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Fecha: abril 17, 2006
DEMASIADO CORAZÓN
Francisco Griñán 17-04-2006 | 11:46 | 0

por JUAN ANTONIO VIGAR. Félix Bayón amaba el cine. Un arte, una pasión que, en palabras de Orson Welles, es siempre «la mejor forma de volver a la vida». Nunca de irse de ella. Como en el caso de Félix. Que nos dejó huérfanos de su sonora amistad en el silencio de una sala de cine. Ante la quietud vertiginosa de una pantalla encendida, de un sentimiento extraviado, de una razón encontrada. Demasiado corazón para amar la vida y escasa vida para alargar un latido tan débil. Desde 1992, tras su operación a corazón abierto, Félix cerraba cada día como un inmenso regalo: el milagro de todas esas mañanas del mundo, de esos caminos sin retorno por los que Bayón caminaba con obstinada rectitud. Incansable frente al daño y la renuncia, valiente ante la injusticia y el abuso, sin un solo renglón torcido en sus artículos, sin una palabra impropia en su opinión.

Cuando en 1999 le pedí que eligiera para el Festival de Málaga su película española favorita, se decidió por ‘El Sur’, de Víctor Erice. Decía que esa película contenía «los tres momentos más bellos del cine español: dos estallidos y un silencio». Dos explosiones de felicidad infantil y un diálogo sin palabras entre Estrella, la protagonista, y su padre, tan señor. Félix, que ya sabía de la necesaria profundidad y precisión de un buen guión desde que realizara, junto a Mario Camus, la adaptación cinematográfica de su novela ‘Adosados’, encontraba sin embargo en la obra de Erice el valor extraño de lo inacabado. ‘El Sur’, cuyo rodaje fue interrumpido por el productor Elías Querejeta cuando pensó que ya había material suficiente, es una película sin final. O con otro distinto al que debiera. Más abrupto, más injusto, pero quizás también más expresivo, más hermoso y perdurable. El Sur se convierte así en metáfora y quimera -nunca existirá el deseado viaje de la protagonista- en lugar de presencia y áspero territorio.

Hoy resulta premonitoria aquella elección. Nada casual en Félix. Como si ya tuviera la certeza de que en la vida nunca debe aparecer la palabra ‘fin’, que no es principio de nada sino conclusión de todo. Aún más en el cine, donde al final las luces se encienden y nace el bullicio para cerrar nuestros ojos a esa fantasía de carne y sueño que, en palabras de Bayón, «mantiene vivo para siempre el estremecimiento de la emoción». Como en el caso de Félix, que nos deja el prematuro legado de sus novelas y su periodismo de raza y verdad. También de otros muchos momentos compartidos entre literatura y pensamiento, como prueba de su generosidad queriendo estar siempre al lado de sus amigos, en abrazo estrecho con la cultura. De todo ello podría hablaros sin fin. Que es palabra que nunca aceptó mi admirado Félix Bayón. Y que hoy tan injusta me parece.

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