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Los Pumas le rugen al mundo
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Héctor Barbotta | 23-10-2015 | 10:15

Si los ingleses que a finales del siglo XIX se instalaron en el poniente andaluz para explotar las minas del río Tinto hubiesen fundado un club de rugby en lugar del Recreativo de Huelva, es posible que en el mundo de la pelota ovalada hoy se estuviese hablando del león, el animal que la selección española lleva sobre su camiseta.

Pero el rugby tuvo que esperar varias décadas para entrar en España y no por influencia de sus creadores, sino de la vecina Francia, para instalarse apenas como deporte universitario. Demasiada ventaja de años y de concepto que explica en parte por qué un país que en la última década ha destacado de forma abrumadora en casi todos los deportes no encuentra la manera de poder competir internacionalmente en rugby.
El mundo del deporte oval, sin embargo, habla en estos días en español, pero no por el León, sino por el Yaguareté, el símbolo de la Unión Argentina de Rugby, que en la primera gira internacional de su selección, de la que este año se conmemora medio siglo, los periodistas sudafricanos confundieron con un puma para bautizarla para siempre.

Después de varias décadas de lucha desigual pero obstinada para entrar en la élite, los Pumas han conseguido en este Mundial meterse en semifinales por segunda vez en su historia después de haberlo hecho en 2007, cuando obtuvieron el bronce. En aquella ocasión la prensa especializada consideró una hazaña que un equipo que tenía a sus estrellas repartidas por las ligas europeas y completaba la plantilla con jugadores ‘amateurs’ eliminara a potencias consolidadas como Francia, Escocia e Irlanda.


Ocho años más tarde, con Argentina otra vez entre los cuatro mejores, nadie habla de proeza, sino del resultado lógico de un trabajo realizado con paciencia tras la oportunidad que supuso el tercer puesto de 2007. Desde el año siguiente a aquella hazaña, Argentina está inmersa en un proceso de profesionalización de su rugby, que sigue teniendo una base de más de medio millar de clubes rigurosamente ‘amateurs’, muchos de ellos fundados por los ingleses que a finales del XIX se instalaron en Argentina para construir los ferrocarriles y que además de las vías férreas dejaron también un legado deportivo que no se limitó al fútbol.

Argentina llevaba varios años compitiendo a un nivel aceptable, pero no fue hasta el tercer puesto de 2007 cuando los dirigentes de la World Rugby –la entidad que rige este deporte a nivel mundial y que se ha propuesto convertirlo en un fenómeno global– decidieron apostar por el país sudamericano. Facilitaron recursos que permitieron abrir centros de alto rendimiento en todo el país (24 de los 31 ‘pumas’ de este Mundial han pasado por esos centros), les abrieron la puerta para competir en el campeonato de selecciones más exigente del mundo –el Rugby Championship, el torneo anual que reúne también a Nueva Zelanda, Australia, Sudáfrica– y dieron lugar a la creación de una franquicia argentina en el Super Rugby, la NBA de este deporte con equipos de esos tres países a los que en 2016 se sumarán argentinos y japoneses.
Todo ello dio sus frutos. Argentina cambió su estilo aguerrido y con el acento en la defensa que le permitía competir en inferioridad de condiciones por el dinámico y ofensivo que caracteriza a las potencias del Sur. Por eso nadie se dio por sorprendido cuando el pasado domingo los Pumas doblegaron en cuartos de final por 43-20 a la selección de Irlanda, doble campeón del Seis Naciones y mejor equipo europeo en los últimos años, en un partido brillante que supuso una exhibición de sus progresos.

La victoria argentina completó un póquer de ases del Sur. Los cuartos de final del pasado fin de semana enfrentaron a cuatro países del Sur con otros tantos del Norte. En todos salieron victoriosas las selecciones del Sur. Nunca desde que se creó esta competición en 1987, ocho años antes de que el profesionalismo se adoptara oficialmente, la hegemonía de los países septentrionales había sido tan clara.
Nueva Zelanda, Sudáfrica y Australia, con dos copas cada una, se llevaron seis de los siete Mundiales jugados hasta ahora (la restante la ganó Inglaterra en 2003), aunque los europeos siempre habían dado batalla hasta el final. Pero en esta Copa del Mundo las potencias del Sur, incluida una Argentina que reclama su lugar en la élite, han demostrado que en su adaptación a los continuos cambios que cada año se van introduciendo para hacer del rugby un juego más dinámico y atractivo van por delante de los europeos, que muestran un alarmante estancamiento. Especialmente sus dos emblemas: Inglaterra, eliminada en fase de grupos, y Francia, barrida por los All Blacks por un humillante 62-13.

Sobre el autor Héctor Barbotta
Licenciado en Periodismo por la UMA Máster en Comunicación Política y Empresarial Delegado de SUR en Marbella