Diario Sur
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EL COLOR DEL DINERO
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Francisco Griñán | 26-10-2007 | 22:47

POR JUAN ANTONIO VIGAR
Cada fin de año supone el inicio de un tiempo de balances y estadísticas. Ésas sobre las que el escritor Mark Twain opinaba: «Hay tres clases de mentiras: las mentiras, las malditas mentiras y las estadísticas». Y el cine, un arte al que la industria suele poner casi siempre los grilletes de la rentabilidad, parece haber suspendido las matemáticas de la taquilla y las sociales de un público en desbandada. Las calificaciones del cine en España durante 2005 están ya en los tablones de anuncios. El Instituto de Cine ha constatado la pérdida en nuestro país de 25 millones de espectadores y más de 100 millones de euros en recaudación. Una quiebra provocada fundamentalmente por el cine norteamericano, cuyas películas mayores caminaron muy deprisa por la senda de los elefantes que conduce al precipicio. Aunque todavía representa algo más del 60 por ciento del cine visionado en nuestro país, sus catastróficos resultados durante 2005 le han supuesto una disminución de casi diez puntos en su cuota de pantalla. La exhibición deja ver su preocupación mientras las distribuidoras ponen candados a su ímpetu y cadenas al cofre de sus ahorros.
Sin embargo, toda cruz suele tener su cara. Ante estas cifras, las entidades de gestión del cine español se han apresurado a lanzar las campanas al vuelo satisfechas del marcador favorable y la derrota ajena. Nuestro cine ha crecido en espectadores y recaudación, incrementando su cuota en tres puntos, hasta un 16,7 por ciento en 2005. Como guinda del pastel, cuatro títulos españoles -y un quinto que no lo es- han logrado ingresar en el selecto club del millón de espectadores: ‘Torrente 3. El protector’, ‘Princesas’, ‘El penalti más largo del mundo’, ’7 vírgenes’ -a punto de alcanzar esta cifra- y finalmente, ‘El Reino de los Cielos’. Y he aquí la paradoja. La identidad cultural se hipoteca cuando interesa hacer de lo ajeno, cosa nuestra. Con tan sólo el catering y ciertos trabajos de producción, nos hemos quedado con estas Cruzadas en el territorio impío de las cifras y la economía global.
Hoy, cuando los Reyes Magos traen repleto el zurrón de las ilusiones, sueño con un cine que ame a los espectadores más allá del color de su dinero. Que, arte a fin de cuentas, ilumine las pantallas con la inteligencia y sensibilidad de sus creadores sin preocuparse tanto por los cuartos. Ésos que se oyeron antes de las campanadas de un nuevo año que debería contemplar el regreso de los espectadores a las salas. Allí donde brille el cine artísticamente valioso. Siempre, el más contante y sonante.