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AL ESTE DE LA EDAD
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Francisco Griñán | 10-07-2007 | 13:34

por JUAN ANTONIO VIGAR

James Dean hubiera cumplido por estas fechas setenta y cinco años. El 8 de febrero de 1931 nació aquel niño que habría de crecer tímido, huraño e infeliz. Acentuadamente miope, se refugiaba en el violín huyendo de la rudeza y las burlas de sus compañeros de colegio. Tras perder a su madre y con tan solo nueve años, fue confiado al cuidado de sus tíos, quienes le acogieron en su tranquila granja del pueblo de Fairmount, en Indiana. Apartado de todos, en interminables jornadas de labranza y cuidado del ganado, se iría forjando definitivamente su amor por la soledad y su sempiterno inconformismo. Siempre solo. En la práctica de los deportes más exigentes, en el estudio y las aulas, y poco tiempo después en la aceleración de las motos y la irrefrenable pasión por la velocidad.

Con tan solo tres películas, ‘Al este del Edén’, dirigida por Elia Kazan en 1955; ‘Rebelde sin causa’, obra intensa y afilada del director Nicholas Ray, y ‘Gigante’, película dirigida por George Stevens que fue estrenada en 1956 tras la desaparición del actor, marcaron una carrera vertiginosa truncada por su prematura muerte, con apenas veinticinco años, en un accidente de automóvil. Un velocísimo Porsche Spyder plateado, conducido por el actor hacia la ciudad de Salinas, impactó frontalmente contra otro vehículo en una larga recta de autopista el 30 de septiembre de 1955. Acompañado por un mecánico de la marca, Jimmy decidió probar aquella preciosidad acelerándola hasta velocidades imposible en las solitarias carreteras californianas. Sin embargo, el tiempo se detuvo en aquel impacto, quebrando vida y futuro.

«James Dean tenía un rostro en cuyos primeros planos se percibía un gran dolor», diría Elia Kazan de aquel actor convertido en modelo para muchos jóvenes norteamericanos que sentían la necesidad de sacudir los cimientos de aquella sociedad tan recta, honesta y correcta en la que vivían.

Para los aficionados al cine, James Dean es hoy todo un gigante. Ahora nadie recuerda que apenas alcanzaba un metro setenta de altura y que su mirada, miope y doliente, fue siempre demasiado corta para entender y aceptar la sombra alargada de la vida. Aquella por la  siempre transitó a demasiada velocidad. Ahora James Dean no cumplió setenta y cinco años. Hace tiempo que su mito ya está al este de cualquier edad.