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Viaje sin souvenir

2014 enero 10

No suelo hablar con desconocidos pero en el autobús siempre hay alguien que te sorprende, ya sea un grupo de verdiales que se arranca en plena parada de la Alameda o un viejo sin nombre que comienza una conversación preguntado qué hora es. ¿Cuánto tiempo hace que no escuchaba esa pregunta? Hay cosas que cambian y otras que no tanto. A mitad de trayecto ya íbamos comentando la Navidad, el Año Nuevo y ahora tocaban los Reyes. Me preguntó qué recordaba de los regalos de cuando era niña. Intenté hacer un listado mental y comencé a enumerar con efusividad, como quien recita la tabla periódica de elementos.

Hidrógeno, una bicicleta, Litio, un telescopio, Sodio, un helicóptero, Potasio, algún pijama, Rubidio, libros, siempre libros, Cesio… De repente quedé atascada porque no recordaba muchos más juguetes pero sí cómo los había recibido. Cada año el salón amanecía desierto y una carta al pie del árbol nos daba los buenos días. En ella se anunciaba que la casa estaba llena de regalos pero únicamente los niños más listos podrían conseguirlos. Entonces empezaba un juego divertido de pistas y acertijos, escaleras arriba y abajo, pirámides humanas para alcanzar una llave escondida, matemáticas de andar por casa y deducciones propias de Sherlock Holmes. Aquello era un auténtico sueño de Indiana Jones.

Justo antes de la última parada del autobús, el viejo me contó que había regalado a sus nietos una televisión, pero habían pasado la mañana entera jugando a los submarinos con la enorme caja. Uno de ellos fabricó un periscopio con el papel de regalo, otro convirtió el manual de instrucciones en un cuaderno de bitácora y un tercero simuló una inundación con el papel de burbujas. Si lo llego a saber, me dijo, me ahorro el aparato, pero claro, uno no puede sentarse en el banco del Paseo del Parque y contarle a sus amigos que le ha regalado una caja vacía a los niños. ¿Y por qué no?, le pregunté. Mientras se bajaba, me respondía: porque uno no va a Nueva York y vuelve sin una foto en el puente de Brooklyn, querida, sin souvenir, no hay viaje.