El enfermo imaginario

Taller de escritura miércoles 14 de Octubre de 2009
El enfermo imaginario, Moliere

La acción, en París, en 1673.

ACTO PRIMERO

ESCENA PRIMERA

ARGAN, solo en su alcoba y sentado a una mesa, ajusta con guitones las cuentas del boticario. Conversando consigo mismo, platica de este modo:

ARGAN. -Tres y dos cinco, y cinco, diez, y diez más, veinte… Tres y dos cinco.

“ltem, el día 24, una ayuda estimulante, preparatoria y emoliente, para ablandar, humedecer y refrescar las entrañas del señor.” Lo que más me agrada de Fleurant, mi boticario, es su cortesía:
“Las entrañas del señor, seis reales.” Pero eso no basta, amigo mío: a más de correcto, es preciso ser razonable y no desplumar a los pacientes. ¡Seis reales por una lavativa!… Ya sabéis cuánto me satisface complaceros; pero como en ocasiones anteriores me las habéis cobrado a cuatro reales, y en lenguaje de boticario cuando se dice veinte hay que entender diez, pongamos dos reales…
“Item, en el mismo día, según prescripción, una buena ayuda detersiva, compuesta de catalicón doble, ruibarbo, miel rosada y otros, para barrer, lavar y dejar limpio el bajo vientre del señor, seis reales.” Con su permiso, abonaremos sólo dos.
“Item, en el mismo día anochecido, un jarabe hepático, soporífero y soñoliento, destinado a dormir al señor, siete reales.” De esta partida no me puedo quejar, porque, en efecto, dormí a pierna suelta…
“Item, el día 25, una excelente pócima purgante, corroborante, compuesta de oasis fresco, sen levantino y otros, según receta del señor Purgon, destinada a expulsar y evacuar, la bilis del señor, dieciocho reales.” ¡Ah, mi señor Fleurant, esto es ya una burla! Hay que tener consideración con los enfermos, de los cuales vivís; y como el señor Purgon no os habrá ordenado que pongáis dieciocho reales, cargaremos tan sólo doce, si no os molesta.
“Item, en el mismo día, una poción anodina y astringente, para procurar reposo al señor, seis reales.” Bien…
“Item, el día 26, una ayuda carminativa para expulsar las ventosidades del señor, siete reales.” Tres, señor Fleurant.
“ltem, la misma ayuda, repetida por la tarde, siete reales.” Tres…
“Item, el día 27, un preparado enérgico, para estimular la expulsión y limpiar de males humores al señor, doce reales.” Doce… Celebro que hayáis razonado en esta ocasión.
“Item, en el día 28, una toma de suero clarificado y azucarado, para dulcificar, lenificar, atemperar y refrescar la sangre del señor, veinte.” Diez…
“Item, una poción cordial y preservativa, compuesta de doce gramos de bezoar, jarabes de limón y granada y otras hierbas, según prescripción, veinte reales.” ¡Poco a poco, señor Fleurant!… ¡Abusando de este modo, no habrá nadie que quiera estar enfermo!… Conformaos con doce reales… Tres y dos cinco, y cinco, diez, y diez, veinte… Doscientos veintitrés reales, cuarenta céntimos y treinta maravedises. Resulta, pues, que en el mes corriente he tomado… una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho y nueve medicinas; más una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once y doce lavativas; mientras que en el mes anterior fueron doce medicinas y veinte ayudas. ¡Ahora me explico por qué no me encuentro este mes tan bien como el pasado! Se lo diré a Purgon para que me regularice el tratamiento… ¡A ver! Que se lleven todo esto de aquí… ¿No hay nadie?… ¡Por más que digo, siempre me han de dejar solo!… ¡No hay manera de conseguir que estén en su puesto! (Toca una campanilla.) Ellos que no atienden, y esta campanilla que no suena bastante… (Vuelve a tocar.)¡Nada! (Toca.) ¡Están sordos!… ¡Antonia! (Toca.) ¡Como si no llamara!… ¡Perros! ¡Granujas! (Toca de nuevo.) ¡Me da una rabia! (Deja la campanilla y grita.) ¡Tilín, tilín, tilín! ¡Pícaros de todos los diablos! ¿Es posible que abandonen de este modo a un pobre enfermo? ¡Tilín, tilín, tilín!… ¡Cabe nada más lastimoso! ¡Tilín, tilín, tilín! ¡Dios mío, me dejan morir solo! ¡Tilín, tilín, tilín!

ESCENA II

ANTONIA (Entrando). - ¡Ya va!

ARGAN. – ¡Ah, perra!

ANTONIA (Fingiendo haberse dado un golpe en la frente).- ¡Malhaya vuestras impaciencias!… De tal modo la aturrulláis a una, que a poco si me dejo los sesos en el quicio de un postigo.

ARGAN (Furioso) -¡Traidora!

ANTONIA (Sin dejar de quejarse Para interrumpirle e impedir que grite). - ¡Ay!

ARGAN. – Hace…

ANTONIA. – ¡Ay!

ARGAN. – ¡Hace una hora…

ANTONIA. – ¡Ay, ay!

ARGAN. – …que me has abandonado!

ANTONIA. – ¡Ay!

ARGAN. – ¡Calla, granuja, y déjame que te reprenda!

ANTONIA. - ¡Eso es!… Encima de lo que me he hecho…

ARGAN.- ¡Tú me has hecho a mi desgañitarme, carroña!

ANTONIA. – Y yo me he roto la cabeza; váyase una cosa por la otra. Estamos en paz.

ARGAN. – ¡Cómo, infame!

ANTONIA. – Si continuáis regañándome, lloro.

ARGAN. – ¡Abandonarme así!

ANTONIA (Insistiendo en su propósito de no dejarle hablar). - ¡Ay, ay, ay!

ARGAN. – ¡Lo que tú pretendes, perra!…

ANTONIA. – ¡Ay, ay!

ARGAN. ¿Pero no he de tener ni la satisfacción de reñirte?

ANTONIA. – ¡Reñid, reñid hasta que os hartéis!

ARGAN. - ¡Si no me dejas, ladrona! ¡Si me interrumpes a cada palabra!

ANTONIA. - Si vos tenéis la satisfacción de reñir, ¿por qué no he de tener yo la de llorar? A cada uno lo suyo ¡Ay, ay!

ARGAN. – ¡Habrá que aguantarse!… Quítame esto, granuja, quítame esto. (Se levanta.) ¿Me ha hecho bastante operación la lavativa?

ANTONIA. – ¿La lavativa?

ARGAN. – Si. ¿He echado mucha bilis?

ANTONIA. – ¡A mí qué me importa! Eso no es cuenta mía; eso se queda para el señor Fleurant. Él es el que debe meter la nariz, ya que es él quien cobra las ganancias.

ARGAN. – Que me tengan preparada una taza de caldo para tomarla con la poción que me toca ahora.

ANTONIA. – ¡Bien se divierten a vuestra costa los señores Fleurant y Purgon! Han encontrado una vaca y la ordeñan a gusto. Quisiera yo saber qué enfermedad es la vuestra, que necesita de tantos remedios.

ARGAN. – ¡Calla, ignorante! ¿Quién eres tú para, criticar las prescripciones de la medicina?. . . Ve a llamar a mi hija Angélica, que tengo que hablarle.

ANTONIA.- Aquí viene. Parece que ha adivinado vuestros deseos.

ESCENA III

ARGAN, ANGÉLICA y ANTONIA

ARGAN. -Acércate, Angélica. Llegas a tiempo, que quiero hablarte.

ANGÉLICA. -Ya os escucho.

ARGAN (Corriendo a sentarse en el bacín). - Aguarda dame el bastón. Vuelvo al instante.

ANTONIA (Riéndose de él). - ¡Corra, corra, señor! ¡Lo que nos da que hacer el señor Fleurant!

ESCENA IV

ANGÉLICA y ANTONIA

ANGÉLICA (Mirándola lánguidamente y en tono confidencial). – ¡Antonia!

ANTONIA. – ¿Qué?

ANGÉLICA. – Mírame.

ANTONIA. -Ya os miro. ¿Qué hay?

ANGÉLICA. – ¡Antonia!

ANTONIA. – ¿Qué hay con tanto Antonia?

ANGÉLICA. – ¿No adivinas de lo que quiero hablarte?

ANTONIA. -Me figuro que será de vuestro pretendiente; hace seis días que no habláis de otra cosa.

ANGÉLICA. -Pues si lo sabes, ¿por qué no te apresuras a hablarme de él y me ahorras la vergüenza de ser yo quien te saque la conversación?

ANTONIA. -Si no me dais tiempo.

ANGÉLICA. -Es verdad. Te confieso que no me cansaría de hablar de él, y aprovecho todas las ocasiones para abrirte mi corazón. Dime, ¿repruebas tú mi enamoramiento?

ANTONIA. – Ya me guardaría.

ANGÉLICA. -¿Hago mal abandonándome a tan deliciosas emociones?

ANTONIA.- ¿Quién dice eso?

ANGÉLICA. -¿Tú crees que yo debiera mostrarme insensible a las ternuras de su pasión?

ANTONIA. -De ningún modo.

ANGÉLICA. – ¿Y no te parece a ti, como a mí, que algo de providencial, algo… dispuesto así por el destino, en la forma imprevista de conocernos?

ANTONIA. – Sí.

ANGÉLICA. -Y el hecho de tomar mi defensa sin conocerme, ¿no es digno de un caballero?

ANTONIA. – Sí.

ANGÉLICA. -De un hombre generoso.

ANTONIA. – Conformes.

ANGÉLICA. -¿Y la gallardía con que lo hizo?

ANTONIA. -Es cierto.

ANGÉLICA. -¿Y es o no un buen mozo?

ANTONIA. -Sí que lo es.

ANGÉLICA. – Arrogante.

ANTONIA. – Sin duda.

ANGÉLICA. – Que en sus palabras, como en sus actos, tiene una distinción.

ANTONIA. – Seguramente.

ANGÉLICA. – ¿Y puede oírse lenguaje más apasionado que el suyo?

ANTONIA. – Es verdad.

ANGÉLICA. – ¿Y hay nada más enojoso que este recluimiento en que me tienen, privada de corresponder a los impulsos de esta mutua pasión, que el cielo nos inspira?

ANTONIA. -Tenéis razón.

ANGÉLICA. -Pero ¿tú crees, Antonia, que me quiere tanto como dice?

ANTONIA. -¡Cualquiera sabe! En cuestión de amores hay que andar siempre con cautela, porque el fingimiento semeja mucho a la verdad. Yo he visto algunos farsantes que lo remedan a maravilla.

ANGÉLICA. – ¿Qué estás diciendo, Antonia? Hablando como él habla, ¿sería posible que mintiera?

ANTONIA. – De todos modos, bien pronto podréis salir de dudas. En la carta de ayer os dice que está decidido a pedir vuestra mano; este es el camino; esa es la prueba más palpable de la veracidad de sus palabras.

ANGÉLICA. -Si me ha engañado, no volveré a creer jamás en ningún hombre.

ANTONIA. -Ya vuelve vuestro padre.

ESCENA V

ARGAN, ANGÉLICA y ANTONIA

ARGAN (Sentándose). -Ahora, hija mía, te voy a dar una noticia que seguramente te tomará de nuevas. Me han pedido tu mano. ¿Qué es eso?… ¿Te ríes? Bien mirado, no puede imaginarse noticia más halagüeña para una joven… ¡Oh, naturaleza! Ya veo bien claro que no tengo para qué preguntarte si te quieres casar.

ANGÉLICA. – Mi único deseo es obedeceros, padre mío.

ARGAN. -Me complace esa sumisión. Hemos ultimado el asunto y ya estás prometida.

ANGÉLICA. -Acataré a ojos cerrados vuestra voluntad, padre mío.

ARGAN. -Tu madrastra pretendía que tú y Luisa, hermana menor, entrarais en un convento. Desde hace tiempo ese era su propósito.

ANTONIA. (Bajo) -¡Su razón tiene la muy bribona!

ARGAN. (Continuando.) -Por lo cual se negaba al ahora a autorizar este matrimonio; pero he logrado reducirla y dar mi palabra.

ANGÉLICA. -¡Cuánto tengo que agradecer a vuestras bondades, padre mío!

ANTONIA. -Seguramente, ésta es la acción más cuerda de vuestra vida.

ARGAN. -Aun no conozco a tu futuro; pero me afirman que quedaré satisfecho y tú también.

ANGÉLICA. -Seguramente, padre mío.

ARGAN. -¿Cómo? ¿Tú le has visto?

ANGÉLICA. -Puesto que vuestro consentimiento me autoriza a abriros mi corazón, no os ocultaré que hace seis días el azar nos puso frente a frente, y que la petición que os han hecho es consecuencia de una inclinación mutua, experimentada desde el primer instante.

ARGAN. -No me habían dicho nada, pero me alegro, porque más vale que sea así. Según parece, se trata de un buen mozo.

ANGÉLICA. -Sí, padre mío.

ARGAN. -Arrogante.

ANGÉLICA. -Sí.

ARGAN. -De aspecto simpático.

ANGÉLICA. -Ya lo creo.

ARGAN. -De fisonomía franca.

ANGÉLICA. -Muy franca.

ARGAN. -Digno y juicioso.

ANGÉLICA. -Precisamente.

ARGAN. -Honrado.

ANGÉLICA. -Como el que más.

ARGAN. -Que habla el latín y el griego a maravilla.

ANGÉLICA. -Eso no lo sabía yo.

ARGAN. -Y que dentro de tres días será recibido de médico.

ANGÉLICA. -¿Médica, padre mío?

ARGAN. -Sí, ¿tampoco lo sabías?

ANGÉLICA. -No. ¿Quién os lo ha dicho?

ARGAN. -El señor Purgon.

ANGÉLICA. -¿Lo conoce el señor Purgon?

ARGAN. -¡Vaya una pregunta! No lo ha de conocer, si es su sobrino.

ANGÉLICA. -¿Cleonte sobrino de Purgon?

ARGAN. -¿Quién es ese Cleonte? Hablamos del joven que ha pedido tu mano.

ANGÉLICA. -¡Claro!

ARGAN. -Que es sobrino del señor Purgon e hijo de su cuñado, el señor Diafoirus, médico también. Ese joven se llama Tomás: Tomás Diafoirus, y no Cleonte. Con él es con quien hemos acordado esta mañana tu boda, entre el señor Purgon, Fleurant y yo. Mañana mismo vendrá el padre a hacer la presentación de tu futuro. Pero ¡qué es eso? ¿Por qué pones esa cara de asombro?

ANGÉLICA. -Porque vos hablabais de una persona y yo me refería a otra.

ANTONIA. -¡Eso es una burla! Teniendo la fortuna que tenéis, ¡seríais capaz de casar a vuestra hija con un médico?

ARGAN. -¿Quién te mete a ti donde no te llaman, imprudente?

ANTONIA. -¡Calma! ¿Por qué no hemos de discutir sin acaloramientos? Hablemos tranquilamente. ¿Qué razones habéis tenido para consentir ese matrimonio?

ARGAN. -La razón de que, encontrándome enfermo -porque yo estoy enfermo-, quiero tener un hijo médico, pariente de médicos, para que entre todos busquen remedios a mi enfermedad. Quiero tener en mi familia el manantial de recursos que me es tan necesario; quien me observe y me recete.

ANTONIA. -Eso es ponerse en razón. Cuando se discute pacíficamente, da gusto. Pero con la mano sobre el corazón, señor, ¿es verdad que estáis enfermo?

ARGAN. -¡Cómo , granuja! ¿Qué si estoy enfermo?… ¿Si estoy malo, insolente?

ANTONIA. -Conforme, señor; estáis malo. No vayamos a pelearnos por eso. Estáis muy malo, lo reconozco; mucho más malo de lo que os podéis figurar, estamos de acuerdo. Pero vuestra hija, al casarse, debe tener un marido para ella, y estando buena y sana, ¿qué necesidad hay de casarla con un médico?

ARGAN. -Si el médico es para mí. Una buena hija debe sentirse dichosa casándose con un hombre que pueda ser útil a la salud de su padre.

ANTONIA. -¿ Me permitís, señor, que os dé un consejo leal?

ARGAN. – ¿Qué consejo es ése?

ANTONIA -No volváis a pensar en ese matrimonio.

ARGAN. -¿Por qué?

ANTONIA. -Porque vuestra hija no consentirá con él.

ARGAN. -¿Que no consentirá?

ANTONIA. -No.

ARGAN. -¿Mi hija?

ANTONIA. -Vuestra hija, que no quiere oír habla del señor Diafoirus, ni de su hijo, ni de ninguno de los Diafoirus que andan por el mundo.

ARGAN. -Pues yo sí. Además, esa boda es un gran partido. El señor Diafoirus no tiene más hijo ni heredero que ese; y el señor Purgon, que es soltero, lega en favor de ese matrimonio sus ocho mil duros de renta.

ANTONIA. -¡La de gente que habrá matado para hacerse tan rico!

ARGAN. -Ocho mil duros de renta es una cantidad muy respetable; y unida al caudal del señor Diafoirus…

ANTONIA. -Sí, sí. Todo eso está muy bien; pero yo insisto, y os lo vuelvo a repetir, en que le busquéis otro marido. No nació vuestra hija para ser la señora de Diafoirus.

ARGAN. -¡Pues yo quiero que lo sea!

ANTONIA. – ¡Bah! ¡No digáis eso!

ARGAN. – ¡Cómo que no lo diga!

ANTONIA. -¡No!

ARGAN. -¿Y por qué no lo he de decir?

ANTONIA. -Porque pensarán que no sabéis lo que os decís.

ARGAN. -¡Que piensen lo que quieran; pero ella ha de cumplir la palabra que yo he dado!

ANTONIA. -Estoy segura que no.

ARGAN. -La obligaré.

ANTONIA. -Será inútil.

ARGAN. -¡Pues se casará o la meteré en un convento!

ANTONIA. -¿Vos?

ARGAN. -¡Yo!

ANTONIA. -¡Bah!

ARGAN. -¿Qué es eso de ¡bah!?

ANTONIA. -Que no la meteréis en ningún convento.

ARGAN. -¿Que no la meteré en un convento?

ANTONIA. -No.

ARGAN. -¿Que no?

ANTONIA. -No.

ARGAN. -¡Esto sí que tiene gracia! De manera que, queriéndolo yo mismo, no meteré a mi hija en un convento.

ANTONIA. -Os digo que no.

ARGAN. -¿Quién me lo iba a impedir?

ANTONIA. -Vos mismo.

ARGAN. -¿Yo?

ANTONIA. -Vos, que no podréis tener tan mal corazón.

ARGAN. -¡Pues lo tendré!

ANTONIA. -¡Esa es grilla!

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