Tarifa, Almería…. Fuerteventura

A priori fue mera casualidad, serendipia le llaman ahora, que decidiera pasar este puente interminable en Fuerteventura, isla que conozco tras algunas visitas en el pasado pero ninguna con la intención de sentir su máxima expresión: la tranquilidad. Fuerteventura es un lugar donde parece que nada pasa o que todo ya pasó.

Como la inspiración es caprichosa y uno nunca sabe de dónde va a venir, a mi me llegó en forma de SMS que me hablaba de Tarifa y Almería, con tantas cosas en común con la isla que daba pie a un título que alimentaba mi creencia de lo dispares que son los sentimientos entre las personas: Tarifa, Almería y Fuerteventura……. Vicky, Cristina, Barcelona.

Mientras volaba a Gran Canaria desde Málaga, los controladores de este país decidieron ponerse en huelga, con lo que no pude coger esa guagua aérea que es Binter Canarias y sus vuelos entre islas.

La exigencia del nuevo guión hizo que pasara un par de días en Las Palmas junto a mi inseparable amigo Sergio, aprovechando así, para recordar viejos pero no muy lejanos buenos momentos y ver como la ciudad se va marchitando sin parecer que nadie quiera poner remedio. No es en este blog el mejor lugar pero, no estaría nada mal, que la sociedad canaria se diera cuenta que su clase política, sea de la ideología que sea, es la que le ha llevado a este declive donde se han dejado engañar por el truco de la estampita, siendo ésta la del clima de Canarias. El clima es gratis, la educación y la formación tienen un precio. Ahí queda.

El domingo llegué a Fuerteventura con la intención de relajarme aprovechando los días que tenía por delante: deporte, descansar y leer. Tras un año y medio sin pasar por allí, mi amigo Max me recibía de igual manera que siempre, como si fuese ayer la última vez que me vio.

Uno cuando vuela sobre la isla se da cuenta de que es algo totalmente distinto al resto de islas y lo más cercano, probablemente, a la imagen de un desierto “europeo”. Desde el aeropuerto a Caleta de Fuste distan unos 10 kilómetros y es allí donde me quedaría a pasar las noches. La temperatura, como siempre, muy agradable y junto a la ausencia de viento, hicieron de mi primera noche una bonita velada con cena y charloteos varios. Aproveché para darme cuenta de los esfuerzos que se han hecho por dotar a la isla de la mejor infraestructura posible. En Caleta de Fuste uno puede encontrar hoteles de cuatro y cinco estrellas en primerísima línea de playa, spa´s, un bonito paseo marítimo y algo de diversión nocturna. El problema no radica en si está bien o no. El problema surge cuando no hay personas que visiten estos establecimientos. Es curioso observar como todo un complejo de cinco estrellas está al 20% de su capacidad o que un centro comercial cuente a sus visitantes por el número de personas que trabajan en él. En eso también deberían tomar nota los políticos de las islas tan caracterizados por la lucha de intereses, entre los propios y los comunes, que no dejan de ser también los propios, olvidando lo importante que es innovar y no creer que la vaca siempre se puede ordeñar de la misma manera. Quien conozca Canarias sabe a lo que me refiero.

Dado que la ausencia de viento no acompañaba para hacer kite decidí adentrarme en el mundo del surf, del cuál siempre había renegado puesto que creía que para ser surfista había que ser guapo, tener el pelo mechado y tener un tono de voz pausado por el humo de las profundas caladas a la mezcla de hierba y tabaco. Así que, rebosante de optimismo, me levanté la primera mañana, llegué a Corralejo, alquilé una tabla para novatos, pregunté por la situación de la marea y allí me fui, a intentar no hacer mucho el ridículo.

Tuve la suerte de toparme con la solidaridad de un instructor de surf holandés que me dio las primeras nociones fuera del agua. Ahora tocaba llevar la teoría a la práctica en la playa del Burro. Nunca un nombre de playa podría haber sido mejor elegido para una situación como esta.

Tras varios intentos y claro está, gracias a las dimensiones de mi tabla de novato, pude surfear e intentar ponerme de pie. A la hora y media ya era capaz de ponerme de pie y saludar a mi “profesor” holandés. “Mira Baz, estoy de pie”….¿Bass? ¿Balz? ¿Vass? (nunca supe cómo era exactamente pero, también es cierto, que era lo menos importante.

Siempre había tenido la imagen de que el surf no cansaba mucho. ¡¡Qué grande es la ignorancia!!. Mis brazos y mi espalda me recordaban cuánto podemos estar equivocados. Coger una ola es divertido y descarga adrenalina pero remar desde donde te caíste hasta el punto donde deberás coger la siguiente ola, es un suplicio. Por más que me esmeraba, aquello se me hacía eterno pero la experiencia del primer día bien lo valía.

El segundo día fue mucho mejor. Me recomendaron ir a la zona norte, dado que las olas eran más grandes. Y allí me fui, por un camino de tierra interminable que daba buena cuenta de la cantidad de terreno casi inhóspito que tiene la isla. Nuevamente me encontré con Vass ó Bass ó Valz y me explicó todo aquello que debía seguir aprendiendo sobre las corrientes, los arrecifes, las rocas, la prioridad a la hora de coger olas cuando hay “tráfico” surfero…..

A diferencia del día de mi bautismo, donde casi surfeé sólo, aquí había mucha gente y todos se manejaban encima de la tabla con un gran desparpajo. ¿quién dijo miedo? pensé y allí me fui detrás de mi “profesor” holandés caminando por las rocas (¡qué dolor!) con tabla en mano y leash bien agarrado. Mientras me acercaba al punto de encuentro con las olas, veía como los surfistas dominaban la situación pasando a unos centímetros de mí. Tenía la perspectiva de esos cámaras que se quedan grabando el paso de los surfistas. Sí, me refiero a esos videos que todos nos hemos quedado mirando alguna vez, con cerveza en mano, en algún bar que tiene la televisión en silencio y música al gusto del personal.

Primera ola: Bingo. Todo lo que había aprendido, se ve que quedó bien automatizado y pude no sólo deslizarme, sino incluso, ponerme de pie y decidir cuando habría de tirarme. Dos italianos y una suiza se debieron percatar que aquel no era lugar para novatos pero que yo, al menos, era un digno representante. Me arroparon en todo momento con consejos que yo iba asimilando caída tras caída, con algún éxito por medio.

Tras cuatro horas en el agua templada que baña la costa majorera, tuve otro de esos descubrimientos que te da la vida cuando viajas. Un descubrimiento en forma de pequeño restaurante: “Da Uli”, un italiano de Verona que hace las delicias de todos los surfistas que merodean por Corralejo con su excelente variedad de pasta y comida italiana. Uli es un tipo que puede empalagarte pero siempre te sacará una sonrisa: (con acento italianísimo y su mezcla autodidacta de idiomas) “Ciao, chicos ¿cómo están? Hola, my friend Bass. Hoy tenemos taglietelle con salmone molto buono y un riquisimo gnocchi con salsa di queso gorgonzola. This is very good”. El precio, su simpatía y la calidad de su comida sí que son “very good”. Es la ventaja que tienes de saber que “la mamma” de Uli está en la cocina y tú la ves allí tan feliz dando de comer a los hambrientos surfistas.

El tercer día lo dediqué a seguir perfeccionando mi arcaica técnica surfista de “1,2 y 3 arriba” con algún que otro alarde de chulito de barrio. Más de lo mismo. Fui al encuentro con los amigos que uno se va echando por el camino y acabé cinco horas después engullendo dos platos de pasta y un espresso en “Da Uli”. Lo mejor del día, surfear lloviendo. Y es que aparte de la grata sorpresa de practicar un deporte que me ofreció más de lo que esperaba, estar en el mar, lloviendo y surfeando las olas es cuanto menos, bastante gratificante.

Llegué con el tiempo justo de ir a casa de Max, ducharme, preparar todo y coger de nuevo el avión que me llevaba a la realidad del día a día. Eso sí, Almería y Tarifa, habían estado en mis pensamientos todos los días sin saber si la distancia entre ellas es real o no. Pero tengo claro que no hay nada mejor que la vida te sorprenda.

Veremos cuál será la siguiente parada.

PD. A estas alturas, algunos no entenderán la metáfora del uso de Almería y Tarifa pero para eso está la imaginación y la interpretación de cada uno.

Italia es Italia. Y su Telegiornale ¿qué es?

Hoy me dispongo a hablar un poco de Italia, país que tengo la fortuna de conocer. No voy a decir en profundidad, porque creo que es imposible cuando no vives de una manera continua, pero sí que tengo nociones suficientes para saber de qué hablo.

Hace diez años viví mi primera etapa en Italia. Tengo una relación cerrada con el país y, concretamente, con la región de la Toscana por cuestiones personales, por lo que mis vivencias en los últimos años han sido frecuentes.

Pero Italia sigue sorprendiéndome por esa capacidad de engatusar a los foráneos haciendo creer que se trata de un país que, cuando lo conoces, no es tal.

En esa lucha de comparaciones por el reinado de lo mediterráneo entre España e Italia, siempre han sido los italianos los que se han llevado el gato al agua. Sin tener que ponerme a hacer comparaciones ni relatar mitos o realidades como la del aceite italiano, el cual, se produce en Jaén (¿quién no ha escuchado alguna vez esto?), valga sólo el ejemplo del magnetismo que causa Italia entre el género femenino de nuestro país.

Sea lo que sea, Italia es una país de estructuras y organizaciones envejecidas, con una sociedad clasista, partida por sus diferencias, empezando por las del norte (polentoni) y el sur (terroni), que vive el día a día con la idea de que lo que ocurre en su país para mal es “porque es Italia” y para bien, “porque claro: Es Italia”.

Con esto, cualquiera que haya tenido una conversación con un ciudadano italiano me ha entendido.

Como muestra, está el conocido TG-1 o Telegiornale de la RAI-1. Es el equivalente a nuestro Telediario de La 1 en la televisión pública italiana, donde la imagen y el contenido de las noticias está muy alejado de lo que debiera ser la imagen de Italia. Pero como no es un producto a exportar, sino que es de consumo nacional, los recursos y, en definitiva, lo que rodea a esa capacidad innata de vender humo de los italianos, destacan por su ausencia.

No hace falta ver un TG de un día concreto. Cualquier día elegido al azar nos va a ofrecer la misma estructura desorganizada, calidad de imagen con colores al estilo antiguo Soviet, manipulación de la información y, sobretodo, lucha de intereses. El TG hablará siempre del Papa, de un grupo de rumanos que golpearon a un pobre estudiante italiano que pasaba por allí, del meritorio triunfo “della nazionale” contra la potente Chipre en fútbol y, como no, de política. Un país donde hay una veintena de partidos políticos hace que cualquier noticia, normalmente la aprobación de la “legge finanziaria”, conlleve una batería interminable de opiniones donde todas las corporaciones han de tener cabida y donde cada una cuenta lo que le viene en gana. Una pesadez que hace que al final uno se dé cuenta porque es un país donde cualquier cosa que conlleve la palabra Estado es sinónimo de burocracia.

Ni que decir tiene que no tengo espacio para valorar al “premier” Berlusconi. Él si que es un buen ejemplo del mal que está devorando el futuro de Italia. Distraer la atención en el exterior con payasadas es uno de sus mejores números circenses. Sólo recordar la de antes de ayer con el presidente de Serbia al que le cedió la palabra llamándolo Mr. George Clooney.

Si seguimos con el ejemplo del TG, podemos ver corresponsales que parecen salidos de TVE de los años ochenta. Micrófonos con cables y grandes como pepinos. Imágenes en la edición de los reportajes sacadas de una videoteca de quince años atrás y periodistas dinosaurios con un estilo y modo de hacer afín a los intereses que no son otros que los de mantener el puesto. Curioso debe ser el trabajo del director de los informativos a la hora de elegir las noticias, porque evitan la crítica objetiva de los hechos cuando tratan noticias serias y porque, sobretodo, abundan las que generan alarma social, las clásicas de las páginas de sucesos que, normalmente, no protagonizan los italianos de buena fe.

Para muestra, un botón. Hoy, tras abrir el TG con imágenes del Papa haciendo algo que no me interesaba, se habló de Berlusconi, de la subida de la economía italiana del 0,6 % en este último trimestre (evidentemente haciendo comparaciones con otros países para remarcar los logros) y de tres casos, que son los que quiero poner a modo de ejemplo.

El primero, el de una especie de vidente que fue capaz de pronosticar, adivinar o como se pueda decir en este caso, el paradero de una chica que había desaparecido en una región. Ella comentó que la chica había sido asesinada y estaba en el interior de su coche en el fondo de un lago. Vaticinó el lugar concreto, la policía buscó el cadáver y, de manera inexplicable por la razón, allí estaba. De los dos minutos de crónica, salió a relucir este fenomenal hallazgo donde se veía a la vidente, con su estilo copiado de “Poltergeist”, explicar orgullosa como la voz de la chica le hablaba desde el más allá y fue la que le indicó el lugar donde yacía su cuerpo ya “sin vida entre nosotros” según palabras textuales. Además, se añadían declaraciones de la gente del pueblo, agradecidos por la labor de la médium y la pronta captura del asesino por parte de la policía. Esta noticia se convirtió en pantomima cuando, en los últimos 5 segundos de la crónica, después de dos minutos, la periodista comenta “que la policía está investigando la relación entre el detenido y la médium, dado que se conocían y mantenían una relación”. Sin palabras.

El segundo, es ese modo que tienen de narrar la crónica de sucesos. Traduzco sobre la marcha un caso que recuerdo con ligera exactitud. Cada vez que haya un punto hay que hacer una pausa y leer la siguiente frase un poquito más rápido que la anterior. Si se hace con acento italiano, la parodia, tiene tintes más reales.

“Loredana, 22 años, vecina de Brescia. Llegó a casa a las 22.45 h. No había nadie. Ni su padre, Giovanni, 53 años, ni su madre Chiara, 49. Él, calabrese, que llegó a Brescia hace 23 años y se dedica a la fontanería. La madre, ama de casa, que aquella noche salió a ver a una amiga enferma. Loredana bajó al portal a ver si había correo. Anhelaba una carta de su novio, Andrea, 24 años, soldado destinado en Irak, pero lo que se encuentra es a Dimitri. La golpea con un ladrillo. Ladrillo de kilo y medio que seguramente cogió de la obra donde trabaja desde hace un mes cuando llegó de Albania. Dimitri, fuerte, alto y con algún problema anterior con la policía, conoció a Loredana en una discoteca. Esa noche decidió seguirla…”

Acto seguido la imagen de un telefonillo de un portal. Micrófono que se posa en el mismo y la voz de una vecina dando su explicación de lo sucedido, dejándonos siempre con la duda de si lo que quiere es permanecer en el anonimato o si los periodistas la pillaron en mal momento y con la bata puesta.

El tercero, anunciado en titulares, es el claro ejemplo de cómo está la cosa por aquellas latitudes. Un equipo de fútbol de no sé qué división equivalente en España, pero nunca más allá de provincial, ha jugado su partido de fin de semana portando brazaletes negros por la muerte de un miembro de la ‘Ndrangheta, uno de los tres grupos mafiosos que siembran de terror el día a día de Italia. El TG se hace eco de la noticia, dado que el equipo con ese gesto estaba apoyando a un grupo terrorista. Pero la crónica no deja de ser de lo más surrealista cuando sale el capitán del equipo pidiendo disculpas diciendo que les habían dicho que había muerto alguien del pueblo y no sabían quién era y que, por tanto, no fue intención de ellos molestar a nadie. El TG, con el mismo gesto cobarde que los chavales, aunque éstos con la disculpa de saber que sus vecinos mafiosos son parte diaria de sus vidas, no hizo ninguna aclaración más sobre el asunto; ni sondeó ninguna opinión, ni confirmó, ni denunció y, por supuesto, no condenó este acto. El sentimiento que al final quedó de la noticia es el que parte a Italia en dos: Por un lado, el “pobres, no se dieron cuenta” contra el “sí claro, seguro que lo sabían pero viven sumidos en el miedo”.

Es por eso que Italia es Italia. Y como me dijo una vez un amigo sobre el asunto de las prostitutas en la casa de verano de Berlusconi en Cerdeña, “que el premier se vaya de putas no tiene importancia. Todos nos vamos de putas”.

“Puta la gracia que debe hacerles a algunos ver como va el país” fue lo más prudente que se me ocurrió responder.

Ramoncín, un hortera de “chapeau”

Hoy me voy a salir de mi traza habitual de relatos sobre viajes y voy a explayarme un poco con algo que últimamente me está llamando la atención. La tendencia generalizada a querer parecernos y copiar los estatus en beneficio de creer que tenemos clase social, cuestión que está alimentando la escritura de lo que espero sea mi primer libro.

Recibía una llamada telefónica esta mañana donde me contaban un viaje a Nueva York. Sorprendentemente, quien me narraba sus vivencias, vago conocedor de la lengua inglesa, ya no me decía Nueva York, sino New York. No me hablaba de extranjeros, sino de gringos (por cierto, la palabra gringo viene de la expresión que adoptaron los mexicanos cada vez que, en guerras pasadas, escuchaban acercarse al ejercito americano al son de la canción “Green grows the laurel” ). Incluso, me aconsejaba un lugar que daba buena cuenta de su calidad como viajero. El restaurante Tavern on the green, situado en Central Park junto al zoo. Típico lugar donde van a parar los turistas creyendo que están yendo a un sitio exclusivo de Manhattan y no es más que un restaurante para eso, para turistas, donde sólo los americanos más horteras tienen el valor de casarse bajo su techo.

Y como de horteradas iba la cosa, me definió este restaurante, de los que todas las ciudades grandes tienen uno que hace las veces de reclamo turístico, con la expresión “chapeau”.

La carne de gallina y ardor de estómago. Chapeau. Últimamente, escucho esta expresión con demasiada frecuencia. Veo normal que haya expresiones y latiguillos que se pongan de moda, pero creo que nunca ninguno obedeció de tan fiel manera a lo que una expresión hortera se refiere. Parece que quien la usa mezcla su intención de aglutinar todas las posibles soluciones en una y, además, te mete una puntita en forma de galicismo para darle más resonancia a la cosa.

Será que no es rico nuestro idioma para que no haya que reestablecer expresiones como “de quitarse el sombrero”, “de olé” o la que verdaderamente debiera ir en este caso si aplicamos el sentido literal de la expresión, “de sombrerazo”.

No. Preferimos usar una expresión que habremos escuchado a cualquier hortera en televisión y que se ha ido reproduciendo como las “cafards” (cucarachas en francés) para hacernos con ella como seña de identidad de una cultura escasita en recursos.

Y es que el mundo está lleno de horteras que sólo tienen interés en demostrar un estatus que les ampare bajo el abrigo de una supuesta clase social. De eso debe saber mucho el “rey del pollo frito”, José Ramón Julio Martínez Márquez, conocido como Ramoncín y con su sola intención de ser Ramón a quien hoy le tenemos que dar las “gracias” de que nos hayan cerrado el canal del semanal El Jueves en Youtube. Ahora Ramón, sólo queda que acudas a “Sálvame“, gran precursor y defensor de la lengua española gracias a sus tertulianos y digas “este programa es de chapeau” y así nos haces aún más felices a todos.

Helsinki a ritmo de Maija Poppanen.

Con seis grados sobre cero me recibió la capital de Finlandia en mi primera visita a este país. Lo más cerca que había estado hasta entonces había sido Riga, en Letonia, a unos 35 minutos en avión desde Helsinki, dirección Moscú.

Tengo que admitirlo. Mi ignorancia sobre Finlandia es más que evidente. Su conocida capital, organizadora de los Juegos Olímpicos de 1952, sus famosas tasas de nivel de vida y educación, su apreciado vodka, algún que otro personaje ilustre (si se le puede llamar así) como Jari Litmanen, ex jugador del Barça y, como no, mi móvil Nokia, eran mis únicas referencias. De este destino pocas cosas más sabía y se me antojaba más que interesante todo lo nuevo que pudiera ofrecerme. Ahora que lo pienso, hasta no sé si es aquí la casa en donde Papa Nöel prepara sus juguetes durante el año ¿o eso es en la Laponia sueca….? Que más da.

Dicho esto, cuando tomé tierra en Helsinki, una de las primera cosas que hice, como siempre que llego a un sitio nuevo, fue quedarme a curiosear un poco la vida del aeropuerto. Es como una pequeña ciudad que te provee de información y de imágenes que te pueden ayudar a entender un poco mejor el país en el que te encuentras. Fue en ese preciso momento cuando tuve mi primer contacto con Maija Poppanen.

El aeropuerto de Helsinki no se caracteriza por ser bonito. Es más bien austero. Lo único que destacaría es el suelo de parqué a modo de mosaico, como si del antiguo Boston Garden donde jugaban los Celtics antes de los noventa se tratase. Allí estaba sentado, creyendo que era una de esas celebridades que tienen su asiento reservado a pie de pista y que casi pueden acompañar la jugada con las estrellas de la NBA.

Lo que está claro es que imaginación es lo que hay que echar cuando uno se pone a leer los carteles informativos. El finés es un idioma imposible para nosotros. No tiene ninguna raíz parecida al latín donde podamos encontrar una lógica y así poder entender algo. Al oído, se te hace casi como si fuese vasco, con tantas “k” en cada frase. Hay palabras que son más largas que muchas de nuestras frases más completas. Imagino que, una profesora en Finlandia, necesita tres pizarras para explicar qué son el sujeto y el predicado.

En este tiempo también he podido observar que hay tres lenguas que se utilizan de manera oficial: el finés, el sueco y el inglés. Así que me dispongo a coger un “aikataulu-tidtabell-timetable“, conocido como horario de autobuses, y marcharme en busca del centro de la ciudad. En definitiva, tengo tiempo, no tengo sueño y siempre me encantaron las ciudades de noche.

Tengo que recordar que estoy en uno de los países más desarrollados del mundo pero, curiosamente, empiezan a no sorprenderme ya ciertas cosas. Debe ser porque se atisban ciertos pensamientos “a la suiza” en algunos conceptos de mi vida y, por ahora, pocas ciudades me han encandilado más que Zürich.

El autobús sale cada veinte minutos del aeropuerto y hace un recorrido que lleva directamente hasta la estación central de trenes. Al entrar, y tras pagar cinco euros, te dan un itinerario, en el que comunicas al conductor dónde te vas a parar. Si en Suiza la gente es un poco seca, por lo que llevo de estancia finlandesa, me puedo ir preparando. No son personas muy abiertas y me da la sensación de que el extranjero les es molesto o cuanto menos, indiferente. Debe ser un sentimiento arraigado en un país que ha sido sometido y conquistado en distintas ocasiones a lo largo de la historia.

Me siento atrás. El chófer me obliga a ponerme el cinturón. Las reglas en Finlandia han de cumplirse a rajatabla. Al lado mío hay un suizo que venía en mi mismo vuelo, que debe intuir que no hablo suizoalemán, ni alemán, ni nada que se le parezca y me dice en inglés que “los finlandeses son muy estrictos… muy cuadrados”. Me entra la risa. “Si supieras lo que pienso de vosotros, majete”.

Como estamos donde estamos, es decir, en un país en el que tener acceso a Internet de banda ancha es un derecho fundamental (es el primero del mundo que así lo establece en sus leyes), pongo a prueba tal privilegio. Toma ya… Es este momento me acuerdo mucho de mi amigo César Armas: ¡Internet en el autobús! No sé cómo, pero la señal es del autobús. “Internetbus” recoge mi receptor wifi.

Empieza el recorrido. First stop: Mäkelärinne Backasbrinken. Estoy enfadado. Veo las calles en versión Canal+ años noventa, es decir, codificado. Y es que ¿a quién se le ocurre serigrafriar todo el autobús incluidas las ventanas? Hago un esfuerzo y me concentro para observar entre rayas. Nuevamente, veo a lo lejos a Maija Poppanen.

Llego a la estación que es la última parada. Es el centro de la ciudad. Por lo que he podido ver por el itinerario, queda a unos tres kilómetros de mi hotel. Pero da igual. Me apetecía llegar al centro y darme una vuelta desde allí hasta mi cama.

Me sorprendo. Hay más vida que la que esperaba. Mucho movimiento de gente. En Suiza a esta hora (las once y media de la noche) no hay un alma. Aquí la cosa es diferente. La ciudad por esta zona está un poco sucia. Primero, es un sucio a la nórdica. Nada comparable con el sucio de Málaga; una de las ciudades más polvorientas que conozco. Tiene esa impronta de ciudad con puerto marítimo importante. La sensación de frío es enorme. Hay una ventisca marina que te cala hasta los huesos y rocía de humedad las calles. Seguramente esto influye también en la sensación de limpieza de la ciudad. Imagino que el salitre debe deteriorar bastante las estructuras y las envejece con más celeridad que en otros ambientes. A eso, sumar que todas las ciudades con puerto pesquero se parecen. Hay siempre más vida, un olor a mar penetrante, prostitutas en las calles y desdentados hombres de mar en busca de esa compañía. Encuentro más papeles y comida tirada en la calle que lo bien acostumbrado que me tiene Zürich, añadiendo otra salvedad: aquí no hay palomas. En Helsinki, el pajarito que te ronda, que te observa, que te mira, que está ojo avizor para ver si puede “pescar” algo que se pueda echar a la boca es… la gaviota. Pero no una gaviota cualquiera. No. Éstas se han debido cruzar con algún albatros en su cadena evolutiva porque son enormes.

Como tengo hambre, me paro en un puesto y me compro mi primer “baltic hotdog”, un perrito caliente aderezado de la que debería llamarse salsa “no preguntes que le han echado” si quieres seguir comiendo tranquilo. Me siento en un banco y comparto algún trozo con mis amigas las gaviotas-albatros, que hacen de palomas de cualquier plaza española. Están más domesticadas. Se saben conocedoras de su capacidad intimidatoria y no molestan mucho. Y es que la cabeza de una de ellas me llega a la rodilla. ¿Cómo voy a negarles un trozo de mi “baltic hotdog”?

Doy vueltas por las calles. La ciudad tiene un aire que me recuerda a Vigo en algunas cosas y a Rotterdam, en otras. Tengo un poco de frío y, ante la atenta mirada de Maija Poppanen, entro en un bar que se llama “My way“. Así, de primeras, dudo en entrar porque el nombre me parece que evoca más un club gay que un bar para tomarse unas cañas. Es lo segundo y, además, me lo paso bien. A esas alturas ya me estoy dando cuenta que este país debe tener problemas con el alcoholismo, puesto que no son pocos los que van “mamados” transitando por las calles. Muy respetuosos, sí, pero muy “mamados”. Me doy un festival de cerveza y folclore finlandés escuchando a veinte tiparracos cantando a pleno grito y haciendo salves a golpe de jarra. Estas cosas me gustan. Siempre es interesante ver como se divierte la gente de otros lugares. No tan divertida ha sido la cuenta. Madre mía -le digo al salir a Maija Popponen que está delante mía- 25 euros por dos cervezas.

Las finlandesas no son muy guapas. Es decir, que sus vecinas al oeste y al este de Finlandia puedo dar fe de que son de mejor ver. Aún recuerdo la vez que fui a Riga con mis amigos Christian y Sergio, y estuvimos 48 horas en estado de shock por saber si era cierto lo que veían nuestros ojos. Nos dedicábamos, como catetos que salen por primera vez del pueblo, a corroborar todo aquel monumento que pasaba ante nuestros ojos. “¿Tú has visto eso? “Sí, lo he visto… lo he visto” fue quizás la frase más socorrida ante lo que sucedía ante nosotros.

No digo esto con un talante machista. Lo comento con la misma claridad que usan las españolas para decir que el hombre italiano tiene algo diferente que no tiene el español. Que si es guapísimo, que si es elegante y un largo bla, bla, bla que normalmente se acaba cuando se dan cuenta de que el hombre italiano es todo eso más una cosa que se les pasó por alto: Un mujeriego tremendo que, donde dije digo, digo Diego, y ahí empiezan las decepciones.

Y para decepción la que me llevé en mi primera noche cuando, llegando al hotel, me enteré de que no podría ver el estreno de “Maija Poppanen” ya que por esas fechas no estaría en Helsinki.

Maija Poppanen es el modo finlandés de llamar a Mary Poppins. La primera vez que me encontré ante el cartel de “Walt Disney presents: Maija Poppanen“, las lágrimas se me cayeron por culpa del ataque de risa.

Me voy a la cama. Soñaré con Maija Poppanen tomándose una cerveza supercalifragilisticaespialidosa en el bar “My way“. Mañana más.

Casilla por casilla, voto a voto. Corruptelas mexicanas.

He tardado más que de costumbre en ponerme a escribir el siguiente capítulo. Dado que se trata de un tema que puede llevaros fácilmente al equívoco, gracias a la maquinaria de desinformación, me he estado documentando durante este tiempo para escribir de la manera más imparcial posible, dando por hecho que, la imparcialidad, no existe.

Terminaba contando en el anterior capítulo, que la república de México tiene dos presidentes, el oficial y el oficioso. El oficial, es Felipe Calderón (PAN), el oficioso, Andrés Manuel López Obrador (PRD). El primero es de derechas, el segundo, de izquierdas.

Ésta es una historia larga de contar pero de un interés mayúsculo para aquellos que les guste un poco lo social. Muchas veces escuchamos a las personas rehuir de los temas políticos, pero me parece una mezquindad tremenda, dado que todo lo que concierne a lo político se refleja en lo social, y permanecer a expensas, es imposible. Por lo tanto, seguramente, dada la naturaleza que tenemos los españoles a no quejarnos más allá de un simple inconformismo y que somos un pueblo bastante dado a aceptar lo que nos viene impuesto (sólo hay que recordar la guerra de Irak ) esta historia nos puede servir para reflexionar. Seré breve.

La legislación mexicana, al igual que la americana, no permite a un candidato presidir varias legislaturas seguidas. Así que, en el 2006, se celebraron unas elecciones que pondrían en la palestra caras nuevas para el gobierno, fuese quién fuese el partido que llegara al poder. Acabado el tiempo de Vicente Fox (aún recuerdo cuando Fox ganó las elecciones coincidiendo con un concierto de Maná en Málaga quienes celebraron exultantes la caída del PRI, partido que llevaba décadas gobernando), los nuevos candidatos se dirimían en una carrera que empezó con el intento de la Sra. Sahagún de Fox en convertirse en primera dama, como habían logrado los Kirchner en Argentina, donde primero Néstor y posteriormente, Cristina Fernández de Kirchner, daban continuidad a la saga.

La popularidad de la Sra. Fox, dista mucha de la de su marido, y en el año 2005, dada la progresión del miembro del PRD, partido de izquierdas representado por Manuel Andrés López Obrador, se establece una estrategia político-judicial con la clara intención de echar de la carrera hacia la presidencia al candidato López.

Andrés Manuel López no es precisamente un desconocido. Es el gobernador del distrito federal de México. El mismo que ha tenido que aguantar desde la derecha con su estrategia del miedo, acciones de propagandismo que lo ponían en sintonía con las formas y maneras de pensar de Hugo Chávez o Evo Morales. Incluso, en esa maquinaria partidista y de lucha de intereses que son los medios de comunicación en México, se le acusaba en 2005 de aumentar la deuda de las cuentas públicas. López Obrador no sólo no aumentaba la deuda sino que la reducía a límites insospechados: reducción de salarios de los funcionarios públicos de jerarquía alta, la no renovación de la flota de automóviles de manera innecesaria, el uso eficiente de los materiales, la reducción del número de personal ineficaz.. (como anécdota de todos estos datos cuenta un senador que cuando llegó López a gobernar DF, él tenía, heredados de la anterior legislatura, 64 asesores. Se quedó con 5. Estos datos se pueden ver en el magnífico documental ¿Quién es el Sr. López? de Luis Mandoki). Si la deuda, antes de la llegada de López, aumentaba en un 20% anual, con él se logró bajar al 3,5% ahorrando 12.000 millones de pesos anuales a las arcas del DF (1€ +/- 20 pesos).

La popularidad de López sesgó cualquier ilusión de la Sra. Sahagún de Fox, quedando claramente dos precandidatos destacados: Felipe Calderón y López Obrador.

Pero esto es México, y los intereses en juego son tantos que la derecha no se iba a quedar de manos cruzadas. Aprovechando la construcción del Hospital ABC, considerado el más vanguardista de América Latina, López Obrador denuncia el entramado de intereses en dicha construcción, y es que, un hospital con sólo acceso vía aérea, pensad para quién iba dirigido. Es decir, se habían “olvidado” de hacer el acceso por carretera y López lo denunció públicamente y ante la justicia.

Esta causa no la vence López Obrador en los tribunales y se encuentra con que, además, lo imputan por entorpecer la acción de la justicia. Ante el asombro de gran parte de la masa social del país se descubre que todo era un estrategia política para anular al candidato López quien lideraba las encuestas con un claro margen sobre el candidato del PAN (Calderón). La constitución mexicana no permite que ningún ciudadano con causas pendientes con la justicia se pueda presentar como candidato a las elecciones. Esta fue la llave que usó el PAN para desacreditar y promover el desafuero de López.

De aquí en adelante, una infinidad de anécdotas donde se demuestra la debilidad de los procesos democráticos en México. Acciones más dignas de repúblicas bananeras, llevaron a retirarle el fuero a López Obrador, por eso, por solicitar un acceso en carretera para un hospital el cual se había promocionado como “para todos los mexicanos”, y que resultó ser sólo para su élite económica.

El presidente Fox, preocupado en la imagen que dejaría para la historia, decide, tras la presión social enorme que recibía por tal injusticia, dar carpetazo al expediente entregado por el procurador del Estado, y concederle la posibilidad a López Obrador de presentarse a las elecciones. El mismo PAN, con gran torpeza, pagó la fianza de López Obrador, incluso antes de que fuese declarado culpable, lo que demostró que a pesar de su “buena acción” tenía información privilegiada. No contaban con que López Obrador se negaba en rotundo en pagar su fianza a un sistema corrupto.

Y llegaron las elecciones, y con ellas, la vergüenza más absoluta que tiene que ser para un mexicano saber que su sistema político es corrupto. Aconsejo que veáis la película documental “Fraude”, una película que no sólo da datos, que siempre son interesantes, sino que confirma con imágenes, el claro sabotaje que se produjo en el recuento. Miles de votos en sacas desprecintadas sin autorización, recuentos que no se ajustaban al número de votantes de cada mesa, autorización para que los miembros del PAN pudieran realizar “recuentos privados”, llevó al país a encontrarse que su voz y voto no fue respetado. Ganó Calderón por un margen muy pequeño, y con el beneplácito del tribunal superior de justicia de México se validaron unas elecciones que pueden ser, probablemente, el ejemplo en la actualidad del mayor fraude electoral jamás grabado, dadas las numerosas pruebas que los medios de comunicación pudieron obtener. Aún así, la justicia fue más “ciega” que nunca y se puso del lado de los intereses de los corruptos, que probablemente, tengan que ver algo con sus propios intereses.

Por ello, actualmente, y a la espera de las nuevas elecciones, México tiene dos presidentes, donde ya es difícil saber quién es el electo y quién no, pero que la oficialidad la ejerce Calderón y lo oficioso, lo acarrea Andrés Manuel, quien, desde mi punto de vista, emborronó un poco su trayectoria, haciendo una seudo ceremonia de investidura en el Zócalo ante millones de simpatizantes. Ellos, con el grito de “Casilla a casilla, voto a voto” habían conmovido y promovido a todo el país para que se levantara ante tal injusticia. Y es que, muchos mexicanos aún creen que un presidente lo hace su imagen y su porte, pero habría que recordarles que, lo que legitima a un presidente, es el recuento de unas elecciones limpias.

Quiero agradecer a la familia Castellanos y a la familia Álvarez como me han tratado en mi estancia en México DF y lo mucho que me han enseñado a conocer un país magnífico.

México IV: Licenciado Rosell en la UNAM

“Tengo el placer de presentarles a un profesor que viene desde España”. De esta manera, el licenciado Castellanos, me daba paso en su concurrida aula de la Facultad de Económicas de la UNAM para que diera una charla de mercadotecnia, lo que mal llamamos en España marketing, que para eso nuestros colegas mexicanos usan la palabra en español como corresponde. Con esto quiero dejar clara mi opinión de que debiéramos, si es posible, hacer un esfuerzo por usar palabras que tenemos en nuestro vocabulario en vez de anglicismos. Al mismo tiempo que escribo, me doy cuenta, que no soy precisamente el que más predica con el ejemplo. Triste realidad.

Dicho esto y como ya comenté en otro capítulo de este blog, la UNAM es la universidad pública más grande del mundo, y el proyecto cultural por excelencia de México. A petición del licenciado Castellanos (licenciado se le llama a todo aquel que tiene su licenciatura con tesis acabada, como sucede en Italia con “il dottore“), un carismático profesor de contabilidad de costes muy querido entre el alumnado y gran deportista, dí unas charlas sobre mercadotecnia enfocadas a dos temas. Uno, sobre el que estoy investigando para mi doctorado y recabando información en mis viajes, como es la influencia del marketing en la relación estatus/clase social algo que en Málaga, por desgracia, empezamos a mezclar y que, sin embargo, sabemos explicar de manera extraordinaria y popular con la expresión “cateto con dinero“. El segundo tema giraba entorno al comportamiento del consumidor.

El licenciado Castellanos, hombre de gesto noble, pelo cano y aire despistado, ha errado bastante en mi presentación. Ha mezclado mi curriculum de manera bastante graciosa. Donde hice mi primera carrera, puso el lugar de mi segunda. Donde hice el master, puso la ciudad donde resido actualmente y así, para jolgorio del alumnado, una serie de anécdotas que ni yo mismo había vivido.

La primera de las charlas la dí delante de sus propios alumnos. La Facultad de Económicas de la UNAM tiene 15.000 alumnos, es decir, unos 5.000 más que la universidad privada más grande de España sumando todas sus facultades. Esto, a modo de referencia, nos puede dar una idea de la magnitud de la UNAM. Los alumnos cursan 5º semestre, que sería el equivalente al primer cuatrimestre de 3º de carrera (ahora grado) en una universidad de nuestro país.

Llevé una presentación en “powerpoint” que había preparado en el avión durante el interminable viaje de ida. Estuve preocupado la noche anterior a la charla con la orientación que le podía dar porque, una cosa es prepararla cuando no tienes nociones de México y otra muy distinta es, cuando ya llevas unos días, has aprendido cosas, te ha dado tiempo a reflexionar e incluso, estás informado de algunos factores que tienes que tener en cuenta.

Aproveché para comentar este hecho en una cena que tuve con unos amigos mexicanos. En ella pude entender claramente las diferencias de clases que existen en este país. Según iba explicando a mis compañeros comensales cómo iba a dirigir la charla, ellos me iban mirando con escepticismo, como si lo que les contara, aunque les estaba interesando, no fuese a dar el mismo resultado con los alumnos. Quedé un poco decepcionado, sobretodo, cuando uno de ellos me dijo: “No mames, Manu, esos güeys son puro naco”.

A esas alturas de la película ya conocía todas las variables de la palabra “naco”, y comprendí claramente que, en este caso, la estaban usando con un tono despectivo tanto intelectual como económico, que no me hizo mucha gracia.

Llegué a casa, y repasé nuevamente lo que había hecho en el avión. Tras reflexionar un rato pensé que era absurdo cambiar nada. La UNAM es la universidad del pueblo. El pago de la misma es simbólico ya que son 0.20 pesos por alumno, que al cambio son 20 céntimos de euro (si la cuenta ahora no me falla porque el peso se devalúa con mucha frecuencia). Este sistema, donde el coste es asumido por el gobierno central, da cobertura a más de 350.000 alumnos que pueden gozar de la posibilidad de estudiar una carrera a sabiendas que en su entorno social y/o familiar no habría posibilidades reales de afrontar ningún gasto, por pequeño que fuera, para financiar unos estudios universitarios.

Como referencia, comentar, que en este viaje he visitado alguna que otra empresa y fábrica. El jornal medio diario es de 80 pesos (5 euros) con lo que nos vamos a unos 150 euros/mes. Con esta cifra todos somos capaces de hacernos una idea de lo complicado que tiene que ser, para aquellos que tienen menos recursos, el costearse unos estudios.

Pues bien, repasé y analicé desde todos los puntos vista a los que llega mi limitada capacidad la presentación que llevaba preparada, ya que no quería dar una información alejada de la realidad que viven los alumnos, ni ofender y ni por supuesto, dar por hecho, como hicieron en la cena, que no iban a entender nada.

Así que decidí dejar en esencia todo lo que había preparado, y fiarme más de mi intuición e improvisación según se fueran sucediendo los acontecimientos.

“Puede comenzar Lisssenssssiado Rosell”. Pues empezamos mal – comenté en alto. Los alumnos rieron. El proyector no funcionaba, así que, toda la preocupación de la noche anterior con la presentación se fue “a la chingada“.

Miré a los alumnos, y pude percatarme de que lo que les iba a decir, al menos en un principio, les causaba expectación. No creo que sea el estereotipo de profesor ni modelo ni modélico. Primero, porque no me dedico de pleno a la docencia y segundo, porque mi ego me lleva muchas veces a salirme de la línea habitual intentando aportar mi granito de arena para hacer cosas que en mi época de alumno reclamaba en la universidad y no encontraba. La universidad, la entiendo, como el centro de reunión de todos los pensamientos, por lo que una lección, una charla o lo que llamamos cotidianamente, una clase, sin un intercambio profesor-alumno es una cuchillada al concepto que tengo de universidad y aprendizaje.

Así que, afilando una de mis pocas virtudes, tiré de pizarra, y me puse a dar una charla sobre el tema propuesto, añadiendo todas las anécdotas, teoría, práctica e intercambio de información que en esos momentos pude ofrecer. El interés, las risas, las preguntas, las interrupciones de alumnos de otras clases que se querían incorporar a la charla y las aportaciones, se iban sucediendo. Estaba prevista una duración de hora y media, y nos alargamos hasta las dos horas y cuarto.

Nada de lo que en la cena se me había anticipado sucedió en el aula de conferencias. Efectivamente, no estaba delante de los hijos de la élite económica mexicana. De aquellos que se pueden permitir gastar 10.000 dólares en pagar la universidad privada de sus hijos en el D.F., o que han tenido la posibilidad de ir a estudiar al extranjero, ya sea a los EE.UU. o a Europa, en especial, como no, a España

Delante mía tenía a unos 100 alumnos, donde sólo uno había salido del país, pero que me demostraron estar al nivel de conocimiento de sus homónimos españoles, es decir, los alumnos a los que con esa misma edad imparto clase en España.

Tras la charla y un sentido agradecimiento, dimos paso a las preguntas. Más allá de las clásicas sobre el tema planteado, para ellos les resultaba más interesante saber cómo era nuestro país. Temas como la universidad española, la sociedad, el tipo de vida, la imagen que tenemos de los mexicanos en España, la monarquía, etc. iban saliendo a la luz alimentada por la curiosidad. Contesté lo más imparcial que pude aquellos temas que la parcialidad te lo impide, y tuve la suerte de haber llevado conmigo mi bolsa verde, fiel compañera en todos mis viajes, que estaba bien nutrida de algunas cosas “españolas” que repartí entre los alumnos. El pasaporte, el DNI, dos periódicos, tres revistas, unos catálogos, etc. fueron el reclamo definitivo de una bonita experiencia en mi primera charla en la UNAM.

El contenido de la misma, la diferenciación entre clase social y estatus, sirvió, según he podido apreciar gracias a los correos electrónicos recibidos estos días, para poner en entredicho los valores que estamos ofreciendo, sobre todo la industria del marketing, a los consumidores y por tanto, a la sociedad. Simplemente, echando un vistazo a la MTV nos podemos dar cuenta que hay que ser muy estúpidos para no darnos cuenta del daño que imágenes misóginas, clasistas, machistas y xenófobas hacen a las generaciones que aún no tienen la capacidad de analizar o madurar ciertos mensajes (impactos) que les hacemos llegar. O es que alguien considera positivo que un canal atiborre de falsas ilusiones, aumentando de esta manera las frustraciones de los más débiles, videos donde el éxito es tener cuatro mujeres al lado cual florero (eso sí, preciosos floreros) y un coche último modelo?

Al finalizar, corrí por los pasillos enmoquetados de la UNAM hasta un aula donde me esperaban otros alumnos y una profesora (licenciada) de mercadotecnia, para dar la charla sobre comportamiento del consumidor.

Otra vez, los problemas técnicos y otra vez, tirando de pizarra, y de escenificación. Al igual que la anterior, esta fue una charla que satisfizo a todos, en especial a mi, ya que a pesar de mi empeño en darles a los alumnos lo que la sociedad mexicana no parece brindarles, es decir, justicia social, al menos en lo que a información imparcial se refiere, me encontré conque la titular del departamento de mercadotecnia de la facultad no hacia más que interrumpirme para poner su granito de arena en cada explicación que daba, controlando de esta manera, el discurso que el “españolito” estaba soltando.

Puedes pensar, tras lo que has leído, que puedo ser pretencioso por no dejar que otra persona opine o rebata mis exposiciones, pero exactamente es donde quiero llegar para crear la duda, porque fue en esa charla, en la misma donde tuve que ir hablando en periodos de dos minutos, donde me dí cuenta que la sociedad mexicana está dividida. Y si bien el licenciado Castellanos no abrió la boca en mi primera charla, la licenciada, de la cuál me alegro no recordar su nombre, no hizo más que intentar deslumbrarme con sus experiencias y viajes a Europa, con anécdotas ridículas y clasistas usadas a modo de ejemplo, en una especie de bis a bis, infravalorando las posibilidades de sus alumnos y tirando por tierra (me imagino que sin intención) el motivo fundamental de mi mensaje a los alumnos.

“Chicos, a pesar de que vuestra sociedad os lo pone difícil, da gusto hablar con vosotros. Estáis a la altura del conocimiento que se requiere en cualquier universidad española y espero que tengáis como objetivo en el futuro mejorar a la clase social que conforman desde los políticos al vendedor del mercado, pasando por los licenciados, y que están dejando que la sociedad mexicana se esté desquebrajando por intereses únicamente económicos”. (Aplausos)

Quizá fue osada esta despedida pero, sin ánimo de ser el mismísimo Emiliano Zapata, consideré oportuno irme con un mensaje impactante y esperanzador. Uno, porque me encontraba en una situación clara de ventaja ante los alumnos respecto a la torpeza de su “licenciada”, la otra, la que vendrá en el siguiente relato, como lectura de un extranjero al fraude electoral que sufrió este país en 2006, y que demostró que en México no existe democracia. Una historia interesantísima de la lucha de poder entre la derecha y la izquierda y que lleva a México a tener dos presidentes, el oficial y el oficioso, y que se forjó bajo el lema de “Casilla a casilla, voto a voto”.

Pero como suelo decir, esta será otra historia que espero publicarla en este blog pronto.

México III: Tepito.

Tepito es una de las zonas más peligrosas del D.F. pero también, uno de esos barrios que provee a la ciudad de mercancía gracias al mercado negro. Se trata de uno de los mayores centros de venta de mercancía robada, y a pesar de la alta peligrosidad de sus calles, existe un lógico equilibrio. ¿A qué se debe?. Sencillo. Los mismos habitantes de Tepito controlan ese nivel de peligrosidad para no ahuyentar a la clientela, dado que el negocio se vería perjudicado. Drogas, trapicheos, prostitución y un supermercado a la carta de material robado, son los que destacan a Tepito.

Muchos chilangos conocen la fama de Tepito, y son muchos, los que no quieren pasear por sus calles. No seré uno de ellos. He estado informándome estos días los suficiente de los pros y contras que conllevaría acercarme a la zona cero.

Para empezar, tengo un problema. Soy güero y desde lejos se me nota que no soy de la zona. Es importante la actitud con la que llegues a Tepito, me comentan, por lo que pasar desapercibido se convierte en prioridad. Nada de ir bien vestido, ni ostentando, ni mirando a la gente. Hay que pasear con paso firme, como si ya hubieras recorrido sus calles en otras ocasiones y estuvieras buscando algo que ya conoces donde está. Haces lo que tienes que hacer y te marchas. Es lo más aconsejable y así lo haré.

Adopto mi estrategia camuflaje, y me visto con unas chanclas, un pantalón corto de deporte y una camiseta vieja patrocinada por una cerveza local que me ha dejado mi amigo. En el bolsillo 500 pesos en billetes de 100. Para entrar en ciertas zonas de Tepito hay que pagar, y si pagas poco, te metes en problemas, al igual que si pagas mucho, porque te tomarán por pardillo.

No lleves la cámara, demasiado riesgo, te aconsejan todos. Yo la quiero para tomar fotos e inmortalizar mi osadía, pero me avisan de que es sobrepasar demasiado la línea. En un principio, quería ir en metro y pararme en Lagunillas, una zona colindante, y de esta manera adentrarme andando. Julio, se entera por Rodrigo de mis intenciones y me llama para decirme que él me acompaña. Ya ha ido un par de veces a Tepito. Demasiado riesgo para un gringo sólo, Manu. Iremos en mi coche. Aún así, me meto la cámara en el bolsillo.

Su coche es un Chevy Pop. Este coche existe en España. Es igual que el Opel Corsa. Aquí lo comercializa Chevrolet que pertenece al mismo grupo automovilístico. Es viejo, y lo han robado varias veces, así que, es ideal para completar mi kit de camuflaje.

Es normal que la gente de clase media tenga varios coches. Uno de ellos, siempre es el de usar y tirar. El que no importa que lo roben cuando te asaltan, lo rayen o se deteriore. Se puede ver, muchas veces, a gente que va a trabajar y que deduces que las cosas le van mejor que el coche que “maneja”.

Con la excusa de que le falta un tapón a la rueda del coche (tapón es el tapacubos) entraremos en Tepito y buscaremos que nos lo repongan. Tepito destaca, sobretodo, en el mercadeo de electrónica y ropa, ya sean burdas imitaciones u originales robados.

Circulamos lentos porque en Tepito no hay reglas. Los semáforos no se respetan, y las personas se mueven a sus anchas a sabiendas de que tienen preferencia. Hay que andarse con mucho ojo para no molestar a los transehuntes. Dado que íbamos lentos, le digo a Julio que me bajo, que quiero pasear por las calles de Tepito. Me dice que me ande con cuidado. Que no pasee por las transversales o traseras, que nos encontraremos más adelante junto a un mercado.

Decido ir por la vía principal. Es el eje central. La carretera de cuatro carriles en el mismo sentido que disecciona, cuál bisturí, a Tepito. En el lado de la izquierda, detrás de los puestos, los drogadictos y fulanas A la derecha, también detrás de los puestos, el contrabando a gran escala.

Me voy a la izquierda. Y me pongo a curiosear por los puestos. Son como los mercadillos en nuestro país. Vas paseando por el camino que conforma el serpentear de los puestos. Hay de todo, y cada vez que miro un puesto, los vendedores reclaman mi atención a la voz de “güerito, venga aca, que le enseño las mejores mercancías”. No llevo casi dinero. El justo para pagar “un pleito”, pero me dejo llevar por el interés de saber cuánto valen ciertas cosas. Los precios, de inicio, no son sorprendentemente bajos, pero imagino que forma parte de la ceremonia de negociación.

Sigo andando y la curiosidad me llama tanto que arriesgo yéndome hacia al interior por una de las transversales. Empiezan a escasear los puestos, y aumentar el número de personas desperdigadas por el suelo durmiendo, drogándose o simplemente, dejándose llevar por el “viaje”. Giro a la derecha, y me parece entender que es una de las zonas de prostitución. Una calle angosta que debo pasar si quiero volver a llegar a la principal. Respiro hondo, me cargo de un valor fingido y decido atravesarla.

No llevaba ni diez pasos cuando una señora de unos 60 años se me acerca para decirme que me hace una felación por 20 pesos (1 euro aproximadamente). Se me pone la carne de gallina de sólo pensarlo. No le contesto. Es obvio que ni ella imaginó que pudiera ser su cliente, pero la supervivencia es así. Mientras paseaba por el centro de la calle las chicas, travestis y hombres me miraban con la atención de lo desconocido. Algunas ofreciendo sus servicios. Otros, preguntándose qué demonios hacía un gringo por las calles de Tepito.

Un hombre se me acerca y me dice que tiene chicas jóvenes, e incluso alguna “virgencita”. Le pregunto cuánto de jóvenes. Me comenta que entre 14 y 15 años. Me arde el estómago. Tengo que salir de allí como sea. Le contesto, que no es de mi interés, que busco otras cosas, y empieza a recitarme un menú de posibilidades cuál camarero de La Carihuela “calamares, calamaritos, espetos, boquerones…” Le hago un gesto negando mi interés y el tipo me deja. Unos pasos más adelante, me giro para mirar atrás porque desde el principio me da la sensación de que alguien me sigue. Me paro al lado de una puerta donde hay dos mujeres, una por cierto, de una belleza espectacular. Hago el paripé de estar tratando con ellas, pero mi interés estaba más allá de los escotes de las dos meretrices. Observo, disimuladamente, como dos tipos se han parado a encender un cigarro. Uno de ellos, hace como que busca un mechero. Al meterse la mano en el bolsillo, la camisa se le abre lo suficiente como para adivinar que en el cinto lleva una pistola. Veo la culata con tanta precisión, como los dientes de oro de una de las prostitutas que me hablaba. Doy las gracias, y me marcho.

Acelero el ritmo. Me queda poco para llegar a la calle principal. ¿El problema?, que no sé dónde está el mercado dónde he quedado con Julio. Es decir, cuando vaya a llegar a la intersección entre esta calle y la principal no sabré si tengo que ir a la izquierda o a la derecha. Opto, como siempre por ir a la izquierda, y acierto a adivinar que a unos 400 metros está el mercado. No es mucha distancia, pero me hubiera gustado que estuviera allí mismo. Los tipos me siguen, eso está más claro que el agua, y lo hacen como los depredadores. Uno por cada lado, para cerrarme el camino de huida. No quiero ponerme nervioso, pero tampoco quiero llegar con un problema hasta el coche y dejárselo a Julio en bandeja. “Toma Julio, no he comprado nada, pero te traigo a estos pinches cabrones”

Pocas alternativas. Ellos tienen claro que quieren “hablar” conmigo, lo que no encuentran es el momento. Saco el punto de imaginación que dan situaciones como éstas y me paro en seco. Le pregunto en voz alta a un tipo de un puesto. Pero no le pregunto normal. Salen a relucir mis dotes imitadoras y pongo acento mexicano, y además, le doy cierta dosis de veracidad a la pregunta: “Ey Güey. ¿tú sabes si Lupito sigue vendiendo en el mercado de allá (señalando al mercado donde había quedado con Julio) o se marchó al de Lagunillas?”. Se hace el silencio. Piensa. Y me dice que no sabe, pero que cree que sigue en Tepito, en la primera planta. He dado en el clavo. Miro, hacia atrás, y mis “amigos” están a dos puestos de mí, con la diferencia de que no hay nadie entre nosotros y han escuchado mi pregunta. Les he dado una información que ahora están procesando. “El pinche güerito conoce a gente de la zona”.

El mercado está al otro lado. Veo el coche de Julio estacionado entre la gente. Tengo cargo de conciencia de que le pueda pasar algo por mi culpa si traigo el “problema” hasta el coche. Ahora, los “amigos” se han distanciado un poco. Parece que van a esperar a mejor momento. Imagino que piensan que si entro en el mercado, será como entrar en un callejón sin salida. La imagen de la culata se me aparece cada segundo. Cruzo el eje principal, para ponerme en la misma acera que el mercado. Me meto entre los puestos, para ir cubierto por la gente. No me quieren matar: me quieren robar. Por eso, lo mejor, es estar acompañado. Es uno de los consejos que te dan cuando te metes en sitios como éste. Sigo andando. Nunca parece que corra, pero a mi me da la sensación de que soy uno de esos atletas de marcha. Entre pantalones vaqueros y sudaderas, acierto a ver que mis “amigos” están cruzando la carretera y buscándome con la mirada. He ganado metros, así que, me toca contraatacar.

Vuelvo al eje principal. Siempre está lleno de coches, pero entre ellos destaca un gran número de taxis. Paro a uno. Es jugar a la ruleta rusa. Me puede tocar una buena persona como un secuestrador express. Le miro a los ojos, y le pregunto si está libre. Me dice que sí. Nada más entrar me pregunta qué demonios hace un gringo en Tepito. Le comento que es una larga historia y que arranque. Mis amigos me observan desde la acera y les saludo con la dulzura que requiere el momento. Le digo al taxista que me lleve al mercado. “No mames, el mercado, es ese que se ve ahí”. No se preocupe caballero. No me voy a bajar. Péguese al coche blanco. Es un amigo. Tengo que decirle algo.

Así lo hace. Se pone en paralelo al coche de Julio. Oye, Julio, ¿esperas a alguien?. Pinche, Manu ¿dónde estabas?, me tenías preocupado. ¿Qué haces en el taxi?. Ahora te cuento. Síguenos. Le digo al taxista que nos saque de Tepito. A sus ordenes, señor.

Al llegar al parking que hay en Garibaldi, mando parar y pago con agradecimiento al taxista. Me subo al coche de Julio, y le cuento la historia. Se muere de risa, y me felicita por lo bien que he salido del problema. ¿Te quedan ganas de más?. Por supuesto, le espeto. Pues vamos a ir a otro sitio peor que Tepito, pero no te bajes del carro, ¿ok?. Sin problemas, ¿dónde vamos?. A Buenos Aires. Ahí son expertos en coches, a ver si encontramos el tapón.

Nos adentramos en Buenos Aires. A diferencia de Tepito, hay menos gente, está más sucio y los puestos son montoneras enormes de piezas de coches. Damos unas vueltas. No llamamos la atención. Julio se para en uno de los puestos, y pregunta si tienen repuestos de tapacubos para un coche como el nuestro. Negativo. Seguimos circulando en busca de otro puesto que nos dé confianza. Se para en un puesto hecho de chapa, donde hay un cartel que invita a todos a parar porque tienen todas las marcas y los mejores precios.

¿Tienen tapones para este carro?. No, amigo. Ahorita no tengo, pero si tienes 15 minutos, puedes esperar y te lo traigo. Aquí damos género a la carta. Julio da su beneplácito, no sin antes preguntar cuánto iba a ser la broma. No más de 25 pesos. Nos quedamos en el coche comentando aún algunos pormenores de lo sucedido en Tepito. El dueño del “negocio” se nos acercó a preguntarnos que si nos habían robado el tapón o se nos había caído por la carretera. Julio, contestó que no sabía. Siguió preguntándonos de qué parte veníamos y si pasábamos mucho por Buenos Aires. Julio le dijo que sí, que incluso alguna vez por Tepito, como para marcar territorio.

Listo. Aparece un chico con un tapacubos como el que necesitábamos. Estuvieron de suerte. Lo tenía un compañero dos cuadras más allá. ¿Se lo pongo?. Sí, claro, gracias, así no nos manchamos. Claro, claro. No se preocupen se lo pongo yo. ¿Cuánto es?. Son 25 pesos y la voluntad por ponérselo. Le dimos treinta y nos marchamos.

Bueno, ya conociste algunos de los peores sitios del D.F., me dijo Julio, mientras aparcábamos en casa. Sí, la verdad ha sido una experiencia muy emocionante e ilustrativa de lo que te puedes encontrar por aquí, puntualicé al bajarme.

Julio, ¿qué tal quedó el tapón?. Poca madre, Manu. Parece nuevo. El modelo es el mismo y está limpito. Pues eso es lo único que han hecho Julio, limpiarlo. Lo han quitado de nuestra rueda trasera ….

Y es que mientras nos preguntaban y hablaban, alguno de los compinches del comerciante nos quitó el tapacubos de nuestro lado, para al rato, venir como si hubieran conseguido el material y así, haber solucionado nuestro problema.

Pinches cabrones, nos han tomado el pelo. No, Julio. Ya estábamos avisados. En sitios como Tepito o Buenos Aires, puedes entrar con tu coche, te lo pueden robar y antes de salir, lo puedes recomprar y volver a montarlo.

Mañana tengo clase en la UNAM. Tengo que dar dos charlas sobre marketing, pero al igual que los otros capítulos, será otra historia.

A lo mejor te preguntas si llegué a hacer fotos en Tepito. Pues sí. De hecho, me dio tiempo a hacer una cuando huía con el taxi. Sorprendentemente cuánto más peligrosa es una situación, más sangre fría solemos tener, así que me acordé que llevaba la cámara y aproveché el momento.

México DF: corrupción policial. Por un puñado de pesos….

Y como dije, el coche no estaba. Nos acercamos a los aparcacoches y les preguntamos que dónde estaba nuestra “camioneta”. Nos comentaron que se la había llevado la policía y que nos habían intentado localizar. Que incluso la policía estuvo esperando más de diez minutos antes de que se la llevaran.

Nos enfadamos bastante puesto que, para llevarse nuestro coche, previamente, tenían que haber movido tres coches. Pero claro, habíamos decidido no dejarles las llaves, y como en este país se hace negocio de cualquier cosa, fue fácil deducir que llamaron a la policía para que se llevaran la camioneta, y así ellos seguir teniendo un espacio en el que mover los coches de los dueños que sí habían dejado sus llaves para manejarlos a su antojo.

Además, esto iba aderezado de ese sentimiento lastimero que usan aquí para lavarse las manos. No, pues, yo ahorita, le dije al policía que os esperara. Incluso, aquel guey agarró y llamó a un policía amigo suyo para ver si se podía hacer algo, pero no más. La mirada al suelo o al espacio infinito es una característica de los que no tienen la conciencia tranquila, y por desgracia, mentirosos y gente que vive en una mentira, me he cruzado muchos en la vida, así que, aprovechando mis progresos en vocabulario chilango le espeté un “no mames, guey, ahorita nos devuelves los 30 pesos que te habíamos dado”. Así lo hizo. Ahora tocaba saber dónde estaba el coche.

Porque esto no es tarea para nada fácil. No te dejan una pegatina en el lugar que ocupaba tu coche avisándote de la retirada. Encontramos una patrulla por la zona y les preguntamos. Claro está, que la información que nos dieron era, cuanto menos, parcial y sospechosa. ¿Por qué? Bien sencillo. Nuestro coche estaba bien aparcado. El sistema hace que cuando tienes necesidad de aparcar, fíes tu coche a estos aparcacoches. Estos están protegidos por la policía, ya que cuando un coche les estorba en su operatoria, la llaman para que el vehículo sea retirado a cambio de algún favor (chivatazos) o cantidad de dinero.

Nos informaron de que, dado el lugar, podía estar en dos corralones (depósitos de coches). Uno, el situado en Grutas y el otro, el de Canarios (bendita casualidad). Antes debíamos volver a casa. Recogeríamos el otro coche, dejaríamos al niño y a su madre e intentaríamos localizar dónde estaba la camioneta.

El viaje en taxi, como siempre, tiene su miga. Mis amigos se ríen porque dicen que entablo rápidamente conversación con los conductores del colectivo. ¿Cómo está? Soy Manuel. Y yo, Matías Lorenzo Bermejo, para servirles usted y a Dios. Muy bien, D. Matías. Llévenos a calle Huertas que la grúa se llevó nuestro coche. Ahí comenzaron las historias de D. Matías acerca de las corruptelas de la policía confabulados con los aparcacoches. El viaje nos llevó un buen rato, dado que las distancias en el DF siempre son grandes. Lo increíble son los precios. Unos 30 minutos de taxi me supusieron 35 pesos (unos dos euros) y una buena conversación con D. Matías.

Una vez cogimos el coche había que dirigirse a uno de los dos corralones. Decidimos ir al de Grutas. Estaba bastante alejado de la casa, pero el otro estaba situado en una zona un poco más complicada y estos detalles se miden mucho por aquí.

Para saber dónde está tu coche tienes que llamar a un servicio, Locatel, donde te abren un expediente para iniciar el proceso de búsqueda. Pura burocracia desesperante. Dado que mi amigo conducía, y estábamos en camino, intenté gestionar vía telefónica la localización exacta de la camioneta. Buenas tardes, es Locatel. Sí, señor, para servirle ¿en qué puedo ayudarle? Pues mire estábamos en la colonia Condesa y la grúa se ha llevado nuestro “carro”. Ah sí, señor. Pues tengo que abrirle el expediente para iniciar la localización de su vehículo. Muy bien, pues empecemos. Primera cosa, ¿me dice su nombre?. Por supuesto, Rodrigo tal y cual (me hice pasar por mi amigo). Muy bien señor Rodrigo, ahora le tengo que pedir sus datos personales. Ahí estaba yo pasando los datos personales como dirección, teléfono, fecha de nacimiento, marca del vehículo y color. Y ¿dónde dice que estacionó su vehículo?. Pues en la colonia Condesa, en la calle Vicente Suárez. Muy bien, Sr. ¿y qué delegación es esa? Pues no lo sé la verdad, pero calle Vicente Suárez en la colonia Condesa sólo tiene que haber una ¿no? Sí señor, calle Vicente Suárez, sólo hay una, pero necesito saber la delegación. Mire, no tengo ni idea. De hecho, no sería mejor que me preguntaran la matrícula, ya que no lo han hecho, y de esta manera localizar más fácil el vehículo. No, señor. Estamos abriendo incidencia, y estos son los pasos a seguir. Por cierto, ¿me dice la matrícula del vehículo? Me entra la risa claro está, y se la digo. Señor – insiste el telefonista – necesito saber la delegación. Vamos a ver… usted me dice que sabe qué calle es la Vicente Suárez y ¿necesita que le diga la delegación? Sí, señor, necesito rellenar esa casilla en el espacio correspondiente. Pues espere, que casualmente tengo un mapa y se lo miro. Cojo una guía de la ciudad y me pongo a buscar la calle. Tengo suerte, la encuentro enseguida. Es la delegación Cuahutemoc. Gracias, señor. Era la delegación que me imaginaba, pero no estaba seguro.

Empiezo a ver que esto va a ir para largo. Me dice que ahora va a intentar localizar el vehículo con la matrícula, pero que antes, tiene que corroborar todos los datos. Se pone a leerme lo solicitado en toda la conversación esperando que yo le confirme los datos. La lentitud empieza a desesperarme. Una vez comprobados, me comenta que espere unos segundos que se va a poner en contacto con los depósitos para saber en cuál está el vehículo.

Pasan 10 minutos donde la llamada se torna en pura publicidad telefónica. “No esperes a mañana, hassslo hoy (acento mexicano), ssssentro de adelgassamiento Lupita Hernándesss. Para hassserte felisss a ti y a los que te admiran”. ” La secretaría de Finansssas del Gobierno Federal informa: recuerda que aún estás en plassso para pagar el predial y que puedes domisssiliarlo con sólo llamar al…..”

Señor, ya tenemos la verificación de dónde se encuentra el vehículo. Está en el depósito de Grutas, en la colonia San Pedro de los Pinos. ¿Sí? gracias… y ¿cuál es la delegación?. No me pude morder la lengua. Ah, señor, desconozco esa información, pero déjeme que se lo compruebo. Pasan 3 minutos. Benito Juárez, señor. Valió la pena devolverle la pelota ¿no?

Ahora si es tan amable, tome nota del expediente de incidencia. Tiene que llamar a este número de teléfono para conocer el horario de atención al público, así como, los documentos necesarios para tramitar la retirada del vehículo. Tomo nota y cuelgo después de 28 minutos al teléfono, para una gestión que podría haberse hecho en poco tiempo.

Buenas tardes, ¿es el corralón de Grutas?. Sí, señor. Mire, ¿puede confirmarme que está este vehículo?. Lo hace y efectivamente, ahí estaba. ¿Y hasta qué hora están?. Llegábamos en hora sin problemas. Nos comentan que tenemos que llevar una serie de documentos. Eran cinco, de los que había que traer el original y fotocopia. De ellos no llevábamos ni la tenencia (permiso de circulación) ni el IFE (Instituto Federal Electoral, lo más parecido a nuestro DNI).

Rodrigo opta por preguntarme sí quiero volver a casa a recoger lo que nos falta o la segunda opción. ¿Cuál es la segunda opción Rodrigo? Pues la de todos los días. Pagar a la policía. Son todos unos corruptos. Opto por la segunda, para así poder vivir en mis carnes la corruptela policial.

Llegamos al corralón. Y unos policías apoyados en la pared con pose aburrida se dirigen a nosotros para decirnos que ya estaba cerrado. No puede ser, acabamos de llamar y nos dijeron que cerraban a las ocho y son las seis. Ni se inmutan y nos preguntan a qué veníamos. Yo contesto que a retirar aquel carro, señalando nuestra camioneta, dado que desde la entrada la veía. Nos recitan de memoria lo que había que traer. Les decimos que no teníamos dos de los documentos, y que qué podíamos hacer. Esa era la pregunta que abría el juego.

Pues no se. Yo sin esos documentos no te puedo dejar sacar el carro. Si, papá (expresión de confianza), tienes razón, pero tú sabes que, si quieres -le dice Rodrigo- me autorizas. Ya, pero la sanción son 560 pesos. ¿Aparcaron en zona de minusválidos? Contesto que no. Y me dice que menos mal, porque si no eran 800 pesos. Me da la risa. No saben ni qué sanción van a aplicarnos. La cuestión es que el negocio es la recogida. El tipo me pregunta de dónde soy. De España. ¿De Madrid?. Sí, del mismo Madrid (¿de qué me sirven más explicaciones?). Hablan muy bonito los españoles. Sí, gracias, pero dime ¿qué podemos hacer para sacar el carro?. Bueno, ¿qué puedes hacer tú?. Descaradamente, me está devolviendo el guante pero ese es el juego. Además, es cuando los corruptos se ponen en su mayor punto de excitación. Pienso que tienen hasta erecciones de sólo pensar que tienen el mando a cambio de dinero. Miran al suelo, y silban palabras sin querer darle importancia a la situación. Le ofrecemos 700 pesos. hace el paripé, entra en las oficinas y habla con un superior. El superior nos mira. Nos analiza y debe pensar que podría haber sacado más tajada por nuestro carro. Aún así, da su beneplácito.

Empiezan a moverse. Dentro de las instalaciones hay una cola tremenda. Es la de aquellos que no quieren o pueden pasar por el aro de la corrupción. Me voy al coche para comprobar que las pertenencias que quedaron siguen allí. Así es. Todo está correcto. El coche está precintado. Un absurdo porque lo único que justifica es nada. Poner unas pegatinas en cada una de las puertas del coche con el logo de la policía y la fecha sólo sirve para darle una imagen falsa de seriedad.

Me pongo a hacer fotografías. Me parece estar dentro de un libro de Vargas Llosa, e intento, con disimulo, sacar el mayor provecho a la situación. Hago fotos mientras “arreglan” con otras víctimas. Pasan los minutos y nuestra gestión no se agiliza. Veo que seguimos apartados de la fila, pero que tampoco tenemos los privilegios que habíamos comprado.

Nos volvemos a acercar al policía con el que habíamos cerrado el trato. Nos dice que son cosas del jefe. Le decimos que tenemos prisa. Ahí está el farol. Ellos saben que podemos pagar más y que no nos importa con tal de salir de ahí. Subimos a 800 pesos. Pecamos de ingenuos, y al final, no agilizan nada.

Nos llaman. Hacen creer que salir sin el IFE es muy grave. Sale a relucir la picaresca española. No soporto que encima ahora se hagan de rogar. Les digo que yo fui el que estacioné mal. Saco mi DNI y mi carnet de conducir. La contundencia parece abrumarles. Se meten en la garita. Hablan. Y nos vuelven a llamar. Traen mis documentos fotocopiados junto a los de Rodrigo. Nos dan el ok. Ya podemos salir, no sin antes pagar los 800 pesos y encima recibir una factura en forma de multa por sólo 560 pesos. Dos horas de espera, 30 minutos al teléfono, 560 pesos al estado mexicano y 240 pesos a los corruptos policías. Menudo negocio.

Aún así, las emociones fuertes de la vida cotidiana en el DF, no se habían acabado. Habíamos venido en un coche y ahora, teníamos dos. Me tocaba conducir por las calles de México DF y encima, de noche y saliendo de una zona un poco conflictiva. Yo, sin embargo, encantado. Era un buen entrenamiento. Al día siguiente, me había organizado una visita a una de las zonas más conflictivas de la ciudad, Tepito, donde tendría que ir austeramente vestido y con alguna excusa para poder entrar. Es un mercado negro enorme de mercancía robada, drogas y prostitución, imposible circular de noche, pero cuya visita no quería ignorar. Pero este será otro capítulo.

México DF: primeras sensaciones

Nunca he sido muy amigo de prepararme las cosas. La improvisación ha sido una fiel compañera a lo largo de mi vida, y aunque muchas veces he cometido errores por fiarme en exceso de ella, la balanza siempre se inclina hacia el lado positivo.

He decidido ir a México DF. Es un viaje extraño, porque se dan distintas circunstancias. Voy por motivos profesionales. Además, me quedo en la casa de unos amigos que conocí y a los que no veo desde hace nueve años, cuando compartimos una época de nuestra vida en Canadá. En Zürich, he podido recabar mucha información gracias a una amiga mexicana, Mara, cuya familia, casualmente, vive muy cerca de la casa de mis amigos, y quien me ha dado un curso intensivo de cosas qué hacer en mi estancia en México. La más aconsejada gastronómicamente: ir al Hostal de los Quesos.

Pues bien, esto y comprar mi billete, han sido mi mayor preparativo. Como digo, nunca me gustaron los viajes tipo paquete vacacional, y tampoco he sido muy amigo de llegar excesivamente informado al lugar. A mi no me interesa el hotel donde me voy a quedar, ni los maravillosos museos de los que goza la ciudad, ni miro con detenimiento qué lugares son los mejores para comer. Lo que me gusta es chocarme con la realidad, de frente y sin previo aviso, y esta fórmula siempre ha colmado mis expectativas. Respeto, claro está, a los que conciben sus viajes de otra manera, desde los que optan por un todo incluido a los que se llenan la guía del lugar de papelitos amarillos a modo de señalador y se marcan una ruta.

Por lo general, el español no es un buen turista. Aún vivimos un poco entre la actitud de creer que España es lo mejor y la arrogancia, muy cateta, de no sobreponernos a nuestra ignorancia en lo que a idiomas se refiere. Así que, probablemente, esa es una de las razones por las que muchas veces cuando hay conversaciones de viajes y a uno le toca contar el suyo, siempre hay una voz discordante que quiere puntualizar y destacar lugares donde tú recientemente has estado con preguntas incómodas como: ¿y fuiste a este sitio? ¿no? ¿y comiste en este restaurante? ¿no comiste? Vaya. Habérmelo dicho, yo te hubiera aconsejado. Nosotros comimos ahí de maravilla. Porque, claro, cuando salgo de viaje me encanta informarme y la guía decía que es uno de los sitios donde mejor carpaccio se come. Y claro, a nosotros nos encanta comer bien. Y fuimos. Un poco caro, pero mereció la pena. Una clase el restaurante….. una maravilla. Pues la próxima vez llámame, que yo viajo mucho y te digo….

¿Cuál es la realidad? Pues que comió en el restaurante más turístico, el cual subvencionó a la guía con unos euros o invitando a quien la escribió, donde le cobraron un riñón por cuatro láminas de carne y a eso le llama viajar.

Para no desviarme del tema, tras once horas de avión entre Madrid y México DF y siete horas de diferencia horaria, aterricé en el país azteca a las seis de la madrugada muerto de sueño, pues no fui capaz de dormir cómodo en el avión.

Yendo a las “dependencias de inmigración” (poner con acento mexicano para darle más realismo), activé mi mecanismo de observación que es lo que me alimenta en cualquier viaje y me anima a escribir después. Si ahora tengo que decir cuál fue el primer flash para darme cuenta que estaba en México, ese fue ver a un señor que pasaba una gran aspiradora por los pasillos y en su polo, grabado, rezaba la frase “Preparador de alfombras”. Primera imagen de lo que entiende uno por economía de clases y la mexicana no se queda atrás.

El segundo fue el idioma. El estar viviendo en Suiza, hablando o medio hablando en distintas lenguas, y verte, once horas después, en un país lejano hablando tu lengua, siempre es agradable y sobretodo, cuando hay maneras, y de las buenas, en los modos, cuestión que echo a faltar en España.

El tercero, una vez tramitado mi sello de entrada, tuve que pasar mi equipaje nuevamente por un escáner. Tras el escáner, un grupo numeroso de ávidos controladores policiales te esperan y, cuál concurso de televisión, tienes que pulsar un botón, que está debajo de una especie de aparatito a modo de semáforo que, aleatoriamente, decide si te registran la maleta o no te la registran (a pesar de que haya pasado por el escáner). A mi me tocó verde, así que ¡bienvenido a México, Manu!

El llegar por avión al D.F. ya te vaticina qué tipo de ciudad vas a encontrar. Por un lado, desde el aire ves la inmensidad de la metrópoli, y por otro, dado que llegué de noche, adivinas a acertar cómo son sus calles de peligrosas gracias a todas las luces de sirena que se mueven en miles de kilómetros cuadrados. México D.F. tiene 22 millones de habitantes y es una de las capitales del mundo con mayor índice de criminalidad.

Tras el efusivo encuentro con mis amigos, me fui directamente a trabajar. Pasé la mañana en la colonia conocida como Granja San Antonio. Es tarea complicada situarse en una urbe tan grande, así que lo normal aquí es decir que tu calle pertenece a una colonia y esta, a su vez, a una delegación. Y allí estaba yo, en una colonia caracterizada por ser zona industrial, a unos quince minutos de donde estoy “durmiendo”. Lo escribo así, porque el jetlag todavía no me ha dejado y me estoy acostando a las nueve de la mañana y despertando a las cuatro.

Tras echar un vistazo a las instalaciones, empecé a darme cuenta que estaba en otro mundo. No entro a valorar si mejor o peor, dado que no soy un defensor de los que aseveran que las cosas son “lo mejor” o “lo peor”, pero si que muy distinto al mundo que conocemos en la vieja Europa. Dándome una vuelta por la zona de producción de la editorial, la cuál se dedica a imprimir, encuadernar, editar….. libros de texto para el gobierno y distintos clientes, te sientes como en las películas en las que nos ofrecen una imagen donde la mano de obra es masiva y fundamental. Dado que la maquinaria no es de última tecnología, los trabajadores ocupan roles, cada cuál más pintoresco, para que la cadena de producción no se pare y siga su curso. Desde reponedores de cola para pegar los libros, a una señora que pone su dedo a modo de tope para que las hojas de los libros al caer de una máquina que trabaja en línea entren ajustadas en la prensa.

Decido que es el momento de mi primer contacto con la gastronomía del lugar, y dado el horario que es, toca desayunar. Esto supone no sólo comer sino darme el primer paseo a pie por la ciudad, y además, no en una de sus zonas más bonitas.

Te pintan la ciudad como peligrosa, sucia y caótica, pero honestamente, peligrosa es si haces lo que no debes, y hoy que se cumple mi tercer día, aún no he visto nada fuera de lo normal. Sucia y caótica lo es, pero que se puede esperar de una ciudad de semejante volumen. ¿es que algún país puede asegurar una ciudad bonita y limpia por encima de los diez millones de habitantes?

Mi primer desayuno mexicano se compone de huevos divorciados y jugo de mango. Los huevos divorciados son dos huevos separados a los cuáles se les pone una salsa roja (pimentón) y otra verde (guacamole) por encima y aderezado con alguna cosita más. No hay que ser muy listo para darse cuenta que los colores blanco, rojo y verde de la bandera del país destacan en este plato. El jugo o zumo, como decimos en España, no es 100% natural, ya que lo mezclan con agua. Es una sensación rara, pero el sabor es lo suficientemente intenso como para darle un aprobado. En definitiva, al final es cuando llega la sorpresa. Dos platos, dos jugos, una Coca-Cola por el módico precio de 60 MXN$, sesenta pesos mexicanos, que al cambio son unos 5 €.

Toca volver. Cruzar dos carreteras, y no por sus pasos de cebra. Aquí el cruzar es libre. El juego, esquivar coches, los cuáles se mueven como si fueran los coches de choque de una feria de pueblo. No puedes contar con nada que no sea tu destreza a la hora de leer las intenciones del conductor. Aquí los semáforos, las dobles líneas continuas, el uso de intermitentes, las señales … todo eso, no existe y carece de valor para el conductor. Tanto o igual que las personas que prueban a pasar entre los coches corriendo todos los días el peligro de ser atropelladas.

Tras el día de trabajo nos dirigimos a la casa de mis amigos, en la colonia del Valle. Quedar parados en cada semáforo se me antoja muy interesante. Primero, por la vida que hay en cada uno de ellos. Vendedores, limpiadores de lunas, payasos mal pintados y vestidos haciendo acrobacias…. Segundo, leer la rotulación de los camiones y las publicidades me ayuda a familiarizarme con el idioma, el cuál, tiene tal riqueza, que muchas veces hay que estar muy atento a lo que te dicen y a lo que dices para poder ser entendido. Me llama la atención que los camiones suelan llevar un “Quejas + nº de teléfono” con lo fácil que era poner sólo el número de teléfono. O los puestos que venden artículos de broma se publiciten con “Vendemos bromas y vaciladas”.

Cuando llegamos a casa vivo otra nueva realidad del D.F. Una que nos debiera involucrar a todos y que está sufriendo la ciudad: la falta de agua. Hay restricciones y a pesar de que mis amigos viven en una zona noble de la ciudad, a ellos también les toca sufrir las restricciones. Cada día viene un camión a llenar las cisternas del edificio, y en el momento de mi llegada, tras 36 horas sin dormir, la suerte quiso que hubiera un hilo de agua suficiente para darme una ducha y echarme a dormir a las ocho de la tarde hora local.

Conocido es por otros relatos que he escrito que mi amigo Rodrigo y yo corrimos en el año 2000 el maratón de Nueva York. Tras conocernos en Canadá, el deporte hizo más fuerte nuestra relación, así que como no, recordando viejos tiempos, a las seis de la mañana me levanté (ya me había despertado a mitad de la noche) para irnos a correr como en los viejos tiempos. Él lleva haciendo esta rutina desde hace siete años. Se levanta a las seis, casi sin haber abierto los ojos, se pone las zapatillas y se va a un parque cercano de su casa, Los viveros, y corre, mínimo, durante una hora y cuarto.

No iba hacerle el feo de no ir a correr, así que me enfundé las zapatillas y nos pusimos en marcha. A las seis de la mañana, en una ciudad como el DF, mal iluminada y con aceras que son “puro” bache, el correr a oscuras es todo un reto. Vamos saludando a los empleados de edificios y casas que están en las aceras limpiado la hojarasca y basura que se acumula. La gente es muy educada y amable, y un “buenos días” no falta nunca. Yo me involucro en la causa, y saludo como si todos los días hubiera hecho esta ruta que nos lleva al parque, que es donde correremos en condiciones normales.

Pero claro, no siempre uno puede acertar. Llegando al parque pasó uno corriendo en dirección contraria a la nuestra. A mi saludo cortés, el tipo no saludo. No dije nada, pero mi amigo Rodrigo me espetó: “Manol, tienes que saber diferenciar entre los que corren por deporte y los que corren porque vienen de robar”. Ah, muy bien. Es decir, que además de estar atento a los baches, a los saludos, a cruzar la carretera infestada de coches, tengo que diferenciar entre ladrones y ciudadanos de buena fe.

Llegamos al parque. Era noche cerrada. Presupuse, mal claro está, que estaría iluminado. Más bien todo lo contrario. Jamás he corrido en esas condiciones. Oscuridad total. La cuerda del circuito es de unos 2,1 kms. Estuvimos dando las dos primeras vueltas corriendo sin ver el suelo y además, esquivando a otros corredores que estaban allí. Todo un ejercicio de concentración al que se añade la dificultad de correr en México DF. La ciudad está a 2.200 metros sobre el nivel del mar, y a la sensación de pequeño dolor de cabeza desde que aterrizas en la ciudad se une la dificultad de respirar por la carencia de oxígeno, lo que influye aún más en mi fatiga.

Cuando empieza la luz de la mañana a iluminar el parque nosotros ya estamos de vuelta. Hemos corrido unos diez kilómetros. Estamos rezando para que haya agua en casa. Sí. Al llegar, Don Rigoberto, el señor con más cara de mexicano que he visto desde mi llegada, nos informa que han llenado las cisternas. Esto de la cara de mexicano, me recuerda a una metedura de pata que tuve ayer. Está claro que con la menor intención, pero hay que tener cuidado porque las sensibilidades en cada país son distintas.

Quise explicar en una conversación la diferencia entre dos chicas mexicanas que conocí en Canadá, las cuáles, apunté, una era más morena que la otra. Que la más morena, me parecía muy guapa. Que tenía unos rasgos indios muy bonitos. Yo no me di cuenta de nada, pero aquí hay que andarse con cuidado, y al salir, mi amigo Rodrigo me puso en alerta con las expresiones india, indígena, etc. ya que empezó a detallarme que la palabra “india” se usa de manera despectiva y yo la había usado con demasiada libertad para lo que se usa en México y que hay gente muy sensibilizada con ese tema, y más viniendo de un español. Me quedé un poco extrañado, pero la explicación me sirvió para darme cuenta de que esta misma tontería sucede en países como España e Italia, donde usamos para decir negro, hombre de color. A mi me pareció siempre una aberración pero, ¿quién soy yo para ponerme a cambiar las cosas? A partir de ahora, tengo que decir, que la más morena era la más guapa. Y se acaba el problema.

Tras la ducha, nos fuimos a la UNAM (Universidad Nacional Autónoma de México). A mi me encanta visitar las universidades puesto que me parece el lugar ideal para sintonizar con el mundo real de una ciudad. La UNAM es la universidad pública más grande del mundo y el mayor proyecto cultural de México. Tiene un amplio presupuesto del Estado y es casi gratis. Hay que pagar una suma simbólica de 0,20 centavos por año. Entrar a estudiar no es fácil. Cada año aplican 35.000 alumnos. En la actualidad hay 300.000 alumnos, 60.000 académicos y 30.000 administrativos.

En las más de 170 hectáreas construidas en 1952, hay murales de Siqueiros, dos estaciones de bomberos, un canal de televisión y cientos de miles de alumnos en movimiento, línea gratuita de autobuses “el pumabus”. Casi nada.

Conozco a un profesor de economía quien me ha pedido que dé una pequeña conferencia a sus alumnos, así que ya tengo más material para seguir contando cosas. Eso queda para el lunes.

Tras la visita a la UNAM, nos fuimos a ver el Castillo de Chapultepec. ¡cómo me ha costado aprenderme el nombre! Y es que entre la relajación de ir con un amigo del lugar de un lado para el otro, hacer al mismo tiempo de niñera, ya que nos acompaña su hijo Nico de un año a todos lados (imaginad la estampa de servidor entrando en las facultades de la UNAM con el carrito y el niño), uno no se concentra al 100% en todo lo que ve. A eso sumarle la dificultad de los nombres de algunos sitios que vamos visitando o viendo. Solamente el paso en coche por la avenida Reforma (la equivalente a Castellana en Madrid), te da una idea de lo que te espera si quieres aprenderte de memoria los nombres de las cosas que vas viendo. Cuitlaual, Iztaccihuatl, Popocatepetl, Cuahutémoc, Huitzilopoztli, Iztapalapa…. son un pequeño ejemplo de lo que supone contestar a la pregunta de ¿dónde has estado? ¿qué has visto? que muy atentamente te hacen algunas personas que te vas cruzando. Pues estuve en Popi.. Pazatl..Chapupliplet??? Bueno, perdona, pero no me acuerdo del nombre. Es la única salida que te queda cuando ves la cara de no entender nada de la persona que te ha preguntado.

Nos paramos en el museo de Antropología, y allí, en los aledaños del parking, de manera casual, pude asistir al espectáculo de los “voladores de Papantla”. Unos tipos que vestidos al modo que manda la tradición, se suben a un poste de unos 30 metros, y colgados de unas cuerdas, y gracias al eje que hay en la punta del mástil, se dejan caer dando vueltas al mismo tiempo, hasta llegar al suelo. Honestamente, no es muy espectacular, pero ahí estaba yo, mirando hacia arriba, cogiendo una torticolis de espanto, viendo como se descolgaban del mástil, con mi máscara de “Rey Misterio” (luchador de la lucha libre mexicana) en la mano que le acababa de comprar a mi ahijado Félix.

Fuimos al castillo de Chapultepec. Visita obligada en la ciudad por el significado y valor simbólico del lugar donde siete guerreros, cuáles “Los siete samuráis”, lucharon hasta su muerte por defender la patria. Me suena que estas historias se repiten en todos los países, sobretodo, cuando uno de ellos, cuenta la leyenda, se envolvió en la bandera mexicana.

No quiero pasar en alto que para llegar al castillo, preguntamos varias veces cuál era el camino, dado que mi amigo Rodrigo es bastante despistado. Ahí pude observar una de las características de México. Pide información que con mucha probabilidad te la van a dar mal. Tuvimos que preguntar a cinco personas cuál era el camino para llegar al castillo. Todas nos dieron una respuesta diferente, y cada cuál más original. Y no es que fuese difícil la respuesta, puesto que el castillo, es tan grandioso, que se ve en todo momento desde cualquier lugar del parque. Pero ahí te sorprendían con “quedan 3 kilómetros”, “ay, no. Se equivocaron. Tienen que ir para el otro lado”. O el más que sorprendente “no sé, la verdad” de un tipo con un puesto de helados, que se supone que va allí todos los días.

Por el camino a quien si nos encontramos fue a Ana Guevara, medalla de plata en 400 metros lisos en las pasadas olimpiadas de Beijing que paseaba con su perro, y quien muy amablemente nos saludó.

Tocaba comer, y a mi me apetecía comer “puro mexicano”. Así que nos fuimos a la colonia Condesa a comer unas tortas. Aparcamos, en uno de esos espacios que te habilitan los que se ganan la vida aparcando, a los cuáles, de manera increíble, puedes dejar la llave. Nosotros no estábamos por la labor, y menos, cuando por el camino había estado contando que en Málaga me habían robado el coche justo antes de venir.

Rodrigo anda preocupado porque no quiere fallarme en cuanto a la visita de lugares se refiere y siempre está pensando en sitios pijos (fresas como dicen aquí) para sorprenderme. Le digo que se deje de historias, que yo lo que quiero es comer en lugares normales, así que decidimos comer unas tortas en un bar dentro de un mercado. Estaba abarrotado, por lo que intuí que comeríamos bien y barato. Así fue. Agua de guanadana, una torta milanesa. y jugo de limón. Y nos fuimos a dar una vuelta por la zona. Menos mal que nos acompaña su mujer, Ale, que se mueve mejor que él por la ciudad. Tomamos unos helados. No eran gran cosa, pero el sitio tenía su encanto. Hacia esquina y desde allí podía observar un poco la vida de la zona. La Condesa se destaca por que hay muchos bares y restaurantes de distinto tipo, y me hace recordar un poco al barrio de la Boca en Buenos Aires.

Tras el helado nos fuimos a tomar unos caballitos de tequila. Caballitos bandera. Te ponen tres vasos, lo que conocemos como chupitos, en los que en cada uno hay tequila, sangriíta (jugo de tomate) y lima. Como no. Se llama “bandera” porque son los colores de México. Te tomas un sorbo de tequila, acto seguido pasas al caballito de sangriíta y acabas con el sorbo de limón.

Esta bien, pero siempre estas cosas me han parecido demasiado sofisticadas. Honestamente, lo que quiero decir es “mariconadas”. Pedimos unos caballitos de otras marcas de tequila sin más adornos, y nos vamos tan contentos hacia el coche.

¿Coche? El coche no está. Se lo ha llevado la grúa.

Pero esta historia ha sido tan apasionante, que la contaré en un próximo capítulo porque no tiene desperdicio. Aquí son las 7 de la mañana y quiero ducharme antes de que los vecinos gasten el agua de la cisterna.

¿La culpa? Del “termosifonen”

Cuando mi amigo Pancho me dice al teléfono, con un claro acento americano derivado de su periplo en Boston, “The Lord works in the misteryous ways” (en español sería la bíblica frase: Los caminos del señor son inescrutables) a mi me viene a la cabeza que nunca mejor aseveración para ilustrar lo que uno va viviendo por tierras suizas.

Y es que la frase tiene su miga. Acudiendo a ella pareces tener el culo salvado, porque hurgando un poco en la traducción no viene de la literalidad, ya que la Biblia dice realmente Los caminos del señor permanecen rectos. Habla de un sólo camino, y los anglosajones, como no, aprovecharon para darle ese aire de “misterio” y así justificar con lo injustificable cualquier variable que se pudiera dar.

Como no se trata de hablar de religión, partiendo del hecho que soy un ateo ignorante, estos días que transcurren entre lluvias, tormentas y soleadas jornadas, los estoy aprovechando para ponerme al día en algunas cosas que tenía pendientes. Leer, hacer deporte y, por supuesto, mis labores como amo de casa.

En casa estamos sufriendo las obras de la planta de arriba. Vivimos, en lo que a tranvías se refiere, en la línea nº 6, que es la que lleva desde Bahnof Enge hasta el Zoo. La casa está en la penúltima parada dirección al Zoo, Susenbergstrasse, lindando con el bosque. Es la zona alta de la ciudad. Estamos rodeados de verde y al abrigo de muchos árboles de distinto tipo. Las tardes son maravillosas porque si te asomas a la terraza de la casa o bajas al jardín común que compartimos los del edificio, puedes relajarte escuchando la variedad de pájaros que vuelan entre los árboles con el crujir de éstos dejándose querer por el viento. No sólo vemos pájaros. Tenemos incluso localizada una mofeta que pasa todas las noches por delante nuestra, a la cual le damos galletas, ante el asombro de nuestros gatos que deben creer que esa cosa es un gato persa más grande que ellos.

Y hablando del jardín de mi edificio, yo invitaría a Almodovar a pasarse por aquí para inspirarse en algún guión, o al mismo Alex de la Iglesia, por si quiere hacer “La comunidad II: el reich suizo”. Nuestro edificio es de tres plantas. Vivimos en la primera. Nuestras vistas son a los envidiables jardines de nuestros vecinos adinerados y a una residencia de ancianos de la comunidad judía, que nos deleita cada día con alguna sorpresa. Una noche en vela, porque a algún anciano le ha dado por cantar o ponerse a leer la Torá hasta altas horas, el paseo de los rabinos que vienen hacer visitas y todo aderezado con la multiculturalidad del personal de enfermería. Hay varios hispanos y uno se muere de risa escuchando, mientras se fuman el cigarrillo, expresiones del tipo “ayy mira yo le dejo que se canse, hartita me tiene el viejo”; “el mío se orinó todito y el cabrón cuando le cambié, se volvió a orinar”.

Esas vistas van acompañadas de mis “queridos vecinos”. Creo que somos los únicos que vivimos en pareja. Es una zona del alquiler un poco cara. Lo normal es encontrarse apartamentos pequeños, lo que llamamos en España estudios, que aquí sería del tamaño 1 ½ aumentando a 2 ½ , 3 ½ ….. en virtud del número de habitaciones. Lo del ½ nunca lo entendí muy bien, pero creo significa que tienes cocina. Pues bien, como no iba a ser menos, mi edificio es multicultural también. La Sra. Onhg (una china afincada desde hace años en Suiza), la Sra. Muller, la Sra. Schoop (conocida como la loca, una sueca de 1.85 por 1.85), la Sra. Schooump (muy parecido al otro apellido pero nada que ver), el Sr. Landoff (un medio exhibicionista que tenemos enfrente) y otros individuos a los que no alcanzamos a ver a lo largo del día.

Entre todos debemos intentar vivir en armonía a pesar de la pesadilla que supone compartir lavadora. Aquí lo del condominio se lleva mucho, y el cuarto de la lavadora y plancha se comparte, teniendo que colocar tu nombre en una hoja preparada a tal efecto para coger tu turno semanal. Todos escapamos del día en que la loca sueca coge su día. Esta lava cuando le da la gana. La puerta de su casa es justo la que está más cerca de la puerta del cuarto lavandería, y cada vez que uno baja, lo tiene que hacer de puntillas, porque como está loca perdida, es capaz de salirte con un abrigo de visón y en pelotas. No creáis que es una invención: estos ojitos lo han visto. La sueca descentrada te entra en la lavadora y te impone sus reglas, inventándose cosas como que el administrador se lo ha dicho, o que no hay que lavar porque estamos en fiestas cristianas. A mi me tiene un poco de respeto, pero a la Sra. Onhg y a la otra que se le parece el apellido le has llegado a dejar cartas amenazantes debajo de la puerta a altas horas de la madrugada.

Por suerte, estos días está de vacaciones, por lo que bajar al cuarto lavandería se ha convertido en algo “normal” y sin sobresaltos. De hecho, mientras escribo estas líneas, mi ropa se está lavando y tengo la tranquilidad de que mis calzoncillos seguirán ahí cuando acabe el programa de lavado y no colgados del pomo de la puerta, cuestión que podría asegurar si estuviera la sueca.

Aparte de la sueca la tranquilidad se ha roto estos días en nuestro edificio. Han empezado las obras en la planta de arriba. Hace unos meses, se cambió de administrador, que es como cambiar de propietario. Dado que la planta alta la conformaban sólo dos viviendas del tipo 3 ½ con terraza y no se alquilaban, el nuevo dueño ha decidido tirar tabiques y afrontar una nueva remodelación para convertir la última planta en tres 2 ½ . Y es aquí donde realmente, empieza esta historia.

A diferencia de España, aquí los albañiles empiezan a las 7 de la mañana. A diferencia de España, la Ley protege al propietario, y todos los inquilinos del edificio deben apechugar con las incomodidades que supone una obra. Y a diferencia de España, aquí el albañil debe desayunar trabajando, porque aún no he podido notar que hagan una pausa. Me da que mientras comen el bocadillo, con la otra mano, están con el martillo eléctrico.

Nos habían avisado (aquí todo por escrito) que durante un tiempo íbamos a sufrir las incomodidades de las obras. En un principio, empezaron tranquilos, pero esta semana comenzó el trabajo de verdad. A las 7 de la mañana tienes a 10 personas encima de tu casa amartillando, despuntando y rompiendo todo lo que tienen a su paso. La cuba de escombros la han puesto justo debajo de nuestra terraza con lo que os podéis imaginar que agradable es el ruido. Porque son dos tipos de ruidos. El primero, el del tubo que han colocado, a modo de tobogán, que va desde la terraza donde están las obras hasta la cuba y el segundo, el que me pone de los nervios, el que te coge de sorpresa, el del tonto de turno, que no quiere usar el tubo y deja caer los escombros como un peso muerto. Tras dos horas de vibraciones, ruidos y sustos, a uno no le queda más que pensar en Gran Hermano y entonar “Manu, tienes que abandonar la casa”.

Desde mi casa al Zoo hay una parada de tranvía, pero lo normal es hacerlo andando, puesto que son sólo seiscientos metros. Primero, por la comentada cercanía y segundo, porque no deja de ser una delicia ver como te acercas a la cima de la colina, al bosque, y con suerte, puedes ver el lago.

Toda la zona está conformada por el Zürichberg (bosque de Zürich), el Zoo, unas instalaciones deportivas de la Universidad, conocidas como Fluntern ASVZ, y la sede la FIFA.

Es digno de ver, y en esta zona, por diferentes motivos, me muevo como pez en el agua. Desde el año pasado corro por el bosque y ya he tenido la suerte de hacerlo en todas las estaciones del año, por lo que he visto los cambios en la flora y me he encontrado algún animal (léase ciervo) por alguna de las rutas. Además, el bosque colinda con un lateral del Zoo (visita recomendadísima) por lo que siempre puedes ver a los animales desde otra perspectiva a la que lo hacen los visitantes.

El centro deportivo Fluntern ASVZ es una maravilla de la que disfrutan los estudiantes, profesores y personal de las universidades del cantón. Compuesto de varias campos de fútbol, pista de atletismo, campo de prácticas de golf, gimnasio, pabellones para badminton, baloncesto, pistas de tenis, campos de beach volley y alguna cosa que se me quedará por el camino. Nunca parece haber mucha gente, así que el año pasado, por estas fechas, se me ocurrió acercarme a preguntar cuánto valía la inscripción. Me contestaron que el centro estaba dirigido únicamente al entorno universitario, así que, dolido por la negativa, usé todos mis encantos latinos y aprovechando que soy profesor en una universidad en España, información que le dejé caer como quien no quería la cosa, intenté agarrarme a la última oportunidad que me quedaba para disfrutar de semejante complejo. BINGO.

La secretaria, Renata, se levantó y fue a hablar con el director. A los cinco minutos me ví en el despacho de un guaperas de dos metros, con el que al estrecharme la mano, pude entender que era mejor llevarse bien. Entonces ¿eres profesor en España? Si, soy profesor y claro, me preguntaba si podía venir a hacer deporte aprovechando que, además, vivo aquí al lado. Por supuesto, hombre. Renata, “fuguen luguen volanten” (a partir de ahora el suizo alemán lo transcribiré literalmente como lo recuerdo y/ o escuché). Ahí estaba. Me hicieron una especie de volante. For how many time? Esa pregunta me pilló en fuera de juego, y dije un mes. Así que desde entonces estoy yendo con un volante caducado, pero en el punto de control siempre cuento la misma batalla. No, es que me lo he dejado en casa, pero habla con Renata. Dile que soy el profesor español que vive aquí al lado.

Pues bien, muchas veces corro en la pista de atletismo de Flutern. Colinda con la nueva sede que tiene FIFA en Zürich. Un espectacular edificio, parecido a una terminal de aeropuerto, que desde hace tres años se ha convertido en el cuartel general de todos los intereses que tiene FIFA en el mundo del fútbol, que como imagináis, no son pocos. Siempre estuve tentado en visitar sus instalaciones, pero aquí en Suiza hay que pedir hora para todo. Suele ser normal que recibas un email a principios de junio que te diga “Queridos amigos, el próximo 23 de agosto es mi cumpleaños. Por favor, confirmadme esta semana vuestra presencia entrando en este link y apuntando en la lista vuestros nombres. Para ese día traed cada uno vuestra carne, cerveza y/o bebidas. Yo pondré la barbacoa y el carbón. Saludos”. Es decir, casi dos meses antes ya están organizando la fiesta y encima, llévate tú las cosas. Si pienso en hacer esto en España ya sabría el resultado. No vendría nadie. ¿Motivos?. Por prudente y tacaño.

Decía que la visita a FIFA siempre se me antojó algo difícil, pero volviendo a casa decidí pasarme por la puerta. Al ver que la puerta, de tres metros, automática y corredera, tenía un espacio que me dejaba entrar sin muchos alardes acrobáticos, opté por entrar sin invitación. La entrada es como un largo pasillo de árboles, dejando a la derecha varios campos de fútbol de hierba natural. Al terminar estos pasillos, a la derecha hay una tienda, un restaurante y un gimnasio. En frente un campo de césped artificial de última generación y a la izquierda, el edificio.

En el campo de césped estaban jugando un partido. Unos con peto naranja y otros sin peto. Animado por donde había sido capaz de llegar y viendo que en los banquillos no había nadie, me puse a contar el número de jugadores que había en el campo. 1,2,3….. 21 y 22. Ayyy, mala suerte, no puedo jugar. Me acerqué al portero que tenía más cerca. Un chico jamaicano, según pude entender por el acento y porque a los cinco minutos ya habíamos entablado alguna conversación. Yo, en mi línea, rompiendo el hielo “Good job, goalkeeper”. El partido lo conformaba una torre de Babel. Escuchaba hablar en español a dos argentinos que jugaban en el mismo equipo. Franceses, brasileños, un ruso, dos ingleses… Me dediqué a intentar acertar de dónde era cada jugador. El partido no daba para más. Mi amigo jamaicano era un flan cuando le chutaban a puerta y de eso se había dado cuenta Beto, uno de los brasileños, que cada vez que tenía oportunidad, le pegaba duro a la pelota para complicar el empeño que ponía el caribeño.

Tras estar deseando que alguien se cansara y tener la oportunidad de que me dieran la alternativa, pasaron veinte minutos, cuando, se aproximó un señor de unos sesenta años y me dijo: “Alo, mein ist Walter” (recordemos que lo pongo tal como me suena). Hi, I´m Manu. I don´t speak german, Sir…. Aha, guy, then Why don´t you play?…. La hemos cagado, pensé. Pues no juego porque estoy de visita. ¿De visita? ¿ y qué te parece nuestra sede?. Fantástica, la verdad. Y los chicos ¿cómo van?. No tengo ni idea, pero a este portero le han hecho en el tiempo que llevo aquí 4 goles. Eyyy, Jammie, How´s the score? 6-4 le dijo el jamaicano. Aproveché que la situación no era muy violenta, o por lo menos, ya había pasado lo peor, para preguntarle a mi nuevo amigo Walter quiénes jugaban. Pues el staff de FIFA. Juegan todas las semanas una pachanga entre ellos. Yo creía que trabajabas aquí, por eso te pregunté que por qué no jugabas. Una vez le expliqué que había entrado a ver las instalaciones y que me había quedado a ver el partido, la conversación se terció en una especie de competición de trivial color naranja monotemática de fútbol. Para competitivo yo, y además, me dolió la pregunta: Is Málaga team playing in Second Division? No… caballero, el Málaga casi juega la UEFA teniendo uno de los presupuestos más bajos de Primera División, así que un respeto. Él me pidió disculpas y seguimos hablando de un montón de cosas relacionadas con el balón. Pero la perspectiva era distinta. Si él me preguntaba, por ejemplo, por un equipo, y hablábamos un rato, al final, me contaba una anécdota que mejoraba cualquier comentario mío por muy erudito que pudiera estar en el tema. Como anécdota pongo la siguiente.

Hablando de la Peace Cup, y el primer partido del Real Madrid de la era Cristiano Ronaldo en el Santiago Bernabeu, le comenté que los árabes del Al Ittihad habían empatado a uno. Ahh, no sabía, yo estaba viendo la final de la Copa de Oro entre México y EEUU (entendía perfectamente por el gesto que me hizo que la vio en directo). Puso a prueba mis conocimientos de fútbol y me preguntó si sabía cómo se llamaba el entrenador del Al Ittihad. Por supuesto, contesté, Gabriel Humberto Calderón, que jugó en el Betis durante los años 80 y fue subcampeón con la Argentina de Maradona en Italia 90. Muy bien, Manu, muy bien. Pues Gabi es amigo mío. Le dije que debería estar contento por él porque el equipo árabe me pareció muy bien conjuntado e incluso mereció mejor resultado. Él, asombrado por mi crónica, dijo: “ ah, ¿si? Pues vamos a llamarlo para felicitarlo. Toma ya, poderío. Alo, Gabi, ça va mon ami? (Calderón jugó muchos años en Francia y terminó su carrera en el Laussane suizo). Es que estoy aquí con un amigo mío (¿ya somos amigos?) y me ha dicho que empataste en el Bernabeu. Sí, sí, Walter, pero el Madrid está empezando y le faltaba gente (eso es deportividad). Ok, ok, bla bla bla,… cuídate mucho amigo. Adiós (esto en español).

Terminó el partido, y Walter me dio su tarjeta de visita por si algún día quería conocer las instalaciones por dentro. Por supuesto. Ha sido un placer, espero verte pronto. Al llegar a casa, lo primero que hice fue acudir a Internet. Google. Walter Gaag. Pues ahí estuve yo dialogando con el mismísimo director de seguridad de todos lo estadios FIFA. La persona que cambió el rumbo de los estadios tras el punto de inflexión que se produjo con la tragedia de Heysel en 1985, donde 39 personas murieron aplastadas por la animadversión de las aficiones y las malas previsiones de la organización en aquella fatídica final que nunca se debió jugar entre Liverpool y Juventus.

Lo que no pudo pasar desapercibido en mi pensamiento es que siendo quién era, él había mantenido una conversación con una persona que se había saltado a la torera la seguridad del recinto. Paradojas de la vida.

Como ya comenté, en casa estamos de obras. Bueno, en el edificio. Tras la anécdota FIFA, me puse a cocinar el almuerzo. Para ello, no sólo me puse el delantal, si no también, unos tapones para los oídos ya que el ruido seguía siendo muy desagradable. De repente, la carcasa del timbre, una lámina del falso techo y un puñado de arena caen al suelo. Era tan fuerte el trabajo que estaban haciendo con el martillo eléctrico, tanto temblaban los cimientos de mi casa, que empezaron a caer cosas. Salí a toda prisa a la calle para, desde ahí, “hablar” con los albañiles. Empecé a silbar para que me escucharan hasta que uno asomó la cara. Tenía tal enfado que se me había olvidado que no hablo una palabra de alemán. El tipo que se asoma me dice Was? y, sobreponiéndome, le espetó Qualcuno parla italiano?. Es la ventaja que tienes en Suiza, que si no es con el inglés es con el italiano, pero siempre te haces entender. Cuando estoy en este tipo de situaciones prefiero usar el italiano, el cuál hablo con más fluidez que el inglés. Él me hace el gesto internacional de la mano para que espere. Al rato sale un tipo gordito con pelo negro y me dice was wünschen Sie? Que a mi me sonó a basbuchensi??? Non parlo tedesco. Mi hanno detto che tu parli italiano…. Si, si io parlo italiano dimmi… Senti, se me ha caído el techo de la cocina, me habéis llenado la casa de polvo y encima, me habéis roto el timbre.. Come?? Lo que me faltaba, el tío no escuchaba nada con el ruido y yo gritando en la calle. Manda a sus compañeros que apaguen la maquinaria y se lo vuelvo a repetir.

Él me comenta que ya estaba al tanto y que a algún vecino ya le había pasado. Que era culpa de la fuerza del martillo eléctrico. Yo le grito que se deje de historias y que tiene que estar atento porque a lo mejor, si en vez de ser yo, es una señora de ochenta años no lo cuenta. Se ríe, y me dice que vendrá a casa a ver lo que ha sucedido. Le digo que no hace falta, que yo comprendo que tengan que trabajar, pero que entre lo que gritan, ríen y el ruido de las máquinas, me deben entender, se me hace insoportable y encima, estoy de vacaciones. Él se apiada de mi. Me dice que se llama Ricardo, y que si me vuelve a pasar algo en casa que se lo diga. Y que no es verdad que ellos griten, pero que intentará decirle a los compañeros que cuando empiecen a trabajar a las 7.30 de la mañana, hablen más bajo.

Volviendo a casa me pongo a pensar si realmente estos pseudoteutones hablan o no hablan alto. Puede ser, me digo, que dado el silencio que siempre reina, cualquier voz fuera de tono parezca aumentada exponencialmente. Puede ser también, que hablen como todos los operarios de la construcción… ¡a grito pelado! La tarde se las tuvo, porque no dejaron el martillo eléctrico en ningún momento, pero al menos, no les escuché gritar más.

Al día siguiente, más de lo mismo. Me fui a hacer la compra, la cuál la hago a dos paradas de casa, en Toblerplazt. Al volver, me puse a limpiar la casa. El día se las prometía felices respecto a la obra, porque parecía que habían dejado de usar el martillo eléctrico. Eso sí, los escombros eran el juego del día. Dejando caer bloques de hormigón desde 7 metros a una cuba de hierro sin previo aviso, es normal que uno viva en el sobresalto. Cuando menos te lo esperabas…. BUMM… y nube de polvo que cubría la terraza, que de forma muy ingenua, había barrido por la mañana.

Mis gatos alucinan con esto de la obra, porque acostumbrados a dormir plácidamente por las mañanas tras sus rutas nocturnas, ahora miran con extrañeza de dónde viene ese ruido y hormigueo que sale del techo.

Estando leyendo el más que recomendable libro de Guillermo Fesser “A cien millas de Manhattan”, escuché, a pesar de mis tapones, un ruido de agua que parecía venir desde muy cerca. Me quité uno de los tapones, y pude acertar a oír que el ruido venía de la cocina. Fsssssssssss. Madre mía!!! La madre que los parió. Me están inundando la cocina. Salgo hecho un león. Subo el andamio, y al llegar a la segunda planta me encuentro a seis hombretones, cada uno en su mundo y trabajando en lo que antes era un apartamento. Busco con la mirada a Ricardo, y no lo veo. Uno calvo se me queda mirando y con muy mala ostia le digo que se acerque. Do you speak italian? Si, si parlo. …. Guarda, siete matti, sta cadendo acqua in casa mia…. Come??? El tipo grita más fuerte que todo el ruido de las máquinas juntas algo así como Stoppen sie die maschinen (parad las puñeteras máquinas). Le explico de nuevo lo que está sucediendo en mi casa, y de un salto coge se acerca a unos tubos, les da dos martillazos. Me dice que le siga que vamos a mi casa. Baja a toda velocidad el andamio. Yo voy más lento. Uno, porque llevo chanclas y dos, porque voy de escalón en escalón, mientras que éste se movía como un bombero.

Scheiße, para nosotros “Chaise”, el mierda de toda la vida. Al ver el charco que se había montado no le quedó más remedio que pedirme disculpas y contarme una historia del “termosifonen” para justificar el desastre. La verdad es que agua no caía, probablemente gracias, a los martillazos que pegó previamente arriba, pero el agua que había caído del “termosifonen” era de color cobrizo y daba una sensación mayor de suciedad. Como aquí van preparadísimos para todo, el tipo saca de uno de los múltiples bolsillos de su chaleco una especia de esponja ultra absorbente lográndome limpiar el desastre en un periquete. Se sucedían las disculpas con la explicación de cómo funciona un “termosifonen”. Una cosa es hablar en italiano con un suizo originario del Ticino, que es la parte italiana de Suiza, y otra muy distinta es hablar en italiano con un suizo de cualquiera de los cantones de habla alemana o suizo-alemana. Questo è un problemennn del termosifonennnn.

Calmadas las aguas, nunca mejor dicho, me puse la ropa de deporte y me fui a Fluntern. Siempre que voy hago la misma operación. Dado que tengo el vale caducado, me doy unas vueltas por la pista de atletismo, me meto en el recinto y veo quién está en el control. Aquí la estrategia está clara. Si es mujer, no hay nada que hacer. La historia de que soy amigo del director no va a colar, y lo mínimo que va a hacer es ir a corroborarla. Si es hombre, ya es otra historia. Para ir al gimnasio tengo que pasar inexorablemente por un control, que no es más que una mesa y una silla usada por algún estudiante o becario que se gana unos francos haciendo este trabajo. Lo mejor es pasar rápido, con decisión y como si lo hubieras hecho mil veces. Normalmente, están enfrascados en la lectura o haciendo algún Sudoku. Los chicos no suelen controlar, pero las chicas, siempre, siempre y siempre, te piden el “pass”. Y es que en este país una de las cosas que tengo claras es que la mujer es la que lleva los pantalones. Es por eso, que muchos suizos los ves por la calle acompañados de mujeres de otros países. Hay un mestizaje fantástico, que da como resultado, una descendencia de niños guapísimos. Esa mezcla suizo-vietnamita, suizo-brasileira, suizo-filipina… no sé por qué pero siempre tiene un algo especial. Ellos no se atreven a reconocerlo, pero para eso están relatos como este, para dar otro punto de vista. Tengo claro que el suizo ante la incapacidad de llevar los pantalones en casa y controlar el carácter de la mujer suiza, busca en otras culturas un carácter más dócil que le haga suponer que es parte importante de la pareja y no un mero títere. Por desgracia, muchas veces lo equivocan y lo que terminan es comprando ese cariño. La famosa canción de Juan Luis Guerra “Visa por un sueño”. De todas formas, no se aleja lo que digo de la realidad si pongo como ejemplo a Federer y a su mujer Mirka Vavrinek.

Estoy de suerte. Hoy no hay centinelas en el puesto de vigilancia, así que no tengo que hacer ningún teatro. Es lógico. Aquí están de vacaciones de verano, y hay poca gente. Al entrar al gimnasio sólo hay una mujer de unos cincuenta años. Me pongo a hacer unos abdominales y ejercicios de piernas. Como no hay música tarareo una canción de Camarón de la Isla que tenía puesta en casa… “mis relucidos luceros ayyy en la Bahía de Cádiz….”

Hacer estas cosas en público a los suizos parece impresionarles, ya que ellos viven en silencio y sin grandes sobresaltos. Noto que la señora me lanza una sonrisilla, pero nada más. Sigo a lo mío. Al rato observo que está buscando algo. Como la veo desesperada le digo Can I help you? Are you looking for something?… No, no, gracias, me dice, busco una pesa pero ya la he encontrado. Lo gracioso es que me contesta en español!!. Ante mi asombro no me quedaba otro remedio que preguntarle por qué sabía que hablaba español. Me contesta que me había escuchado cantar. Resulta que mi acompañante en el gimnasio realiza un doctorado en literatura castellana, y lleva años yendo a nuestro país. Lo está haciendo por amor al arte, dado que su profesión es otra y nada tiene que ver. Es la directora del Museo Nacional de Suiza en Zürich. Lorange, una mujer menudita que me encuentro en un gimnasio de un centro deportivo universitario, resulta ser la que está al mando del museo más importante de la ciudad. Intercambiamos impresiones de nuestros países y de alguna cosa más. Me invita pasarme por el museo. Le prometo que en breve. Vaya semana. Ayer el director de seguridad de FIFA, hoy la directora del Museo Nacional. ¿Mañana? Mañana desayunaré con el Presidente de UBS (el banco más importante de Suiza)… ya puestos a pedir.

Al volver a casa, antes de llegar al portal, noto algo extraño. Está todo mojado. Qué raro -pensé- si no ha llovido. Subo a casa, y veo pisadas de mis gatos por todo el suelo. Uy..uy…uyyyyy. Me acerco a la terraza y me encuentro tremendo “charquero”, como diría aquel Manolo Cabeza de Huevo en la broma del programa “El vacilón de la mañana”. Miro a la calle y veo que la cuba y todos los escombros que están dentro están mojados. ¡¡ otra vez los albañiles!! Salgo disparado a la calle. Me pongo a la altura de la cuba, miro arriba, y antes de que pudiera gritar, uno de los suizos me hace un gesto con la mano para que espere. Grita: ¡Ricardo!, y Ricardo, al cuál le tengo una manía tremenda, asoma. Le tengo manía porque antes de que me pasara nada he visto a Ricardo escupir desde las alturas, eructar su cerveza, rascarse la huevera, y sobretodo, porque es odioso escucharle hablar. Es un tono de voz entre nerd y ultratumba y, además, en alemán.

Ricardo!!! … Dimmi!! Se puede saber qué habéis hecho?? Por qué? Pues tengo la terraza llena de agua. Ah, eso no he sido yo. Guarda Ricardo me ne frega chi è stato avete una testa di….. Me enfado. Me había llevado al límite. Ricardo y otro tipo bajan. Yo me envalentono, saco pecho y me acerco a ellos. ¿se puede saber en qué estáis pensando? Aquí vive más gente… Vado a chiamare ai Polizei!!!! Esto lo han entendido muy bien. No sé por qué pero policía me ha salido en alemán. Ellos me piden disculpas, pero no me dicen qué ha pasado. Yo lo sé. Han echado agua desde arriba a la cuba para no hacer más polvo, pero a la magnífica idea no le dieron más sentido que uno. Resolver el problema del polvo, olvidándose de lo primordial: no molestar al resto de vecinos. Como veo que están jodidos, y quiero que empiecen a tenerme en consideración empiezo a exagerar como buen andaluz. Tenía la colada en la terraza, los zapatos. Me habéis puesto todo hecho una porquería. Los gatos han pisado el agua que, junto al polvo que hay en la terraza por culpa vuestra, se ha convertido en un charco de barro. Todas las patas de los gatos están en el sofá. Ahora ¿qué hago?, ¿qué hacéis? ¿venís a limpiar a mi casa?.

El pobre Ricardo hacía de traductor humillado al otro chico. Ufnain sainen klainen butenn aquen terrazenn… Ja .. Ja… Venga, que no se vuelva a repetir Ricardo. Son tres veces en dos días. No, de verdad no volverá a pasar nada. ¿verdad que ya no sientes el martillo eléctrico? No, es verdad, ya casi no lo siento. Unas risas y tan amigos.

Y es que, como dije al principio, los caminos del Señor son inescrutables, y ya sea en Suiza, ya sea en España, cuando te tienen que pasar las cosas, te pasan y punto.

Diario SUR

EN CUALQUIER CASO TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS:
Queda prohibida la reproducción, distribución, puesta a disposición, comunicación pública y utilización, total o parcial, de los contenidos de esta web, en cualquier forma o modalidad, sin previa, expresa y escrita autorización, incluyendo, en particular, su mera reproducción y/o puesta a disposición como resúmenes, reseñas o revistas de prensa con fines comerciales o directa o indirectamente lucrativos, a la que se manifiesta oposición expresa.