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Fecha: abril 2, 2006
SONRISAS Y LÁGRIMAS
Francisco Griñán 02-04-2006 | 8:34 | 0

Por JUAN ANTONIO VIGAR. En ciertas ocasiones, un paso adelante puede significar una vuelta atrás. Este es el caso de ‘Los productores’: un arriesgado giro de tuerca para el humor desternillante de Mel Brooks. Siguiendo una disparatada lógica matemática, el director de ‘El jovencito Frankenstein’ ha desarrollado una dudosa fórmula para el éxito seguro. Desde el aplauso general hacia su película ‘Los productores’, realizada en 1968, ideó un espectáculo musical que triunfaría más tarde en Broadway. Ahora, como buen equilibrista del éxito, Brooks plantea un tercer eslabón en su cadena alimenticia: la adaptación cinematográfica de este aplaudido musical. Así cierra el círculo de su osadía pasando del cine al teatro y de éste a un cine teatral.  Sin embargo, hay saltos en el tiempo que solo demuestran cuán duras son las caídas.

A pesar de todo, reconozco que el humor de Brooks me sigue atrayendo. Su trazo grueso y agresiva parodia aportan un agradable vértigo a la actual rutina creativa. Su capacidad para transgredir los géneros y su descarada libertad en el diseño de personajes despiertan mi simpatía y, a ratos, complicidad. «Huelo el insoportable hedor de la autoestima», dirá  un personaje de ‘Los productores’ al descubrir que un pobre y sometido contable se atreve a cambiar sus oscuras cifras por los brillantes números de un musical. Pero, más allá de su humor naíf y gamberro, esta nueva versión de ‘Los productores’ se queda en coreografía más que en pirueta, se refugia en el notable talento del actor Nathan Lane -pespunteado con gracia en el doblaje por Santiago Segura- y la rotunda belleza de Uma Thurman en el papel de una sueca de altura frente a unos hombres que, al verla, crecen tan solo a lo ancho. Una realización sin riesgo ni ventura de la coreógrafa Susan Stroman se limita a poner celofán de colores a esta historia que, a fuerza de repetirse, más parece el alioli donde se bañan, ya fritos, los humildes calamares.

Sin embargo, lejos de este humor agridulce, aún vivimos la melancolía salada de un adiós prematuro. Se nos fue la sonrisa de luz de Rocío Dúrcal. Aquella novicia rebelde fue travesura, copla y color en los conventos sombríos del cine español. Más tarde armaría su voz con canciones de mariachi mientras luchaba con valentía quijotesca -no en vano fue ‘Rocío de la Mancha’- contra una enfermedad silenciosa y cruel. En sus últimos meses se nos mostró de verdad ‘más bonita que ninguna’. Lagrimas hoy entre las sonrisas del musical que es la vida: a veces, un disparate sonoro donde quienes dan el cante no suelen entender nada de melodías.

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