Una tarde cualquiera

Después de estar dos días, más por los suelos que por los cielos, el sábado pasado salí a la calle. El día estaba radiante, incluso para sentarnos en una terraza, al aire libre, y disfrutar de una cerveza negra, para más señas, en la calle Fuencarral.

La cerveza nos supo casi a primavera, estábamos cansados, compras por la mañana, comida a las 14.00 y sesión de cine a las 16.00. Mientras bebíamos ―mi hermana, mi hijo Jaume, su novia y yo―, para nosotros y en exclusiva para nuestros ávidos ojos, disfrutamos de un desfile espectacular: qué panorama, que vistas, qué colores, qué clavos, qué brillos, qué pelos, qué maneras, qué modernidad, perdón, post modernidad, (pero qué antigua soy).

Pelos de color fucsia, piernas llenas de clavos plateados, clavados en las botas de su dueña desde la rodilla hasta el tobillo, faldas imposibles, vestidos más imposible, feos, guapos, modernos, freakis, allí estaban todos los tintes y todas las especies definidas y por definir.

No me es desconocida la noche madrileña, pero el sábado, quizá porque el día fue un avance de primavera, quizá porque mi ánimo estaba exaltado ―probablemente gracias a la tregua del viento helado del jueves―, o porque dos días en la cama me habían avivado las ganas de calle, no lo sé muy bien, la cosa es que el aire y el paisaje me parecieron nuevos, a estrenar.

Mientras miraba atónita el desfile de la modernidad paseando delante de mis ojos, gratis y a plena luz del día, pensaba en dios. En uno de mis dioses favoritos.

Pensaba en la película El Gran Torino, con un Clint Eastwood director-actor, irascible-amargado, viejo-enfermo, racista-solitario, un papel facilito como deduciréis sin dificultad, derrochando fuerza y carácter, sacando lo mejor de lo peor, una película intimista, rodada con poco presupuesto y muy pocos escenarios, para todos nosotros y en pantalla gigante, dispuesta a remover los cimientos de nuestra globalidad cotidiana.

Dicen que es el último trabajo de Eastwood, que aunque seguirá dirigiendo, no volverá a actuar, dicen que hace reflexionar a América, yo creo que nos hace reflexionar a todos.

Y yo pensando en Clint, viendo su alma en los cuerpos jóvenes que desfilaban delante de nosotros, y entonces me dio por clamar al universo, y rogarle que no nos prive de espíritus como el suyo, que se convierta en dios, en icono sagrado, que sustituya a cualquiera de los dioses muertos y sordos que desaparecieron de nuestro lado hace una eternidad. Por los siglos de los siglos. Quédate Clint, Clint Easwood.

Ya lo pone arriba, despropósitos. Pero la película os la recomiendo.

 

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Diario SUR

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