La acción, en París, en 1673.
ACTO PRIMERO
ESCENA PRIMERA
ARGAN, solo en su alcoba y sentado a una mesa, ajusta con guitones las cuentas del boticario. Conversando consigo mismo, platica de este modo:
ESCENA II
ANTONIA (Entrando). - ¡Ya va!
ARGAN. – ¡Ah, perra!
ANTONIA (Fingiendo haberse dado un golpe en la frente).- ¡Malhaya vuestras impaciencias!… De tal modo la aturrulláis a una, que a poco si me dejo los sesos en el quicio de un postigo.
ARGAN (Furioso) -¡Traidora!
ANTONIA (Sin dejar de quejarse Para interrumpirle e impedir que grite). - ¡Ay!
ARGAN. – Hace…
ANTONIA. – ¡Ay!
ARGAN. – ¡Hace una hora…
ANTONIA. – ¡Ay, ay!
ARGAN. – …que me has abandonado!
ANTONIA. – ¡Ay!
ARGAN. – ¡Calla, granuja, y déjame que te reprenda!
ANTONIA. - ¡Eso es!… Encima de lo que me he hecho…
ARGAN.- ¡Tú me has hecho a mi desgañitarme, carroña!
ANTONIA. – Y yo me he roto la cabeza; váyase una cosa por la otra. Estamos en paz.
ARGAN. – ¡Cómo, infame!
ANTONIA. – Si continuáis regañándome, lloro.
ARGAN. – ¡Abandonarme así!
ANTONIA (Insistiendo en su propósito de no dejarle hablar). - ¡Ay, ay, ay!
ARGAN. – ¡Lo que tú pretendes, perra!…
ANTONIA. – ¡Ay, ay!
ARGAN. ¿Pero no he de tener ni la satisfacción de reñirte?
ANTONIA. – ¡Reñid, reñid hasta que os hartéis!
ARGAN. - ¡Si no me dejas, ladrona! ¡Si me interrumpes a cada palabra!
ANTONIA. - Si vos tenéis la satisfacción de reñir, ¿por qué no he de tener yo la de llorar? A cada uno lo suyo ¡Ay, ay!
ARGAN. – ¡Habrá que aguantarse!… Quítame esto, granuja, quítame esto. (Se levanta.) ¿Me ha hecho bastante operación la lavativa?
ANTONIA. – ¿La lavativa?
ARGAN. – Si. ¿He echado mucha bilis?
ANTONIA. – ¡A mí qué me importa! Eso no es cuenta mía; eso se queda para el señor Fleurant. Él es el que debe meter la nariz, ya que es él quien cobra las ganancias.
ARGAN. – Que me tengan preparada una taza de caldo para tomarla con la poción que me toca ahora.
ANTONIA. – ¡Bien se divierten a vuestra costa los señores Fleurant y Purgon! Han encontrado una vaca y la ordeñan a gusto. Quisiera yo saber qué enfermedad es la vuestra, que necesita de tantos remedios.
ARGAN. – ¡Calla, ignorante! ¿Quién eres tú para, criticar las prescripciones de la medicina?. . . Ve a llamar a mi hija Angélica, que tengo que hablarle.
ANTONIA.- Aquí viene. Parece que ha adivinado vuestros deseos.
ESCENA III
ARGAN, ANGÉLICA y ANTONIA
ARGAN. -Acércate, Angélica. Llegas a tiempo, que quiero hablarte.
ANGÉLICA. -Ya os escucho.
ARGAN (Corriendo a sentarse en el bacín). - Aguarda dame el bastón. Vuelvo al instante.
ANTONIA (Riéndose de él). - ¡Corra, corra, señor! ¡Lo que nos da que hacer el señor Fleurant!
ESCENA IV
ANGÉLICA y ANTONIA
ANGÉLICA (Mirándola lánguidamente y en tono confidencial). – ¡Antonia!
ANTONIA. – ¿Qué?
ANGÉLICA. – Mírame.
ANTONIA. -Ya os miro. ¿Qué hay?
ANGÉLICA. – ¡Antonia!
ANTONIA. – ¿Qué hay con tanto Antonia?
ANGÉLICA. – ¿No adivinas de lo que quiero hablarte?
ANTONIA. -Me figuro que será de vuestro pretendiente; hace seis días que no habláis de otra cosa.
ANGÉLICA. -Pues si lo sabes, ¿por qué no te apresuras a hablarme de él y me ahorras la vergüenza de ser yo quien te saque la conversación?
ANTONIA. -Si no me dais tiempo.
ANGÉLICA. -Es verdad. Te confieso que no me cansaría de hablar de él, y aprovecho todas las ocasiones para abrirte mi corazón. Dime, ¿repruebas tú mi enamoramiento?
ANTONIA. – Ya me guardaría.
ANGÉLICA. -¿Hago mal abandonándome a tan deliciosas emociones?
ANTONIA.- ¿Quién dice eso?
ANGÉLICA. -¿Tú crees que yo debiera mostrarme insensible a las ternuras de su pasión?
ANTONIA. -De ningún modo.
ANGÉLICA. – ¿Y no te parece a ti, como a mí, que algo de providencial, algo… dispuesto así por el destino, en la forma imprevista de conocernos?
ANTONIA. – Sí.
ANGÉLICA. -Y el hecho de tomar mi defensa sin conocerme, ¿no es digno de un caballero?
ANTONIA. – Sí.
ANGÉLICA. -De un hombre generoso.
ANTONIA. – Conformes.
ANGÉLICA. -¿Y la gallardía con que lo hizo?
ANTONIA. -Es cierto.
ANGÉLICA. -¿Y es o no un buen mozo?
ANTONIA. -Sí que lo es.
ANGÉLICA. – Arrogante.
ANTONIA. – Sin duda.
ANGÉLICA. – Que en sus palabras, como en sus actos, tiene una distinción.
ANTONIA. – Seguramente.
ANGÉLICA. – ¿Y puede oírse lenguaje más apasionado que el suyo?
ANTONIA. – Es verdad.
ANGÉLICA. – ¿Y hay nada más enojoso que este recluimiento en que me tienen, privada de corresponder a los impulsos de esta mutua pasión, que el cielo nos inspira?
ANTONIA. -Tenéis razón.
ANGÉLICA. -Pero ¿tú crees, Antonia, que me quiere tanto como dice?
ANTONIA. -¡Cualquiera sabe! En cuestión de amores hay que andar siempre con cautela, porque el fingimiento semeja mucho a la verdad. Yo he visto algunos farsantes que lo remedan a maravilla.
ANGÉLICA. – ¿Qué estás diciendo, Antonia? Hablando como él habla, ¿sería posible que mintiera?
ANTONIA. – De todos modos, bien pronto podréis salir de dudas. En la carta de ayer os dice que está decidido a pedir vuestra mano; este es el camino; esa es la prueba más palpable de la veracidad de sus palabras.
ANGÉLICA. -Si me ha engañado, no volveré a creer jamás en ningún hombre.
ANTONIA. -Ya vuelve vuestro padre.
ESCENA V
ARGAN, ANGÉLICA y ANTONIA
ARGAN (Sentándose). -Ahora, hija mía, te voy a dar una noticia que seguramente te tomará de nuevas. Me han pedido tu mano. ¿Qué es eso?… ¿Te ríes? Bien mirado, no puede imaginarse noticia más halagüeña para una joven… ¡Oh, naturaleza! Ya veo bien claro que no tengo para qué preguntarte si te quieres casar.
ANGÉLICA. – Mi único deseo es obedeceros, padre mío.
ARGAN. -Me complace esa sumisión. Hemos ultimado el asunto y ya estás prometida.
ANGÉLICA. -Acataré a ojos cerrados vuestra voluntad, padre mío.
ARGAN. -Tu madrastra pretendía que tú y Luisa, hermana menor, entrarais en un convento. Desde hace tiempo ese era su propósito.
ANTONIA. (Bajo) -¡Su razón tiene la muy bribona!
ARGAN. (Continuando.) -Por lo cual se negaba al ahora a autorizar este matrimonio; pero he logrado reducirla y dar mi palabra.
ANGÉLICA. -¡Cuánto tengo que agradecer a vuestras bondades, padre mío!
ANTONIA. -Seguramente, ésta es la acción más cuerda de vuestra vida.
ARGAN. -Aun no conozco a tu futuro; pero me afirman que quedaré satisfecho y tú también.
ANGÉLICA. -Seguramente, padre mío.
ARGAN. -¿Cómo? ¿Tú le has visto?
ANGÉLICA. -Puesto que vuestro consentimiento me autoriza a abriros mi corazón, no os ocultaré que hace seis días el azar nos puso frente a frente, y que la petición que os han hecho es consecuencia de una inclinación mutua, experimentada desde el primer instante.
ARGAN. -No me habían dicho nada, pero me alegro, porque más vale que sea así. Según parece, se trata de un buen mozo.
ANGÉLICA. -Sí, padre mío.
ARGAN. -Arrogante.
ANGÉLICA. -Sí.
ARGAN. -De aspecto simpático.
ANGÉLICA. -Ya lo creo.
ARGAN. -De fisonomía franca.
ANGÉLICA. -Muy franca.
ARGAN. -Digno y juicioso.
ANGÉLICA. -Precisamente.
ARGAN. -Honrado.
ANGÉLICA. -Como el que más.
ARGAN. -Que habla el latín y el griego a maravilla.
ANGÉLICA. -Eso no lo sabía yo.
ARGAN. -Y que dentro de tres días será recibido de médico.
ANGÉLICA. -¿Médica, padre mío?
ARGAN. -Sí, ¿tampoco lo sabías?
ANGÉLICA. -No. ¿Quién os lo ha dicho?
ARGAN. -El señor Purgon.
ANGÉLICA. -¿Lo conoce el señor Purgon?
ARGAN. -¡Vaya una pregunta! No lo ha de conocer, si es su sobrino.
ANGÉLICA. -¿Cleonte sobrino de Purgon?
ARGAN. -¿Quién es ese Cleonte? Hablamos del joven que ha pedido tu mano.
ANGÉLICA. -¡Claro!
ARGAN. -Que es sobrino del señor Purgon e hijo de su cuñado, el señor Diafoirus, médico también. Ese joven se llama Tomás: Tomás Diafoirus, y no Cleonte. Con él es con quien hemos acordado esta mañana tu boda, entre el señor Purgon, Fleurant y yo. Mañana mismo vendrá el padre a hacer la presentación de tu futuro. Pero ¡qué es eso? ¿Por qué pones esa cara de asombro?
ANGÉLICA. -Porque vos hablabais de una persona y yo me refería a otra.
ANTONIA. -¡Eso es una burla! Teniendo la fortuna que tenéis, ¡seríais capaz de casar a vuestra hija con un médico?
ARGAN. -¿Quién te mete a ti donde no te llaman, imprudente?
ANTONIA. -¡Calma! ¿Por qué no hemos de discutir sin acaloramientos? Hablemos tranquilamente. ¿Qué razones habéis tenido para consentir ese matrimonio?
ARGAN. -La razón de que, encontrándome enfermo -porque yo estoy enfermo-, quiero tener un hijo médico, pariente de médicos, para que entre todos busquen remedios a mi enfermedad. Quiero tener en mi familia el manantial de recursos que me es tan necesario; quien me observe y me recete.
ANTONIA. -Eso es ponerse en razón. Cuando se discute pacíficamente, da gusto. Pero con la mano sobre el corazón, señor, ¿es verdad que estáis enfermo?
ARGAN. -¡Cómo , granuja! ¿Qué si estoy enfermo?… ¿Si estoy malo, insolente?
ANTONIA. -Conforme, señor; estáis malo. No vayamos a pelearnos por eso. Estáis muy malo, lo reconozco; mucho más malo de lo que os podéis figurar, estamos de acuerdo. Pero vuestra hija, al casarse, debe tener un marido para ella, y estando buena y sana, ¿qué necesidad hay de casarla con un médico?
ARGAN. -Si el médico es para mí. Una buena hija debe sentirse dichosa casándose con un hombre que pueda ser útil a la salud de su padre.
ANTONIA. -¿ Me permitís, señor, que os dé un consejo leal?
ARGAN. – ¿Qué consejo es ése?
ANTONIA -No volváis a pensar en ese matrimonio.
ARGAN. -¿Por qué?
ANTONIA. -Porque vuestra hija no consentirá con él.
ARGAN. -¿Que no consentirá?
ANTONIA. -No.
ARGAN. -¿Mi hija?
ANTONIA. -Vuestra hija, que no quiere oír habla del señor Diafoirus, ni de su hijo, ni de ninguno de los Diafoirus que andan por el mundo.
ARGAN. -Pues yo sí. Además, esa boda es un gran partido. El señor Diafoirus no tiene más hijo ni heredero que ese; y el señor Purgon, que es soltero, lega en favor de ese matrimonio sus ocho mil duros de renta.
ANTONIA. -¡La de gente que habrá matado para hacerse tan rico!
ARGAN. -Ocho mil duros de renta es una cantidad muy respetable; y unida al caudal del señor Diafoirus…
ANTONIA. -Sí, sí. Todo eso está muy bien; pero yo insisto, y os lo vuelvo a repetir, en que le busquéis otro marido. No nació vuestra hija para ser la señora de Diafoirus.
ARGAN. -¡Pues yo quiero que lo sea!
ANTONIA. – ¡Bah! ¡No digáis eso!
ARGAN. – ¡Cómo que no lo diga!
ANTONIA. -¡No!
ARGAN. -¿Y por qué no lo he de decir?
ANTONIA. -Porque pensarán que no sabéis lo que os decís.
ARGAN. -¡Que piensen lo que quieran; pero ella ha de cumplir la palabra que yo he dado!
ANTONIA. -Estoy segura que no.
ARGAN. -La obligaré.
ANTONIA. -Será inútil.
ARGAN. -¡Pues se casará o la meteré en un convento!
ANTONIA. -¿Vos?
ARGAN. -¡Yo!
ANTONIA. -¡Bah!
ARGAN. -¿Qué es eso de ¡bah!?
ANTONIA. -Que no la meteréis en ningún convento.
ARGAN. -¿Que no la meteré en un convento?
ANTONIA. -No.
ARGAN. -¿Que no?
ANTONIA. -No.
ARGAN. -¡Esto sí que tiene gracia! De manera que, queriéndolo yo mismo, no meteré a mi hija en un convento.
ANTONIA. -Os digo que no.
ARGAN. -¿Quién me lo iba a impedir?
ANTONIA. -Vos mismo.
ARGAN. -¿Yo?
ANTONIA. -Vos, que no podréis tener tan mal corazón.
ARGAN. -¡Pues lo tendré!
ANTONIA. -¡Esa es grilla!
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