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BILLY WILDER. LA IRONÍA POR PRINCIPIO
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Francisco Griñán | 22-06-2006 | 00:26

por JUAN ANTONIO VIGAR.- «Besaría el suelo por donde pisas si vivieras en un barrio más limpio», le dijo un día Billy Wilder a su mujer, siendo todavía novios, al despedirla a la puerta de su casa. La ironía por principio y hasta el final de sus días en un hombre de quien Fernando Trueba afirmó al recoger el Oscar por ‘Belle Époque’: «Daría gracias a Dios por este premio, pero solo creo en Billy Wilder». Se cuenta que cuando Wilder oyó esto, sentado plácidamente en su sillón, comentó con sarcasmo a su esposa: «Mándale a ese señor la factura de la tintorería de nuestra alfombra».

Samuel Wilder -su auténtico nombre aunque su madre lo americanizó llamándolo ‘Billie’ sin saber que en los Estados Unidos éste era un nombre de mujer- nació el 22 de junio de 1906 en la localidad austriaca de Sucha, hoy perteneciente a Polonia, en el seno de una acaudalada familia judía. Este hecho marcaría más tarde su vida de manera decisiva cuando, tras la ascensión del nazismo y el incendio del Reischtag, en febrero de 1933, tomó la decisión de abandonar Berlín para marchar a Estados Unidos. Allí encontró pronto acomodo en el grupo de creadores centroeuropeos que, como Fritz Lang, Robert Siodmak, Otto Preminger o Max Ophuls, habían convertido su desarraigo en inspiración y la ida hacia el nuevo mundo en una vuelta a la creatividad y las viejas libertades que, por aquel entonces, se habían perdido en Europa bajo la bota de hierro de las dictaduras y el militarismo.

Billy Wilder demostró muy pronto su versatilidad para abordar diferentes géneros e historias, su habilidad para manejar las claves de la comedia, su afilada ironía para el retrato social y su compasiva mirada hacia los personajes del desencanto y la derrota. Como ejemplo de esta honda mirada sobre la piel del fracaso resulta su obra maestra ‘El crepúsculo de los dioses’, de 1950, donde la vieja estrella de Hollywood, Norma Desmond -distinción y distancia en la actriz Gloria Swanson- arrastrará en su caída y locura a un atribulado guionista hasta acabar con éste de espaldas al cielo después de hacerle vivir un auténtico infierno. La falsedad y el engaño como encrucijada moral en ‘El gran carnaval’, donde un periodista hará que se pierda una vida para encontrar un titular, dará paso a dos divertidas comedias con Marilyn Monroe: los sueños húmedos de un hombre corriente en ‘La tentación vive arriba’ y la sutileza del equívoco junto a tintes de surrealismo cómico en ‘Con faldas y a lo loco’, de 1959, donde unos travestidos Jack Lemmon y Tony Curtis han de sufrir los caprichos y el ukelele de tan despampanante bombón. Por cierto, Wilder acabó tan extenuado y enfurecido con las veleidades y retrasos de Marilyn en aquellos rodajes que acabaría confesando: «Después de esto no puedo mirar a mi esposa sin sentir deseos de golpearla por el mero hecho de ser mujer».

Con un viraje sentimental hacia la amargura contenida en los pliegues de la sonrisa en ‘El apartamento’, de 1960, Billy Wilder inicia su etapa crepuscular, plena de brillantez expositiva y mirada renovadamente irónica. La mentira interesada de ‘En bandeja de plata’, la otra verdad sobre el detective en ‘La vida privada de Sherlock Holmes’ o la nostálgica síntesis de toda su obra en el ‘remake’ total que supuso ‘Fedora’, son excelentes ejemplos de su cine ejemplar. Billy Wilder en su centenario: un director en quien nunca dejaremos de creer.