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Brutos… y muy caballeros

2011 febrero 13
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por Manuel Becerra

Artículo del suplemento ‘V’ del periódico SUR


JULIÁN MÉNDEZ

El rugby, ya saben, ese deporte que enfrenta a quince mastodontes contra otros quince por el control de un balón ovalado que bota a su antojo en el barro, nació para forjar en la disciplina, la solidaridad y la entrega ciega a los futuros oficiales del Ejército Imperial Británico. Hoy, 188 años después de que un señorito estudiante llamado William Webb Ellis cogiera el balón con las manos en el exclusivo Public School de Rugby, constituye uno de los escasos bastiones del romanticismo aplicado al deporte. Aunque cada vez menos.

Hace apenas una veintena de años, antes del desembarco inexorable del profesionalismo, los jugadores internacionales eran aficionados: había pilotos de la RAF como Rory Underwood, aristócratas como Bill Beaumont, pastores como el escocés John Jeffrey y tratantes de vinos como el francés Jean-Baptiste Lafond. Se pagaban sus propias camisetas y, por partirse la jeta en el campo, no recibían más compensación que un smoking que vestían durante el tercer tiempo. «Es ilustrativo el caso de un delantero galés, minero por más señas, que no tenía más que unos zapatos marrones. Y no pegaban con el smoking. Su entrenador les dio un repaso con betún negro… y a la fiesta. Solo en rugby pasan estas cosas», apunta José-Alberto Molina, un apasionado del balón oval y autor del imprescindible blog ‘tornarugby’.

Ceremonia única

El tercer tiempo, la verdad, es una ceremonia única en el deporte de élite (y que, a su escala, se mantiene también tras cualquier partido de rugby, aunque el Ayuntamiento de Barcelona se empeñe ahora en prohibirlo). Los dos equipos, tras haberse saludado en el pasillo ritual donde reciben el perdón por los desmanes cometidos en melés, placajes y reagrupamientos, pasan a la ducha, se visten de gala y acuden, junto a los contrarios, a cenar.

Con una cerveza en la mano hay tiempo para repasar perrerías y cartones (como se conocen los placajes al borde del reglamento). Lo que pasa en el campo, acaba en el campo. En el rugby, ese es un código antiguo y universal. Luego, con el ánimo alto, los propios jugadores internacionales cantan y actúan para compañeros, directivos y contrarios. Ramón Trecet, comentarista del VI Naciones para TVE, guarda en su memoria como un tesoro los bailes maorís de los ‘all blacks’ neozelandeses, con el mítico Wayne Shelford a la cabeza, travestidos los gigantones en polinesias de cimbreantes caderas. O las canturriadas sentimentales de los pilieres vascofranceses, con sus copas de Dom Pérignon en la mano y sus boinas en la cabeza.

Sí. No hay otro deporte como el rugby. ¿Dónde si no un jugador es capaz de proponer un encuentro íntimo a la mismísima princesa Diana durante una recepción en Buckingham? Pues eso hizo el neozelandés Marc Ellis, un angelote rubio, tras un ‘test match’ contra Inglaterra. Ellis tal vez oyó campanas en el campo. El capitán inglés entre 1988 y 1996, Will Carling, fue amante de lady Di, una mujer que, dicen, tenía un cojín en su sofá con la leyenda ‘hay que besar muchos sapos para encontrar a un príncipe’. Hoy mismo, Mike Tindall, un tres cuartos centro de 1,87 y 102 kilos, nariz de boxeador y el hígado destrozado por un pisotón, es el prometido de Zara Williams, nieta de Isabel de Inglaterra. ¿Extraño? No tanto.

La madre de Zara, la princesa Ana, es una incondicional del rugby. Su presencia en los partidos en que Escocia e Inglaterra se disputan la Calcutta’s Cup, en el estadio de Murrayfield (Edimburgo), forma parte de la tradición, como la banda militar de música ataviada con largos abrigos grises y morriones de oso y las gaitas guerreras que acunan el himno Flor de Escocia, la melodía de combate que, como una marea, empuja a los jugadores locales contra los que lucen la flor de Lancaster en el pecho. «Son 60.000 voces cantando al unísono, una masa coral que representa a todo un país. El rugby es una expresión deportiva con personalidad propia», resume Ramón Trecet.

Habla del VI Naciones, la competición que durante estas semanas enfrenta a los XV de Francia, Inglaterra (720.000 licencias frente a las 25.000 de Escocia), Irlanda, País de Gales e Italia (que se sumó en 2000). Equipos que, junto a Australia, Nueva Zelanda, Sudáfrica y Argentina conforman la élite mundial del rugby. Sus federaciones, por ejemplo, se repartieron 4,5 millones de euros cada una tras la disputa del Mundial de 2007 en Francia, dinero gestionado por la International Rugby Board.

El dinero y el profesionalismo, es cierto, han hecho cambiar al rugby. Los jugadores son cada vez más altos, más pesados y más rápidos, consecuencia directa del entrenamiento intensivo. Las reglas se han transformado también y el árbitro, un tipo respetado hasta el infinito, se ha convertido en un director de orquesta, que avisa en voz alta de las sanciones y se vuelca en dar vivacidad a las jugadas y en limitar los tiempos muertos. «Ha habido cambios, sí».
Pero el VI Naciones es el torneo de selecciones más antiguo del mundo. Data de 1883 y conserva una mística que atrapa», dice el periodista argentino Jorge Búsico.

El rugby o la vida

Cestas de camping con champán Gosset y blinis de caviar en las afueras de Twickenham (Londres), Burdeos y gallos vivos colados de rondón en Saint-Denis, ríos de cerveza en el estadio del Milenium de Cardiff (Gales) y del viejo estadio de Murrayfield bajo cuya tribuna principal pasaba el tren… «Uno de mis mejores recuerdos es ver mezcladas a las aficiones de los dos equipos. En rugby jamás hay incidentes entre hinchas», dice Ramón Trecet. «En esos estadios de Europa se desarrollan auténticas batallas, algo épico», subraya Jorge Giménez ‘Chancha’, entrenador argentino del Gernika R. T. ‘Chancha’ creció atesorando en su habitación de Chacabuco un viejo cartel del rubio Jean-Pierre Rives, con la elástica blanca de Francia teñida en sangre.

Todo un símbolo. «El rugby es un deporte que enseña solidaridad y cooperación a los jóvenes, donde los padres participan en el club. Es importante que no se pierda ese espíritu en los nuevos tiempos», razona. «Los niños que juegan rugby han crecido sabiendo que hay que respetar al contrario y al árbitro, que hay que acomodarse al barro, al frío y a la adversidad: los botes del balón son traidores, pero no hay que quejarse… así es la vida», dice Búsico.

Aquí al lado tienen la imagen de Sébastien Chabal, tercera línea de Francia. Le llaman el hombre de las cavernas y es el chouchou (el favorito) de sus compatriotas. Se ha labrado fama de duro e intratable. Se ganó los galones contra Nueva Zelanda, cuando dejó grogui a Masoe, el 8 de los ‘all blacks’. Días después le rompió la boca al segunda Ali Williams (2,02 de altura). A este cimarra que trabajó como tornero a tres turnos en una fábrica de Beaumont-lès-Valence empezaron a lloverle los contratos publicitarios. Casi 200.000 euros por anunciar, entre otras cosas, apósitos y tiritas. Su aire hosco y la apariencia salvaje y viril (aunque los argentinos le critican por teatrero) le han convertido en todo un símbolo, un elemento de consumo en este nuevo rugby que necesita ídolos y nuevas referencias.

Chabal, el Sansón del XV del gallo, se gana a pulso su fama: hace un par de años, y durante un tercer tiempo en el Art Café, un local de moda en Villa Borghese, se dio de trompadas con el pilier Martín Castrogiovanni, novio de la esquiadora Giulia Candiago, a la que echó los tejos. No pasó de ahí. Los separaron y, poco después, Chabal envió dos sms de disculpas al armario ropero de la azzurra. El rugby es así. Un deporte de brutos, jugado por auténticos caballeros.



Viejas tradiciones, aires nuevos

Eton y pasodobles toreros
En su origen, el rugby era un deporte para educar a las élites inglesas. Aún hoy, es una asignatura deportiva que se practica en los mejores colleges. El príncipe Guillermo de Inglaterra (presidente honorario de la federación de rugby de País de Gales) y su hermano Enrique son dos apasionados. Admirador del medio de melé galés Gareth Edwards, el futuro Enrique V fue capitán de su equipo en la escuela primaria de Ludgrove y siguió jugando como delantero en Eton (mide 1,90).

Por el contrario, en Gales, Irlanda y Escocia, el rugby posee un aire mucho más popular. Allí, casi cada pueblo tiene su campo y su equipito donde todos arriman el hombro. El caso de Francia es también singular. La zona del Sudoeste hierve con el rugby. La hinchada anima al equipo del gallo a los sones de ‘Paquito el chocolatero’ y la melodía ‘Vino griego’, de José Vélez, es su himno oficioso. ¡Bizarro!






Otro artículo, en esta ocasión en El Correo