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EL ÚLTIMO REFUGIO
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Francisco Griñán | 10-07-2007 | 13:34

Por JUAN ANTONIO VIGAR. Hay músicos que suelen desafinar en la partitura de la vida, que apenas tienen oído para aceptar cordura y cariño. Se autodestruyen construyendo una leyenda más allá de su propia aflicción. Como Johnny Cash: el ‘hombre de negro’ con voz inocente y sonrisa callada. «Sucede que me canso de ser hombre», escribía el poeta Neruda en unos versos nacidos para canción triste y reflejo en la mirada de un artista como Cash.
Los golpes rítmicos y el batir de palmas de los reclusos de la prisión de Folsom (California) nos anuncian la subida al escenario de un hombre que regresa de la balada del miedo y el infierno de las drogas. A este brillante prólogo sucede un flash-back que nos sitúa en Arkansas en la época de la Gran Depresión, de los mil dolores pequeños de un niño al que su padre maltrata e ignora. Más tarde asistimos a la grabación del primer disco, a las giras salvajes con los pioneros del rock and roll: Elvis Presley, Jerry Lee Lewis, Roy Orbison, , al juego compulsivo con las drogas, al limbo del aturdimiento, al rechazo social y, por fin, al escenario de su propia dignidad cuando, rehabilitado, canta en Folsom para otros presos del desconcierto que suele ser a veces la vida. Y entre bambalinas, una mujer cuya medida del amor fue siempre amar sin medida: June Carter, sonrisa como cobijo y enfado como consejo para un hombre en constante duda y caída.
Basada en los libros autobiográficos escritos por el propio Cash, ‘En la cuerda floja’ es un intenso biopic dirigido por James Mangold con pulso firme y mirada compasiva. Caminando junto a Cash por su infelicidad y angustia, vivimos el proceso de ascensión y caída de uno de los grandes mitos de la música country-rock. La película, firme en su pulso narrativo aunque algunos personajes secundarios queden desdibujados frente a la potencia sentimental de la historia central, alcanza sin embargo su verdadero valor y dimensión en la interpretación de Joaquin Phoenix y Reese Witherspoon. Ambos dotan de intensidad, matices, desgarro, pasión y veracidad a sus complejos personajes. Ponen alma, sensibilidad y voz -ambos cantan las canciones que interpretan- a unas vidas rotas y un amor que las ampara. Dos seres sobresalientes en las asignaturas de la emoción y la ternura.
Aunque ‘En la cuerda floja’ destile el alcohol recio del conservadurismo y la religión, es al fin un canto general a esas vidas sin más orden ni regla que la huida de sí mismas y el encuentro con un amor convertido en su último refugio.