Maratón de NY, la última con las Torres Gemelas.

8:00 AM 5 de Noviembre de 2000

Ni ojo he podido pegar, durmiendo en esta covacha llamada hotel, en el Jamaica Neighbourghood (barrio jamaicano)

Llegamos ayer, desde Montreal, en nuestro flamante Pontiac  Firebird del año 82 tras dos meses de entrenamiento, y sin embargo, dejamos para última hora la cuestión del alojamiento, confiados de que en NY siempre hay dónde dormir. 

Pero la realidad ha sido otra, y a pesar de nuestros esfuerzos por quedarnos en algún sitio de Manhattan, los precios, de lo poco que quedaba libre, nos devolvían a la realidad: hemos venido a la Maratón de NY, no a codearnos con la aristocracia neoyorquina ¡Qué precios!

Tras algunos intentos, desde NY, mi amiga Natalia, “au pair” española en tierras yanquis nos consigue en un “hotel de las afueras”, palabras literales de ella, una habitación. Incluso, nos comenta el precio, 90 dólares noche, cuestión que nos pareció óptima para ser última hora.

Cuando hablo en plural, me refiero a la otra persona que  me acompañaba en esta aventura. Mi buen amigo Rodrigo Castellano. Mexicano espigado, de melena rizada, cuál cantante de Maná, cuya pasión por el maratón se remonta a las conquistas por parte de su padre, un profesor de filosofía de la UAM (Universidad Autónoma de México), de algunos títulos de campeón en la conocida prueba del Ironman en la categoría senior

Hemos conducido 6 horas para llegar, y esta si que ha sido una prueba dura. Tener al lado tuya a Rodrigo aburrido, es como tener a la vecina del quinto hablándote del affaire que tiene el frutero con la nueva pescadera del mercado, con una excepción, sus conversaciones siempre tienen tintes filosóficos. Lo lleva en la sangre.

-       Manol (es como me llama a mi), vamos a jugar a un juego aristotélico de inducción-deducción, dónde yo pienso una cosa y tú, con preguntas, intentas acertarlo (aquí hay que poner acento mejicano).

-       Si, Rodrigo, el “si fuera” de toda la vida.

-       Ayyy, que onda….. ¿juegan en España?

Tras dos horas y doscientos kilómetros –fácil para aquellos que se les de bien la física calcular la velocidad, recuerden que conducimos por los EEUU- la paliza es demoledora. El pobre de Rodrigo no ha acertado ninguna, y yo le he llegado a acertar hasta sin preguntarle. Las dos últimas horas se las pasa cantando rancheras, y yo haciéndole los coros cual mariachi: “la de la mochila azullllll, la de ojitos dormilones” pero mi cabeza no está con él, si no en lo emocionado que estoy por enfrentarme a un reto como el de la maratón.

Toda mi vida he hecho deporte, en algunos como el baloncesto, destacando. Pero cuando, un día por el bosque alrededor del campus me crucé con el mexicano, el maratón se convirtió en un reto. Ya había corrido en distintas medias maratones, algunas con buenos resultados, pero doblar la distancia se presumía un reto, sobretodo para alguien como yo, que es poco calculador en el esfuerzo, y que la palabra dosificar me la tengo que grabar a fuego para acordarme.

Los entrenamientos, en un enclave ideal como cualquier bosque canadiense, no habían ido mal. Nos habíamos hecho alguna media maratón, ya que la cuerda del camino del bosque lo permitía, y los resultados eran más que aceptables. Estar en 1h 25 parecía más que suficiente para afrontar el reto. Setenta y dos kilos y la cara chupada, también.

Pues bien, no pegué ojo porque Rodrigo y yo tuvimos que compartir una cama cochambrosa, de un hostal, donde transitaban señoritas de compañía en medio del barrio jamaicano de NY. Los dos vestidos, incluso ataviados con los gorros de lana, intentamos dormir, pero el ruido de las camas de las habitaciones que nos rodeaban, y los ronquidos de un relajado Rodrigo, convirtieron esa noche en mi peor entrenamiento.

Al levantarnos, tuvimos que despertar al recepcionista, que estaba embutido en su urna de cristal, llamada “reception desk”. Al pagar, nos deseó buena suerte, pero como no le escuchábamos a través del grueso vidrio blindado, de su boca de negro de 150 kilos, salió una fuga de vaho que empañó el cristal para escribir con su mórbido dedo: “Good luck, guys. Remember RUN and RUN”

Aquello nos hizo reír. Salimos con las bolsas al coche y decidimos acercarnos a Manhattan para después coger el metro hacia la salida.

Era una mañana fría, dadas las fechas de la competición, pero mis piernas ya me pedían correr, mientras que mis manos se frotaban continuamente, más producto del nerviosismo, que del mero hecho de calentarlas.

En cuanto nos acercamos a la ciudad se empezaba a sentir el ambiente de la maratón. Calles cortadas, cientos de personas esperaban ya el paso de los atletas, aún a sabiendas de que faltaban unas cuantas horas para que eso sucediera. Estaba estimada una participación de medio millón de personas, y en esa vorágine de piernas estaríamos el mexicano y yo.

Cuando nos bajamos en Wall Street, decidimos ir trotando a la salida para ir calentando. Era espectacular ver la cantidad ingente de personas que se preparaban para la carrera. Estirando, concentrándose, trotando, y siempre con la sensación de que ese espectáculo de organización pausada se realizaba todos los días.

Cual supermercado nos colocamos en la fila. Ya habíamos percibido que los participantes que realmente iban a luchar por la victoria saldrían primero, previa salida de los valerosos discapacitados, quienes en sillas de ruedas, más parecidas a prototipos de motos espaciales, también tenían su turno. Me llamó la atención un checo que con la ayuda de la única extremidad que tenía, un brazo, iba a afrontar el reto de acabar la maratón. Me acerqué a él para comentarle mi admiración, pero entre su inglés de Europa del Este y mis nervios, lo único que acerté a adivinar fue que el brazo, que era como  mi pierna, ya había participado en más maratones.

Los representantes de México y España que estábamos en aquel metro cuadrado, nos protegíamos con nuestras sudaderas, del último y más novedoso material, del frío, y de algo no comentado hasta ahora. No nos habíamos inscrito. Como buenos latinos, habíamos dejado que nuestra desidia nos llevara, y ya no era posible inscribirse cuando lo habíamos decidido. Pero corriendo el riesgo, nos metimos entre la marabunta de gente e hicimos creer que llevábamos los dorsales debajo de nuestras sudaderas. Los controles rutinarios en los puntos kilométricos de rigor serían nuestros grandes enemigos. No me preocupaba en absoluto en ese momento el famoso “muro”, ese tramo entre el kilómetro 33 y 38 que cae como un mazo sobre la resistencia física del corredor. Me preocupaban los controles.

Desde una pantalla podíamos ver como se iba a dar la salida, no sin previo himno, con muchos de los participantes cantando y con su mano en el pecho.

A diferencia del deporte en Europa, y en especial, en los países latinos, el anglosajón, y sobretodo, el norteamericano, lo tiene concebido como un espectáculo. Así lo pudimos palpar en seguida, cuando vimos gente disfrazada, gente de avanzada edad, parejas de recién casados. Todo muy dentro del american show que podemos pensar y siempre con un toque kitsch.

El pistoletazo de salida nos hizo pagar la primera novatada de la carrera. El puente empezó a temblar (salíamos desde los puentes de Brooklyn, dado que se trataba de una edición especial al ser año 2000), y en cuanto sentimos el disparo al aire conectamos nuestros cronómetros y empezamos a correr. Cuál sorpresa que ni empezamos. Rodrigo se dio de bruces contra la espalda de un mastodóntico teutón que estaba delante nuestra. Y es que es tal el número de personas que, desde que dispararon hasta que empezamos a movernos, pasaron un par de minutos.

Nos habíamos planteado disfrutar de la primera parte del maratón. Es decir, llegar a la media maratón sin forzar y ver qué nos ocurría cuando pasáramos el control. Nosotros no llevábamos el chip que deja registrado nuestro paso por las zonas de control, por lo que en cuanto pasáramos por una, digamos, más o menos en solitario, nos iban a señalar con el dedo cuáles espontáneos en una corrida de toros.

En el primer kilómetro, el mexicano empezó a soltar alguna lagrimita de emoción: – “Qué onda Manol, el pinche mi padre no ha corrido esta prueba y aquí me tienes. Esto está poca madre”

Yo me dedicaba a regular mi respiración. No soy de los que habla cuando corre. Debe ser que mi madre me llamó tantas veces la atención cuando de pequeño lo hacía comiendo, que ya no soy capaz de hacer dos cosas a la vez cuando abro la boca.

Nos habíamos parapetado en un grupo que parecía una mancha que avanzaba devorando corredores. La mayoría eran de un club de atletismo de Atlanta. Yo les debería parecer autista, porque a los 5 kilómetros, esos compañeros ya son amigos, y te han contado su vida, y yo sólo acertaba a contestar con onomatopeyas: “mmmm; eheeh; yes” y el españolísimo “nou”.

En el kilómetro diez, empezamos a correr más sueltos. Rodrigo decidió irse al margen derecho y me dejó en el contrario, para ir controlando la situación respecto a los controles. Cada vez que pasábamos una esquina levantábamos la mirada para ver que nos esperaba más adelante.

La gente se amontona en los márgenes, y es curioso como sientes el calor del ánimo altruista del que viene a ver la competición. En los tres metros que dura tu paso en el campo de visión de un aficionado te sientes reconfortado: “Go, go, run, run” “Hero,go hero” Ciertamente creo que ni mi abuela hubiera logrado subirme la autoestima como lo hacían algunos del público.

Continuamente te encuentras puestos de avituallamiento de la organización, pero también de los aficionados. Yo prefería coger las naranjas de alguna familia negra de innumerables miembros que se agrupaban para vernos pasar. Cuando los veías como te miraban y con los ojos te señalaban el camino de la mesa para coger los gajos de naranja, yo imaginaba la típica serie afroamericana con el Sr. y Sra. Winslow, y sus hijos, Laura, Thiro, Eddy y como no, el primo entrado en kilos y el pesado vecino  hijo de los Thompson.

Varias fueron las veces que nos vimos en las pantallas que estaban en el margen, y en una de esas Rodrigo exclamó asustado: “Manol, estamos rojos como gambas. La chingada del sweater. Tenemos que quitárnoslo” Este si que era un reto. Era decirle a todo el mundo que éramos unos corredores mercenarios. Que mi dorsal no se escondía tras mi sudadera color azul. Le dije a Rodrigo que aguantara hasta la media maratón. Y así lo hicimos. Aunque no era grave, si que empezaba a ser preocupante. La sudoración por este hecho era mayor, por lo que nuestras energías se podían ver mermadas.

Y llegamos al punto que marcaba la mitad del recorrido. Curva a izquierdas y miles de personas vitoreando. Se estrecha la calle en una especie de embudo y unos, siguiendo el estilo americano,  cien miembros del staff organizador mirando uno por uno a los corredores.

-       “De esta no salimos Rodrigo…De esta no salimos.”

Efectivamente, no salimos. Dos negros vestidos de superatletas, se acercaron por mi lado derecho, cuál patrulla de la Guardia Civil, y me preguntaron si tenía dorsal. Yo podía optar por la opción “Mi no entender”, pero la acreditación de uno de ellos, marcaba en su pecho que era un tal Freddy Hernández. La opción dos, “pies en polvorosa”, se me hacía más pesada, ya que tendría que ir más rápido que dos tipos que estaban frescos, y que me seguirían 20 kilómetros más, para a lo mejor después detenerme, ponerme delante de un juez del Estado y mandarme al corredor de la muerte por un delito contra la salud pública por no haberme inscrito en una competición que era el orgullo nacional.

“No…no lo tengo”, les dije. Y me invitaron, muy amablemente, a abandonar la carrera. El mexicano estaba ilocalizable. Yo deseaba con todas mis fuerzas que estuviera allí. Que deshonra que un español no pase un mero control con la picaresca que nos caracteriza. Me imaginaba, mientras echaba un vistazo a los que pasaban, que mi mexicano seguía con su trote alegre y sonrisa amplia hacia la línea de meta. Afortunadamente, me equivoqué y en un momento apareció a mi espalda maldiciendo Tijuana, porque una negra le había puesto una pegatina que avisaba a los policías que estaban esperando más adelante, que él era un impostor de la carrera.

Habíamos disfrutado tanto, que nos quedamos bastante tristes. Debieron pasar como 5 minutos allí parados, donde yo aproveché para comprar un chocolate caliente que compartí con mi buen compañero, cual D. Quijote y Sancho Panza. Aprovechamos incluso para llamar a nuestras casas. Mi conversación fue de película de Fellini:

“Mamá, soy yo. ¿sabes dónde estoy?

-       No, hijo, dime.

-       En la maratón de Nueva York.

-       A qué bien. ¿Y quién gana?

-       No, Mamá, que la estoy corriendo. Es increíble. Una experiencia única.

-       Manu, ten cuidado no te vayas a lastimar, que tu eres un trasto, y además en la tele siempre llegan tambaleándose …. ¿No podrías jugar a otra cosa?”

Cuando dijo lo de “jugar” me entró la risa y colgué. Yo, llamando a casa, desde el otro lado del charco, y mi madre con la imagen en la retina de aquella maratoniana suiza que entró en la meta casi cayéndose en las olimpiadas de Los Ángeles 84.

Rodrigo y yo decidimos que había que arriesgar. Que aquello no podía quedar así, ya que si nos enfriábamos, éramos hombres muertos y empezarían los calambres. Así que avanzamos por la acera al trote durante un kilómetro más o menos, dónde la multitud ya escaseaba. Nos quedamos pegados a la cinta que dividía a los corredores del común de los mortales. La pasamos por debajo, y parafraseando al mexicano “les chingamos la frontera”.

Yo empecé a cojear a propósito, cuál lesionado que se reincorpora. El americano, que no conoce la picaresca, empezó a valorar nuestro gesto de valor infinito al querer volver  a competir. Empezaron a darnos una ovación atronadora unas 100 personas. Quizá fruto de este éxito, exagere más la cojera, mientras iba incorporándome, cual homo sapiens en su evolución. “let´s go hero, yeahhhh”, aclamaban los pobres inocentes.

El mexicano agradecía con la mano la inestimable ayuda del público. Una vez que los ingenuos quedaron atrás lo suficiente como para no dar con sus ilusiones al traste, empezamos a correr de verdad. Nos dijimos de hacer la segunda parte de la maratón lo más rápido posible, ya que habíamos descansado 5 minutos y habíamos dosificado en la primera media. (1h 43 min.)

Nos marcamos el objetivo de encontrar al primer grupo con el que corríamos. No dejábamos de adelantar gente. Subíamos un puente, bajábamos una avenida, pasábamos por el Bronx. La gente salía con sus orquestas improvisadas a la calle, y nosotros le saludábamos. En una de esas, pensé que si me quitaba la sudadera iría más rápido. Así lo hice. Se la regalé a una señora que iba con un carrito lleno de botellas de agua. Una botella por mi sudadera. Pensé que ella agradecería el gesto, pero por los gritos que daba, una vez hube pasado, me da que creyó que me la había dejado enganchada o algo así.

En el kilómetro 29 cogimos al grupo. Habíamos corrido como demonios. Parecíamos dos locos adelantando gente. Los del grupo se sorprendieron. Al punto que, como no, se nos hinchó el pecho, y nos pusimos a marcar ritmo.

Esos fueron momentos muy bonitos. Ves la carrera desde tantas perspectivas, que notas que en la misma maratón hay muchas carreras, y nosotros habíamos vuelto a la nuestra. Seguíamos adelantando gente. En una de esas pude adivinar en la espalda de un bajito corredor una leyenda que decía: “La Carolina con el deporte”.

Era un tipo de Jaén que corría su tercera maratón en NY. Como buen compatriota le saludé, le comenté que era de Benalmádena y bajé un poco el ritmo para ver si lo absorbíamos. El tipo, herido en su orgullo veterano, se pone a tirar. Craso error. Desapareció a los dos minutos engullido por los kamikaze conducidos por un Rodrigo que estaba cegado con un alemán que nos sacaba doscientos metros y que iba exactamente al mismo ritmo que nosotros, y no lo dábamos alcanzado.

Le pregunté a mi amigo cómo sabía que era alemán, y la obviedad de su respuesta me hizo dar una carcajada: “Manol, es el pinche cabrón que lleva la bandera”.

El alemán era un triatleta que llevaba una bandera de su país con un mástil de 3 metros y una bandera de 2 por 2, y corría a nuestro ritmo. Estaba claro, que el era de otra carrera, así que le dije al mexicano que tirara hasta pasarlo.

Así hicimos, y cuando nos dimos cuenta, íbamos sólo. A estas alturas de la carrera (km. 32), la gente ya va muy desperdigada. Del  medio millón que inician, no acaba ni el 5%, así que nosotros, aunque extraoficialmente, teníamos claro que íbamos a acabar.

Quizá estos fueron los mejores momentos que recuerdo de la maratón, y sin duda, los más emotivos, graciosos y apasionantes, porque no dejaban de sucedernos anécdotas.

La entrada a Manhattan por Central Park, nos trasladaba a las películas de Woody Allen. Eso si, qué duras se hacían las rampas y toboganes de los caminos del parque. Cada pocos metros empezábamos a ver banderas de España o México, ondeadas por estudiantes que venían animar a los corredores. Íbamos tan sobrados, que nos parábamos a saludarlos, sobretodo cuando eran féminas, y gritábamos un ¡España, España! o un ¡Qué viva México!, para seguir después con la carrera.

Cómo no, esta manera de hacer la goma pasó su factura. En el Km. 38, mientras yo bailaba en un margen al son de un grupo de tres chicos de Murcia que estaban apoyados en un árbol tocando la guitarra, mi gemelo dijo: “aquí estoy yo”.

Creí que no iba acabar la carrera. Empecé a cojear. Bajé el ritmo, e incluso me paré 20 segundos para estirar. Aquello fue mano de santo: volví a correr. El mexicano me sacaba unos 75 metros, pero yo no quería forzar para ponerme a su ritmo. Además, me había surgido otro problema. Eran las heridas en las axilas y los pezones, producto del rozamiento y el sudor. Otra novatada más que pagaba. No porque no supiera que esto podía pasar, si no porque en el bolsillo de mi sudadera regalada a aquella mujer, me dejé el bote de vaselina y 100 dólares.

Yo me había fijado durante el recorrido que en las zonas de avituallamiento, aparte de la comida y la bebida, había vaselina. En el km.39 cogí uno de estos botes, y empecé a expandirme la vaselina por las axilas y el pecho. Uno a estas alturas no está como para pararse y ponerse a dar la cantidad justa y en el lugar indicado, así que adopté la vía “a granel”, y me eché unos buenos pegotes en las zonas afectadas.

Lo primero que pensé era el buen olor a manzana que tenía aquella vaselina. Dos minutos después era incapaz de despegar totalmente las axilas de los brazos, y sentía los pelos de las mismas apelmazados, así como la camiseta totalmente pegada a mi pecho. Estaba claro, que algo había ocurrido. Le grité a Rodrigo que aminorara el ritmo y me esperara. Se puso a mi par y le pregunté que qué mierda era lo que tenía en la mano pegajoso. Me dijo que había cogido uno de esos botes de gelatina isotónica. Las risas me dieron fuerzas. Cogí una esponja con agua en el siguiente punto, y empecé a limpiarme cuál bebe en medio de la carrera. Ya intuíamos la meta.

¡¡Estamos llegando Manol!! Estamos llegando!!!

Era cierto, la gente no cesaba de aplaudir a los que íbamos llegando entre la arboleda de Central Park. Estábamos ya en el km. 41. Ciertamente, no sé decir que sentí, pero creo que pocas veces he estado tan contento y satisfecho, y eso, que a doscientos metros de la meta, unos cien agentes, esta vez de policía, “invitaban” a no pasar la meta a aquellos que no estuvieran inscritos. Daba igual, nosotros habíamos escrito esta experiencia en nuestras vidas. Nos echamos a un lado, y corrimos hasta la línea imaginaria de meta por el lado del público. Miramos el marcador. 3h 12 min. 54 seg. Para correr 42 Km. 195 m., beber un chocolate caliente, llamar a la familia, vivir la experiencia con el público, y sobretodo, ser un “finisher”.

Nos tiramos en el césped de Central Park, y estuvimos disfrutando del espectáculo que brinda la línea de meta. Gente satisfecha con el esfuerzo de haber acabado. Gente que aglutinaba méritos que aquí no cabrían. Gente que se sentía feliz. Y allí, desparramados un mexicano y un español, con dos mantas térmicas, riendo a carcajada de la experiencia vivida.

El detalle y premio, fue que dos personas de la organización, inocentemente, se acercaron para decirnos si habíamos cogido el “gift bag” (bolsa de regalo). Dijimos que no. Que las piernas habían preferido ir a descansar.

Nos trajeron los agasajos, cuales participantes oficiales de la maratón, y ciertamente, eso nos hizo mucha ilusión.

Motivó tanto la carrera, que estuve varios meses en una nube, saboreando la experiencia, interiormente, y con orgullo infinito cuando la contaba. Fue la primera maratón de NY que corrí. Espero que no sea la última. Será la última flanqueando las Torres Gemelas. Y espero que sea la última que me tenga tres días para recuperarme y sin andar. La última sin inscribirme, y sobretodo, amigo Rodrigo, la última que participo en tus juegos aristotélicos de inducción-deducción en plena carrera.

Manu Rosell

Noviembre 2000

 

 

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