada desde hace años en Suiza), la Sra. Muller, la Sra. Schoop (conocida como la loca, una sueca de 1.85 por 1.85), la Sra. Schooump (muy parecido al otro apellido pero nada que ver), el Sr. Landoff (un medio exhibicionista que tenemos enfrente) y otros individuos a los que no alcanzamos a ver a lo largo del día.
Entre todos debemos intentar vivir en armonía a pesar de la pesadilla que supone compartir lavadora. Aquí lo del condominio se lleva mucho, y el cuarto de la lavadora y plancha se comparte, teniendo que colocar tu nombre en una hoja preparada a tal efecto para coger tu turno semanal. Todos escapamos del día en que la loca sueca coge su día. Esta lava cuando le da la gana. La puerta de su casa es justo la que está más cerca de la puerta del cuarto lavandería, y cada vez que uno baja, lo tiene que hacer de puntillas, porque como está loca perdida, es capaz de salirte con un abrigo de visón y en pelotas. No creáis que es una invención: estos ojitos lo han visto. La sueca descentrada te entra en la lavadora y te impone sus reglas, inventándose cosas como que el administrador se lo ha dicho, o que no hay que lavar porque estamos en fiestas cristianas. A mi me tiene un poco de respeto, pero a la Sra. Onhg y a la otra que se le parece el apellido le has llegado a dejar cartas amenazantes debajo de la puerta a altas horas de la madrugada.
Por suerte, estos días está de vacaciones, por lo que bajar al cuarto lavandería se ha convertido en algo “normal” y sin sobresaltos. De hecho, mientras escribo estas líneas, mi ropa se está lavando y tengo la tranquilidad de que mis calzoncillos seguirán ahí cuando acabe el programa de lavado y no colgados del pomo de la puerta, cuestión que podría asegurar si estuviera la sueca.
Aparte de la sueca la tranquilidad se ha roto estos días en nuestro edificio. Han empezado las obras en la planta de arriba. Hace unos meses, se cambió de administrador, que es como cambiar de propietario. Dado que la planta alta la conformaban sólo dos viviendas del tipo 3 ½ con terraza y no se alquilaban, el nuevo dueño ha decidido tirar tabiques y afrontar una nueva remodelación para convertir la última planta en tres 2 ½ . Y es aquí donde realmente, empieza esta historia.
A diferencia de España, aquí los albañiles empiezan a las 7 de la mañana. A diferencia de España, la Ley protege al propietario, y todos los inquilinos del edificio deben apechugar con las incomodidades que supone una obra. Y a diferencia de España, aquí el albañil debe desayunar trabajando, porque aún no he podido notar que hagan una pausa. Me da que mientras comen el bocadillo, con la otra mano, están con el martillo eléctrico.
Nos habían avisado (aquí todo por escrito) que durante un tiempo íbamos a sufrir las incomodidades de las obras. En un principio, empezaron tranquilos, pero esta semana comenzó el trabajo de verdad. A las 7 de la mañana tienes a 10 personas encima de tu casa amartillando, despuntando y rompiendo todo lo que tienen a su paso. La cuba de escombros la han puesto justo debajo de nuestra terraza con lo que os podéis imaginar que agradable es el ruido. Porque son dos tipos de ruidos. El primero, el del tubo que han colocado, a modo de tobogán, que va desde la terraza donde están las obras hasta la cuba y el segundo, el que me pone de los nervios, el que te coge de sorpresa, el del tonto de turno, que no quiere usar el tubo y deja caer los escombros como un peso muerto. Tras dos horas de vibraciones, ruidos y sustos, a uno no le queda más que pensar en Gran Hermano y entonar “Manu, tienes que abandonar la casa”.
Desde mi casa al Zoo hay una parada de tranvía, pero lo normal es hacerlo andando, puesto que son sólo seiscientos metros. Primero, por la comentada cercanía y segundo, porque no deja de ser una delicia ver como te acercas a la cima de la colina, al bosque, y con suerte, puedes ver el lago.
Toda la zona está conformada por el Zürichberg (bosque de Zürich), el Zoo, unas instalaciones deportivas de la Universidad, conocidas como Fluntern ASVZ, y la sede la FIFA.
Es digno de ver, y en esta zona, por diferentes motivos, me muevo como pez en el agua. Desde el año pasado corro por el bosque y ya he tenido la suerte de hacerlo en todas las estaciones del año, por lo que he visto los cambios en la flora y me he encontrado algún animal (léase ciervo) por alguna de las rutas. Además, el bosque colinda con un lateral del Zoo (visita recomendadísima) por lo que siempre puedes ver a los animales desde otra perspectiva a la que lo hacen los visitantes.
El centro deportivo Fluntern ASVZ es una maravilla de la que disfrutan los estudiantes, profesores y personal de las universidades del cantón. Compuesto de varias campos de fútbol, pista de atletismo, campo de prácticas de golf, gimnasio, pabellones para badminton, baloncesto, pistas de tenis, campos de beach volley y alguna cosa que se me quedará por el camino. Nunca parece haber mucha gente, así que el año pasado, por estas fechas, se me ocurrió acercarme a preguntar cuánto valía la inscripción. Me contestaron que el centro estaba dirigido únicamente al entorno universitario, así que, dolido por la negativa, usé todos mis encantos latinos y aprovechando que soy profesor en una universidad en España, información que le dejé caer como quien no quería la cosa, intenté agarrarme a la última oportunidad que me quedaba para disfrutar de semejante complejo. BINGO.
La secretaria, Renata, se levantó y fue a hablar con el director. A los cinco minutos me ví en el despacho de un guaperas de dos metros, con el que al estrecharme la mano, pude entender que era mejor llevarse bien. Entonces ¿eres profesor en España? Si, soy profesor y claro, me preguntaba si podía venir a hacer deporte aprovechando que, además, vivo aquí al lado. Por supuesto, hombre. Renata, “fuguen luguen volanten” (a partir de ahora el suizo alemán lo transcribiré literalmente como lo recuerdo y/ o escuché). Ahí estaba. Me hicieron una especie de volante. For how many time? Esa pregunta me pilló en fuera de juego, y dije un mes. Así que desde entonces estoy yendo con un volante caducado, pero en el punto de control siempre cuento la misma batalla. No, es que me lo he dejado en casa, pero habla con Renata. Dile que soy el profesor español que vive aquí al lado.
Pues bien, muchas veces corro en la pista de atletismo de Flutern. Colinda con la nueva sede que tiene FIFA en Zürich. Un espectacular edificio, parecido a una terminal de aeropuerto, que desde hace tres años se ha convertido en el cuartel general de todos los intereses que tiene FIFA en el mundo del fútbol, que como imagináis, no son pocos. Siempre estuve tentado en visitar sus instalaciones, pero aquí en Suiza hay que pedir hora para todo. Suele ser normal que recibas un email a principios de junio que te diga “Queridos amigos, el próximo 23 de agosto es mi cumpleaños. Por favor, confirmadme esta semana vuestra presencia entrando en este link y apuntando en la lista vuestros nombres. Para ese día traed cada uno vuestra carne, cerveza y/o bebidas. Yo pondré la barbacoa y el carbón. Saludos”. Es decir, casi dos meses antes ya están organizando la fiesta y encima, llévate tú las cosas. Si pienso en hacer esto en España ya sabría el resultado. No vendría nadie. ¿Motivos?. Por prudente y tacaño.
Decía que la visita a FIFA siempre se me antojó algo difícil, pero volviendo a casa decidí pasarme por la puerta. Al ver que la puerta, de tres metros, automática y corredera, tenía un espacio que me dejaba entrar sin muchos alardes acrobáticos, opté por entrar sin invitación. La entrada es como un largo pasillo de árboles, dejando a la derecha varios campos de fútbol de hierba natural. Al terminar estos pasillos, a la derecha hay una tienda, un restaurante y un gimnasio. En frente un campo de césped artificial de última generación y a la izquierda, el edificio.
En el campo de césped estaban jugando un partido. Unos con peto naranja y otros sin peto. Animado por donde había sido capaz de llegar y viendo que en los banquillos no había nadie, me puse a contar el número de jugadores que había en el campo. 1,2,3….. 21 y 22. Ayyy, mala suerte, no puedo jugar. Me acerqué al portero que tenía más cerca. Un chico jamaicano, según pude entender por el acento y porque a los cinco minutos ya habíamos entablado alguna conversación. Yo, en mi línea, rompiendo el hielo “Good job, goalkeeper”. El partido lo conformaba una torre de Babel. Escuchaba hablar en español a dos argentinos que jugaban en el mismo equipo. Franceses, brasileños, un ruso, dos ingleses… Me dediqué a intentar acertar de dónde era cada jugador. El partido no daba para más. Mi amigo jamaicano era un flan cuando le chutaban a puerta y de eso se había dado cuenta Beto, uno de los brasileños, que cada vez que tenía oportunidad, le pegaba duro a la pelota para complicar el empeño que ponía el caribeño.
Tras estar deseando que alguien se cansara y tener la oportunidad de que me dieran la alternativa, pasaron veinte minutos, cuando, se aproximó un señor de unos sesenta años y me dijo: “Alo, mein ist Walter” (recordemos que lo pongo tal como me suena). Hi, I´m Manu. I don´t speak german, Sir…. Aha, guy, then Why don´t you play?…. La hemos cagado, pensé. Pues no juego porque estoy de visita. ¿De visita? ¿ y qué te parece nuestra sede?. Fantástica, la verdad. Y los chicos ¿cómo van?. No tengo ni idea, pero a este portero le han hecho en el tiempo que llevo aquí 4 goles. Eyyy, Jammie, How´s the score? 6-4 le dijo el jamaicano. Aproveché que la situación no era muy violenta, o por lo menos, ya había pasado lo peor, para preguntarle a mi nuevo amigo Walter quiénes jugaban. Pues el staff de FIFA. Juegan todas las semanas una pachanga entre ellos. Yo creía que trabajabas aquí, por eso te pregunté que por qué no jugabas. Una vez le expliqué que había entrado a ver las instalaciones y que me había quedado a ver el partido, la conversación se terció en una especie de competición de trivial color naranja monotemática de fútbol. Para competitivo yo, y además, me dolió la pregunta: Is Málaga team playing in Second Division? No… caballero, el Málaga casi juega la UEFA teniendo uno de los presupuestos más bajos de Primera División, así que un respeto. Él me pidió disculpas y seguimos hablando de un montón de cosas relacionadas con el balón. Pero la perspectiva era distinta. Si él me preguntaba, por ejemplo, por un equipo, y hablábamos un rato, al final, me contaba una anécdota que mejoraba cualquier comentario mío por muy erudito que pudiera estar en el tema. Como anécdota pongo la siguiente.
Hablando de la Peace Cup, y el primer partido del Real Madrid de la era Cristiano Ronaldo en el Santiago Bernabeu, le comenté que los árabes del Al Ittihad habían empatado a uno. Ahh, no sabía, yo estaba viendo la final de la Copa de Oro entre México y EEUU (entendía perfectamente por el gesto que me hizo que la vio en directo). Puso a prueba mis conocimientos de fútbol y me preguntó si sabía cómo se llamaba el entrenador del Al Ittihad. Por supuesto, contesté, Gabriel Humberto Calderón, que jugó en el Betis durante los años 80 y fue subcampeón con la Argentina de Maradona en Italia 90. Muy bien, Manu, muy bien. Pues Gabi es amigo mío. Le dije que debería estar contento por él porque el equipo árabe me pareció muy bien conjuntado e incluso mereció mejor resultado. Él, asombrado por mi crónica, dijo: “ ah, ¿si? Pues vamos a llamarlo para felicitarlo. Toma ya, poderío. Alo, Gabi, ça va mon ami? (Calderón jugó muchos años en Francia y terminó su carrera en el Laussane suizo). Es que estoy aquí con un amigo mío (¿ya somos amigos?) y me ha dicho que empataste en el Bernabeu. Sí, sí, Walter, pero el Madrid está empezando y le faltaba gente (eso es deportividad). Ok, ok, bla bla bla,… cuídate mucho amigo. Adiós (esto en español).
Terminó el partido, y Walter me dio su tarjeta de visita por si algún día quería conocer las instalaciones por dentro. Por supuesto. Ha sido un placer, espero verte pronto. Al llegar a casa, lo primero que hice fue acudir a Internet. Google. Walter Gaag. Pues ahí estuve yo dialogando con el mismísimo director de seguridad de todos lo estadios FIFA. La persona que cambió el rumbo de los estadios tras el punto de inflexión que se produjo con la tragedia de Heysel en 1985, donde 39 personas murieron aplastadas por la animadversión de las aficiones y las malas previsiones de la organización en aquella fatídica final que nunca se debió jugar entre Liverpool y Juventus.
Lo que no pudo pasar desapercibido en mi pensamiento es que siendo quién era, él había mantenido una conversación con una persona que se había saltado a la torera la seguridad del recinto. Paradojas de la vida.
Como ya comenté, en casa estamos de obras. Bueno, en el edificio. Tras la anécdota FIFA, me puse a cocinar el almuerzo. Para ello, no sólo me puse el delantal, si no también, unos tapones para los oídos ya que el ruido seguía siendo muy desagradable. De repente, la carcasa del timbre, una lámina del falso techo y un puñado de arena caen al suelo. Era tan fuerte el trabajo que estaban haciendo con el martillo eléctrico, tanto temblaban los cimientos de mi casa, que empezaron a caer cosas. Salí a toda prisa a la calle para, desde ahí, “hablar” con los albañiles. Empecé a silbar para que me escucharan hasta que uno asomó la cara. Tenía tal enfado que se me había olvidado que no hablo una palabra de alemán. El tipo que se asoma me dice Was? y, sobreponiéndome, le espetó Qualcuno parla italiano?. Es la ventaja que tienes en Suiza, que si no es con el inglés es con el italiano, pero siempre te haces entender. Cuando estoy en este tipo de situaciones prefiero usar el italiano, el cuál hablo con más fluidez que el inglés. Él me hace el gesto internacional de la mano para que espere. Al rato sale un tipo gordito con pelo negro y me dice was wünschen Sie? Que a mi me sonó a basbuchensi??? Non parlo tedesco. Mi hanno detto che tu parli italiano…. Si, si io parlo italiano dimmi… Senti, se me ha caído el techo de la cocina, me habéis llenado la casa de polvo y encima, me habéis roto el timbre.. Come?? Lo que me faltaba, el tío no escuchaba nada con el ruido y yo gritando en la calle. Manda a sus compañeros que apaguen la maquinaria y se lo vuelvo a repetir.
Él me comenta que ya estaba al tanto y que a algún vecino ya le había pasado. Que era culpa de la fuerza del martillo eléctrico. Yo le grito que se deje de historias y que tiene que estar atento porque a lo mejor, si en vez de ser yo, es una señora de ochenta años no lo cuenta. Se ríe, y me dice que vendrá a casa a ver lo que ha sucedido. Le digo que no hace falta, que yo comprendo que tengan que trabajar, pero que entre lo que gritan, ríen y el ruido de las máquinas, me deben entender, se me hace insoportable y encima, estoy de vacaciones. Él se apiada de mi. Me dice que se llama Ricardo, y que si me vuelve a pasar algo en casa que se lo diga. Y que no es verdad que ellos griten, pero que intentará decirle a los compañeros que cuando empiecen a trabajar a las 7.30 de la mañana, hablen más bajo.
Volviendo a casa me pongo a pensar si realmente estos pseudoteutones hablan o no hablan alto. Puede ser, me digo, que dado el silencio que siempre reina, cualquier voz fuera de tono parezca aumentada exponencialmente. Puede ser también, que hablen como todos los operarios de la construcción… ¡a grito pelado! La tarde se las tuvo, porque no dejaron el martillo eléctrico en ningún momento, pero al menos, no les escuché gritar más.
Al día siguiente, más de lo mismo. Me fui a hacer la compra, la cuál la hago a dos paradas de casa, en Toblerplazt. Al volver, me puse a limpiar la casa. El día se las prometía felices respecto a la obra, porque parecía que habían dejado de usar el martillo eléctrico. Eso sí, los escombros eran el juego del día. Dejando caer bloques de hormigón desde 7 metros a una cuba de hierro sin previo aviso, es normal que uno viva en el sobresalto. Cuando menos te lo esperabas…. BUMM… y nube de polvo que cubría la terraza, que de forma muy ingenua, había barrido por la mañana.
Mis gatos alucinan con esto de la obra, porque acostumbrados a dormir plácidamente por las mañanas tras sus rutas nocturnas, ahora miran con extrañeza de dónde viene ese ruido y hormigueo que sale del techo.
Estando leyendo el más que recomendable libro de Guillermo Fesser “A cien millas de Manhattan”, escuché, a pesar de mis tapones, un ruido de agua que parecía venir desde muy cerca. Me quité uno de los tapones, y pude acertar a oír que el ruido venía de la cocina. Fsssssssssss. Madre mía!!! La madre que los parió. Me están inundando la cocina. Salgo hecho un león. Subo el andamio, y al llegar a la segunda planta me encuentro a seis hombretones, cada uno en su mundo y trabajando en lo que antes era un apartamento. Busco con la mirada a Ricardo, y no lo veo. Uno calvo se me queda mirando y con muy mala ostia le digo que se acerque. Do you speak italian? Si, si parlo. …. Guarda, siete matti, sta cadendo acqua in casa mia…. Come??? El tipo grita más fuerte que todo el ruido de las máquinas juntas algo así como Stoppen sie die maschinen (parad las puñeteras máquinas). Le explico de nuevo lo que está sucediendo en mi casa, y de un salto coge se acerca a unos tubos, les da dos martillazos. Me dice que le siga que vamos a mi casa. Baja a toda velocidad el andamio. Yo voy más lento. Uno, porque llevo chanclas y dos, porque voy de escalón en escalón, mientras que éste se movía como un bombero.
Scheiße, para nosotros “Chaise”, el mierda de toda la vida. Al ver el charco que se había montado no le quedó más remedio que pedirme disculpas y contarme una historia del “termosifonen” para justificar el desastre. La verdad es que agua no caía, probablemente gracias, a los martillazos que pegó previamente arriba, pero el agua que había caído del “termosifonen” era de color cobrizo y daba una sensación mayor de suciedad. Como aquí van preparadísimos para todo, el tipo saca de uno de los múltiples bolsillos de su chaleco una especia de esponja ultra absorbente lográndome limpiar el desastre en un periquete. Se sucedían las disculpas con la explicación de cómo funciona un “termosifonen”. Una cosa es hablar en italiano con un suizo originario del Ticino, que es la parte italiana de Suiza, y otra muy distinta es hablar en italiano con un suizo de cualquiera de los cantones de habla alemana o suizo-alemana. Questo è un problemennn del termosifonennnn.
Calmadas las aguas, nunca mejor dicho, me puse la ropa de deporte y me fui a Fluntern. Siempre que voy hago la misma operación. Dado que tengo el vale caducado, me doy unas vueltas por la pista de atletismo, me meto en el recinto y veo quién está en el control. Aquí la estrategia está clara. Si es mujer, no hay nada que hacer. La historia de que soy amigo del director no va a colar, y lo mínimo que va a hacer es ir a corroborarla. Si es hombre, ya es otra historia. Para ir al gimnasio tengo que pasar inexorablemente por un control, que no es más que una mesa y una silla usada por algún estudiante o becario que se gana unos francos haciendo este trabajo. Lo mejor es pasar rápido, con decisión y como si lo hubieras hecho mil veces. Normalmente, están enfrascados en la lectura o haciendo algún Sudoku. Los chicos no suelen controlar, pero las chicas, siempre, siempre y siempre, te piden el “pass”. Y es que en este país una de las cosas que tengo claras es que la mujer es la que lleva los pantalones. Es por eso, que muchos suizos los ves por la calle acompañados de mujeres de otros países. Hay un mestizaje fantástico, que da como resultado, una descendencia de niños guapísimos. Esa mezcla suizo-vietnamita, suizo-brasileira, suizo-filipina… no sé por qué pero siempre tiene un algo especial. Ellos no se atreven a reconocerlo, pero para eso están relatos como este, para dar otro punto de vista. Tengo claro que el suizo ante la incapacidad de llevar los pantalones en casa y controlar el carácter de la mujer suiza, busca en otras culturas un carácter más dócil que le haga suponer que es parte importante de la pareja y no un mero títere. Por desgracia, muchas veces lo equivocan y lo que terminan es comprando ese cariño. La famosa canción de Juan Luis Guerra “Visa por un sueño”. De todas formas, no se aleja lo que digo de la realidad si pongo como ejemplo a Federer y a su mujer Mirka Vavrinek.
Estoy de suerte. Hoy no hay centinelas en el puesto de vigilancia, así que no tengo que hacer ningún teatro. Es lógico. Aquí están de vacaciones de verano, y hay poca gente. Al entrar al gimnasio sólo hay una mujer de unos cincuenta años. Me pongo a hacer unos abdominales y ejercicios de piernas. Como no hay música tarareo una canción de Camarón de la Isla que tenía puesta en casa… “mis relucidos luceros ayyy en la Bahía de Cádiz….”
Hacer estas cosas en público a los suizos parece impresionarles, ya que ellos viven en silencio y sin grandes sobresaltos. Noto que la señora me lanza una sonrisilla, pero nada más. Sigo a lo mío. Al rato observo que está buscando algo. Como la veo desesperada le digo Can I help you? Are you looking for something?… No, no, gracias, me dice, busco una pesa pero ya la he encontrado. Lo gracioso es que me contesta en español!!. Ante mi asombro no me quedaba otro remedio que preguntarle por qué sabía que hablaba español. Me contesta que me había escuchado cantar. Resulta que mi acompañante en el gimnasio realiza un doctorado en literatura castellana, y lleva años yendo a nuestro país. Lo está haciendo por amor al arte, dado que su profesión es otra y nada tiene que ver. Es la directora del Museo Nacional de Suiza en Zürich. Lorange, una mujer menudita que me encuentro en un gimnasio de un centro deportivo universitario, resulta ser la que está al mando del museo más importante de la ciudad. Intercambiamos impresiones de nuestros países y de alguna cosa más. Me invita pasarme por el museo. Le prometo que en breve. Vaya semana. Ayer el director de seguridad de FIFA, hoy la directora del Museo Nacional. ¿Mañana? Mañana desayunaré con el Presidente de UBS (el banco más importante de Suiza)… ya puestos a pedir.
Al volver a casa, antes de llegar al portal, noto algo extraño. Está todo mojado. Qué raro -pensé- si no ha llovido. Subo a casa, y veo pisadas de mis gatos por todo el suelo. Uy..uy…uyyyyy. Me acerco a la terraza y me encuentro tremendo “charquero”, como diría aquel Manolo Cabeza de Huevo en la broma del programa “El vacilón de la mañana”. Miro a la calle y veo que la cuba y todos los escombros que están dentro están mojados. ¡¡ otra vez los albañiles!! Salgo disparado a la calle. Me pongo a la altura de la cuba, miro arriba, y antes de que pudiera gritar, uno de los suizos me hace un gesto con la mano para que espere. Grita: ¡Ricardo!, y Ricardo, al cuál le tengo una manía tremenda, asoma. Le tengo manía porque antes de que me pasara nada he visto a Ricardo escupir desde las alturas, eructar su cerveza, rascarse la huevera, y sobretodo, porque es odioso escucharle hablar. Es un tono de voz entre nerd y ultratumba y, además, en alemán.
Ricardo!!! … Dimmi!! Se puede saber qué habéis hecho?? Por qué? Pues tengo la terraza llena de agua. Ah, eso no he sido yo. Guarda Ricardo me ne frega chi è stato avete una testa di….. Me enfado. Me había llevado al límite. Ricardo y otro tipo bajan. Yo me envalentono, saco pecho y me acerco a ellos. ¿se puede saber en qué estáis pensando? Aquí vive más gente… Vado a chiamare ai Polizei!!!! Esto lo han entendido muy bien. No sé por qué pero policía me ha salido en alemán. Ellos me piden disculpas, pero no me dicen qué ha pasado. Yo lo sé. Han echado agua desde arriba a la cuba para no hacer más polvo, pero a la magnífica idea no le dieron más sentido que uno. Resolver el problema del polvo, olvidándose de lo primordial: no molestar al resto de vecinos. Como veo que están jodidos, y quiero que empiecen a tenerme en consideración empiezo a exagerar como buen andaluz. Tenía la colada en la terraza, los zapatos. Me habéis puesto todo hecho una porquería. Los gatos han pisado el agua que, junto al polvo que hay en la terraza por culpa vuestra, se ha convertido en un charco de barro. Todas las patas de los gatos están en el sofá. Ahora ¿qué hago?, ¿qué hacéis? ¿venís a limpiar a mi casa?.
El pobre Ricardo hacía de traductor humillado al otro chico. Ufnain sainen klainen butenn aquen terrazenn… Ja .. Ja… Venga, que no se vuelva a repetir Ricardo. Son tres veces en dos días. No, de verdad no volverá a pasar nada. ¿verdad que ya no sientes el martillo eléctrico? No, es verdad, ya casi no lo siento. Unas risas y tan amigos.
Y es que, como dije al principio, los caminos del Señor son inescrutables, y ya sea en Suiza, ya sea en España, cuando te tienen que pasar las cosas, te pasan y punto.