Diario Sur
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ELLA ERA DON JUAN
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Francisco Griñán | 16-05-2008 | 17:19

Por FRANCISCO GRIÑÁN. Los viernes y sábados por la tarde su casa se llenaba de artistas, de actores. Bueno, de aspirantes a intérpretes. Sus clases tenían tanta fama como su señorial nombre: Guillermina Soto. Los fines de semana organizaba lecturas dramatizadas e incluso actuaciones con los aprendices que acudían a su escuela. Todos sabían que allí aprenderían y podrían cumplir el sueño de subirse a unas tablas, pero también sabían que nunca llegarían a protagonistas. Al menos con ella. Y es que aquella señora vieja, experta, con carácter y kilos de sobra, y mirada seductora siempre se quedaba los mejores papeles. Ya fuera el de una quinceañera o el de Don Mendo. Genio y figura. Su capacidad interpretativa medía tanto como su vanidad. Guillermina Soto le daba trabajo a la palabra diva. Pero los que compartieron con esta dama del teatro horas de ensayo y escuela no la olvidan. Entre sus alumnos aventajados se encontraron Antonio Banderas y Lucio Romero. Este último, actor y coleccionista, la recordó recientemente en la exposición ‘Málaga en los carteles de cine’, donde destacaba el afiche de la versión muda del clásico ‘Nobleza baturra’ con el nombre de Guillermina Soto en los primeros puestos del reparto.
Actriz de profundo sentido dramático, esta malagueña adoptiva nacida en Madrid dejó su desgarradora presencia en aquel dramón de los de antes en el que hizo llorar hasta al director, José Vila. Guillermina compartió cartel en aquel filme con su madre, la también actriz Elvira Rojas, pero el cine no fue el que alimentó sus diálogos. Soto vivió para y por el teatro. Se retiró a finales de los 40. Eso, al menos, decía. En realidad, no paró de formar a jóvenes actores, montar representaciones por toda Málaga y aumentar su fondo de armario: llego a coleccionar 2.000 trajes que después alquilaba para otras compañías. En los 50, junto a su marido, el autor Francisco Vázquez, dirigió un grupo de teatro en el edificio de los sindicatos de Muelle de Heredia por el que pasaron Pepe Salas, Mariluz Rizzo, Víctor Puyuelo o el mencionado Lucio Romero. También asistieron a sus clases alumnos que más tarde despuntarían por otros motivos pero que señalan a la actriz como una de sus maestras: el escritor Luis Melero y los pintores Paco Moreno Ortega y Pepe Bornoy.
Guillermina Soto marcó una época en el teatro malagueño. Como lo hizo su coetánea Ángeles Rubio Argüelles, promotora de la compañía ARA y su enemiga íntima. Cada una era el espejo en el que se reflejaba la otra. Por eso se vigilaban de lejos. A veces incluso de cerca. Durante un montaje del Tenorio, en el que, claro, Guillermina encarnaba a Don Juan, en el público se infiltró un buen número de alumnos de ARA que llenaron el escenario de aviones de papel y formaron un gran alboroto. Francisco Vázquez no pudo aguantar los nervios, cogió la espada de su esposa donjuanesca y se tiró al patio de butacas donde magulló a algún que otro espectador. El escándalo fue tal que incluso saltó a los periódicos nacionales con un pomposo titular: «Don Juan Tenorio sigue derramando sangre con su espada».