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El último trago

2013 noviembre 15
por Sora Sans

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Si Dante tuviese que ubicar el vino en una de sus tres esferas divinas, no sería el infierno ni el purgatorio el lugar elegido, pues en palabras del artista: “el vino siembra poesía en los corazones” y la poesía, sin duda, eleva el espíritu y nos permite rozar con los dedos lo más parecido a un paraíso terrenal.

Cuando uno pasea por el centro de Málaga al atardecer, encuentra poesía a la vuelta de cada esquina y así, la Manquita se convierte en un monstruo de la memoria, calle Granada deja pasar amores y desamores, Beatas reza porque terminen de operar sus entrañas y la Merced muestra su distendido murmullo con el señor Cervantes. Al volver del trabajo por estas calles es inevitable querer descorchar la noche con un buen libro y saborear el día como si de la mejor garnacha se tratase. Byron, Eliot o Yeats siempre fueron grandes tertulianos de la soledad apostada sobre el regazo; pero la poesía que emerge en Málaga y los vinos que nacen en esta tierra poco tienen que envidiar a otras grandes cosechas.

Contemplar el puerto y ver que “Hoy el mar tenía exactamente el mismo color que tus ojos, sean del color que sean”, que diría Isabel Bono. Y volver a casa pensando que “Es mío todo lo que ha quedado, el resto de los restos”, como diría Virginia Aguilar. Preguntarme si debería tomar otra copa y recordar que “la pregunta da consejo a una respuesta”, en palabras de Bárbara Zagora. Asomarme a la ventana y comprobar que David Leo tiene razón al afirmar que “Hay más cuerpos que nubes”. Volver a la copa y leer en voz alta a Isabel Pérez Montalbán: “Tanto rodaje en el aliento, tanto tráfico por la espalda, y cuánto alquitrán más caliente que el infierno de los cobardes”. Al final, como diría Chantal Maillard, “Mi existencia es señal de un fuego que arde eternamente en sí mismo”. Pensar que quizás un día, mis hijos lean estos poemas como si de obras clásicas se trataran y desmentirme citando a Alejandro Robles porque “para que mi hijo fuera como yo, tendría que abandonarlo”. Quizás sea Alcántara quien acierta y “Mis cuentas no están cabales: me falta una golondrina y me sobran tres cristales”.

En el poso de la copa, se quedan otros muchos poetas, pero es que la cata es así, una sed para siempre con hambre de poco.

 

 

 

 

 

Imagen: Angelo Dédalo

 

cartel de la cata de poesía por angelo dédalo y sora sans