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CON LA MUERTE EN LOS TALONES
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Francisco Griñán | 10-07-2007 | 13:34

Por JUAN ANTONIO VIGAR. El hecho de matar nunca da la vida a quien lo hace. Antes o después, el asesino termina enfrentándose a su propio crimen. Se convierte en víctima de la duda y el remordimiento. En fugitivo de sí mismo con la muerte en los talones y la náusea en la mirada.
Avner es un agente del Mossad que ha de ejecutar una venganza de Estado contra once hombres sin piedad: palestinos supuestamente responsables de planear la matanza de los Juegos Olímpicos de Munich de 1972. El grupo extremista Septiembre Negro entró en la Villa Olímpica, asesinó a dos miembros del equipo israelí y se hizo con nueve rehenes. Tras veintiuna horas de secuestro y tensión, en una desastrosa acción de rescate de las fuerzas de orden público alemanas, rehenes y terroristas murieron en la pista de un pequeño aeropuerto próximo a Munich. Oficialmente, Israel enterró a sus muertos y bombardeó varios campos palestinos en Siria y Líbano. Sin embargo, como más tarde acreditaron algunos destacados generales israelíes, el gobierno de Golda Meir decidió amedrentar a cualquier terrorista que quisiera hacer daño a Israel asesinando a los líderes palestinos presuntamente responsables de aquella matanza. Así nació la operación ‘Cólera de Dios’. De una venganza con la que siempre es malo jugar.
Steven Spielberg aborda en su nueva película, ‘Munich’, la narración de esta tragedia sin tiempo. Y lo hace como proceso personal en Avner, el agente secreto al que ni sus jefes quieren conocer. El joven empieza asumiendo su objetivo desde la rabia y la venganza, como un juego de guerra preciso y constante. Será tras la descripción de esa misión imposible, llena de intrigas, contactos y trampas -quizás las imágenes más predecibles y menos valiosas del filme- cuando entremos por fin en el terreno vedado de la reflexión. La de un asesino que empieza a sentir el dolor de la tragedia que siembra. La de un hombre que quiere dejar de matar para seguir viviendo. Ahí es donde la película -a pesar de ciertas secuencias quebradas por el artificio y la contradicción- encuentra su verdadero valor como arte y compromiso, como impulso de paz y concordia. Más allá de los intereses creados y la palabra oficial de este mundo siempre en conflicto. Especialmente ahora, cuando Hamas es mucho más que nunca y las armas arañan el cielo con sus disparos.
Al final de la película, el jefe del Mossad se niega a compartir el pan -alimento de vida- con quien ya renunció a matar para siempre: alguien que por fin había entendido el verdadero significado de la expresión ‘pena de muerte’.