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Fecha: abril 28, 2006
EL REY DE LOS GRITOS (Y II)
Francisco Griñán 28-04-2006 | 1:10 | 0

Por FRANCISCO GRIÑÁN. En su origen, el hombre mono hacía honor a este apodo y era descrito por su autor como un cruce entre el espíritu salvaje y la inteligencia natural. A pesar de ello, la imagen que se impuso del personaje fue la que el cine aburguesó y modeló posteriormente a su antojo, pese a la eterna lucha que mantuvo Edgar R. Burroughs por mantener el control de las adaptaciones. De hecho, el primer Tarzán ‘real’, el actor Elmo Lincoln, contó con la aprobación del propio autor que, no obstante y tras esta primera versión (‘Tarzán o el hombre mono’, 1919), asistió a toda una cascada de nuevos títulos que poco a poco fueron desvirtuando el personaje, desprendiéndolo cada vez más de su carácter mitológico a la vez que proporcionándole un progresivo aire de héroe doméstico.
Numerosas anécdotas ilustran esta idea de la ‘desnudez’ intelectual y física del personaje, aunque todo se puede resumir en el vestuario: si Elmo Lincoln y otros ‘tarzanes’ del cine mudo (Fran Merrill, Gene Pollar o James H. Pierce) eran representados con una piel de tigre cubriendo la mayor parte del cuerpo, sus herederos de la época sonora limitaban la cosa a un escuálido taparrabos que identificaba al personaje con una imagen atlética. Una iconografía que, por otra parte, terminó imponiéndose no sólo en las versiones posteriores del rey de la selva, sino en otros filmes de ambientes primitivos o selváticos, como ‘Hace un millón de años’ (1966) -inolvidable Rachel Welch- o ‘El planeta de los simios’ (1967).
Otra de las contradicciones que rodean la historia del personaje la protagoniza el Tarzán más popular, Johnny Weissmuller, que, a pesar de ser el preferido de los espectadores, no lo era en absoluto de Burroughs. El autor se quejó en numerosas ocasiones de las adaptaciones de los estudios MGM con este actor -la primera fue ‘Tarzán de los monos’, 1932- y, para remediarlo, acabó creando en 1934 su propia productora: Tarzán Burroughs Enterprise. Con el pleno control creativo, el autor escribió los guiones y seleccionó a su protagonista ideal: el actor Herman Brix. Pero la compañía tuvo una breve vida, ya que sólo puso en marcha dos títulos (‘Las nuevas aventuras de Tarzán’, 1935, y ‘Tarzán y la diosa’, 1936) que no convencieron a un público que prefería a aquel competidor que se expresaba con frases como «Nkawa, Chita» y lanzaba gritos inhumanos que llegaban de punta a punta de la selva.
La imagen impuesta por el atlético Weissmuller -fue campeón olímpico de natación- se identificó en la memoria colectiva hasta tal punto con Tarzán que todas las versiones posteriores han seguido su huella, tanto para reafirmarse en sus características como para ofrecer nuevas interpretaciones que siempre nacían como negación al modelo MGM. Un larga sombra que se extiende hasta hoy y que se observa tanto en recientes producciones de inspiración ‘weissmulleriana’ (‘George de la jungla’ o el ‘Tarzán’ de Disney) como en película sobrias que abandonan la aventura en favor del drama del original literario (‘Greystoke’). De aquello hace ahora 95 años.

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