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Fecha: mayo, 2006
EL FOTÓGRAFO DEL PÁNICO
Francisco Griñán 30-05-2006 | 11:26 | 0

por JUAN ANTONIO VIGAR.- Hay cuentos infantiles que los adultos nunca deberían olvidar. Al menos en su desenlace. Porque en éstos lo que desde el principio cuenta es su final. Ahí están su enseñanza y su lección. Ésas que acabamos suspendiendo cuando olvidamos estas sabias historias de memoria.

Hayley es apenas una niña. Catorce años enfundados en su sudadera adolescente: roja insignia del valor y advertencia de que, para esta nueva Caperucita, la letra con sangre entra. Que también es roja. Como la pasión. Un sentimiento ciego que hace perder de vista toda prudencia. Incluso al hombre que la cerca con sus mensajes de Internet creyéndola una mujer madura y vulnerable. Luego, ya tarde, la reconocerá pequeña, aunque fuerte y vengativa. Cuando la niña acepte su invitación para dejarse fotografiar en su estudio. Para, jugando descuidada con aquel hombre ansioso, acabar sonriéndole con malicia desde su dulce rostro impenetrable. Al final, el dominio del adulto se tornará moraleja equivocada y afilada lección de anatomía en eso que les cuelga erecto a tantos colgados que andan por la vida.

Éste es el violento aprendizaje encerrado en el argumento de ‘Hard Candy’, primer largometraje de David Slade con el que este prestigioso realizador publicitario ha obtenido importantes premios, como el de Mejor Película en el pasado Festival de Sitges. Con un vertiginoso ritmo narrativo y una creciente aunque controlada intensidad dramática, Slade imprime a su película una impactante tensión emocional que, unida a la utilización de un único decorado durante casi todo su metraje, contribuye a crear una atmósfera visual de absoluta angustia e incertidumbre.

Sin embargo, el relieve de este filme nace de su pareja protagonista: Patrick Wilson, encarnando al fotógrafo del pánico y el deseo, y especialmente Ellen Page, una actriz que no se me quita de la cabeza desde que me hizo perderla con esta interpretación tan brillante como perversa. Niña de reflejos tan adultos, esta joven actriz canadiense, de apenas diecinueve años, está llamada en el futuro a ser un rostro clásico. Un trueno sobre el agua silenciosa del cine que veremos.

‘Hard Candy’ es una película sorprendente. En su concepto visual, en su interpretación y en la construcción de un guión donde el juego de miradas y el eco de los silencios dejan paso al vértigo de la tortura y el daño de la perplejidad. Hoy, que hay tanto cuentista en los ‘chats’ de Internet, tanto adulto manchado en sus manos y mirada, esta película nos demuestra que todo crimen tiene su castigo y que, en lo tocante a la inocencia de los otros, más de uno debería dejarse de cuentos.

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A LA ALTURA DEL GUIÓN
Francisco Griñán 24-05-2006 | 1:50 | 0

POR FRANCISCO GRIÑÁN. ‘El código Da Vinci’ lo está acaparando todo. La recaudación en la taquilla y las (malas) críticas casi generalizadas de la prensa. La deducción es que la adaptación de la novela -ese término hay que matizarlo- de Dan Brown ejerce sobre el público una actracción tan grande como la decepción que produce al salir de la sala de cine. Yo fui al cine con compañía. Éramos más de diez. A ninguno le gustó, aunque tampoco disgusto a nadie. Lo mejor fue sin duda la compañía.
No obstante, esta versión que ha dirigido Ron Howard es una excelente adaptación del original. Tanto que se ha limitado a reproducir el texto literario sin cambiar apenas nada. El resultado es el mismo que el del libro: un gran castillo repleto de almenas de intriga y pasadizos secretos que al final se derrumba ante la endeblez de sus pilares argumentales. Eso sí, la película tiene su propio pecado original: es demasiado larga -dos hora y media-, lo que acentúa el diseño matemático de su argumento.
Ron Howard no lo tenía difícil. Al fin y al cabo, la supuesta novela de Dan Brown ‘El código Da Vinci’ no es tal, sino un guión. Al menos esa fue la impresión que me dio con la lectura del libro, que más que situaciones, pensamientos y atmósfera litararia describía acciones con el ritmo de un ‘thriller’ hollywoodiense. Tanto que no era difícil imaginar el rostro de algunos personajes, como el del policía francés Fache que era clavadito a su actor en la gran pantalla: Jean Reno.
Desde luego, nunca hubiera apostado por Tom Hanks para encarnar a Robert Langdon y aún menos  por Audrey Tautou para dar vida a la detective Neveu. Pero ahí han entrando en juego los criterios comerciales. Que es donde empieza y acaba esta película. En el presupuesto que ha costado y en la taquilla que está recaudando. Valor artístico lo que se dice artístico no tiene mucho. Una gran técnica, imágenes formidables, escenas de acción y una intriga que pone en entredicho los pilares de la iglesia más conservadora que ha hecho una excelente campaña publicitaria en contra de su estreno pero a favor de la película. Y poco más se puede decir de esta llamativa y pobre cinta. Sirve para pasar un rato (largo), como la mayor parte de las americanadas que llegan a la cartelera para verano. Y además te ahorras leer el guión de Dan Brown que venden en las librerías.

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TODO SOBRE PEDRO
Francisco Griñán 18-05-2006 | 9:29 | 0

Por FRANCISCO GRIÑÁN. Si paramos por la calle a un par de turistas japoneses con cámara al cuello y le preguntamos que saben de España dirán a buen seguro paella, flamenco y Almodóvar. Y No necesariamente en ese orden. Y es que Pedro Almodóvar (Calzada de Calatrava, Ciudad Real, 1951) es más que un cineasta. Es un icono del propio país. Todas las estrellas de Hollywood confiesa su deseo de trabajar con él. La británica Helena Bonham-Carter o la italiana Monica Bellucci han fantaseado con el director manchego. Ambas forman parte del jurado de esta edición del Festival de Cannes. Allí se plantará precisamente Almodóvar mañana con su nueva película, ‘Volver’, y con otra medalla internacional en su ya ancho pecho. Dos Oscar -entre ellos el único al mejor guión original del cine español-, el César francés, el Globo de Oro, el Bafta británico, premios del cine europeo, además de honoris causa, la Legión de Honor gala y desde ayer, el Príncipe de Asturias de las Artes.
Excesivo, valiente, arrollador, contradictorio, visionario y espontáneo -su cumpleaños a lo Marilyn al Príncipe Felipe en gala de los Goya fue de antología- Pedro Almodóvar es un hombre hecho a sí mismo. Marcado por el cine de su pueblo -al que recuerda como el que Víctor Erice retrató en ‘El espíritu de la colmena’-, a los 16 años llegó a Madrid. Se buscó el sustento como auxiliar administrativo en Telefónica. El oído lo tenía en el trabajo, pero la vista no la quitó de la gran pantalla. De su sueldo salió su primera cámara super-8, que produjo en los 70 un montón de cortos de título explícito -‘Sexo va, sexo viene’ o ‘Folle, folle, fólleme Tim’- y, por fin, un largometraje hecho a trompicones, ‘Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón’ (1980), manifiesto de la movida madrileña más radical. Hoy sería tildada de cine friki, pero como confesó el propio Almodóvar: «Cuando una película tiene uno o dos defectos es una película defectuosa, pero cuando tiene tantos, esos defectos le dan estilo».
No le falta razón. Por encima de aquella imagen traviesa de sus comienzos, el gran hallazgo del cineasta es crear su propio adjetivo: lo almodovariano. Un costumbrismo postmoderno pasado por la turmix de lo kitsch y un pantone de colores chillones, que sirve de fondo a nombres femeninos. Y es que su cine no se puede entender sin las mujeres, a las que entiende y dirige como nadie. Una doble personalidad que tiene alias: Patty Diphusa, el personaje que se creó en los setenta. Después llegaron las primeras chicas Almodóvar, capitaneadas por Carmen Maura, su primera musa y con la que se ha reconciliado en ‘Volver’. No ha sido su único desencuentro. Como muchos grandes creadores, Almodóvar se ha sentido incomprendido muchas veces en casa. Contestado por la prensa y, a veces, por la crítica, aunque siempre favorecido por la taquilla, sus apariciones públicas han ganado en divismo y, a veces, distancia. Los Goya pagaron los platos rotos, aunque el pulso que ha mantenido con la Academia de Cine parece ir camino de las tablas con su esperado regreso a la institución.
Desde los clásicos ‘¿Que he hecho yo para merecer esto?’ o ‘Mujeres al borde de un ataque de nervios’, su cine ha ido abandonado la comedia y viajando hacia el (melo)drama, del que ya han salido títulos fundamentales como ‘Todo sobre mi madre’ y ‘Hable con ella’. Películas que hablan de Almodóvar como un género. En sí mismo y en pantalla.

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LAS AMISTADES PELIGROSAS
Francisco Griñán 16-05-2006 | 6:56 | 0

Por FRANCISCO GRIÑÁN. EL primer encuentro fue en un cine. En el colosal Astoria del que ya sólo queda un esqueleto recubierto de hollín. Quería ver una película de Harry Callahan con un prometedor título, ‘Cazador blanco, corazón negro’ (1990), pero me topé con Clint Eastwood. Y no es lo mismo. Entonces lo supe. En lugar de un policía con un magnum y gesto sucio, la pantalla mostró la historia de un cínico y broncoso cineasta. Eastwood se pluriempleaba al encarnar a un director delante y detrás de las cámaras -apuntando en la línea que destapó después con ‘Sin perdón’ (1992). Pero no quería hablar de John Wilson, nombre que disimula más bien poco el personaje real en el que se inspiraba el papel de Eastwood: John Huston y el rodaje de ‘La reina de África’ (1951). Al que me refería al principio era al escudero de Wilson/Huston, el guionista Pete Verrill. Y sí, también es un alias al que sólo hay que cambiarle el apellido: Viertel, Peter Viertel.
Hace unos días, el escritor dio una conferencia de título geográfico, pero también vital, ‘De California a Marbella’. Viertel es de esos extraños tipos que siempre tiene mucho que decir y, además, diferente. Como buen guiri -nació en Dresde (Alemania) pero se crió en EE. UU.-, le encantan los tacos. Me refiero a los que se escupen, no los que se comen. «Billy Wilder se hizo director para evitar que le jodieran sus guiones», le dijo en una entrevista a Miguel Nieto. Wilder es uno de los personajes censados en las jugosas memorias de Viertel, ‘Amigos peligrosos’ (la edición de Ultramar se puede buscar en librerías de viejo o en la Feria del Libro Antiguo de Málaga que este año se ha instalado a la sombra picassiana de calle Alcazabilla). Los amigos de cuidado de esta autobiografia son el propio Huston, Ernest Hemingway -al que llama con cariño ‘Papá’-, Orson Welles y Luis Miguel Dominguín, que siempre reservó a Viertel un sitio en su coche para ir de plaza en plaza. Con el matador descubrió Andalucía, mientras su maestro Hemingway acompañaba al rival de Dominguín a finales de los 50, Antonio Ordóñez, y residía en la villa del americano Bill Davis en Churriana, La Cónsula.
Todo ese mundo de genios con un punto autodestructivo y contradictorio ha poblado la vida de Viertel y la de su mujer, Deborah Kerr. Pero el guionista no lo mitifica: «Lo bueno del cine es la pasta; del resto, olvídate». Hace dos décadas se instaló en Marbella en una casa andaluza cuyo porche descubre a sus inquilinos: un cartel de ‘Decision Before Dawn’ (1951), el guión que Viertel hizo para Anatole Litvak. No es casual. ‘Tola’ fue el celestino que llevó a Peter a los brazos de Deborah.
El escritor nunca ha sido un amigo peligroso. Y menos para sí mismo. Prefirió ser pragmático antes que genio incomprendido, y por eso ha tenido una vida además de un trabajo. Su ancha sonrisa y perenne seducción le delatan. «Siempre le he dicho a Deborah que ella hizo dos películas malas y cincuenta buenas. Yo, justo al revés».

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TENGAMOS LA GUERRA EN PAZ
Francisco Griñán 11-05-2006 | 2:04 | 0

por JUAN ANTONIO VIGAR.- Parece que el cine de guerra vuelve a interesar en Estados Unidos. Aunque éste sea en el fondo una reflexión sobre la paz. Como en el caso de ‘Iluminados por el fuego’, la última película del director argentino Tristán Bauer, que ha recibido el premio al Mejor Film de Ficción en el recientemente clausurado Festival de Cine de Tribeca: un certamen impulsado por el actor Robert De Niro en el viejo corazón de Nueva York.

Protagonizada por Gastón Pauls -el listo que aprendió a hacerse el tonto en ‘Nueve reinas’-, la película de Bauer rememora la absurda Guerra de las Malvinas: un enfrentamiento militar entre Inglaterra y Argentina por la soberanía de unas islas plantadas en mitad de un océano de despropósitos. Miles de jóvenes argentinos lucharon en esa guerra sin futuro, injusta y desigual, para ganar unas tierras mientras en su país se perdían las libertades por culpa de una Dictadura de cielos incendiados y un infierno en su nación. Desencanto, derrota y frustración fueron las banderas clavadas por Argentina en el pico Desolación de su propia y perdida juventud durante aquel año 1982.

‘Iluminados por el fuego’ es una película pequeña que, sin embargo, atesora grandes méritos. Así lo reconocieron también los académicos españoles al otorgarle este mismo año el Goya al Mejor Film Extranjero de Habla Hispana. Sin duda, porque su historia es un aprendizaje útil para el mundo entero. Su lectura negativa de la guerra -aunque la película mantenga aún viva aquella vieja reivindicación territorial- es tan contundente como el fuego de mortero o el atronar de los tanques. Sin embargo, siempre nos quedará la duda de si en Estados Unidos cualquier análisis de la guerra no terminará armando de razones a un pueblo tan combativo. Máxime ahora, cuando su presidente, empeñado en una guerra para salvar a un mundo que solo quiere que le dejen en paz, renueva los enemigos sin más que tengan turbante o sean gentes del desierto. Quizás, en esto de la guerra, lo mejor sería dejarse de películas.

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