Todo concluye

Casi todo lo que empieza termina por acabar. Y, aunque un blog parece destinado a ser un espacio infinito donde se sabe concretamente cuando se comenzó la tarea pero parece no tener fin, en este caso estas páginas virtuales tenían los días contados desde que marché al consulado de Algeciras a por mis documentos. Tan solo había que llegar al final de esta, personalmente, apasionante historia y ya está, dejarla aquí colgada hasta que la red que todo lo puede y que a todo el mundo alcanza se canse de ella y la tire a la papelera de reciclaje más próxima. Aunque como dijo algún jefe de cierta tribu gala: “…eso no va a pasar mañana”.

Casi toda la historia de este ansiado viaje ha quedado plasmada en este espacio. Pero para terminar todo esto de manera un poco más original, lo vamos a dejar aquí, y si te apetece saber cómo acabó todo sigue leyendo el siguiente párrafo.

Ahora, y como colofón, puedes tener un ejemplar entre tus manos de Siempre hay una historia (Rodando por Marruecos). Así podrás tocar las páginas, oler la cola con la que fue minuciosamente encuadernado y guardarlo y exhibirlo en tu biblioteca en lugar privilegiado. En esta edición, físicamente real, podrás comprobar ciertas mejoras en el texto y disfrutar de su esperado final. Tan solo tienes que pinchar AQUÍ o en la portada del libro y accederás al maravilloso mundo de Marruecos y todas sus historias.

¡Esto fue todo! ¡Nos vemos en la jungla!

Pista 7. Marrakech – Casablanca


Pista 7

“No hay señales de stop ni límites de velocidad,

nadie me va a hacer frenar,

como una rueda voy girando,

nadie se va meter conmigo…

…Estoy en la autopista al infierno”

(Highway to hell – Angus Young, Malcolm Young, Bon Scott)

Marrakech – Casablanca. 19 de octubre de 2.007

M

i caso es bastante particular. O al menos se podría calificar como una lástima por no haber aprovechado el tiempo en cultivar una parte de mi conocimiento que, como se suele decir en estos casos, nunca está de más. Una parte de mi familia proviene de la parte francesa de Marruecos y como tales dominan absolutamente ese idioma. Durante toda mi vida he escuchado hablar en casa, y posteriormente en el trabajo, a gente hablando en francés. Esto ha hecho que mi oído esté completamente acostumbrado a los acentos, entonaciones, pronunciaciones y demás características de las lenguas en ese idioma. El error ha estado en que nunca lo he estudiado, ni lo he escrito, ni lo he hablado. Ahora bien, siento como si lo tuviera latente en algún lugar dentro de mí esperando a darle un empujoncito para salir. Me suena todo. Puedo saber incluso, en numerosas ocasiones, de qué se está hablando en una conversación. Es una sensación extraña porque después, si quiero decir algo, no sale nada de mis labios. En este viaje he descubierto que efectivamente me falta un achuchón, un impulso para ponerme a hablar francés como un loco —bueno, igual me pasé. Dejémoslo en poder defenderme con monosílabos—. No se puede decir que haya charlado en francés con los autóctonos pero sí que, soltándome, he comenzado a decir palabras que guardaba en mi subconsciente sin saberlo. Y eso es bueno. De cualquier manera, esto igual es un calentón y mañana mando a tomar viento este impulso de conocer la lengua del vecino del norte para poder viajar al vecino del sur. Más se perdió en cuba y vinieron cantando.

Si es que muchas veces la solución más sencilla es la que se tarda en tomar, resultando, además, la más efectiva. Las motos, después de la odisea para aparcarlas resguardándolas de los malvados moros de la zona la noche anterior, amanecieron en su sitio y sin ningún percance en plena avenida Mohamed V. No pasa nada. La prisa mata, amigo. Tras unos zumos de naranja y un completo desayuno marroquí contemplamos el caótico tráfico de Marrakech a la luz del día. Viéndolo desde fuera piensas en cómo te atreves a meterte en ese flujo, pero lo haces. Y no del todo mal, que quede claro. Una visita obligada estando en esta ciudad era la famosa plaza de Jemaa el Fna para así mezclarnos y confundirnos entre turistas y locales. Hacia allí nos dirigimos en tres petit taxis que nos costaron casi lo mismo a los tres: 15Dh. La plaza en sí esta viva. Dueños de quioscos de zumos naturales te dan la bienvenida y te asaltan para que consumas sus naranjas y no las del tinglado de al lado, preciosos puestos de especias y frutos, titiriteros, actores representando cuentos, encantadores de serpientes, monitos con sus amos, juegos manuales y rudimentarios de todo tipo. Lástima que no podíamos quedarnos esa noche porque al caer el sol es cuando llega el momento cumbre en cuanto a representantes, representaciones y público.





Pero antes de irnos tuvimos tiempo de presenciar como un mono relajaba sus esfínteres sobre la cabeza de Germán, ante lo cual no salía de su asombro al ver que nosotros no hacíamos más que intentar plasmar la mejor instantánea del momento —trabajo harto difícil teniendo en cuenta que no parábamos de cachondearnos de la situación—. También, y pensando en optimizar el poco tiempo del que disponíamos, nos dimos un paseo en coche de caballos por la medina. El día era extraordinario, con el sol más brillante y castigador que jamás noté, y al estar de regreso en la célebre plaza le echamos el ojo a una terraza en un pequeño edificio (allí ningún edificio es demasiado alto) donde quizá nos iban a poder servir unas cervezas. Pues bien, nos sentamos en dicha terraza contemplando unas vistas inigualables de la plaza y de todo Marrakech, donde tan solo sobresalían de sus edificios los minaretes de las mezquitas, tomando el sol como típicos guiris… pero con unos refrescos ante nosotros. Ni en el mismo centro del lugar más turístico de todo el mundo musulmán nos pudimos beber unos botellines a gusto. Y mira que hubieran entrado bien.

Como ya era habitual, mientras estábamos tranquilamente sentados disfrutando de las vistas y del bullicio de la plaza, comenzamos a darnos cuenta de que como no emprendiéramos la marcha ya, se nos iba a hacer de noche de camino a Casablanca. Así que nos dirigimos hasta el hotel donde habíamos dejado aparcadas las motos desde la noche anterior para ponernos en camino, sabiendo que por mucho que corriéramos la noche nos envolvería, una vez más, con su especialmente oscuro manto marroquí. No faltó en esa escena el habitual personaje que se nos acercó mientras nos preparábamos para arrancar y nos empezó a contar que él había estado guardando las motos todo este tiempo arriesgando su vida contra viento y marea ante los ataques continuos e incontrolados de hordas de delincuentes perfectamente equipados para la lucha. Un momento… Tranquilos… ¡qué se bajó de una furgoneta justo antes de empezar a pedirnos dinero! Vaya jeta. Lo mejor en estos casos es recurrir a la más alta diplomacia y de manera indiferente contestarle:

—Que sí, que sí, Mohamed. Que eres un máquina. Que ya si eso otro día…





El trayecto hasta Casablanca fue muy tranquilo ya que lo hicimos íntegramente por autopista, así que aunque nos anocheció ya vislumbrando la ciudad en el horizonte de asfalto no nos preocupó demasiado a estas alturas de la película. Aprovechando esta carretera, fuimos casi cada uno a nuestra bola hasta que llegamos a un área de servicio justo antes del peaje de salida. Allí llenamos de gasolina —Curro iba muy intranquilo porque pensaba que no llegaba— y decidimos dirigirnos a un hotel Ibis que, si bien en Europa no deja de ser un hotel justito, en Marruecos es todo un lujo y, lo más importante, una garantía de comodidad y limpieza. En esos momentos pensábamos que esa noche —que aunque el sol ya se había marchado, aún serían algo así como las seis y media de la tarde— todo trascurriría sin contratiempos, que nos acomodaríamos en el hotel, que saldríamos a cenar después de una ducha reparadora y que nos tomaríamos alguna copa en Casablanca la nuit. Pero se nos escapó un detalle entre los dedos para que todo fuera, si no perfecto, sí según lo planeado. Y es que estábamos en Marruecos y todo lo que tengas previsto no te servirá para mucho. Allí hay que saber improvisar, y eso, a fin de cuentas, es lo auténtico.





La información de que el Ibis no disponía de ninguna habitación libre para esa noche fue, de hecho, una doble mala noticia. Por un lado se desvanecía de un plumazo el deseo de comenzar esa noche relajadamente y bastante temprano, por otro lado eso significaba que, una vez más, debíamos comenzar la ardua tarea de buscar un alojamiento que se adecuara a nuestras necesidades económicas e higiénicas. Un taxi nos llevó, a modo de escolta, hasta una zona de hoteles cercana a la estación de autobuses y desde ahí comenzamos nuestro periplo a la búsqueda de acomodo. Dejamos las motos a cargo de algunos de nosotros y otros nos fuimos a recorrer la zona. Algún hotel tendría que haber que no estuviera mal ya que la zona no se veía muy desfavorecida. ¡Qué equivocados estábamos!

Perdí la cuenta de cuantos hoteles —y similares— vimos. Algunos con una simple visión exterior ya nos echaban para atrás tanto por su exagerada mala pinta como por su exagerada buena pinta. Otros, donde nos atrevimos a entrar, olían a no sé qué demonios nada más comenzar a subir las escaleras de las habitaciones —de los baños mejor no hablar explícitamente de ellos—. En uno de ellos el recepcionista nos dio la llave de la habitación para que pudiéramos examinarla mientras él continuaba con su duro y asfixiante trabajo de contemplar la televisión sin mucho interés. Aunque a medida que subíamos las escaleras nuestras esperanzas de haber encontrado algo que mereciera la pena iban decreciendo, la curiosidad y las ansias de conocer tiraban de nosotros hacia la habitación. ¿Quién sabe si al abrir la puerta nos sorprendería algo inesperado? Pues sí. Algo tan completamente inesperado como una persona tumbada tan ricamente en la cama nos sorprendió y, lejos de asustarse o enfadarse por nuestra súbita intromisión, nos saludó con la mano casi al tiempo que cerrábamos la puerta incrédulos de lo que nos acababa de ocurrir.

También Alá aprieta pero no ahoga. Así, cuando la desesperanza comenzaba a embargar nuestras almas pasamos junto a un hotel que tenía muy buena pinta. Demasiada buena pinta para el presupuesto que barajábamos. Aún así fuimos a preguntar sin mucha convicción en nuestras posibilidades. Simpático recepcionista que nos ofreció buen precio, buenas habitaciones, buenos baños, buenas camas, buen parking para las motos y buen desayuno incluido. Eso es lo que nos encontramos en Casablanca después de haber estado más de una hora recorriendo sus calles cada vez más desesperados. Realmente tuvimos suerte al final, y yo, esa noche, dormí del tirón por primera vez.

Con todo el jaleo del hotel se nos echó el tiempo encima y nos encontramos con que ya era demasiado tarde para ir a cenar a ningún sitio, así que decidimos que la mejor opción —ya que, además, no habíamos comido al mediodía— era dirigirnos a un establecimiento occidental e imperialista como Mc Donald. A Curro no le pareció muy buena idea —más bien lo consideró aberrante— y eso, unido al cansancio y a lo tarde que era, se convirtió en un enfado en toda regla. En el trayecto durante el cual compartimos un petit taxi hacia el recinto donde cenaríamos, bordeamos un paseo marítimo muy bien iluminado y atractivo. Yo, para romper el hielo que había formado alrededor de sí, hice un comentario de lo más trivial acerca del paseo, algo así como “mira, qué bien iluminado está todo”, a lo que él, en un tono llano y uniforme, con los ojos entornados y sin apartar la vista del cristal de la ventanilla, contestó:

—Sí… mira… una farola.

Afortunadamente, si de malo posee esos mosqueos tontos—y que han llegado a ser ciertamente divertidos para los demás—, de bueno tiene que se le olvidan pronto y, por supuesto, como si nada hubiera pasado.

Tras una leve visita a nuestras mentes del diablo en forma de “que tal si nos tomamos unas cervecitas”, descartamos el maligno ofrecimiento a causa del largo día que acabábamos de pasar. Así pues, al llegar al hotel nos despedimos cada uno a su cuarto no sin antes comprobar el efecto que unas serpientes de plástico, que los niños habían comprado en Marrakech, harían en el interior de las camas de Dani y Germán cuando estos se dispusieran a adentrarse entre sus sábanas. Y sí, allí estábamos. Tíos de treinta y pico años —algún pico bastante largo— corriendo por los pasillos del hotel y pegando la oreja en la puerta de la habitación de las dos victimas. Sabíamos que el viaje iba llegando poco a poco a su fin, aunque aún nos quedaba por agotar el último cartucho: Tánger. Y ahí, jugábamos en casa.

Pista 6. Tinjdad – Marrakech (y II)


Aconsejados por la guía de viaje nos dirigimos a la zona de la ville nouvelle y más concretamente al barrio de Guéliz donde al parecer podríamos encontrar alojamiento sin demasiado problema. Dani, Salinas y yo tardamos más de una hora en volver con los compañeros después de recorrernos millón o millón y medio de hoteles en la zona, aproximadamente. Unos porque eran muy caros, otros porque eran muy sucios, otros porque olían regular, el caso es que finalmente, y tras duras negociaciones con el recepcionista, llegamos donde nos esperaban, ya un poco desesperados, con una propuesta que temíamos que no tuviera el consenso necesario. Tal vez la tardanza, unida a las dos noches que habíamos pasado en hoteles de carretera, hizo que nuestra proposición se admitiera sin ninguna vacilación. La verdad es que el hotel estaba muy bien y nos iba a salir por menos de 24 euros por cabeza. Pero claro, cuando la cosa se tuerce se termina por retorcer aún más y esto ocurrió cuando, al llegar todos al hotel, el recepcionista me dijo Mohamed donde antes dijo Ahmed —o sea, donde dijo digo ahora decía Diego—, y venga, vuelta a empezar con la negociación del diálogo social. El caso fue que anteriormente habíamos quedado en habitaciones con camas separadas y ahora el pollo me decía que me tenía que cobrar más porque lo que tenía eran habitaciones con camas de matrimonio. Tras arduas conversaciones, de las que me hice cargo con mi inglés fuengiroleño en Marrakech, conseguimos las habitaciones con alguna cama extra y por el mismo precio. Menos mal, aunque tengo serias dudas de que merezca la pena tanta pérdida de tiempo. O sí, porque allí de disponer de tiempo es de lo que presumen. El chip está cambiado, pero a veces te desespera y exaspera tanto regateo. Finalmente cada uno a su habitación y Salinas y yo, después de recorrernos la avenida Mohamed V correspondiente y sus aledaños varias veces esa noche y después de tratar hasta la extenuación con el empleado del hotel para sacar el mejor precio posible, nos encontramos en una habitación con dos camas y un baño. Hasta aquí todo normal pero el problema era que, literalmente, el espacio del dormitorio estaba ocupado por dos camas y un baño… y nada más, ni un metro cuadrado más para poder poner la maleta y pasar al baño sin tener que aplastar al compañero. La habitación tendría unos cincuenta centímetros cuadrados aproximadamente —bueno, algo más grande pero no mucho— y claro, digamos que nuestro estado de satisfacción en esos momentos no era el más completo.




En esos extraños instantes sonó el teléfono de la “acogedora” habitación —en su más amplio sentido— y el amable recepcionista me indicó que las motos, que habíamos dejado provisionalmente junto a la puerta del hotel, era necesario retirarlas de allí. Sin darnos cuenta las habíamos dejado en la misma puerta del famoso e internacional Instituto Cervantes que además el príncipe Felipe iba a inaugurar días más tarde. Los empleados del Instituto nos contaron que debido a tan Real visita les tenían dicho que todo estuviera como los chorros del oro —al menos hasta que pasara el día de la audiencia, luego ya…—. Esto nos llevó a pensar en otro acomodo mejor para nuestras monturas. En la calle de atrás nos dijeron que había un portero de un edificio que las podría guardar en el portal, y hacia allá nos dirigimos Germán y yo. Tras, como no podía ser de otra manera, una ardua conversación, a la cual se agregó también alguien que pasaba por allí, acerca del precio, del tipo de motos, de la hora de recogida, etc., por fin llegamos a pactar un precio por moto, lógicamente, guardadas dentro del portal. Qué fácil sería tener un precio ya estipulado y decir que sí. Aunque de esa forma el portero no se estaría aprovechando de su trabajo para sacarse un sobresueldo utilizando el portal del edificio, por donde entran las personas, como garaje particular. Pero el día estaba acabando retorcido y, como no, al volver con las motos, el tipo había cambiado unilateralmente el trato y pretendía que sólo algunas motos entraran en el portal, las demás en la calle y por el mismo precio. Yo, que ya estaba calentito, me tragué las palabras para no mandarlo a la merde —que en francés suena más fino, pero es el mismo sitio— y nos llevamos las motos de allí.




Siguiendo nuestra particular búsqueda de alojamiento mecánico, preguntamos en la gasolinera que había justo al otro lado del hotel, de ahí nos mandaron a otra calle de atrás, seguidamente volvimos a intentarlo en la gasolinera, probamos con otra callejuela y finalmente las dejamos en plena calle, enfrente de la fachada de nuestros aposentos, que es donde mejor estuvieron.

La primera calle no nos convenció porque donde pretendían que dejáramos las motos era una amalgama de hierros, ruedas y manillares a lo largo de toda una acera donde el riesgo no residía en el robo sino en que se fueran al suelo al más mínimo golpecito en plan dominó. En la gasolinera dimos, a nuestro pesar, con el gasolinero más honrado de Marruecos, el cual, en un perfecto español, nos explicó que no podía aceptar propinas y que incluso con ella no se hacía responsable de las motos. Al menos este fue sincero. Por último, en la siguiente calle, hicimos otro intento pero lo abortamos al cruzarnos con un negro enorme con una borrachera del copón que nos quería, en el mejor de los casos, dar conversación. Desde esa noche y en posteriores viajes nos relajamos respecto a este tema y no nos preocupamos más de lo imprescindible de buscarle techo y vigilancia a las monturas. Si se encuentra, bien; si no, es que no hará tanta falta.

Por fin llegó el momento de la cena. El largo día había hecho que acogiéramos ese momento con ilusión y cansancio. Dani se desmarcó a cenar con su hermano que subió desde Agadir esa noche para verse con él y nosotros acabamos en la calle de atrás del hotel —como no podía ser de otra manera— sentados en una terracita que no era más que las mesas de un bar y otro y otro ocupando toda la acera. Allí degustamos unos pinchitos, kefta y demás delicias marroquíes aromatizadas con el interesante olor que se desprendía de las axilas del camarero. Eso sí, todo muy bueno y barato barato.

Aunque casi exhaustos por la dura jornada, había que tomarse una cervecita, que por esos lares no deja de ser una pequeña aventura sin saber muy bien adonde te llevará. Caminando calle arriba en busca de un lugar donde según el recepcionista podríamos encontrar el fresco brebaje, nos encontramos con Dani que venía de vuelta al hotel y, claro, tras una tímida negativa, para guardar las apariencias, apoyándose en el cansancio, cayó en los brazos del demonio encarnado en nosotros y se apuntó a la búsqueda. Pero, ahora ya llevábamos con nosotros a un profesional de moverse por aquel país y lo que hicimos fue preguntar a un taxista por un lugar donde ir y, tras la correspondiente negociación, tres petit taxi nos condujeron hasta una discoteca grandísima, muy bonita por fuera y por dentro donde por fin nos tomamos esa cerveza e incluso algún que otro cacharrito, eso sí, con las limitaciones de calidad en cuanto al hielo y refrescos a la que nos tienen acostumbrados por aquellos lugares. Que mucha fachada, pero luego lo que importa…

Pista 6. Tinjdad – Marrakech (I)




Pista 6

“De nuevo en la carretera,

yendo a lugares en los que nunca he estado,

viendo cosas que puede que no vuelva a ver nunca,

no puedo esperar a estar de nuevo en la carretera”

(On the road again – Willie Nelson)

Tinjdad – Marrakech. 18 de octubre de 2.007

C

onducir en Marruecos no es un juego de niños, y menos si en la travesía desde la península no has hecho el correspondiente cambio de chip del que en alguna ocasión ya hemos hablado. Es importante este detalle porque nos lleva a hacernos la siguiente pregunta: ¿conducen mal o conducen distinto? Pues bien, después de varios viajes al vecino país, unas veces conduciendo entre ellos y otras veces siendo conducido por ellos, he de decir que tengo serias dudas al respecto. Podríamos quedarnos en el simple argumento de que si existen unas señales de tráfico que respetar y estas no son acatadas estaríamos en un flagrante caso de mala conducción. Lo que pasa es que sería conveniente ir un poco más allá. Todos los veranos somos testigos, sobre todo los que vivimos relativamente cerca del estrecho, de las barbaridades que, unas veces por cansancio y otras por pura costumbre, hacen estas personas al volante de todo tipo de vehículos cargados hasta los topes y cuya altura supera el triple de la altura en condiciones normales del coche en cuestión. Al acercarnos a ellos solemos decir, o pensar, cosas tales como “cuidado con el moro”, “mira como va de cargado”, “es que claro, se hacen todo del tirón y van reventados”, etc. Y aquí ciertamente podrían provocar muy fácil un accidente. Pero sin embargo allí, en su país, como todo el mundo funciona así al volante, las probabilidades de tener un encontronazo, al contrario de lo que se podría pensar al verlos conducir nada más desembarcar en África, no son muy altas. Es una simple cuestión de sincronización. Todo el mundo circula del mismo modo, por lo tanto todo el mundo está pendiente de las otras personas, y vehículos, y no tanto de esas señales que no son más que un trozo de metal pintado. Sí señor, aunque a veces te desesperen, para mí que conducen distinto.

Es una delicia despertarse temprano, a eso de las seis y media de la mañana, abrir la ventana de tu habitación y, al dejar entrar al día en ella, comprobar que el pueblo donde acabasteis la jornada del día anterior se encuentra en medio de un auténtico oasis. La vista desde mi ventana es impresionante por lo inesperado de la visión, por la luz tan especial que ilumina el paisaje a esas tempranas horas y por la estampa en sí misma: un mar de palmeras que surgen del terreno arenoso y casas de ladrillo y adobe cruzadas por la carretera.




Al comenzar la marcha hacia las Gargantas del Dodra nos empezó a llover, no muy intensamente pero sí lo suficientemente molesta como para que mi conducción, y supongo que la de todos, no sea todo lo segura que debiera. Nos seguimos cruzando con diversos oasis y nunca dejan de sorprendernos. Al no estar muy seguros de que el camino que estamos siguiendo es el apropiado, paramos en un cruce para intercambiar opiniones y, claro está, se nos acercaron unos niños esta vez con algo que ofrecer. Se trataba de unas miniaturas de camellos hechas con unas hojitas secas que les compramos a diez dirhams cada una. Mi intención de llevar el objeto el resto del viaje a modo de amuleto se frustraría al final de la jornada al salir volando en una de las curvas de la cordillera del Atlas.

La lluvia intermitente nos siguió respetando en cuanto a intensidad, lo que no dejaba de tenerte nervioso en ese aspecto ya que no sabías hasta cuando iba a ser tan benevolente con nosotros el dios árabe de la lluvia.



La Garganta del Todra debe su nombre, obviamente, al cristalino río que la cruza, a veces hasta con tan solo veinte metros de anchura, aunque con paredes completamente verticales de hasta trescientos. Una vez más un paisaje extraordinariamente impresionante nos recibió en nuestra primera parada del día. Nos dimos un pequeño paseo a pie para después tomarnos un té, acompañado de fruta y unas pastitas que habíamos comprado la noche anterior en Tinjdad, en un bar que estaba justo donde acababa la carretera.

Camino de Ouarzazate, en un despiste unido a la mala, por no decir nula, señalización del camino en un cruce, Salinas y Curro que, todo hay que decirlo, venían más atrasados no sabemos muy bien por qué razón, se perdieron y se fueron para el lado contrario. Cuando conseguimos hablar con ellos ya habían hecho treinta kilómetros más pensando en que nosotros estábamos más adelante y que antes o después nos cogerían. Esperarlos en Ouarzazate, a los pies de la cordillera del Atlas que esa tarde nos esperaba para llegar a Marrakech, fue la decisión unánime y para allá que nos fuimos con el convencimiento de que los dos extraviados vendrían con cara de pocos amigos y con la esperanza de que no se lo hubieran tomado demasiado mal la mala organización en cuanto a esperas cuando alguno se rezagaba. Finalmente no fue para tanto y, en aras de una buena convivencia, todo quedó en una anécdota que, en cualquier caso, la verdad es que nos retrasó una vez más la jornada y acabamos rezando por ver Marrakech al fondo de nuestras viseras cuando la noche nos comenzó a arropar.

De nuevo en ruta, el día nos reservaba una sorpresita, afortunadamente algunos kilómetros antes de comenzar a subir la primera de las rampas del Atlas. Si exceptuamos la nieve, cosa bastante improbable a esas altitudes, el fenómeno meteorológico que nos quedaba por experimentar era una buena granizada. Pues bien, ¡et voilà!, comenzó en dos minutos a caer bolas del tamaño de canicas de las gordas las cuales al pasar un ratito comenzaron a hacer un poquito de pupita al rebotar en la chaqueta y pegarme en la barbilla. Fue impresionante e indescriptible el auténtico diluvio que comenzó como de la nada. La carretera en pocos minutos comenzó a desaparecer engullida por las aguas, así que no tuvimos más remedio que parar para intentar guarecernos bajo un arco que, en mitad de los caminos, hacen como de frontera entre unas regiones y otras del país. Lo malo fue que no éramos los únicos, ni los primeros, en elegir ese escondite, así que la verdad es que continuamos mojándonos, con los cascos puestos y a veces parcialmente según nos íbamos apretando cada vez más bajo el minúsculo techo, aunque sin el peligro de ir conduciendo en tan extremas condiciones. Pasados unos quince minutos cesó de llover y reanudamos el camino calados hasta los huesos pero con el sol luchando por salir y ganándole por momentos la partida a las negras nubes.

“…y a deshora,

sale un sol alumbrando una esquina

alegrándome el día”

(A fuego – Roberto Iniesta)

En esos instantes comenzamos, propiamente dicho, nuestro ataque a la cordillera del Atlas. Jamás pensé que una carretera pudiera tener tantas curvas y tantas subidas con sus correspondientes bajadas. Yo no iba muy seguro, la verdad, y menos aún notando que las manos no me respondían bien a causa de que los guantes los llevaba empapados y con el viento las manos se quedaban poco menos que congeladas. En cada parada que hacíamos colocábamos los guantes encima del tubo de escape y era un verdadero alivio comprobar que poco a poco las manos iban respondiendo mejor. En algunos momentos me ponía a rueda de Germán y al seguir su trazada era mucho más cómoda la conducción. Se me hizo un poco largo tanto puerto de montaña aunque pienso que fue por mi inexperiencia después de tantos años sin conducir, seguro que ahora lo disfrutaría infinitamente más. En cualquier caso los paisajes eran impresionantes, una carretera estrecha cruzando una montaña tras otra en una travesía interminablemente preciosa.

Pero no todo iba a ir sobre ruedas, claro. Y ahí que, atravesando una pequeña aldea en el corazón de las montañas, una gallina —sí, una gallina— decidió cruzar de una acera a otra de la “avenida principal” sin esperar a que alguien pusiera un semáforo y que este estuviera en verde, y, al ver que no tenía tiempo para esquivarla, sujeté el manillar lo más fuerte que pude y ahí que me lancé a atropellarla cual diablo sobre ruedas. Afortunadamente fue un impacto limpio y pasé literalmente por encima de ella, tras lo cual, y aún temblando del susto, no dudé en reprochar enérgicamente a los lugareños que no tuvieran sus mascotas enseñadas a no cruzar la carretera sin mirar, a lo que ellos, con gestos, me contestaron que tranquilo, que tampoco era para tanto. Vamos, lo esperable.

Ya bajando lo que al fin parecía el descenso hacia Marrakech comenzó a anochecer. Pero lo habíamos conseguido. Habíamos cruzado el Atlas tras unas cuatro horas de conducción a través de subidas, bajadas y curvas imposibles. Aunque la noche nos pilló una vez más.

Marrakech, una de las cuatro ciudades imperiales junto a Fez, Meknes y Rabat, aunque la más exótica y deseada de todo el país, es también la metáfora del caos del trafico urbano. Si el país entero no es que sea un ejemplo para la DGT, lo de Marrakech es su punto culminante. El grado máximo de anarquía automovilística en la que, salvo algún que otro semáforo, la única regla es la del más fuerte, o mejor, la del más astuto.

No es casualidad que tengan tanto parecido su nombre y el del país. De hecho el término “Marruecos” es una derivación de “Marrakech”. La ciudad, como las otras grandes ciudades marroquíes, está dividida en dos partes: la ville nouvelle —construida durante el protectorado francés— y la Medina. En la ville nouvelle nos alojamos y en la Medina visitamos la plaza Jemaa el Fna en cuyos alrededores se encuentra La Kutubiya, uno de los tres minaretes, casi idénticos, que se conservan de las mezquitas almohades, junto con la Torre Hassan de Rabat y la Giralda de Sevilla.

Pista 5. Algún lugar antes de Midelt – Tinjdad (y II)




Durante esa tarde disfrutamos especialmente de la moto. Yo sentí en mis carnes la libertad de ir conduciendo a través de una carretera totalmente recta y desértica en todos los sentidos. Y comprobé que no era yo el único cuando Curro me pasó con la melena al viento rememorando mejores épocas en las que estaba permitido que el aire te azotara la cara sin ningún tapujo. Por supuesto no todo podía ser perfecto y, de repente, aún no se como hostias llegó hasta allí, apareció de la nada un perro corriendo de pleno en nuestro camino ladrándole a la moto de Rubén que iba justo delante mía. Poco faltó para que no lo atropellara terminando siendo yo, a todos los efectos, el atropellado. El susto y el cosquilleo de esos segundos por todo el cuerpo para mí queda, aunque también Dani, que rodaba detrás mía y que, según me comentó después, pensó que de esta si que no me libraba y ya me veía probando el asfalto marroquí con mis propias manos.

Otro día más sobre las motos y otra noche más que nos ha dado caza. Al parar a repostar, el correspondiente gasolinero, en un español bastante apañado, nos indicó que a pocos kilómetros encontraríamos una pequeña población con un hotelito.

Por apenas seis euros por cabeza no podía exigir también poder darme una ducha al concluir el día, pero al menos todo estaba limpio. El lugar en concreto era una especie de venta con habitaciones en la parte superior y un baño comunitario. El muchacho que nos atendió estaba encantado con nuestra presencia. Éramos sus únicos huéspedes, así que esa noche hizo su particular agosto con los forasteros motorizados. Sentados a unas mesas del bar, nos preparó unas tortillas, carne, patatas, todo con un sabor absolutamente casero. Para terminar, como estábamos tan a gusto, nos preparamos unos “ronsitos” no sin antes pedirle permiso, por aquello de la religión local, y convidarle a uno si el gustaba aprovechando que quizá Alá en ese momento estaría mirando para oro lado. Muy educadamente nos vino a decir que nosotros podíamos arder eternamente en alcohol en los infiernos si ese particularmente era nuestro deseo, pero que él prefería seguir luciendo, por toda la eternidad, ese color chamuscadito debido tan solo al color de piel de su raza y sin enfadar innecesariamente a su creador. Así sea.

Las motos en esa ocasión podrían haberse quedado en la puerta del bar sin ningún problema, ya que parecía un lugar especialmente peligroso. Pese a esto, el chico del hotel nos ofreció, y sin pedir nada a cambio, aparcarlas en el mismo salón del bar para que de esa manera estuvieran más seguras. Realmente en esos momentos es cuando se refleja la realidad de la hospitalidad marroquí.





Antes de la cena, ya de noche aunque era bastante temprano, nos fuimos a descubrir un poco este pueblito. Su nombre era Tinjdad y, como descubriríamos a la mañana siguiente, se hallaba en medio de un auténtico oasis. Está rodeado de unos preciosos palmerales y su calle principal, por la que lo atravesamos hasta llegar a nuestro refugio, se halla llena de vida con pequeños comercios de frutas, especias, pasteles, talleres de todo tipo, etc. Es una experiencia especial eso de pasearse por entre las gentes de un lugar tan pequeño y recóndito del país.

Las buena cena ofrecida por nuestro anfitrión, las posteriores copas y los amigos hicieron surgir, alrededor de la mesa, diversas conversaciones interesantes: desde el camino recorrido y el que nos quedaba por recorrer, hasta el profundo significado y su influencia en la vida diaria y moderna del “homo actualis” de la palabra “profesión”. No se imaginan ustedes lo que puede dar de sí dicho vocablo. Tras todas las exposiciones del tema, habidas y por haber, nos subimos a descansar a nuestros aposentos. Antes de retirarnos fuimos presa del cansancio unido al alcohol ingerido en tierra infiel y a alguien se le iluminó la ocurrencia de hacernos una foto tumbados en el suelo con unos turbantes puestos, nuestras chilabas formando una gran “M”. ¿De “Marruecos”? ¿De “memos”? ¿De “mariquitas”? Yo que sé.

No se todavía si fue debido a mi acostumbrado ligero sueño por esas lejanas tierras, pero lo cierto es que esa noche fui testigo de un fenómeno que me turbó y preocupó. De lejos, desde dos habitaciones más allá, llegaba a mis oídos lo que perfectamente podría haber sido un temblor de tierra en pleno desierto unido a la correspondiente erupción de un volcán. Pero no, tan solo eran (tan solo) los ronquidos de algún compañero que, no solo por respeto al autor, sino también porqué después seguro que tras esto comenzarán las tiradas de pelotas de unos a otros, me guardaré su identificación.

“Oye tronco como ronco,

volumen brutal.

Por mucho que me muevas

no me pienso despertar”

(Siniestro Total – Julián Hernández / Segundo Grandío)

Lo único cierto es que éramos los únicos durmientes en todo el hospedaje.

Pista 5. Algún lugar antes de Midelt – Tinjdad (I)




Pista 5

“Si no volvemos a casa, se acumula el equipaje

de canciones y recuerdos…/…

Qué puede pasar mañana, de verdad no nos preocupa,

llevamos nuestro destino escrito en la hoja de ruta.”

(Hoja de ruta – Ariel Rot)

Algún lugar antes de Midelt – Tinejdad. 17 de octubre de 2.007

C

ontrastes, contrastes y más contrastes. Y la sospecha de que allí hay algo que no funciona. ¿O es aquí donde estamos equivocados? Cuando llegas con tu motocicleta —que no es nada del otro mundo— a un pueblecito, o paras a repostar en una gasolinera, no es nada extraño que se acerque algún niño, y alguno no tan niño, a curiosear esta máquina de dos ruedas tan ultramoderna que vas conduciendo. Dejando aparte la circunstancia de que eso ya no sucede ni de coña aquí en España, otra cosa que te sorprende es que las motos que más llaman la atención no eran las más grandes sino las dos más extrañas —para ellos, claro está—. Las dos “escuters” se llevaban la palma en atracción popular. Cuando aquí estamos absolutamente acostumbrados a verlas y tenerlas —de hecho algún motero conocido de un servidor y reciente padre ya ha cambiado su “pepino” por una de estas—, allí aún, en muchos casos, ni siquiera saben de su existencia. ¿Por qué creemos los “occidentales” que estamos en posesión de la razón más absoluta? ¿Vive mejor, más feliz, alguien con una moto último modelo, móvil último modelo y televisor último modelo en constante búsqueda del “último modelo” y, por consiguiente, en continua búsqueda del dinero para conseguirlo; o quien realmente sabe que todo eso son sólo cosas que se fabrican y se destruyen? Cómo de cierto es el popular dicho que dice que no es más rico el que más tiene sino el que menos necesita. Apuesto a que allí hay mucha más gente feliz, en su más profunda definición, que por aquí cerca.

Tras una noche como las demás —durmiendo a ratos, con mi radio susurrándome al oído— desayunamos “ergaif” —unas tortitas un poco más gruesas que los crepes que conocemos—con mantequilla y mermelada. El día amaneció muy nublado aunque la lluvia nos siguió respetando. Tras una pequeña ayudita a modo de empuje a las motos tanto de Germán como de Dani, continuamos hacia Midelt con la intención de zanjar el asunto mecánico del día anterior.



Un té. Eso es lo mejor y a la vez más típico que te puedes tomar en un bar junto a un taller donde al parecer se va a solucionar definitivamente el problema de la moto. El único inconveniente es que manda narices que la infusión que te sirvan sea marca “lipton” de bolsita en pleno corazón de Marruecos. ¡Maldita globalización! Como dato incomprensible a ese momento, tan solo añadir que no pasó desapercibida para mí la limpieza de la que hacía gala el taller. En este país a veces parece que estés viviendo en el mundo al revés: el bar sucio, el taller mecánico limpio ¿?

Estrenando bujías nos pusimos de nuevo en marcha. En ese momento aprendí una lección: si tienes que comprarte un traje de agua para la moto, cómprate un traje de agua para la moto y no un pantalón y un blusón de plástico que al primer intento de meter un pie se le raja toda la entrepierna. Eso exactamente fue lo que pasó y ahí que fui ese día, y los sucesivos en los que hube de resguardarme de la lluvia, con una especie de falda-pantalón de plástico.

En el próximo tramo los paisajes fueron espectaculares. Se combinaban infinitas rectas desérticas con algún que otro cruce de montañas. Como ya he comentado en alguna otra ocasión, el tiempo parecía que corría más que nosotros y se empeñaba en que las horas de luz se nos escaparan entre los dedos. Esa circunstancia hizo que no pudiéramos adentrarnos en alguno de los pueblos con casas hechas de arcilla que íbamos dejando a ambos lados de la carretera. Era fantástico, al menos, contemplar, en mitad de un paisaje desértico, un poblado de esas características rodeado de una intensamente frondosa vegetación y cruzado por un caudaloso río que aún sigo pensando de donde venía y hacia donde se dirigía. Estábamos contemplando sencillamente un oasis y, no, no era un espejismo. Al pasar por Errachidia paramos a echar “cardo” y, tras deliberar acerca de seguir un poco más adelante o comer por allí, decidimos continuar hasta Erfoud, a las puertas del Sahara.

Arena fina, muy fina, al borde de las calles demostraba que nos encontrábamos a un paso del gran desierto. Como no podía ser de otra manera, al entrar nuestras motos por la calle principal del pueblo, nos abordó un tipo al que aprovechamos para preguntarle por un lugar donde saciar nuestro apetito, que a esas horas ya comenzaba a ser importante, donde se comiera bien, barato y, por supuesto, limpio. En una terraza junto a una plaza comimos extraordinariamente bien: unos harira, otros ensaladas, cous-cous, tagine, etc. Durante la comida disfrutamos de la vigilancia intensiva desde otra mesa del individuo que nos había llevado hasta allí además de querer engatusarnos con una excursión al desierto. Lo cierto es que la oportunidad era tan tentadora e inesperada que realmente sopesamos la posibilidad de aceptarla, pero al final lamentablemente decidimos, debido una vez más al tiempo que nos quedaba para regresar a la península, declinar tan atractiva oferta. Este sí que fue el auténtico peaje que tuvimos que pagar por el incidente mecánico del día anterior. Evidentemente, nuestro improvisado guía se pilló un mosqueo de los buenos porque él pensaba que tras la comida nos iríamos con él de excursión y por eso había estado haciendo guardia durante todo el almuerzo. De todas maneras se llevó su propina, más por el pataleo que por lo trabajado.

Fósiles auténticos a poco menos de un euro. Colgantes con estas piezas prehistóricas es lo que unos niños ofrecían y algunos de nosotros les compraron. No se si será por mi condición cada vez más incrédula y dudosa de este mundo o, mejor dicho, de esta sociedad, pero lo cierto es que no me convencían esas piezas como genuinos fósiles. Mis compañeros, todos, aceptaron su autenticidad sin más discusión que la tenida conmigo al sostener yo que esos vestigios no eran tales fósiles o, al menos, podrían no serlo. Una conversación interesante más surgida de algo trivial.

Desde luego entre una cosa y otra ese día fuimos la atracción del lugar y los causantes de la ruptura de su monotonía. Poco a poco se fueron acercando varias gentes a merodear con gran curiosidad alrededor de las motos. Con ellos experimentamos el auténtico trueque —un pañuelo de cuello por una pulsera que aún conservo, por ejemplo—, se hicieron fotos junto, e incluso subidos, a las motos y alguno tuvo el privilegio frente a sus acompañantes de dar un breve paseo, calle abajo, junto a Curro. Y no se vayan a creer ustedes que todo eran niños. Cierto es que los había pero no únicamente. Casi echamos en falta una sirena para anunciar que la atracción había concluido para poder ponernos en marcha otra vez.



Una vez descartada la posibilidad de hacer noche en el desierto nos quedaba aún un trecho para hacer de esa jornada una etapa productiva. Y la tarde comenzaba a caer. La seducción de un paisaje impresionante por bonito y por distinto nos llevó a parar una vez más nuestras monturas en el arcén arenoso de la carretera para inmortalizarnos en tan bello paraje. El sol caía por momentos y era exactamente la hora de salida de los colegios, con lo cual, cuando nos quisimos dar cuenta estábamos rodeados de decenas de niños de diferentes edades curioseando alrededor nuestra.

Pista 4. Fez – Algun lugar antes de Midelt (y II)


El pueblo era pequeñito y estaba cortado longitudinalmente por la carretera. Me recordó bastante, en esos instantes, a cualquier población de paso de la península con sus casas desiguales a ambos lados de la calle con sus comercios en las plantas bajas. Entre ellos nos tropezamos con un bar sorprendentemente limpio donde el camarero, tras ponernos el caramelo en la boca en forma de tagine de pollo, nos lo sacó de un tirón al informarnos, tras consultarlo en la cocina, que finalmente no es posible. Lo que podría parecer un desaire no estuvo más lejos de la realidad. Probablemente en su afán por satisfacer a la clientela, forasteros españoles para más señas, no tuvo en cuenta el número elevado que éramos y que el pollo ya se lo habría comido alguien antes en tagine o sin tagine. Lo bueno es que para solventar el error, él mismo nos acompañó un poco más arriba de la calle hasta la terraza de otro establecimiento. Sintiéndonos la atracción de todo el pueblo nos acomodamos en dos o tres mesas con la vista fija, a causa de que ya iba siendo hora de echarse algo a la boca, en un trozo de ternera que colgaba al aire libre y de donde presumíamos que iban a salir unos pinchitos extraordinarios. Puede que parezca raro, pero si la carne estaba de chuparse los dedos, el recuerdo culinario intenso que me llevé de aquel lugar fue el de las exquisitas patatas fritas que acompañaban a los pinchos.



Tras alguna que otra partidita de ajedrez y la sencilla, aunque suculenta, comida nos esperaba diabólicamente sonriente la auténtica realidad consistente en que no sabíamos a ciencia cierta que iba a ser de nosotros, y de nuestro viaje, a partir de ese momento. Reunidos todos otra vez en el improvisado taller de motos a la esperanza de una idea para la reparación de la máquina, le seguía la decepción de no verla funcionar. Se sucedieron múltiples llamadas de Dani a su hermano para intentar diagnosticar el mal que aquejaba a la moto para luego poder poner en práctica el arreglo correspondiente. Que si no se qué cliché; que si va en tres cilindros, en dos o en sus muertos; que si a ver si van a ser las bujías, una solución muy sencilla y al tiempo casi imposible al toparnos con el pequeño inconveniente de que debido a su avanzada edad, la motocicleta no gastaba de las normales; y no se qué más. Intento de que un taxi nos traiga desde Fez esas bujías, intento de que un conductor de furgoneta autóctono se lleve la moto a Casablanca donde podría ser atendida en mejores condiciones. Esta última opción fue la que más cerca estuvo de ser ejecutada, pero se fue al traste debido a los elevados honorarios que exigía el chofer. Y ya lo dice el personaje de Quevedo, compañero de fatigas del capitán Alatriste: “que Dios dijo hermanos, pero no primos”, refiriéndose a lo vivos que pueden resultar algunas gentes al quererse aprovechar de la adversidad ajena.

En mitad de todo esto, y al borde de la desesperación, apareció un chaval al que nos presentaron como “experto en motos”. El zagal comenzó a trastear el aparato ante la atenta, rigurosa e inquieta mirada de Dani, más preocupado en esos momentos de las manos en las que estaba dejando su cacharro que en la solución del problema. Para comprobar que sus tejemanejes iban teniendo éxito, el muchacho se puso a dar motazos calle arriba y calle abajo a toda hostia y forzando el motor en cada acelerón haciéndolo rugir con un ruido infernal. Esto fue calentando a su legítimo dueño poquito a poco, pero el colmo ocurrió cuando en una de sus pasadas llevaba a un coleguita de paquete como si este le hubiera suplicado:

—“Oye, ¿me das una vuelta?”

Esto es lo que hizo que Dani explotara, que, cuando el supuesto mecánico paró junto a nosotros, le quitara la moto de malas maneras lanzándole todo tipo de improperios que voy a obviar por no estar acordes con un texto tan exquisito como este. Pero, eh, un momento, la motocicleta parecía que había mejorado de su dolencia y podíamos retomar el camino. O tuvo mucha potra el muchacho o de verdad sabía lo que hacía. El caso es que tras el correspondiente regateo para la propina por los servicios prestados, a la cual medio pueblo se quiso apuntar, reemprendimos la marcha hacia Midelt.




Sabíamos que no llegaríamos ese mismo día a la ciudad ya que anochecía a pasos agigantados debido en gran parte a unas inmensas nubes negras acompañadas de sus correspondientes relámpagos que nos iban pisando los talones. Después del día que acabábamos de vivir se me vino a la memoria un fragmento de la película “El jovencito Frankenstein” en el cual el jorobado Igor (léase “Aigor”, por favor) tras reiteradas quejas, que no vienen al caso, de su amo el doctor Víctor Fronkonstin, comenta lo siguiente:

— No se queje, podría ser peor.

— ¿Sí? ¿Cómo?, contestaba el doctor.

— Podría llover.

Y comenzaba a llover, claro.

Pues bien, poco más o menos eso sucedió. Se nos puso a llover e incluso podría haber sido mucho peor a tenor del tenebroso cielo que nos acechaba. Una vez más en ruta, de noche, con importante riesgo de tormenta y conduciendo por una carretera que no tendría más de metro y medio de ancho. Como las luces de la moto de Javi eran las mejores de lugar, a menudo iba él en paralelo con Curro abriendo camino. Tan malo era ese tramo de camino que incluso alguna vez tuvimos que parar, un pelín desesperados, al creer que se acababa y teníamos que desandar lo andado.

Faltaban unos treinta kilómetros para llegar a Midelt cuando paramos a llenar de “cardo” las motos. Nos fijamos que tras la gasolinera había una especie de hotel de carretera donde decidimos pasar la noche tras la minuciosa inspección higiénica de los aposentos. La verdad es que para ser ese tipo de establecimiento y teniendo en cuenta el lugar donde nos encontrábamos —fuera del circuito de ciudades turísticas importantes— estaba bastante aceptable. Más aún sabiendo que nos iba a costar aproximadamente diez euros por cabeza. De cualquier forma, para dormir me coloqué a modo de camisón, al igual que Curro y Germán, la chilaba que compré en Fez. No imaginé entonces lo pronto que la iba a estrenar.

Pista 4. Fez – Algún lugar antes de Midelt (I)

Pista 4

“Vamos tragando y tragando kilómetros…/…

Colgados en la carretera,

pero hay que moverse de aquí.

Colgados en la carretera,

hay que llegar hasta el fin.”

(Colgados en la carretera – Carlos Segarra)

Fez – Algún lugar antes de Midelt. 16 de octubre de 2.007

L

lega el momento de nuestras esperadas vacaciones. Tras elegir junto a tu familia el destino al que dirigiros, os decidís por un hotel en la costa mediterránea. Es un hotel de cuatro estrellas, junto al mar, en una ciudad en la que año tras año los turistas se sienten como en casa. Hacéis las reservas por Internet y a través de la página Web del hotel en cuestión le echáis un vistazo a todas las instalaciones del recinto: bar-restaurante, piscinas varias, habitaciones, sauna, spa, etc. Al llegar a vuestro destino aparcáis el coche en la correspondiente zona para carga y descarga de viajeros y os dirigís hacia la recepción donde os espera sonriente el correspondiente empleado. Tras explicarle que debe de existir en sus apuntes una reserva a vuestro nombre, el recepcionista confirma que efectivamente en la segunda planta del edificio nos espera nuestro temporal alojamiento. Seguidamente le indicas si fuera tan amable de enseñaros la habitación para comprobar si definitivamente es digna de vosotros. El recepcionista accede de muy buena gana. Al entrar en el dormitorio lo inspeccionáis escrupulosamente como buscando la huella de algún reciente crimen. Observáis el baño, abrís la tapa del inodoro para testar su nivel de limpieza, un grifo, otro, te sientas en la cama, la abres con la intención de detectar algún resto de suciedad e incluso oléis sus sábanas y sus almohadas. Todo esto sucede ante la atenta y aprobadora mirada del recepcionista. Pues bien, esta situación que entiendo que resultaría totalmente fuera de lugar en “nuestro” mundo donde el hecho de que un hotel se de a conocer como tal ya implica una garantía de limpieza y confort en mayor o menor medida, es absolutamente habitual, y muy recomendable, que se produzca en nuestro meridional y vecino país. Lo más impresionante no es que tú hagas lo que nuestro protagonista del ejemplo, sino que los botones, recepcionistas o encargados de esos establecimientos se tomen como algo normal y lógico todo ese ritual. Conviene recordar que todo esto sucede a escasos quince kilómetros de cualquier hotel similar al de la explicación.

Suena el despertador de Curro en toda la habitación. Él se levanta con su habitual energía mañanera renovada dispuesto a comerse el día de un solo bocado. Tras abrir de un plumazo las cortinas del dormitorio sus dos compañeros de cuarto nos desperezamos y al echar mano del reloj comprobamos con estupor que aún faltan dos estupendas horas hasta alcanzar el momento acordado para comenzar la jornada. Sí, sí, ciento veinte minutos ni más ni menos adelantó el amigo Curro, debido a un fatal error de cálculo, nuestro despertar y el suyo propio. A partir de ahí, y hablo sólo por mí, fueron un par de horas de vueltas y más vueltas en el catre sin poder conciliar el sueño. Paradojas de la vida, el día anterior con retraso y al siguiente con adelanto.

Tras un similar desayuno en el bar del día anterior nos pusimos en marcha con la intención de llegar a Midelt donde haríamos noche antes de continuar al día siguiente hasta Erfoud, en las puertas del Sahara.

Pasamos sin parar por Ifrane, un pueblo bastante curioso e inesperado debido a su similitud con cualquier población de cualquier sierra nevada, con frondosos jardines y edificaciones acordes con la semejanza.





De repente, la caravana de motos, aumentada ya en una más con la incorporación de Jaime y un convaleciente Rubén, nos encontramos contemplando unos inmensos parajes de llanura de matorral bajo cortados longitudinalmente por una lineal y kilométrica pista, En mitad de la nada paramos para retratarnos en tan grandioso paisaje al tiempo que aprovechamos para echar un vistazo al mapa de carreteras. Íbamos por buen camino, al menos cartográficamente hablando porque en esos momentos de descanso, relax, contemplación e intercambio de impresiones, a Germán le pareció buena idea compartir con el legítimo dueño de su cabalgadura sus impresiones acerca de la antigua motocicleta:

— Dani, ¡la moto va muy bien!

Craso error mentar al demonio ya que normalmente termina por aparecer. No habíamos recorrido ni cinco kilómetros más cuando la moto “que iba muy bien” comenzó a hacer cosas raras y nos obligó a parar para comenzar una serie de investigaciones y elucubraciones con el fin de solventar el problema. Problema que nos acompañaría todo ese día y parte del otro.

Tras varias interrupciones cada pocos kilómetros la moto decidió que ya no más y se estancó definitivamente. En circunstancias como esa es donde se notan más las diferencias entre nuestro país y aquel. Aquí hubiera bastado una llamada de móvil para que un amable conductor de grúa se presentara al rescate y nos condujera hasta un taller con garantías y con todo el instrumental necesario para reparar esa moto y todas las que se le pusieran por delante. Allí no. Allí hay que echar mano del ingenio, la imaginación y la decisión innatamente humanas y comenzar a arreglárselas solo. Para ello, Dani y Rubén partieron en busca de ayuda a un pueblo que presumíamos cercano mientras los demás nos quedamos de guardia a la espera de acontecimientos. Nos encointtrábamos en medio de la nada, con un pinar a un lado de la carretera, una loma al otro y a lo lejos una pequeñísima aldea de casas de adobe. Realmente aún no se ded donde salieron pero de repente surgieron caminando desde la colina un par de niños —un niño pequeño y una niña más mayor con su pañuelo en el pelo— movidos por la curiosidad, a los que regalamos unos chicles y lápices de colores que Rubén y Jaime llevaban especialmente para ocasiones como esa. Seguro que para ellos este fue el acontecimiento de la semana, si no del mes. Me refiero a los niños, claro.

Como Mahoma no podía ir a la montaña por problemas en su vehículo, todos nos alegramos al ver que la montaña se acercaba a Mahoma en forma de furgoneta conducida por un mecánico marroquí que seguía la estela abierta por Dani y por Rubén. Una vez la moto hubo sido introducida en la parte de atrás cual accidentado en una ambulancia, nos pusimos en marcha hacia la solución final, esperanzados en que en unos minutos todo quedaría solventado y pudiéramos seguir nuestro camino.

Al llegar al lugar donde la furgoneta salvadora se detuvo las dudas comenzaron a asaltarnos. Vamos a ver, no es que esperáramos encontrar un servicio oficial Honda de última generación en un pueblecito del centro de Marruecos, pero de ahí a la vieja gasolinera con lavado de coches donde aterrizamos pues, digo yo que, hay una sutil diferencia. Pero era lo que había y en tales circunstancias debíamos agarrarnos a un clavo ardiendo si así lográbamos continuar la marcha. Los supuestos mecánicos comenzaron primero a mirar la moto —no sabría decir si esa actitud nos aliviaba o nos aturdía aún más—, y después a desmontar y volver a montar algunas piezas obteniendo siempre el mismo resultado: nada.

“…siempre hay algún trozo averiado del día

que no puedes borrar

pero te gustaría.”

(La vida te lleva por caminos raros / Diego Vasallo)

Los más profanos en la materia —o sea, casi todos— nos fuimos a dar una vuelta por el pueblito buscando un lugar donde comer y así estar preparados para seguir en ruta una vez que la moto estuviera en plenas condiciones. Con esto también conseguimos dejar a Dani tranquilo sin tantas opiniones sin sentido alrededor suya que lo único que estaban consiguiendo era ponerlo cada vez más nervioso, sabedor de que era una máquina suya la que nos estaba dando el día.

Pista 3. Fez (y III)




Una pizzería cercana al hotel fue nuestro destino para calmar el hambre del mediodía. Alrededor de la mesa comentamos la intensa mañana vivida y hablamos de lo que nos quedaba de viaje. Decidimos eliminar de nuestra ruta un par de puntos importantes por la ya previsible falta de tiempo que comenzábamos a acumular —y aún no había llegado lo mejor—. Era tarde y ese mismo día ya no nos daría tiempo a visitar Meknes —un destino personalmente importante por lazos familiares— y las ruinas romanas de Volúbilis —estas sin lazos familiares de por medio, que yo sepa—. Igualmente pospusimos una visita a un Haman que Javi propuso con insistencia. La larga visita a la Medina pudo con nosotros.




Con el propósito de “bajar” las pizzas nos entregamos a nuestro primer momento marqués del viaje. Un “tesesito” en una terraza al tiempo que un limpiabotas itinerante hacía honor al nombre de su oficio. Así como en España esta es una especie casi extinguida, el limpiabotas en Marruecos es todavía un empleo muy común y, siendo sinceros, ni el botecito de “kanfort”, ni la esponjita “búfalo”, ni siquiera la “cera auto brillante Alex” dejan el calzado ni la mitad de bien que estos sufridos especialistas.

Sin darnos cuenta al final dedicamos esa tarde a la recuperación de profesiones en vías de extinción. Tanto Curro como yo hemos convertido casi en una tradición el regalarnos un afeitado artesanal en una auténtica barbería cada vez que nos “bajamos al moro”. Esta es una experiencia única, paradójicamente. Quince minutos de toqueteo facial, afeitado, uno a uno, de hasta el último de los pelitos que ni tan siquiera uno conocía de su existencia y el posterior masaje con alcohol haciendo que se eliminen todos y cada uno de los microorganismos que pudieran existir hasta la punta del dedo gordo del pie, no tiene precio. Y, sin embargo, lo tiene. Menos de dos euros por cabeza o, mejor dicho, por barba. Al encontrarnos en una ciudad totalmente desconocida —en Tánger, en cambio, ya nos movemos casi como Mohamed por su casa— tuvimos que echar mano de un petit taxi y expresarle al chofer nuestro deseo. Tras dar aparentemente demasiadas vueltas para llegar al lugar, nos condujo finalmente hasta la barbería, de la cual obviamente algo se llevaría a posteriori, por tan solo once dirhams. Un euro aproximadamente, vamos.

Al regresar al hotel, por cierto con la cara como el culo de un bebé, nos encontramos con la agradable sorpresa de que nuestros rezagados compañeros de viaje, Rubén y Jaime, habían conseguido alcanzarnos en esa misma jornada. Esa misma mañana habían salido de Málaga y, conduciendo sin apenas parar, se plantaron en Fez sobre sus 125 centímetros cúbicos equipada con su correspondiente maleta posterior y dos alforjas. Aunque, verdaderamente, esto es mucho decir. Más bien llegaron portando la maleta posterior y alforja y media. En su largo día de viaje sufrieron un pequeño percance consistente en el incendio de una de las bolsas laterales debido a su peligrosa proximidad al tubo de escape de la motocicleta. Al darse cuenta tuvieron que parar rápidamente, apagarlo con lo que pudieron y posteriormente reparar con cinta adhesiva lo que quedó de ella y así poder seguir aprovechándola. Lo que se dice un contratiempo sin importancia.

Antes de salir a tomar algo en la noche de Fez, con la esperanza puesta en que los últimos coletazos del Ramadam nos lo permitieran, nos acercamos a una tienda de ultramarinos cercana al hotel para proveernos de unas coca-colas, con las que mezclar el “ronsito” que llevábamos de equipaje, y unos “panchitos” que echarnos a la boca. En ese preciso momento caímos en la cuenta de la falta de un ingrediente fundamental en estos casos: el hielo. Estábamos, si no recuerdo mal ya que a pesar de tantas notas tomadas la memoria también está jugando una parte importante en esta historia, Dani y un servidor en la susodicha tienda donde además compramos un yogurcito para el pobre Dani que aún arrastraba molestias estomacales.

Lo que a continuación voy a narrar seguro que es un descubrimiento para el resto de compañeros. Como se suele decir “lo que no mata engorda” y “lo que no te mata te hace más fuerte”, así que creo que ahora es el momento de desvelar la verdad. El dependiente del establecimiento, supongo que al ver nuestras caras de decepción al comunicarnos que no disponía de bolsas de hielo ni nada parecido, nos dijo que si esperábamos un instante nos solucionaría el problema. Esto nos hizo que alucináramos una vez más con el deseo de esta gente de agradar al turista, y más aún cuando vimos llegar a nuestro salvador con una bolsa de plástico con asas que contenía unos cubitos procedentes del congelador de su propia casa. Tan solo por el detalle se hizo merecedor de nuestros más sinceros agradecimientos —y aquí dejo constancia de ello—, aunque yo, y creo que Dani tampoco, nos tomamos esa noche el cuba libre tan frío como nos hubiera gustado al prescindir de tan espontáneos cubitos de hielo. Más que nada por lo que pudiera pasar. He de decir que a nadie le sentó mal y que se lo tomaron bien fresquito. Además, no le íbamos a hacer ese desprecio a nuestro atento dependiente. Hubiera estado feo. Amigos, ¡de lo que se entera uno a estas alturas!

Por fin salimos a dar una vuelta y en una especie de discoteca nos tomamos unas cervezas bien frías. Lo malo era que el ambiente estaba demasiado flojo debido a que era el primer día que el Corán permitía salir de fiesta una vez acabado el mes de ayuno y, claro, no tenían hecho todavía el cuerpo. Así que nos fuimos pronto a la cama ignorantes todos de la sorpresita que el destino nos tenía preparada para la siguiente jornada.

Pista 3. Fez (II)




Una de nuestras paradas guiadas nos llevó hasta una fábrica de cerámica donde pudimos comprobar que el popular dicho de “esto es un trabajo de chinos” se puede hacer extensible también, sin ningún tipo de problemas, al pueblo musulmán. Allí que veías a un moro de cuclillas con un pedrusco delante suya, martillo y cincel en mano cortando piedrecitas de muy variadas formas (estrellitas, triángulos, etc.) para después ir formando mosaicos con los que fabricaban y decoraban, por ejemplo, una mesa. Sí, las típicas mesas de hierro con encimera de azulejitos de colores allí las hacen de manera completamente artesanal, piedra a piedra. Como comentaba antes, un trabajo de “moros”.

Tras callejear durante un rato siguiendo los pasos de nuestro guía y cruzarnos con miles de personas —porque decir millones sería exagerar un pelín—, llegamos al punto fuerte de la visita a la Medina. En este momento debo recalcar que el calificativo “fuerte” no lo he utilizado de manera gratuita en ningún sentido. Lo que en un principio parecía una tienda más de ropa de piel, derivó al ir adentrándose en sus entrañas en un escaparate de un espectáculo único. En la parte de atrás de la estrecha tienda se situaban unos balcones abiertos desde donde, por todos nuestros cinco sentidos y alguno más, nos invadieron una serie de sentimientos encontrados impresionantes. En realidad, algo prevenidos sí que íbamos ya que a la entrada de la citada tienda le compramos a una niñita en plena calle un manojo de hierbabuena para, según instrucciones del guía, respirar a través de él a modo de máscara de gas y así evitar el soporífero hedor que íbamos a descubrir en breves instantes.

Al llegar a la estancia donde estaban ubicados los susodichos balcones caímos en la trampa fatal de utilizar la hierbabuena a modo de filtro purificador para así intentar paliar el tremendo y nauseabundo olor que desprendían las pieles y los distintos productos en los que se sumergían unos tipos que Dios, perdón Alá, sabrá como pueden trabajar en esas condiciones y lo que es peor, como pueden volver a sus casas cada noche sin que los destierren de su comunidad por contaminación ambiental. Y digo la trampa porque, y esto lo digo a modo de aviso a navegantes, no hay que respirar por la nariz por mucha hierbabuena o hierbamala que tengas delante de los morros. Creo que el resultado de la mezcla es incluso peor. La mejor opción es no respirar, aunque, debido a que esta actitud sostenida en el tiempo podría llevarnos a problemas más serios que un simple mal olor, es preferible decantarse por la segunda alternativa —y esta sí que vale— que no es otra que respirar por la boca. El caso es que si alguien nos descubre antes ese pequeño detalle, la niñita de la puerta se quedaría sin vender su remedio “auyentamalosolores” y, claro, se desmoronaría la pirámide económica del país. Otra conclusión que derivé al salir de aquel sitio y que aún me persigue, fue que, de ahora en adelante, intentaría no quejarme en absoluto de mi trabajo y combatiría a todo aquel que osara hacerlo del suyo ya que, aunque probablemente los haya porque el mundo es mucho mundo, en estos momentos no se me ocurre un quehacer peor que el de esos hombres metidos en “mierda” físicamente hasta las rodillas y aromáticamente hasta la cabeza.





El lugar en cuestión era extremadamente estrecho. Al salir, en algunos pasillos teníamos que, como si un vagón de tren se tratara, “dejar salir antes de entrar”. O sea, en fila de a uno y pa’lante. Curro estuvo tentado de dejarse los cuartos en algún chaleco de piel modelo “solo ante el peligro” y le hizo una oferta económica al vendedor que, a diferencia de las de los Corleone, sí que pudo rechazar. Es más, le faltó descojonarse en nuestra jeta. Vamos, hombre ¿ellos sí pueden hacer ofertas desorbitadas por arriba y nosotros no podemos jugar a lo mismo por abajo? Faltaría más. Ah, la prenda se quedó allí mismito. Si cuando uno va de listillo…

Ya un poco con la lengua fuera y, más que caminando, arrastrando los pies por esa medina de Alá, paramos a visitar una Madrasa. No, no era ni tu madre ni la tuya, que siempre son las mejores y las más grandes. Se trataba de una escuelita dentro de la Medina donde se imparte clases a niños pequeños y que dependen de la mezquita de turno. También en este lugar vinieron a mí una serie de sentimientos encontrados. A la dulzura propia del momento infantil e inocente del que fuimos partícipes, se le unió una sensación bastante incómoda. Me sentí como el típico turista de visita en un zoológico observando como la profesora alentaba a los chavales a cantarnos y permitía que nos fotografiáramos junto a ellos como bichos raros. Todo esto por supuesto a cambio de una propinilla a la encantadora maestra que seguro que, aunque fuera pequeña, debía de compartir con nuestro acompañante.



La siguiente estación fue una cooperativa de fabricación y venta de alfombras. En un impresionante salón de unas cuantas decenas de metros de altura nos acomodaron en unos bancos no muy cómodos pero que en aquellos momentos sirvieron para descansar nuestras trilladas piernas. Nos invitaron a tomar el correspondiente té mientras un señor muy amable nos soltó una retahíla en plan de qué buenos somos haciendo alfombras, qué espléndidos son nuestros productos, qué baratos que son en comparación con el resto del país, qué guapos, qué altos y qué rubios somos. Para intentar salir airosos de la compra a la cual íbamos bien encarrilados y sin mucha esperanza de salvación, recurrimos al argumento más expuesto durante todo el viaje en situaciones similares y que realmente hacía que salieras de cada tienda con la elegancia supuesta en hombres sinceros y honestos de nuestra categoría:

— Verás… es que vamos en moto y… claro… no tenemos sitio para más bultos y bueno… sólo estamos mirando y… para la próxima vez vendremos con las mujeres y entonces seguro que…

Vamos, tristísimo. Pero justo en esos instantes sentí como el destino me alcanzaba y armándome de valor y sin más dilación, di un paso al frente y pronuncié las palabras prohibidas:

— ¿En qué otros colores y tamaños las tienes?

A partir de ahí todo ocurrió muy deprisa. Pasé a una habitación contigua repleta de alfombras de todo tipo y donde, si hubiera querido, me las habrían enseñado todas una a una sin perder su diligencia inicial. Tras unos momentos de indecisión elegí por fin dos de ellas cuyo destino sería la nueva casa en el pueblo, me llevaron al piso de arriba donde, no se muy bien todavía como, al entrar en un despacho donde tras una preciosa mesa de madera me esperaba el encargado de cobros, mis dos alfombras estaban siendo ya embaladas por otro currito autóctono. Previo al pago, ya pasamos por el obligado trámite del regateo donde yo les saqué las alfombras por la mitad del precio inicial y el vendedor las vendió seguro por el doble de su precio. Lo de siempre, vamos. Tampoco hubo problema alguno al ofrecerles yo pagárselas una parte en dirhams y otra en euros debido a mi momentánea falta de liquidez. Probablemente ese detalle hizo que me salieran un poco más caras las alfombritas, pero yo, y para alivio de mis compañeros que ya empezaban a pensar que me había llevado al “cuarto oscuro” del que ya me libré al cruzar la frontera, salí contentísimo con mi compra bajo el brazo traducida en un pequeñísimo bulto, en comparación con el tamaño de las alfombras, del que lo más profundo de mi ser desde ese momento y hasta que lo abrí en casa, dudé en varias ocasiones de que en realidad fueran las dos alfombras que yo había elegido en el piso de abajo.

A estas alturas ya hacía tiempo que la suela de nuestros zapatos no despegaba mucho del suelo en cada paso que dábamos por las intrincadas calles de la Medina. Al tiempo intentábamos seguir el ritmo de nuestro guía y empezábamos a mirar el reloj de reojo anhelando el final de la interesante aunque dura visita. Pero a pesar de nuestra insistencia en que nos llevara hasta la puerta donde nuestro taxi nos esperaba, nos guió —ya que por lo visto pillaba de camino— hasta una bazar de hierbas, potingues y brebajes donde al menos pudimos sentarnos mientras que un pintoresco pollo encargado de la botica nos daba una charlita acerca de las virtudes y propiedades milagrosas del hierbajo de turno al que echaba mano. Desafortunadamente para Salinas —y afortunadamente para él— le había empezado a dar una especie de alergia que hacía que tuviera los ojos llorosos y la nariz como un pimiento. Y ahí que el joven la tomó con él queriéndole curar todos sus males a base de oler un tarrito y otro más ante la constante negativa del enfermo que, a cada minuto que pasaba, se le veía con peor aspecto, sospechamos que con el agravante de las sucesivas e impuestas catas olorosas. Él no lo pasó muy bien, pero nosotros…

Tras el fallido intento de curar a Javi a base de hierbajos, nuestro incansable guía al fin nos condujo, y en dos segundos, hasta una de las puertas de la inmensa Medina donde ya nos esperaba el conductor que nos llevaría de vuelta al hotel. Para no peder las buenas costumbres en un país de costumbres, Dani se encargó de la despedida del guía y de quedarse con su teléfono para una próxima ocasión.

Diario SUR

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