Con seis grados sobre cero me recibió la capital de Finlandia en mi primera visita a este país. Lo más cerca que había estado hasta entonces había sido Riga, en Letonia, a unos 35 minutos en avión desde Helsinki, dirección Moscú.
Tengo que admitirlo. Mi ignorancia sobre Finlandia es más que evidente. Su conocida capital, organizadora de los Juegos Olímpicos de 1952, sus famosas tasas de nivel de vida y educación, su apreciado vodka, algún que otro personaje ilustre (si se le puede llamar así) como Jari Litmanen, ex jugador del Barça y, como no, mi móvil Nokia, eran mis únicas referencias. De este destino pocas cosas más sabía y se me antojaba más que interesante todo lo nuevo que pudiera ofrecerme. Ahora que lo pienso, hasta no sé si es aquí la casa en donde Papa Nöel prepara sus juguetes durante el año ¿o eso es en la Laponia sueca….? Que más da.
Dicho esto, cuando tomé tierra en Helsinki, una de las primera cosas que hice, como siempre que llego a un sitio nuevo, fue quedarme a curiosear un poco la vida del aeropuerto. Es como una pequeña ciudad que te provee de información y de imágenes que te pueden ayudar a entender un poco mejor el país en el que te encuentras. Fue en ese preciso momento cuando tuve mi primer contacto con Maija Poppanen.
El aeropuerto de Helsinki no se caracteriza por ser bonito. Es más bien austero. Lo único que destacaría es el suelo de parqué a modo de mosaico, como si del antiguo Boston Garden donde jugaban los Celtics antes de los noventa se tratase. Allí estaba sentado, creyendo que era una de esas celebridades que tienen su asiento reservado a pie de pista y que casi pueden acompañar la jugada con las estrellas de la NBA.
Lo que está claro es que imaginación es lo que hay que echar cuando uno se pone a leer los carteles informativos. El finés es un idioma imposible para nosotros. No tiene ninguna raíz parecida al latín donde podamos encontrar una lógica y así poder entender algo. Al oído, se te hace casi como si fuese vasco, con tantas “k” en cada frase. Hay palabras que son más largas que muchas de nuestras frases más completas. Imagino que, una profesora en Finlandia, necesita tres pizarras para explicar qué son el sujeto y el predicado.
En este tiempo también he podido observar que hay tres lenguas que se utilizan de manera oficial: el finés, el sueco y el inglés. Así que me dispongo a coger un “aikataulu-tidtabell-timetable“, conocido como horario de autobuses, y marcharme en busca del centro de la ciudad. En definitiva, tengo tiempo, no tengo sueño y siempre me encantaron las ciudades de noche.
Tengo que recordar que estoy en uno de los países más desarrollados del mundo pero, curiosamente, empiezan a no sorprenderme ya ciertas cosas. Debe ser porque se atisban ciertos pensamientos “a la suiza” en algunos conceptos de mi vida y, por ahora, pocas ciudades me han encandilado más que Zürich.
El autobús sale cada veinte minutos del aeropuerto y hace un recorrido que lleva directamente hasta la estación central de trenes. Al entrar, y tras pagar cinco euros, te dan un itinerario, en el que comunicas al conductor dónde te vas a parar. Si en Suiza la gente es un poco seca, por lo que llevo de estancia finlandesa, me puedo ir preparando. No son personas muy abiertas y me da la sensación de que el extranjero les es molesto o cuanto menos, indiferente. Debe ser un sentimiento arraigado en un país que ha sido sometido y conquistado en distintas ocasiones a lo largo de la historia.
Me siento atrás. El chófer me obliga a ponerme el cinturón. Las reglas en Finlandia han de cumplirse a rajatabla. Al lado mío hay un suizo que venía en mi mismo vuelo, que debe intuir que no hablo suizoalemán, ni alemán, ni nada que se le parezca y me dice en inglés que “los finlandeses son muy estrictos… muy cuadrados”. Me entra la risa. “Si supieras lo que pienso de vosotros, majete”.
Como estamos donde estamos, es decir, en un país en el que tener acceso a Internet de banda ancha es un derecho fundamental (es el primero del mundo que así lo establece en sus leyes), pongo a prueba tal privilegio. Toma ya… Es este momento me acuerdo mucho de mi amigo César Armas: ¡Internet en el autobús! No sé cómo, pero la señal es del autobús. “Internetbus” recoge mi receptor wifi.
Empieza el recorrido. First stop: Mäkelärinne Backasbrinken. Estoy enfadado. Veo las calles en versión Canal+ años noventa, es decir, codificado. Y es que ¿a quién se le ocurre serigrafriar todo el autobús incluidas las ventanas? Hago un esfuerzo y me concentro para observar entre rayas. Nuevamente, veo a lo lejos a Maija Poppanen.
Llego a la estación que es la última parada. Es el centro de la ciudad. Por lo que he podido ver por el itinerario, queda a unos tres kilómetros de mi hotel. Pero da igual. Me apetecía llegar al centro y darme una vuelta desde allí hasta mi cama.
Me sorprendo. Hay más vida que la que esperaba. Mucho movimiento de gente. En Suiza a esta hora (las once y media de la noche) no hay un alma. Aquí la cosa es diferente. La ciudad por esta zona está un poco sucia. Primero, es un sucio a la nórdica. Nada comparable con el sucio de Málaga; una de las ciudades más polvorientas que conozco. Tiene esa impronta de ciudad con puerto marítimo importante. La sensación de frío es enorme. Hay una ventisca marina que te cala hasta los huesos y rocía de humedad las calles. Seguramente esto influye también en la sensación de limpieza de la ciudad. Imagino que el salitre debe deteriorar bastante las estructuras y las envejece con más celeridad que en otros ambientes. A eso, sumar que todas las ciudades con puerto pesquero se parecen. Hay siempre más vida, un olor a mar penetrante, prostitutas en las calles y desdentados hombres de mar en busca de esa compañía. Encuentro más papeles y comida tirada en la calle que lo bien acostumbrado que me tiene Zürich, añadiendo otra salvedad: aquí no hay palomas. En Helsinki, el pajarito que te ronda, que te observa, que te mira, que está ojo avizor para ver si puede “pescar” algo que se pueda echar a la boca es… la gaviota. Pero no una gaviota cualquiera. No. Éstas se han debido cruzar con algún albatros en su cadena evolutiva porque son enormes.
Como tengo hambre, me paro en un puesto y me compro mi primer “baltic hotdog”, un perrito caliente aderezado de la que debería llamarse salsa “no preguntes que le han echado” si quieres seguir comiendo tranquilo. Me siento en un banco y comparto algún trozo con mis amigas las gaviotas-albatros, que hacen de palomas de cualquier plaza española. Están más domesticadas. Se saben conocedoras de su capacidad intimidatoria y no molestan mucho. Y es que la cabeza de una de ellas me llega a la rodilla. ¿Cómo voy a negarles un trozo de mi “baltic hotdog”?
Doy vueltas por las calles. La ciudad tiene un aire que me recuerda a Vigo en algunas cosas y a Rotterdam, en otras. Tengo un poco de frío y, ante la atenta mirada de Maija Poppanen, entro en un bar que se llama “My way“. Así, de primeras, dudo en entrar porque el nombre me parece que evoca más un club gay que un bar para tomarse unas cañas. Es lo segundo y, además, me lo paso bien. A esas alturas ya me estoy dando cuenta que este país debe tener problemas con el alcoholismo, puesto que no son pocos los que van “mamados” transitando por las calles. Muy respetuosos, sí, pero muy “mamados”. Me doy un festival de cerveza y folclore finlandés escuchando a veinte tiparracos cantando a pleno grito y haciendo salves a golpe de jarra. Estas cosas me gustan. Siempre es interesante ver como se divierte la gente de otros lugares. No tan divertida ha sido la cuenta. Madre mía -le digo al salir a Maija Popponen que está delante mía- 25 euros por dos cervezas.
Las finlandesas no son muy guapas. Es decir, que sus vecinas al oeste y al este de Finlandia puedo dar fe de que son de mejor ver. Aún recuerdo la vez que fui a Riga con mis amigos Christian y Sergio, y estuvimos 48 horas en estado de shock por saber si era cierto lo que veían nuestros ojos. Nos dedicábamos, como catetos que salen por primera vez del pueblo, a corroborar todo aquel monumento que pasaba ante nuestros ojos. “¿Tú has visto eso? “Sí, lo he visto… lo he visto” fue quizás la frase más socorrida ante lo que sucedía ante nosotros.
No digo esto con un talante machista. Lo comento con la misma claridad que usan las españolas para decir que el hombre italiano tiene algo diferente que no tiene el español. Que si es guapísimo, que si es elegante y un largo bla, bla, bla que normalmente se acaba cuando se dan cuenta de que el hombre italiano es todo eso más una cosa que se les pasó por alto: Un mujeriego tremendo que, donde dije digo, digo Diego, y ahí empiezan las decepciones.
Y para decepción la que me llevé en mi primera noche cuando, llegando al hotel, me enteré de que no podría ver el estreno de “Maija Poppanen” ya que por esas fechas no estaría en Helsinki.
Maija Poppanen es el modo finlandés de llamar a Mary Poppins. La primera vez que me encontré ante el cartel de “Walt Disney presents: Maija Poppanen“, las lágrimas se me cayeron por culpa del ataque de risa.
Me voy a la cama. Soñaré con Maija Poppanen tomándose una cerveza supercalifragilisticaespialidosa en el bar “My way“. Mañana más.

