Hoy he ido a la playa ¿en Suiza?. Pues si, en Zürich, concretamente. Y es que a pesar de que este país tenga un barco que gane la famosa Copa América de vela, y todos sepamos que no tiene mar, hoy, he vivido en mis carnes lo que estos suizos entienden por playa.
Para ir aclimatándonos a la idea, hablemos primero de lo más importante, y es eso: el clima. Aquí para ir a la playa tienes que tener suerte. En Zürich lleva lloviendo casi todo julio, y lo mismo se levanta la mañana a 20 grados prometiéndotelas felices que, de repente, cambia el tiempo y empiezas a ver las nubes viajar a gran velocidad y con un negro augurio.
Pero he tenido suerte, y hoy ha sido de esos días en los que merece la pena ir a la playa. El mar es el lago y cuando uno piensa en un lago, automáticamente, lo relaciona con agua fría y fondo negro. Pero este es el país dónde lo que es imposible en el tuyo, aquí se convierte en factible.
En España, si queremos reciclar, tenemos que hacer un “esfuerzo” en casa y “sacrificarnos” por el bien de la sociedad, separando nuestra basura. Aún nos cuesta relacionar los colores de los contenedores: azul-papel, verde-vidrio, amarillo-envases, que forman parte cada día de nuestro paisaje urbano, a pesar de que al final, tires la basura toda junta en el mismo contenedor, el cuál maldices que esté cerrado, porque a ti lo que te gusta es jugar a ser Pau Gasol, y hacer un gancho para encestar tu bolsa. Hay veces incluso que llevas dos, y te sientes orgulloso de que con la mano izquierda eres capaz de hacer algo más que cambiar de canal con el mando. Otras veces, a mitad del vuelo de la bolsa, ves como esta, se va abriendo por la fricción del aire y tu fuerza inusitada, y se desparrama por el suelo. Pones cara de panoli y te dices que la recoja el barrendero que para eso está y que, el contenedor, lo cierre el último que para eso estaba abierto. Porque sí, porque encontrarte el contenedor cerrado es la cosa que más rabia te da. Uno, porque tienes que tocarlo. Dos, porque al abrirlo pesa como un muerto y tres, porque, cuál genio de la lámpara, el olor a basura te golpea, y siempre tienes que mirar hacia un lado.
Pues dicho esto, en este mar que es un lago, sus aguas son cristalinas y su temperatura cercana a la del Mediterráneo sin mear: 22 grados.
Las diferentes opciones que tienes para ir a la playa te hacen dudar. La ciudad tiene su centro neurálgico, entiéndase donde uno va de compras, en la Banhoffstrasse, considerada una de las calles más caras del mundo. Al finalizar la misma, se encuentra con el vértice o final del lago, el cuál se abre en forma de U, dejándose abrazar por la ciudad. En el lado este, los jóvenes e inmigrantes se quedan en las zonas ajardinadas aprovechando la manga ancha de las autoridades a la hora de dejar hacer barbacoas. Aquí existen los domingueros, claro está, pero con un punto de civismo que jamás encontraremos en nuestras playas. Las nacionalidades y etnias se suceden y confunden a lo largo de la rivera del lago, por lo que hay momentos en que parece que estás más en NY que en Suiza. Podría apostarme que más de una cincuentena de nacionalidades bañan sus pies en ese lado del lago.
Pero ya lo conozco, y tenía ganas de conocer la otra rivera. Según te alejas de la ciudad y vas en dirección a lo que sería el centro geográfico del lago, te encuentras zonas preparadas para los bañistas y también encuentras negocios dedicados, a eso, a explotar a los bañistas. Ocurre que en este lado oeste, el que está en la zona de Bellevue, es donde concurren los suizos socialmente mejor colocados y dentro de este mundo de los baños, parecidos a los que tenemos en algunos sitios del norte español, me dejé caer por uno un poco más chic.
Era la primera vez que entraba en uno, ya que a mi me gusta lo mundanal, el terreno donde uno pueda observar y pegarse un buen rato criticando lo que ve, que para eso, es deporte nacional. Este lado nunca me había llamado la atención, puesto que las veces, pocas, que ha hecho buen tiempo y he pasado me ha parecido bastante aburrido y de un ambiente un poco alejado de mi realidad.
Pues como he comentado, decidí entrar en uno. Su nombre el Bad Utoquai. De primeras poco puedo decir, “bad” es malo en inglés y una canción de Michael Jackson, que ya que es actualidad lo nombro y quai es puente en suizo alemán, así que Uto (si estuviéramos en España alguna mañana habría amanecido con una P en forma de graffiti) no sé lo que significa y dudo que haya ninguna relación en lo que he dicho. Lleva abierto desde 1920 y es de los que tiene más solera en la zona.
La entrada cuesta 6 CHF, es decir, 6 francos suizos que al cambio son 4,5 euros. Es todo de madera de color claro, como las casas de verano de los catálogos de Ikea. Para hacernos una idea, es una base encima del agua de la que le salen cinco pantalanes en altura (ese sitio donde amarran los barcos en los puertos). Es como si tuvieras el guante de la cocina para lavar los platos y cuando lo soplas salen de la parte de la palma los cinco dedos.
Tras pagar mi entrada, me empiezo a ver en un mundo desconocido al que había que encontrarle lógica. Toda la estructura tiene dos alturas. La planta baja, toca el agua, es decir, es dónde puedes ir a bañarte y también tienes el restaurante, y cada uno de los pantalanes o dedos, tienen unas escaleras de subida y están separados entre sí por unos diez metros.
Como iba con el bañador, no me hizo falta cambiarme en los vestuarios que estaban en la planta baja. Quizá, por la tontería que desde pequeño hago, ante la disyuntiva de qué camino escoger, siempre elijo el lado izquierdo, desde el centro me dirigí al primer pantalán en esa dirección. Cuando subí, mucha gente hacinada, -eso si todos muy ordenados-, estaban sobre los tablones de madera, porque aquí arena no hay. Desde esa altura, a unos cinco metros del agua, divisas el lago, la otra orilla, la ciudad, los barcos navegando, los cisnes, los patos…. una maravilla de panorámica, por la mezcla de sol, verde y agua. Mirando a izquierda y derecha pude observar que el resto de pantalanes estaban igual de concurridos, y claro, te llama la atención, como la gente es capaz de, literalmente, estirarse en una marea de piernas, en una zona vallada, sin que nadie moleste a nadie.
Estaba sacando mi toalla de la bolsa, tras localizar un metro cuadrado al lado de uno de esos tipos que también te encuentras en Suiza. Si, porque este país es de contrastes. Puedes ir por la ciudad y ver mujeres de una belleza y clase abrumadoras. Hombres con la elegancia y la sobriedad que se le presupone a una de los corazones financieros del mundo, pero claro, ver a un tipo, con un piercing en cada pezón, con el pelo cortado a lo Hulk Hogan y usando el mismo número de tinte, con la imagen de sus padres tatuada en el lado del pecho donde se le presupone que está el corazón y un taparrabos blanco, no es lo que te esperas, pero es que la cultura teutónica de lo hortera también tiene su hueco aquí como lo tiene en Benidorm o en Palma.
Una vez decidido que ese palmo de terreno me pertenecía, me pude percatar que era el centro de las miradas. Nunca he sido un dechado (desecho le escuché una vez a alguien) de virtudes, pero empezaba a incomodarme sentirme observado. Y es que, sorprendentemente, cuanto más avanzada te pueda parecer una sociedad más tonta se convierte. Me subí al pantalán de los hombres, si, como yo, pero gays. Es decir, la sociedad de la ciudad de Zürich, para no meter a todos los suizos, hace esta distinción homófoba de lo más censurable y yo estaba allí, sufriéndolo en mis carnes, yo, uno de esos miles de españoles que para justificar nuestra tendencia sexual ante este tipo de situaciones usamos la más que hortera frase de “yo tengo muchos amigos gays”.
De manera increíble, pude entender que los 5 pantalanes estaban divididos por tipo de consumidor, y aunque suene así de extraño, cada uno con su público objetivo. Es decir, yo podía quedarme en ese pantalán, a estas alturas que me importa ser mirado por un hombre o una mujer, pero como estaba acompañado por una mujer, nos estaban echando claramente: ¡el mismo colectivo apoya esta acción! Algo para mí, muy criticable
Y os preguntareis que pasaba con el resto de los pantalanes. Digamos que este era el nº2. El nº3 era el “hetero” o mix, al cuál podías acudir sólo o acompañado, sin distinción de sexo. El nº 4 sólo mujeres (el paraíso pensé). A diferencia, del nº2, netamente masculino, aquí parece que la tendencia no está tan definida, si no que las mujeres optan por la tranquilidad de no verse acosadas por el gigoló de turno.
Entonces, ¿el nº1 y el nº5? No seré yo quién de respuesta a esta duda. Sólo comentaros que el nº 1 estaba lleno de hombres y el nº5 de mujeres, muchas de ellas, con ese estilo en el corte de pelo que relacionamos con las mujeres de la izquierda abertzale.
Lo que está claro, es que cada país es un mundo, pero por mucho que se comiera de maravilla, que el agua estuviera buenísima, que los patos nadasen al lado tuya, que la gente bebiera vino blanco mientras leían y la música sonara de fondo, la sensación que me llevé de ver que somos capaces de “clasificarnos” a estos niveles no me dejó muy satisfecho.
Como me encantan estas situaciones, opté por la vía del medio, que era el nº 3, y a disfrutar de mi tarde al sol en el lago. Pude acumular una buena parcela de terreno gracias a una amiga húngara a la que encontramos de manera casual y a quien agradecimos que nos dejara unos cuantos “microacres” de su preciado terreno. Los pantalanes están sobre bases hechas de listones de madera de 150 cm por 15 cm. que pueden parecer incómodos para tumbarse, pero que no lo son tanto. El problema es cuando alguna parte de tu pellejo se mete entre los tablones, y empiezas a escuchar el pisar de alguien que se acerca. Como son tan flexibles no quieres convertirte en carne de pellizco, así que rezas porque la holgura entre tablones, donde se ha ido a meter una parte de tu cuerpo, sea lo suficientemente grande como para que no te afecte el paso del transeúnte.
Si te pones a mirar, realmente es curioso como, hacinados, se respetan los espacios. A mi, hubo momentos, que me pareció un barco negrero navegando con calma chicha. Como las películas, cuando están todos exhaustos en la borda del barco, sudorosos, famélicos, apunto de sufrir de escorbuto (tenía que meter esta cuñita aprendida en 5º de EGB) y un tipo subido al mástil grita: “tierra a la vista”. Pues igual, la tierra, era cuando entraba alguien nuevo desde la planta baja y todos le mirábamos.
También me imagino que será como los pasajeros de esos barcos que hacen pequeñas travesías por nuestra costa y se ponen a tomar el sol, como el “Joven María II” barco que hace la ruta Benalmádena- Fuengirola desde hace treinta años, el cuál nunca he cogido, pero que he visto pasar desde mi niñez imaginándome que es una orgía de sol, crema solar, topless, sangría y vómitos.
El atardecer nos regaló lo que pasa normalmente en los días de playa de Suiza, unos nubarrones en forma de tormenta, que descargó la suficiente agua como para lavarnos la cara de vergüenza, al menos por unos minutos, de tener que haber asistido al bochornoso espectáculo de un lugar que permite la clasificación de las personas por su tendencia sexual.
Como verás, me he ex – playa – do a gusto.
Viaje tras viaje….
Manu Rosell y sus viajes
Ex-playa-do
Partido Inauguración Eurocopa 2008: ¡podemos!
Hopp, Schwiiz!! Es el grito de los aficionados suizos para llevar en volandas a su selección. Hoy no toca partido en Zürich, pero la ciudad está volcada en el evento que enorgullece al país y es que en Zürich está la sede social de la FIFA por lo que la ciudad vive el fútbol de una manera especial. Aquí habrá partidos del grupo denominado de “la muerte” donde Holanda, Italia y Francia jugaran entre ellos en esta primera fase.
Desde la Estación Central, en el lateral de una de las calles más caras y glamurosas del mundo (Banhoff Strasse), hasta el China-Garden a orillas del lago Zürich, en una distancia de unos 5 kilómetros, cientos de puestos hacen de la travesía un auténtico divertimento. A mitad de camino uno se encuentra con la FanZone, un recinto cerrado con todas las comodidades para ver el partido, ya que las marcas tecnológicas han patrocinado enormes pantallas de televisión para ver los encuentros durante toda la Eurocopa. Incluso hay una que flota sobre el lago, en una plataforma dirigida a los afortunados empleados de un conocido banco suizo.
En este ambiente festivo se puede observar el auténtico fairplay de las aficiones ya que todas comparten su pasión por el fútbol y pasean orgullosas, sin miedo a ser reprendidas por otras, las banderas o insignias de sus respectivos países. Y es que la FanZone, perfectamente pensada para el acomodo de los aficionados, es un lugar tan cosmopolita que uno se puede llevar a la boca cualquier tipo de plato gastronómico, desde un pakistaní a un tailandés pasando por la rica gastronomía del lugar. Una auténtica maravilla, de precios no excesivos, gran calidad y mejor servicio.
La expectación para ver el partido inaugural no decepcionó y la ciudad se volcó asistiendo en masa al comentado punto de encuentro. El problema es más deportivo que de ilusión, ya que la selección suiza demostró que va a tener muchas dificultades para pasar a la siguiente ronda (perdió 0-1). A pesar de que es un país con influencia fronteriza, social y cultural, de otros países, a los suizos les falta el empuje del futbol alemán, la calidad del francés y sobre todo, la picaresca italiana. Digamos que no tienen una entidad definida en su estilo futbolístico. Si a eso le añadimos la mala suerte (se les lesiona su mejor jugador, no le pitan un penalti clarísimo y el entrenador atraviesa problemas personales que no invitan al optimismo) creo que lo va a tener bastante difícil.
A título póstumo
Sentado en un barco, ni idea si de nombre extranjero, en un trayecto que no importa, escuchaba como tantas otras veces una de esas conversaciones matutinas entre compañeros de trabajo que, entusiasmados, relataban su agenda del día. Fue cuando mi atención se desvió hacia la contraportada de un periódico regional que, doblado en el asiento del que debiera ser mi acompañante, parecía hablarme pidiéndome un minuto para ojearlo.
Cuando le echo el primer vistazo observo que no hay ninguna noticia en esa contraportada, ni siquiera una columna de opinión. La contraportada son tres grandes esquelas nominativas a la misma persona, en la que una de ellas refrenda una sociedad española que creí que tendía a desaparecer pero, a raíz de lo visto, ya lo empiezo a dudar. La esquela anunciaba la muerte de Doña Conchita (que en paz descanse) y rogaban una oración por tan octogenaria señora, sus hijos: Ramón (Abogado), Rosa, Miguel (Graduado Social) y Pilar.
Está claro que la lucha de clases sigue existiendo hasta cuando uno está muerto, porque ¿cómo iba a irse al otro mundo Doña Conchita sin hacer saber a los que se les rogaba una oración que sus hijos eran licenciados, y que, por lo tanto, eran susceptibles “hombres de bien”?.Pero a Doña Conchita, viuda de Don Ramón, otro formalismo con título que no comprendo, se le debieron pasar por alto los años de lucha por la igualdad de los derechos de la mujer o ¿es qué acaso no llegaron a casa de Don Ramón? ¿Tenía que remarcar tanto la clase social, que no el estatus (aunque bien le hubiera gustado: viuda de D. Ramón poseedor de terrenos y un apartamento en Benidorm) de sus hijos que hasta parecía importarle poco en qué lugar quedaran las hermanas de éstos?. ¿O no habría sido más sutil no haber expuesto el currículo de sus vástagos en favor de no hacer un agravio comparativo tan grosero? ¿o es que Doña Conchita quizá era mujer que entendía que sus hijas con las labores del hogar servidas de formación estaban?
Puede resultar un tanto extremo tanta pregunta pero son muchas las personas, mujeres y hombres, que tienen que estar luchando día a día por cosas más importantes que la posesión de un título, y muchas las personas de esta generación y generaciones anteriores, que no quieren volver a tiempos pasados dónde la mujer tenía un papel secundario en nuestra sociedad. Por lo tanto, no debemos tolerar que el anuncio de una muerte sea un reflejo tan inoportuno de un distintivo social, porque lo grave, y probablemente os habréis dado cuenta, es que Doña Conchita no pudo escribir su epitafio, pero si que ha dejado una herencia que no ha sabido estar a la altura de las circunstancias. En una sociedad de bienestar no podemos permitir actitudes como estas a no ser que algún lumbreras se le ocurra editar un periódico de esquelas donde seguro que Doña Conchita nos hubiese dado más detalles de los grandes logros de sus hijos.
Insomnio: relato de una luz roja.
Los ojos como platos. No es la primera vez que me pasa, y sé que no será la última. Lo he intentado de todas las maneras esta noche. De todas las buenas maneras, porque tengo días en que mi mal humor es tal, que me levanto vociferando, y cagándome, literalmente, en todo lo que se menea.
Pero hoy estoy de buen humor, por lo que adopto esa actitud entre experto conocedor de la materia y mística. Me pongo a mirar al techo. Estiro mi pierna derecha, y la izquierda la doblo apoyando la planta de mi pie, el izquierdo (no nos perdamos), en la cara anterior del muslo de mi pierna derecha. Lo he dicho, me da por ponerme en plan experimentado y me salen estas frases. Cuando adopto la que llamo “la postura”, todo debiera empezar a normalizarse. Bajar el ritmo cardíaco, relajar la musculatura y empezar a sincronizar una respiración pausada que irá abriendo poco a poco mi boca. Aún no conozco a nadie que duerma con la boca cerrada, y quién diga lo contrario, miente.
Empiezo a notar el peso de mis párpados. Dentro de poco sé que me giraré a la derecha. Agarraré la almohada con mi brazo izquierdo y ella será esa membrana que separe mi cuerpo del colchón. Llevaré mi boca hasta el filo para que, mi ojo izquierdo, el único que puede disfrutar del placer de la vista en caso necesario, vea no sólo el colchón, si no también, el suelo.
Me giro como era de prever. Me giro y lo hago con la agilidad que me caracteriza. Hace tiempo que no sé como suenan mis giros porque como uso tapones para el ruido, mis vueltas en la cama tienen sonido a crujir de huesos, a roces de fibra. Es curioso lo que llega a oír uno cuando se tapa los oídos. Muchas veces, se agudiza tanto la sensibilidad que pareces oír más que si no los tuvieras tapados. Como ya avisé, mi vasto conocimiento sobre el mundo del sueño me llevó hace unos años a descubrir el uso de los tapones.
En un principio era reacio a usarlos. Tenía recuerdos traumáticos de una infancia dónde la madre de un vecino mío los usaba. Yo en aquel momento pensaba que era porque no le gustaba que le entrara agua en los oídos, pero hoy me doy cuenta que era una sufridora del sueño. Su problema, que los usaba de cera. Esa cera rosa que avisa a todo el mundo de que llevas tapones. Esa cera que va recogiendo toda la porquería que se le pasa por delante, y que al final, no sabes si es rosa o negro con matices de pelo y rosa. Pues bien, la madre de mi vecino debía tener un arsenal de tapones por toda la casa. Recuerdo encontrármelos tirados en la caja de los clics de Famobil (como han cambiado los tiempos, ahora es de Playmobil), en la cocina, en el cuarto de los niños, flotando en la piscina… Alguno de vosotros seguro que habrá pensado: “¡qué quisquilloso! En la cocina, estarían en la caja de los medicamentos”. Pues no, más bien estaban en la caja de las galletas, que no es precisamente lo mismo, y menos cuando echas mano de unas “Campurrianas” y te encuentras un tapón pegado en el centro de la galleta. Y así es, a esas edades lo primero que piensas es que ahora vienen las galletas con una cerecita, con una guinda de adorno, como las pastas que trae tu tía cuando viene a casa.
Por eso, tardé en usarlos, hasta que me dí cuenta que la tecnología también en esto tiene su influencia y los hace de una gomaespuma especial que se adapta perfectamente al orificio de entrada de tu pabellón auditivo. Nuevamente una demostración de lo ducho que estoy en la materia.
Es de las mejores cosas que tienen los tapones. Por un lado, que te permiten dormir con ciertas dosis de ruido, y yo, como lo soporto poco, me viene muy bien. Por otra, que tu propia respiración ejerce de bálsamo y te relaja. Al escucharte respirar parece que esa deliciosa musiquilla que forma el aire que entra y sale de ti relaja bastante.
Ya me he girado. Tengo la cabeza apoyada en el colchón. La boca semiabierta empieza a hacer su vaho productor de un lamparón baboso sobre la sábana. Las piernas empiezan a relajarse y a quedarse paralelas, sin tanta postura geométrica. Ya no cojo tan fuerte la almohada, y empiezo a olvidarme de ella. Se ve que me estoy quedando dormido.
Pero no es así. De repente, un pensamiento dice que no, que de dormir nada. Es el pensamiento de que mañana tienes que ir a Correos. Es una gilipollez ir a Correos, pero parece que en tu cabeza es muy importante, porque te ha despertado como si la vida se fuera en ello. Mandas olvidar el pensamiento como diciéndole, ya lo sabía, no me iba a olvidar. Haces una pequeña mueca bucal, para refrescar un poco la boca. Equilibras nuevamente todo e intentas conciliar el sueño.
“Como cuando vivías en aquel piso de Dublín cuando te fuiste con 22 años a estudiar inglés”. Ya está. Estás perdido. Han llegado los pensamientos melancólicos. Sin previo aviso, te llega un recuerdo de hace una pila de años, casi los mismos que no hablas del tema. Y claro, nace la curiosidad. Te empiezas a reír, si toca día de pensamientos simpáticos, o empiezas a comerte la cabeza comparando aquella época con la actual, si toca melancolía. Los pensamientos se cruzan, y eres capaz de hacer saltos temporales como si nada, pero donde todos guardan relación. “qué bonito era aquel piso de Dublín, cuando en invierno llegabas con los amigos y venías paseando con un frío de muerte…frío como el que pasaste en aquella acampada cuando te dio por hacerte el machote delante de tus amigas y dormir al raso…porque de raso era el blusón que llevaba la amiga de tu prima el día que se quedaron a dormir en tu casa y la viste pasar delante tuya dirección al baño para lavarse los dientes….. porque para dientes bonitos los de la tía con la que estabas en Dublín”.
Y es así, estás perdido y no tienes nada que hacer. Esto no es soñar, no os equivoquéis. Esto es pensar. ¿cómo diferenciarlo? Es fácil, por lo menos para mí lo es.
No será la primera vez que en este torrente imparable de pensamientos termino rindiéndome y abriendo los ojos. Te giras, te mueves, rebuscas la postura, a ver si distraes a los pensamientos. Es curioso, porque muchas veces aunque sean buenos, te disturban el sueño. Cuando me pillan de buenas, intento usar pequeñas técnicas como aguantar la respiración y hacerla más larga y pausada. Lo leí en un artículo de una revista de belleza para mujeres. Si, joder, el “Cosmopolitan”, pero nunca me ha servido de solución definitiva. Para mi es introductoria de otras soluciones.
Según me pille, puedo optar por la técnica desesperada, y tengo que reconocer que la he hecho varias veces. Es la de contar ovejas. Las mías son siempre negras. No es por nada. Creo que es simplemente, porque mi cabeza escenifica el salto a la valla en la nieve, por lo que habrá elegido que sean negras para facilitarme el recuento. Ya sabéis, nieve, una valla de madera (importante que sea de tres tablones), fondo montañoso, cielo azul y mis ovejas negras.
Si no estoy muy desesperado y me encuentro locuaz, suelo pensar en sitios relajantes. Normalmente, es la cima de una colina, donde diviso muchas cosas, pero que al final, lo que opto, es por tirarme en las largas hierbas del prado que harán las veces de cómodo colchón y ver pasar las nubes veloces que irán cansando mis ojos hasta quedar dormido. Suele funcionar este método heidiano, pero es curioso, que cuando no funciona, es mi propio pensamiento el que ya lo anticipa en la historia pues suele aparecer algo que disturba mi precoz sueño. Un bicho se ha metido en mi oreja, las nubes empiezan a ser negras y chispea o el mismo viento que ha decidido ser frío y desagradable. Todo desencadena en los mismo, no dormir.
Pero ese no es el peor. El peor pensamiento es el que ya no te hace pensar nada. El que te ha vencido y sólo ha dejado en tu cabeza un eco que te dice “no puedes dormir y ya son las dos y media de la madrugada”. Es difícil darte cuenta cuando llega este pensamiento. Difícil, me refiero, al preciso instante. Pero yo he aprendido a saberlo a lo largo de mi larga experiencia. Ese pensamiento aparece siempre cuando miras a la luz roja de la televisión. Si, esa televisión que has decidido poner en tu cuarto porque así te llevas la tele a la cama. La misma que te hace supuesta compañía antes de decidir dormir y que, obediente, se apaga desde la distancia, es la que ahora te traiciona mandándote una luz aparentemente pequeña, pero que como la mires, quedas hipnotizado.
Esa luz se queda grabada en tu retina. Cierras los ojos y parece que la estás viendo. Vuelves a abrir los ojos y ves como alumbra más de lo que tú pensabas. La ves por más sitios porque se refleja en tu armario, en el espejo que tienes encima de la cómoda y en los cristales de las ventanas. Los que no tenéis tele, no creáis que no habéis sufrido esto. A lo mejor, tuvisteis alguna vez, un reloj digital de números rojos. Sí, ese reloj digital que, periódicamente, tenía los números como ochos intermitentes, porque se había ido la luz y tenías que volver a ponerlo en hora. Pues bien, ese efecto hipnótico es de lo que hablo.
Contra eso está la sensatez, y esta noche, después de haberme colocado mis tapones, después de haber contado mis ovejas, tras haber subido una colina y bajado una montaña, la luz roja hizo su acto de presencia, y yo decidí coger el toro por los cuernos. Me levanté, cosa que no hice en su momento porque creí que con el mando tenía todo controlado, y decidido, me fui a apagarla directamente en el botón que sabes que al tocarlo, la luz roja, tu enemiga sonámbula, desaparecerá.
Tal mala suerte la mía que en el viaje de ida, en ese camino a tientas, he dado con mi dedo meñique del pie izquierdo con una de las patas de la cama. Una de esas patas de madera de diseño con esquinas hechas por un afilador, y el dolor ha sido tan intenso, que mi primera idea ha sido ir al baño a morder una toalla. Todos hemos pasado por esto, y por eso sé que me entendéis.
Puede ser que, a estas alturas de la historia, hayas entendido que estoy sin pegar ojo, escribiendo y viendo como la luz roja me observa, desde la oscuridad, como esperando a que sea ella la que decida cuando me tengo que ir a dormir.
BUENAS NOCHES.
Lucerna: Espíritu latino, ya tú sabes.
Cuando uno se encuentra en este tipo de situaciones no le queda otra que intentar analizar qué sangre le corre a uno por las venas. No es mi intención, en este tiempo que te quito, contarte la historia de un viaje, ni mucho menos ser pretencioso con los viajes que me doy últimamente, pero es que hoy, tras una magnífica jornada por la ciudad de Lucerna, me he sentido más latino que nunca.
Nunca fui el estereotipo de latino. Tengo los ojos azules, no soy precisamente muy moreno ni tengo los modales más mediterráneos; ni para lo bueno ni para lo malo.
Pasear por Lucerna, rozando los cero grados (“ni frío ni calor” como dirían por algún sitio) en un día soleado en plenas vacaciones navideñas es una postal fácil de reconocer: ciudad suiza, nieve, frío, dulces, tiendas, cisnes, lago, puentes, edificios del siglo XV, calles adoquinadas, restaurantes, relojerías, olor a salchicha, chocolaterías, luces de navidad, árboles, familias que pasean, turistas que fotografían las esquinas, patos, intrusas palomas, montañas que custodian la ciudad, castillos que asoman por las colinas, barcas amarradas en el curso del río, banderas del cantón, publicidad de prestigiosas marcas, artesanía…
Y toca volver, tras el paseo por la ciudad y con la puntualidad que requiere un buen reloj. Es así, sabes que el tren estará allí, a las 18.24 y que no puedes llegar un minuto más tarde, porque un señor, vestido de azul, con corbata roja, con camisa Oxford y gorrilla limpiabotas, cuál película de Cantinflas, también estará allí, haciendo sonar su silbato para dar cuenta a aquellos rezagados, que el tren, se dispone a partir.
No pago ya la novatada de mis primeras veces. Primero, porque siempre te queda la tranquilidad de que sabes que otro tren, tan puntual como éste, estará pronto dispuesto para ti. No te preocupa, porque aunque hayas comprado el billete de segunda clase, equivale a uno de primera en el AVE y no te preocupas, porque “¡qué coño! esto es Suiza y estos, seguro, que tienen una solución”.
Como decía, no pago la novatada y hago que sea el tren quién dependa durante breves segundos de mí porque pongo el pie en el primer escalón para entrar, el cuál tiene un sensor, que si te quedas encima, no cerrará la puerta, por lo que el tren no partirá. Es el único momento que, al señor del silbato, al árbitro de tu contienda, le puedes tener un poco de tu mano. Un poco, porque pronto recuerda su papel y el porqué está ahí. Pienso que debe ser el mismo porqué, por el cuál, todos estos guardianes de la puntualidad, son gorditos con bigote rubio. Y te pitan, te gesticulan… ”Entra, hombre, entra” (con acento suizoalemán)… y tú, triunfador haces un escorzo, ríes y piensas: “por menos en España se cagan en mi padre”.
Te acomodas. No te pica el roce del asiento. El tren es silencioso. Sacas de la bolsa de las compras un libro. Eres así. Estás en Lucerna y te compras un libro español. ¿Por qué no? Nunca es mal momento. “Primavera con una esquina rota” de Mario Benedetti. Como te sientes un intelectual, cruzas una pierna. Tu posición es perfecta. La armonía con el asiento es la misma que la de un molde del pastel de tu abuela. No te importa el tiempo que tarde el tren en llegar a su destino. Estás ahí, leyendo tu nuevo libro. El movimiento del tren es como la de la mecedora que aún recuerda la gente de mi generación, porque ¿hay mecedoras en la actualidad?. Silencio poético. Piensas en la tecnología, en la técnica, en el motivo que llevará a estos suizos a hacer las cosas con esa perfección. Te vienen a la mente los trayectos en el tren de Cercanías Fuengirola-Málaga. Estoy haciendo un trayecto igual pero qué diferente. “Próxima parada San Andrés, Next Stop: San Andrés” Aquí suena diferente, primero porque en alemán no lo entiendo, segundo, porque la voz inglesa no es la misma que la pluriempleada de los aeropuertos españoles “please passengers proceed to gate number C54”.
Es el mismo, porque la duración del trayecto es el mismo y la distancia, más o menos. Pero no es igual. Cuando observo la página que llevo del libro me asusto al ver que he sido capaz de leer 37 páginas sin distraerme, sin ser abordado por ese mal que es la curiosidad, ese ojo que se levanta más allá del horizonte de las letras y pone su objetivo en algo o alguien que distrae la lectura. ¿37 páginas? ¿qué hora es? Hemos salido hace media hora. Cierro el libro con previa doblez de la parte superior de la página anterior, como acostumbro. Es una manía que tengo. Empezar por la página antes de dónde lo dejé por la estúpida creencia de que así tomo carrerilla. Y me pongo a hacer uno de mis deportes favoritos: observar.
Y observo, y observo…y sigo observando. Y nada pasa por mi mente. Sí, algo sí. El vagón está lleno. Nadie ha hablado en diez minutos. Me pregunto si es fruto de la casualidad que sólo mis tripas, víctimas de un empacho chocolatero suizo al mediodía, sean las únicas que se atrevan a romper el silencio. Sigo observando. ¡alguien ha estornudado! Lo veo, sí, tú, Lucifer, el del pelo blanco, ¿cómo osas?. Y sigue pasando el tiempo. Mi postura ya no es cómoda. Me pone nervioso ese silencio. Me levanto disimuladamente y me pongo a contar personas. 27. Somos 27 y nadie hace un comentario, nadie habla. Mis tripas dicen que me siente, que en esa posición no están cómodas. Les hago caso. Han pasado 21 minutos desde que estoy con ojo avizor según mi reloj ¿suizo?. Me lo quito ante la curiosidad. Japonés. ¿un reloj hecho en Japon? ¡qué cosas!. Sigo mirando a todos, y ya no quiero ser centroeuropeo. Yo llevo un latino en mí. ¿dónde están esas voces altisonantes? ¿esas historias que nos hacen partícipes a 5 filas del vagón? ¿esos niños que nunca querrías tener? ¿ese olor del que viene a picarte los billetes? ¿dónde están los lamparones de los asientos? ¿los cristales rallados a mala idea con una llave y con firma artística? ¿dónde está ese graffiti del anormal de turno? ¿por qué no se pegan mis pies al suelo? Y lo peor…¿por qué llegamos en hora?
Suena la voz pluriempleada suiza que nos avisa que llegamos al destino. La gente se levanta. Siguen sin hablar. Hay quién viene de vagones contiguos a recoger sus tablas de snowboard, sus maletas, sus esquís. ¿es que aquí nadie roba? ¿es que en las 4 paradas que hemos hecho a nadie se le ha ocurrido coger las de Villadiego y saltar a toda prisa llevándose tan jugoso botín?
No, eso no pasa, porque todos, en ordenada ceremonia, se levantan, como no, en silencio, recogen sus cosas, se aglutinan en torno a la puerta y esperan a que el tren se pare para poder seguir su procesión hasta sus casas.
Pero ahí estaba yo, engullido entre tanto hijo de la patria quesera para dejar mi impronta, mi sello latino, mi memoria al viaje silencioso, y cuál orquesta traída de dónde quieras tú que estás perdiendo el tiempo leyendo esto, tirarme un pedo, que sonó a gloria bendita en ese silencio molesto que no lleva a nada porque ¡no es vida! Vida fue la que recuperaron estos silenciosos pasajeros cuando el aire fresco de la ciudad entró al abrirse la puerta.
Manu Rosell
Fart Latin Brother
Maratón de NY, la última con las Torres Gemelas.
8:00 AM 5 de Noviembre de 2000
Ni ojo he podido pegar, durmiendo en esta covacha llamada hotel, en el Jamaica Neighbourghood (barrio jamaicano)
Llegamos ayer, desde Montreal, en nuestro flamante Pontiac Firebird del año 82 tras dos meses de entrenamiento, y sin embargo, dejamos para última hora la cuestión del alojamiento, confiados de que en NY siempre hay dónde dormir.
Pero la realidad ha sido otra, y a pesar de nuestros esfuerzos por quedarnos en algún sitio de Manhattan, los precios, de lo poco que quedaba libre, nos devolvían a la realidad: hemos venido a la Maratón de NY, no a codearnos con la aristocracia neoyorquina ¡Qué precios!
Tras algunos intentos, desde NY, mi amiga Natalia, “au pair” española en tierras yanquis nos consigue en un “hotel de las afueras”, palabras literales de ella, una habitación. Incluso, nos comenta el precio, 90 dólares noche, cuestión que nos pareció óptima para ser última hora.
Cuando hablo en plural, me refiero a la otra persona que me acompañaba en esta aventura. Mi buen amigo Rodrigo Castellano. Mexicano espigado, de melena rizada, cuál cantante de Maná, cuya pasión por el maratón se remonta a las conquistas por parte de su padre, un profesor de filosofía de la UAM (Universidad Autónoma de México), de algunos títulos de campeón en la conocida prueba del Ironman en la categoría senior
Hemos conducido 6 horas para llegar, y esta si que ha sido una prueba dura. Tener al lado tuya a Rodrigo aburrido, es como tener a la vecina del quinto hablándote del affaire que tiene el frutero con la nueva pescadera del mercado, con una excepción, sus conversaciones siempre tienen tintes filosóficos. Lo lleva en la sangre.
- Manol (es como me llama a mi), vamos a jugar a un juego aristotélico de inducción-deducción, dónde yo pienso una cosa y tú, con preguntas, intentas acertarlo (aquí hay que poner acento mejicano).
- Si, Rodrigo, el “si fuera” de toda la vida.
- Ayyy, que onda….. ¿juegan en España?
Tras dos horas y doscientos kilómetros –fácil para aquellos que se les de bien la física calcular la velocidad, recuerden que conducimos por los EEUU- la paliza es demoledora. El pobre de Rodrigo no ha acertado ninguna, y yo le he llegado a acertar hasta sin preguntarle. Las dos últimas horas se las pasa cantando rancheras, y yo haciéndole los coros cual mariachi: “la de la mochila azullllll, la de ojitos dormilones” pero mi cabeza no está con él, si no en lo emocionado que estoy por enfrentarme a un reto como el de la maratón.
Toda mi vida he hecho deporte, en algunos como el baloncesto, destacando. Pero cuando, un día por el bosque alrededor del campus me crucé con el mexicano, el maratón se convirtió en un reto. Ya había corrido en distintas medias maratones, algunas con buenos resultados, pero doblar la distancia se presumía un reto, sobretodo para alguien como yo, que es poco calculador en el esfuerzo, y que la palabra dosificar me la tengo que grabar a fuego para acordarme.
Los entrenamientos, en un enclave ideal como cualquier bosque canadiense, no habían ido mal. Nos habíamos hecho alguna media maratón, ya que la cuerda del camino del bosque lo permitía, y los resultados eran más que aceptables. Estar en 1h 25 parecía más que suficiente para afrontar el reto. Setenta y dos kilos y la cara chupada, también.
Pues bien, no pegué ojo porque Rodrigo y yo tuvimos que compartir una cama cochambrosa, de un hostal, donde transitaban señoritas de compañía en medio del barrio jamaicano de NY. Los dos vestidos, incluso ataviados con los gorros de lana, intentamos dormir, pero el ruido de las camas de las habitaciones que nos rodeaban, y los ronquidos de un relajado Rodrigo, convirtieron esa noche en mi peor entrenamiento.
Al levantarnos, tuvimos que despertar al recepcionista, que estaba embutido en su urna de cristal, llamada “reception desk”. Al pagar, nos deseó buena suerte, pero como no le escuchábamos a través del grueso vidrio blindado, de su boca de negro de 150 kilos, salió una fuga de vaho que empañó el cristal para escribir con su mórbido dedo: “Good luck, guys. Remember RUN and RUN”
Aquello nos hizo reír. Salimos con las bolsas al coche y decidimos acercarnos a Manhattan para después coger el metro hacia la salida.
Era una mañana fría, dadas las fechas de la competición, pero mis piernas ya me pedían correr, mientras que mis manos se frotaban continuamente, más producto del nerviosismo, que del mero hecho de calentarlas.
En cuanto nos acercamos a la ciudad se empezaba a sentir el ambiente de la maratón. Calles cortadas, cientos de personas esperaban ya el paso de los atletas, aún a sabiendas de que faltaban unas cuantas horas para que eso sucediera. Estaba estimada una participación de medio millón de personas, y en esa vorágine de piernas estaríamos el mexicano y yo.
Cuando nos bajamos en Wall Street, decidimos ir trotando a la salida para ir calentando. Era espectacular ver la cantidad ingente de personas que se preparaban para la carrera. Estirando, concentrándose, trotando, y siempre con la sensación de que ese espectáculo de organización pausada se realizaba todos los días.
Cual supermercado nos colocamos en la fila. Ya habíamos percibido que los participantes que realmente iban a luchar por la victoria saldrían primero, previa salida de los valerosos discapacitados, quienes en sillas de ruedas, más parecidas a prototipos de motos espaciales, también tenían su turno. Me llamó la atención un checo que con la ayuda de la única extremidad que tenía, un brazo, iba a afrontar el reto de acabar la maratón. Me acerqué a él para comentarle mi admiración, pero entre su inglés de Europa del Este y mis nervios, lo único que acerté a adivinar fue que el brazo, que era como mi pierna, ya había participado en más maratones.
Los representantes de México y España que estábamos en aquel metro cuadrado, nos protegíamos con nuestras sudaderas, del último y más novedoso material, del frío, y de algo no comentado hasta ahora. No nos habíamos inscrito. Como buenos latinos, habíamos dejado que nuestra desidia nos llevara, y ya no era posible inscribirse cuando lo habíamos decidido. Pero corriendo el riesgo, nos metimos entre la marabunta de gente e hicimos creer que llevábamos los dorsales debajo de nuestras sudaderas. Los controles rutinarios en los puntos kilométricos de rigor serían nuestros grandes enemigos. No me preocupaba en absoluto en ese momento el famoso “muro”, ese tramo entre el kilómetro 33 y 38 que cae como un mazo sobre la resistencia física del corredor. Me preocupaban los controles.
Desde una pantalla podíamos ver como se iba a dar la salida, no sin previo himno, con muchos de los participantes cantando y con su mano en el pecho.
A diferencia del deporte en Europa, y en especial, en los países latinos, el anglosajón, y sobretodo, el norteamericano, lo tiene concebido como un espectáculo. Así lo pudimos palpar en seguida, cuando vimos gente disfrazada, gente de avanzada edad, parejas de recién casados. Todo muy dentro del american show que podemos pensar y siempre con un toque kitsch.
El pistoletazo de salida nos hizo pagar la primera novatada de la carrera. El puente empezó a temblar (salíamos desde los puentes de Brooklyn, dado que se trataba de una edición especial al ser año 2000), y en cuanto sentimos el disparo al aire conectamos nuestros cronómetros y empezamos a correr. Cuál sorpresa que ni empezamos. Rodrigo se dio de bruces contra la espalda de un mastodóntico teutón que estaba delante nuestra. Y es que es tal el número de personas que, desde que dispararon hasta que empezamos a movernos, pasaron un par de minutos.
Nos habíamos planteado disfrutar de la primera parte del maratón. Es decir, llegar a la media maratón sin forzar y ver qué nos ocurría cuando pasáramos el control. Nosotros no llevábamos el chip que deja registrado nuestro paso por las zonas de control, por lo que en cuanto pasáramos por una, digamos, más o menos en solitario, nos iban a señalar con el dedo cuáles espontáneos en una corrida de toros.
En el primer kilómetro, el mexicano empezó a soltar alguna lagrimita de emoción: – “Qué onda Manol, el pinche mi padre no ha corrido esta prueba y aquí me tienes. Esto está poca madre”
Yo me dedicaba a regular mi respiración. No soy de los que habla cuando corre. Debe ser que mi madre me llamó tantas veces la atención cuando de pequeño lo hacía comiendo, que ya no soy capaz de hacer dos cosas a la vez cuando abro la boca.
Nos habíamos parapetado en un grupo que parecía una mancha que avanzaba devorando corredores. La mayoría eran de un club de atletismo de Atlanta. Yo les debería parecer autista, porque a los 5 kilómetros, esos compañeros ya son amigos, y te han contado su vida, y yo sólo acertaba a contestar con onomatopeyas: “mmmm; eheeh; yes” y el españolísimo “nou”.
En el kilómetro diez, empezamos a correr más sueltos. Rodrigo decidió irse al margen derecho y me dejó en el contrario, para ir controlando la situación respecto a los controles. Cada vez que pasábamos una esquina levantábamos la mirada para ver que nos esperaba más adelante.
La gente se amontona en los márgenes, y es curioso como sientes el calor del ánimo altruista del que viene a ver la competición. En los tres metros que dura tu paso en el campo de visión de un aficionado te sientes reconfortado: “Go, go, run, run” “Hero,go hero” Ciertamente creo que ni mi abuela hubiera logrado subirme la autoestima como lo hacían algunos del público.
Continuamente te encuentras puestos de avituallamiento de la organización, pero también de los aficionados. Yo prefería coger las naranjas de alguna familia negra de innumerables miembros que se agrupaban para vernos pasar. Cuando los veías como te miraban y con los ojos te señalaban el camino de la mesa para coger los gajos de naranja, yo imaginaba la típica serie afroamericana con el Sr. y Sra. Winslow, y sus hijos, Laura, Thiro, Eddy y como no, el primo entrado en kilos y el pesado vecino hijo de los Thompson.
Varias fueron las veces que nos vimos en las pantallas que estaban en el margen, y en una de esas Rodrigo exclamó asustado: “Manol, estamos rojos como gambas. La chingada del sweater. Tenemos que quitárnoslo” Este si que era un reto. Era decirle a todo el mundo que éramos unos corredores mercenarios. Que mi dorsal no se escondía tras mi sudadera color azul. Le dije a Rodrigo que aguantara hasta la media maratón. Y así lo hicimos. Aunque no era grave, si que empezaba a ser preocupante. La sudoración por este hecho era mayor, por lo que nuestras energías se podían ver mermadas.
Y llegamos al punto que marcaba la mitad del recorrido. Curva a izquierdas y miles de personas vitoreando. Se estrecha la calle en una especie de embudo y unos, siguiendo el estilo americano, cien miembros del staff organizador mirando uno por uno a los corredores.
- “De esta no salimos Rodrigo…De esta no salimos.”
Efectivamente, no salimos. Dos negros vestidos de superatletas, se acercaron por mi lado derecho, cuál patrulla de la Guardia Civil, y me preguntaron si tenía dorsal. Yo podía optar por la opción “Mi no entender”, pero la acreditación de uno de ellos, marcaba en su pecho que era un tal Freddy Hernández. La opción dos, “pies en polvorosa”, se me hacía más pesada, ya que tendría que ir más rápido que dos tipos que estaban frescos, y que me seguirían 20 kilómetros más, para a lo mejor después detenerme, ponerme delante de un juez del Estado y mandarme al corredor de la muerte por un delito contra la salud pública por no haberme inscrito en una competición que era el orgullo nacional.
“No…no lo tengo”, les dije. Y me invitaron, muy amablemente, a abandonar la carrera. El mexicano estaba ilocalizable. Yo deseaba con todas mis fuerzas que estuviera allí. Que deshonra que un español no pase un mero control con la picaresca que nos caracteriza. Me imaginaba, mientras echaba un vistazo a los que pasaban, que mi mexicano seguía con su trote alegre y sonrisa amplia hacia la línea de meta. Afortunadamente, me equivoqué y en un momento apareció a mi espalda maldiciendo Tijuana, porque una negra le había puesto una pegatina que avisaba a los policías que estaban esperando más adelante, que él era un impostor de la carrera.
“Mamá, soy yo. ¿sabes dónde estoy?
- No, hijo, dime.
- En la maratón de Nueva York.
- A qué bien. ¿Y quién gana?
- No, Mamá, que la estoy corriendo. Es increíble. Una experiencia única.
- Manu, ten cuidado no te vayas a lastimar, que tu eres un trasto, y además en la tele siempre llegan tambaleándose …. ¿No podrías jugar a otra cosa?”
Cuando dijo lo de “jugar” me entró la risa y colgué. Yo, llamando a casa, desde el otro lado del charco, y mi madre con la imagen en la retina de aquella maratoniana suiza que entró en la meta casi cayéndose en las olimpiadas de Los Ángeles 84.
Rodrigo y yo decidimos que había que arriesgar. Que aquello no podía quedar así, ya que si nos enfriábamos, éramos hombres muertos y empezarían los calambres. Así que avanzamos por la acera al trote durante un kilómetro más o menos, dónde la multitud ya escaseaba. Nos quedamos pegados a la cinta que dividía a los corredores del común de los mortales. La pasamos por debajo, y parafraseando al mexicano “les chingamos la frontera”.
Yo empecé a cojear a propósito, cuál lesionado que se reincorpora. El americano, que no conoce la picaresca, empezó a valorar nuestro gesto de valor infinito al querer volver a competir. Empezaron a darnos una ovación atronadora unas 100 personas. Quizá fruto de este éxito, exagere más la cojera, mientras iba incorporándome, cual homo sapiens en su evolución. “let´s go hero, yeahhhh”, aclamaban los pobres inocentes.
El mexicano agradecía con la mano la inestimable ayuda del público. Una vez que los ingenuos quedaron atrás lo suficiente como para no dar con sus ilusiones al traste, empezamos a correr de verdad. Nos dijimos de hacer la segunda parte de la maratón lo más rápido posible, ya que habíamos descansado 5 minutos y habíamos dosificado en la primera media. (1h 43 min.)
Nos marcamos el objetivo de encontrar al primer grupo con el que corríamos. No dejábamos de adelantar gente. Subíamos un puente, bajábamos una avenida, pasábamos por el Bronx. La gente salía con sus orquestas improvisadas a la calle, y nosotros le saludábamos. En una de esas, pensé que si me quitaba la sudadera iría más rápido. Así lo hice. Se la regalé a una señora que iba con un carrito lleno de botellas de agua. Una botella por mi sudadera. Pensé que ella agradecería el gesto, pero por los gritos que daba, una vez hube pasado, me da que creyó que me la había dejado enganchada o algo así.
En el kilómetro 29 cogimos al grupo. Habíamos corrido como demonios. Parecíamos dos locos adelantando gente. Los del grupo se sorprendieron. Al punto que, como no, se nos hinchó el pecho, y nos pusimos a marcar ritmo.
Esos fueron momentos muy bonitos. Ves la carrera desde tantas perspectivas, que notas que en la misma maratón hay muchas carreras, y nosotros habíamos vuelto a la nuestra. Seguíamos adelantando gente. En una de esas pude adivinar en la espalda de un bajito corredor una leyenda que decía: “La Carolina con el deporte”.
Era un tipo de Jaén que corría su tercera maratón en NY. Como buen compatriota le saludé, le comenté que era de Benalmádena y bajé un poco el ritmo para ver si lo absorbíamos. El tipo, herido en su orgullo veterano, se pone a tirar. Craso error. Desapareció a los dos minutos engullido por los kamikaze conducidos por un Rodrigo que estaba cegado con un alemán que nos sacaba doscientos metros y que iba exactamente al mismo ritmo que nosotros, y no lo dábamos alcanzado.
Le pregunté a mi amigo cómo sabía que era alemán, y la obviedad de su respuesta me hizo dar una carcajada: “Manol, es el pinche cabrón que lleva la bandera”.
El alemán era un triatleta que llevaba una bandera de su país con un mástil de 3 metros y una bandera de 2 por 2, y corría a nuestro ritmo. Estaba claro, que el era de otra carrera, así que le dije al mexicano que tirara hasta pasarlo.
Así hicimos, y cuando nos dimos cuenta, íbamos sólo. A estas alturas de la carrera (km. 32), la gente ya va muy desperdigada. Del medio millón que inician, no acaba ni el 5%, así que nosotros, aunque extraoficialmente, teníamos claro que íbamos a acabar.
Quizá estos fueron los mejores momentos que recuerdo de la maratón, y sin duda, los más emotivos, graciosos y apasionantes, porque no dejaban de sucedernos anécdotas.
La entrada a Manhattan por Central Park, nos trasladaba a las películas de Woody Allen. Eso si, qué duras se hacían las rampas y toboganes de los caminos del parque. Cada pocos metros empezábamos a ver banderas de España o México, ondeadas por estudiantes que venían animar a los corredores. Íbamos tan sobrados, que nos parábamos a saludarlos, sobretodo cuando eran féminas, y gritábamos un ¡España, España! o un ¡Qué viva México!, para seguir después con la carrera.
Cómo no, esta manera de hacer la goma pasó su factura. En el Km. 38, mientras yo bailaba en un margen al son de un grupo de tres chicos de Murcia que estaban apoyados en un árbol tocando la guitarra, mi gemelo dijo: “aquí estoy yo”.
Creí que no iba acabar la carrera. Empecé a cojear. Bajé el ritmo, e incluso me paré 20 segundos para estirar. Aquello fue mano de santo: volví a correr. El mexicano me sacaba unos 75 metros, pero yo no quería forzar para ponerme a su ritmo. Además, me había surgido otro problema. Eran las heridas en las axilas y los pezones, producto del rozamiento y el sudor. Otra novatada más que pagaba. No porque no supiera que esto podía pasar, si no porque en el bolsillo de mi sudadera regalada a aquella mujer, me dejé el bote de vaselina y 100 dólares.
Yo me había fijado durante el recorrido que en las zonas de avituallamiento, aparte de la comida y la bebida, había vaselina. En el km.39 cogí uno de estos botes, y empecé a expandirme la vaselina por las axilas y el pecho. Uno a estas alturas no está como para pararse y ponerse a dar la cantidad justa y en el lugar indicado, así que adopté la vía “a granel”, y me eché unos buenos pegotes en las zonas afectadas.
Lo primero que pensé era el buen olor a manzana que tenía aquella vaselina. Dos minutos después era incapaz de despegar totalmente las axilas de los brazos, y sentía los pelos de las mismas apelmazados, así como la camiseta totalmente pegada a mi pecho. Estaba claro, que algo había ocurrido. Le grité a Rodrigo que aminorara el ritmo y me esperara. Se puso a mi par y le pregunté que qué mierda era lo que tenía en la mano pegajoso. Me dijo que había cogido uno de esos botes de gelatina isotónica. Las risas me dieron fuerzas. Cogí una esponja con agua en el siguiente punto, y empecé a limpiarme cuál bebe en medio de la carrera. Ya intuíamos la meta.
¡¡Estamos llegando Manol!! Estamos llegando!!!
Era cierto, la gente no cesaba de aplaudir a los que íbamos llegando entre la arboleda de Central Park. Estábamos ya en el km. 41. Ciertamente, no sé decir que sentí, pero creo que pocas veces he estado tan contento y satisfecho, y eso, que a doscientos metros de la meta, unos cien agentes, esta vez de policía, “invitaban” a no pasar la meta a aquellos que no estuvieran inscritos. Daba igual, nosotros habíamos escrito esta experiencia en nuestras vidas. Nos echamos a un lado, y corrimos hasta la línea imaginaria de meta por el lado del público. Miramos el marcador. 3h 12 min. 54 seg. Para correr 42 Km. 195 m., beber un chocolate caliente, llamar a la familia, vivir la experiencia con el público, y sobretodo, ser un “finisher”.
Nos tiramos en el césped de Central Park, y estuvimos disfrutando del espectáculo que brinda la línea de meta. Gente satisfecha con el esfuerzo de haber acabado. Gente que aglutinaba méritos que aquí no cabrían. Gente que se sentía feliz. Y allí, desparramados un mexicano y un español, con dos mantas térmicas, riendo a carcajada de la experiencia vivida.
El detalle y premio, fue que dos personas de la organización, inocentemente, se acercaron para decirnos si habíamos cogido el “gift bag” (bolsa de regalo). Dijimos que no. Que las piernas habían preferido ir a descansar.
Nos trajeron los agasajos, cuales participantes oficiales de la maratón, y ciertamente, eso nos hizo mucha ilusión.
Motivó tanto la carrera, que estuve varios meses en una nube, saboreando la experiencia, interiormente, y con orgullo infinito cuando la contaba. Fue la primera maratón de NY que corrí. Espero que no sea la última. Será la última flanqueando las Torres Gemelas. Y espero que sea la última que me tenga tres días para recuperarme y sin andar. La última sin inscribirme, y sobretodo, amigo Rodrigo, la última que participo en tus juegos aristotélicos de inducción-deducción en plena carrera.
Manu Rosell
Noviembre 2000
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