Tenía algunos de sus libros, había oído hablar mucho de él. Que era un gran poeta no lo dudaba, pero hasta este sábado de lectura pausada y en voz alta no sentí el estremecimiento de leer su poesía. Fue en el taller de escritura, con el libro Poeta en Nueva York. Semanas antes había llorado de emoción al ver y escuchar a Miguel Menassa recitar el Rey de Harlem, música, poesía y pintura se mezclaban, de forma emocionada, para llegar a mí. Ese lunes lloré. Desde entonces ya sentía curiosidad, aunque tiempo antes también me había apasionado la lectura de la obra “Bodas de Sangre”, impresionante.
Reconozco que la que fallaba era yo, no sabía darle el ritmo, entender la sutileza en el uso de las palabras, su estilo diferente. Con un auditorio de excepción, una profesora, una psicoanalista, una poeta, una amante de la poesía, se daba el marco perfecto para aprender a acercarme a este gran poeta. Y me emocioné y disfruté como nunca, quería leer más y más, porque hay que aprovechar momentos como ese. ¿Cuándo quieren escucharle a una leer poesía? ¿Quién disfruta con los versos de esa forma? ¿Quién aprecia, en estos tiempos, la cultura? Pues hay muchos aún que apreciamos la cultura, que nos estremecemos con los grandes autores, que trabajamos para difundirla y que hemos sido picados por ese gusano vil o no que nos transporta hasta los confines.
Prueben, si quieren, a sentir lo que yo que sentí este sábado y muchos otros días. Prueben, si quieren, a sumarse a este tren que nunca que deja en tierra. Aquí tienen algunos de esos bellos poemas y, si no sabes leerlos, puedes escuchar cómo otros los leen. Que los disfruten.
EL REY DE HARLEM
CON una cuchara de palo
le arrancaba los ojos a los cocodrilos
y golpeaba el trasero de los monos.
Con una cuchara de palo.
Fuego de siempre dormía en los pedernales
y los escarabajos borrachos de anís
olvidaban el musgo de las aldeas.
Aquel viejo cubierto de setas
iba al sitio donde lloraban los negros
mientras crujía la cuchara del rey
y llegaban los tanques de agua podrida.
Las rosas huían por los filos
de las últimas curvas del aire
y en los montones de azafrán
los niños machacaban pequeñas ardillas
con un rubor de frenesí manchado.
Es preciso cruzar los puentes
y llegar al rumor negro
para que el perfume de pulmón
nos golpee las sienes con su vestido
de caliente piña.
Es preciso matar al rubio vendedor de aguardiente,
a todos los amigos de la manzana y la arena;
y es necesario dar con los puños cerrados
a las pequeñas judías que tiemblan llenas de burbujas
para que el rey de Harlem cante con su muchedumbre
para que los cocodrilos duerman en largas filas,
bajo el amianto de la luna,
y para que nadie dude la infinita belleza
de los plumeros, los ralladores, los cobres y las cacerolas de las cocinas.
i Ay Harlem! i Ay Harlem! ¡Ay Harlem!
No hay angustia comparable a tus ojos oprimidos,
a tu sangre estremecida dentro de tu eclipse oscuro
a tu violencia granate, sordomuda en la penumbra,
a tu gran rey prisionero en un traje de conserje.
Tenía la noche una hendidura y quietas salamandras de marfil. Las muchachas americanas
llevaban niños y monedas en el vientre
y los muchachos se desmayaban en la cruz del desperezo.
Ellos son.
Ellos son los que beben el whisky de plata junto a los volcanes y tragan pedacitos de corazón por las heladas montañas del oso.
Aquella noche el rey de Harlem, con una durísima cuchara,
le arrancaba los ojos a los cocodrilos
y golpeaba el trasero de los monos.
Con una durísima cuchara.
Los negros lloraban confundidos
entre paraguas y soles de oro;
los mulatos estiraban gomas, ansiosos de llegar al torso blanco, y el viento empañaba espejos
y quebraba las venas de los bailarines.
iNegros! iNegros! iNegros! iNegros!
La sangre no tiene puertas en vuestra noche boca arriba.
No hay rubor. Sangre furiosa por debajo de las pieles, Vivaen1a espina del puñIll y en el pecho de los paisajes,
bajo las pinzas y las retamas de la celeste luna “de cáncer.
Sangre que busca por mil caminos muertes enharinadas y ceniza de nardo,
cielos yertos, en declive, donde las colonias de planetas rueden por las playas, con los objetos abandonados.
Sangre que mira lenta con el rabo del ojo,
hecha de espartos exprimidos, néctares de subterráneos. Sangre que oxida al alisio descuidado en una huella
y disuelve a las mariposas en los cristales de la ventana.
Es la sangre que viene, que vendrá
por los tejados y azoteas, por todas partes,
para quemar la clorofila de las mujeres rubias,
para gemir al pie de las camas, ante el insomnio de los lavabos y estrellarse en una aurora de tabaco y bajo amarillo.
iHay que huir!
huir por las esquinas y encerrarse en los últimos pisos, porque el tuétano del bosque penetrará por las rendijas
para dejar en vuestra carne una leve huella de eclipse
y una falsa tristeza de guante desteñido y rosa química.
Es por el silencio sapientísimo
cuando los cocineros y los camareros y los que limpian
con la lengua
las heridas de los millonarios
buscan al rey por las calles o en los ángulos del salitre.
Un viento sur de madera oblicuo en el negro fango
escupe a las barcas rotas y se clava puntillas en los hombros. Un viento sur que lleva
colmillos, girasoles, alfabetos,
y una pila de Volta con avispas ahogadas.
El olvido estaba expresado por tres gotas de tinta sobre el monóculo.
El amor, por un solo rostro invisible a flor de piedra. Médulas y corolas componían sobre las nubes
un desierto de tallos, sin una sola rosa.
A la izquierda, a la derecha, por el Sur y por el Norte,
se levanta el muro impasible
para el topo y la aguja del agua.
No busquéis, negros, su grieta
para hallar la máscara infinita.
Buscad el gran sol del centro
hechos una piña zumbadora.
El sol que se desliza por los bosques
seguro de no encontrar una ninfa.
El sol que destruye números y no ha cruzado nunca un sueño,
el tatuado sol que baja por el río
y muge seguido de caimanes.
iNegros! jNegros! iNegros! ¡Negros!
Jamás sierpe, ni cebra, ni mula,
palidecieron al morir.
El leñador no sabe cuándo expiran
los clamorosos árboles que corta.
Aguardad bajo la sombra vegetal de vuestro rey
a que cicutas y cardos y ortigas turben postreras azoteas.
Entonces, negros, entonces, entonces,
podréis besar con frenesí las ruedas de las bicicletas,
poner parejas de microscopios en las cuevas de las ardillas
y danzar al fin sin duda, mientras. las flores erizadas asesinan a nuestro Moisés casi en los juncos del cielo.
¡Ay Harlem disfrazada!
¡Ay Harlem, amenazada por un gentío de trajes sin cabeza!
Me llega tu rumor.
Me llega tu rumor atravesando troncos y ascensores a través de láminas grises
donde flotan tus automóviles cubiertos de dientes,
a través de los caballos muertos y los crímenes diminutos,
a través de tu gran rey desesperado
cuyas barbas llegan al mar.
(España-1898)
De “Poeta en Nueva York

