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Un día de estos

2013 febrero 8
por Sora Sans

Llevo diecisiete años recorriendo el paseo marítimo a un trote moderado, cada martes, jueves y sábado. Podría decirse que soy un corredor estándar, nada en mí es destacable durante esa hora de camino. Claro que nada en mí es destacable durante las 23 horas restantes. Soy el consumidor que engorda las estadísticas, el votante que vota cuando a la conciencia global le cae una papeleta, el hombre que sueña con lo que todos los hombres han soñado alguna vez.

Mi rutina es sencilla, salgo de casa a las 18 horas, a las 18:24 llego a la mitad del camino, a la cima de la cuesta. Entonces doy media vuelta y regreso entre las 19:03 y las 19:07, según el capricho de los semáforos. Despliego la camiseta semitransparente sobre la lavadora, me libero de las zapatillas sin desatar los cordones, enrollo el pantalón hasta los tobillos y me peleo con él hasta domarlo. Me miro al espejo, calculo que el tamaño de mis ojeras ha crecido en índices muy por debajo de los milimétricos y suelto el poco agua que queda en mi cuerpo de la forma más común entre los humanos. Mi ducha no tiene nada de especial. Me gusta enjabonarme, eso sí.

Y al día siguiente todo ocurre exactamente igual. Salgo de casa, realizo una tabla de estiramientos que yo mismo he inventado y comienzo a trotar, despacio, casi se podría decir que con aplomo. Repaso mentalmente las idas y venidas del trabajo, los puntos clave de la incansable conversación de Mariana, las nefastas novedades de un país cuya trayectoria no difiere mucho de la mía. Pero entonces me permito el lujo de olvidarlo todo y pensar en el partido, en el equipo, en la próxima jornada, en el último gol, en que llegaremos, al final llegaremos a quedar segundos de nuevo, en fin.

Mi corazón bombea con normalidad, mis labios simulan una sonrisa media, casi indistinguible a unos metros de distancia. No llamo la atención, nadie se percata de mi existencia. Eso sí, al llegar al final de la cuesta, antes de dar media vuelta, me detengo, desentierro el cajetín escondido entre los árboles, saco los 10 euros de la cartera, los coloco con cuidado junto al resto y pienso que cualquier día no vuelvo.