Diario Sur
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Autor: HectorBarbotta
El árbitro de rugby que explica que esto no es fútbol
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Héctor Barbotta | 31-10-2015 | 12:58| 0

Una norma básica del rugby es el respeto a los árbitros, pero hay un uno que despierta mucho más que respeto. El galés Nigel Owens no sólo está considerado el mejor del mundo, sino también una figura célebre a la altura de muchas de las estrellas del rugby. Tal y como se esperaba, ha sido designado para dirigir la final de esta tarde.
Lo más sobresaliente de Owens es que no se ha ganado esa fama con decisiones controvertidas, sino por la forma en que impone su autoridad. En el rugby internacional, los árbitros llevan un micrófono, por lo que los diálogos con los jugadores pueden escucharse. Youtube está lleno de vídeos colgados por los aficionados con los momentos estelares del árbitro galés, que una ocasión interrumpió el partido, reunió a los 30 jugadores y les dio una charla sobre lo conveniente que sería que dejaran de pegarse y se pusieran a jugar al rugby.


No es extraño que ante la más mínima protesta se dirija al jugador díscolo y le diga: «No sé si nos han presentado, pero yo soy el árbitro de este partido, no usted. Haga su trabajo, que yo haré el mío». En una ocasión, después de que un jugador hiciera un lanzamiento parcial en una hilera del saque de banda, donde la pelota debe ir al centro, hizo un juego de palabras: «Yo soy más ‘straight’ que eso». ‘Straight’ en inglés significa recto, pero también heterosexual. Y hace ya tiempo que Owens reveló su condición de gay.
Pero lo que más celebran los aficionados al rugby es la diferencia que el galés marca permanentemente con el fútbol. Suele cortar cualquier atisbo de protesta con un seco «esto no es fútbol». Incluso en alguna ocasión le indicó a un jugador que se quejaba en el suelo tras un contacto que no había sido para tanto: «El estadio de fútbol está 500 metros en aquella dirección».

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El combate del mar de Tasmania se muda a Londres
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Héctor Barbotta | 31-10-2015 | 12:51| 0

Cuando esta tarde a las cinco las selecciones de rugby de Nueva Zelanda y Australia salten al campo del estadio londinense de Twickenham, con los jugadores formados detrás de las banderas de sus países para disputar la final de la Copa del Mundo de rugby habrá llamativas diferencias y semejanzas entre ambos equipos. Unos irán de negro, el negro más negro jamás conseguido en una tela, según la marca que los viste. Los otros, de un amarillo alegre, vistoso y chillón. No es posible imaginar dos indumentarias más diferentes, pero tampoco dos banderas más parecidas. Ambas son azules, las dos llevan la ‘Union Jack’ en el extremo superior izquierdo, las dos dibujan la constelación de la Cruz del Sur en el ángulo opuesto. La única diferencia es que las cuatro estrellas en la bandera neozelandesa son rojas, y las seis de la australiana, blancas.
Esta coincidencia va más allá de lo simbólico y refleja la realidad de dos países con grandes similitudes en cuanto a historia, cultura e inserción en la geopolítica internacional. La diferencia en los uniformes, por el contrario, simboliza aquello en lo que australianos y neozelandeses son irreconciliables: el rugby. La rivalidad centenaria que mantienen desde 1903, cuando se enfrentaron por primera vez, es una de las más enconadas del deporte mundial.
A lo largo de la historia, las selecciones de rugby de los países separados por el mar de Tasmania se han enfrentado en 154 ocasiones, y aunque la estadística favorece holgadamente a los ‘All Blacks’ (105 victorias, 42 derrotas y 7 empates), los australianos pueden presumir de ser quienes más veces han conseguido vencer a sus vecinos, algo que nunca consiguieron ni una sola vez varias de las selecciones que hoy componen la élite del rugby mundial, como Irlanda, Escocia o Argentina.
Aunque ambas selecciones tienen lazos en común que van más allá de lo deportivo –las dos fueron diezmadas por las guerras mundiales–, su manera de afrontar el rugby es el reflejo de filosofías contrapuestas. En Nueva Zelanda, un país donde una derrota sonada en rugby puede suponer una crisis política, este deporte alcanza casi la categoría de religión. Los niños viven desde la primera infancia en contacto con el balón ovalado, y su implantación como disciplina casi exclusiva es abrumadora.


En Australia, en cambio, el rugby es el tercer deporte en popularidad, por detrás de otras dos disciplinas con las que guarda algunas similitudes: el fútbol australiano y el ‘rugby league’ o rugby a 13. Pero Australia destaca en natación, en tenis, en golf, en cricket o en atletismo. Para ellos el rugby es un deporte importante y popular, sí, pero uno más.


También la historia de cada país encuentra cierto reflejo en cómo se vive en torno al balón oval. Mientras que en Australia la colonización inglesa supuso casi la desaparición de los aborígenes y sus manifestaciones culturales, Nueva Zelanda asimiló buena parte de la cultura originaria. No en vano el equipo escenifica antes de cada partido el haka, la danza ritual que se ha convertido en una carta de presentación bien conocida incluso por quienes no son aficionados al rugby.

Clásicos y técnicos los neozelandeses, audaces e innovadores los australianos, el partido del domingo enfrentará no sólo a dos equipos dinámicos y ofensivos que han demostrado ser los dos más completos y en forma de este torneo, sino también a quienes cuentan con las mejores estrellas. La final permitirá asistir a duelos entre jugadores considerados los mejores del mundo en sus puestos. Los terceras líneas Richie McCaw y Kieran Read, del lado ‘all black’, y David Pocock y Michael Hooper, del australiano; o el ala neozelandés Julian Savea frente a su par australiano Adam Ashley-Cooper. Duelos individuales en un deporte esencialmente de equipo que acabarán decidiendo cuál de los dos países conseguirá su tercera copa y cuál se irá masticando la derrota ante el rival más odiado.

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El tercer puesto: besar a la hermana o besar a la novia
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Héctor Barbotta | 30-10-2015 | 10:46| 0

El pasional entrenador sudafricano, Heyneke Meyer, dejó claro tras perder la semifinal frente a Nueva Zelanda qué es lo que piensa de la final de consolación. “Es aburrido, como besar a la hermana”. No se sabe si fue producto de la desazón por haberse perdido la final por sólo dos puntos después de haber puesto contra las cuerdas a los All Blacks o porque para un país que ya ha sido dos veces campeón del mundo el tercer puesto significa poco, lo cierto es que el preparador springbok quitó importancia al partido que esta noche enfrentará a los suyos con Argentina por el bronce.

Sin embargo, para los Pumas, cuya desilusión por haber perdido el billete a la final no es menor, un eventual tercer puesto no se parecería en nada a besar a una hermana. La prensa deportiva argentina ya ha adelantado que sería algo muy diferente. Algo así como besar a una novia.

Los Pumas afrontaban el partido con nueve cambios en la alineación por culpa de las lesiones y el cansancio. Hoy se ha sabido que hay un décimo cambio, ya que el pilar Marcos Ayerza, que se despedía de la selección, se lesionó en el entrenamiento de ayer. Argentina afronta el partido con el objetivo de repetir el tercer puesto de 2007, el que la puso en el mapa del rugby mundial y dio lugar a los cambios que la ha llevado a convertirse en el equipo que más ha crecido en los últimos años.

 

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All Blacks y Wallabies, enemigos irreconciliables, protagonizarán la final del Mundial
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Héctor Barbotta | 26-10-2015 | 1:38| 0

Las semifinales del fin de semana han situado en el partido decisivo a los protagonistas de la mayor rivalidad del Hemisferio Sur. Los All Blacks llegan a la final tras  remontar ante una Sudáfrica que los maniató durante gran parte del encuentro. Los Wallabies, tras aprovecharse de los nervios y de la inexperiencia de la selección argentina.

Nueva Zelanda consiguió imponerse el sábado por un mínimo margen (20-18) a Sudáfrica, aunque para hacerlo tuvo que tirar de la calidad que atesoraba en su banquillo y sufrir durante gran parte del encuentro.

Durante todo el primer tiempo el guion del partido pareció escrito por el entrenador sudafricano, Heyneke Meyer, que envió a los suyos a hacer lo que mejor saben, un rugby cerrado y de percusión en el que los ‘Springboks’ impusieron su mayor potencia física e impidieron que los ‘All Blacks’ desarrollaran su juego abierto contra el que no existe defensa posible. En la única ocasión en la que consiguieron hilvanar una jugada a todo el ancho del campo, los neozelandeses anotaron un ensayo a través de su tercera línea Jerome Kaino. Pero ello no fue suficiente para compensar el goteo de golpes de castigo que sufrieron como resultado del dominio de la delantera sudafricana.

Los ‘All Blacks’ se fueron al descanso con un 12-7 desfavorable en el marcador y un hombre menos en el campo por la expulsión temporal del propio Kaino, resultado de las continuas faltas que los neozelandeses se veían forzados a cometer –nueve en 40 minutos, un número inaceptable en un equipo de esa categoría– para paliar el claro dominio de la delantera ‘springbok’. Cuando acabó la primera mitad, los fantasmas de los anteriores fracasos de Nueva Zelanda en los Mundiales sobrevolaban el estadio de Twickenham.

Nada más comenzar el segundo tiempo, la estrella sudafricana Bryan Habana incurrió en juego desleal y dejó a su equipo con un jugador menos. Los campeones del mundo aprovecharon la situación, su entrenador dio aire fresco al equipo moviendo el banquillo y el juego comenzó a inclinarse del lado neozelandés. Fruto de la presión sobre el campo rival llegó el segundo ensayo de los ‘All Blacks’ por intermedio de uno de los recién ingresados, Beauden Barrett, que anotó tras una excelente jugada de Ma’Nonu. El marcador se siguió moviendo por el intercambio de golpes de castigo, pero ya con los neozelandeses al frente. El 20-18 final resume con nitidez lo cerca que estuvieron los sudafricanos de plantarse en la final.

 

Australia, clásico rival de Nueva Zelanda y el equipo que más veces ha conseguido vencerla, sacó por su parte ayer el billete para el partido decisivo al derrotar con justicia a una dignísima Argentina por 29-15 tras una primera parte en la sacaron una ventaja decisiva y una segunda mitad en la que supieron contener la reacción de los Pumas, que se mantuvieron en el partido hasta el final.

El partido no pudo comenzar mejor para los Wallabies y peor para los argentinos. No habían transcurrido dos minutos cuando el segunda línea australiano Rob Simmons interceptó un pase del apertura argentino, Nicolás Sánchez, en los 22 metros de la defensa argentina para marcar el primer ensayo de su equipo. La jugada no sólo puso el partido cuesta arriba para los Pumas, también adelantó cómo se desarrollaría toda la primera mitad. Los argentinos salieron decididos a arriesgar, lo que ha sido su seña de identidad durante todo el torneo, y los australianos, que demostraron haber estudiado a sus rivales al detalle, a presionar y aprovechar los errores rivales. La presión australiana y los nervios argentinos provocaron muchos, y los Wallabies supieron traducirlos todos en puntos.

La selección de Australia puso sobre el campo mayor experiencia y contundencia frente a unos argentinos que acumularon un contratiempo tras otro. Cuando había transcurrido media hora ya habían sufrido la expulsión temporal de su segunda línea Tomas Lavanini y las lesiones de tres de sus hombres más importantes: el capitán, Agustín Creevy, el máximo anotador de ensayos, Juan Imhoff, y el centro Juan Martín Hernández, su jugador más experimentado y talentoso, que aguantó unos minutos más pero tuvo que ser reemplazado al inicio de la segunda parte. Demasiadas calamidades frente al equipo más en forma del torneo, que se fue a los vestuarios con una ventaja de diez puntos tras anotar tres ensayos (19-9).

Tras el descanso los argentinos salieron decididos a remontar. Consiguieron el control de la pelota y del partido y pusieron el juego en campo australiano,  y aunque hicieron gala de su clásico pundonor no pudieron ante una defensa que demostró por qué es la mejor del torneo. Cuando faltaban diez minutos para el final, los Pumas todavía estaban a tiro de ensayo convertido para empatar el partido, lo que podía considerarse un milagro tal y como había transcurrido la primera mitad. Pero ahí volvió a relucir la calidad y el oportunismo australianos, que en una jugada rapidísima perforaron por cuarta vez en el partido la línea de defensa argentina para redondear el 29-15 final.

Los Wallabies se enfrentarán el sábado a Nueva Zelanda en un partido que según lo que demostraron uno y otro equipo en las semifinales se presenta de resultado incierto. Los Pumas, por su parte, jugarán el viernes por la noche ante Sudáfrica para intentar repetir su mejor resultado en una Copa del Mundo, el tercer puesto que obtuvieron en el Mundial de Francia hace ocho años.

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Los Pumas le rugen al mundo
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Héctor Barbotta | 23-10-2015 | 12:15| 0

Si los ingleses que a finales del siglo XIX se instalaron en el poniente andaluz para explotar las minas del río Tinto hubiesen fundado un club de rugby en lugar del Recreativo de Huelva, es posible que en el mundo de la pelota ovalada hoy se estuviese hablando del león, el animal que la selección española lleva sobre su camiseta.

Pero el rugby tuvo que esperar varias décadas para entrar en España y no por influencia de sus creadores, sino de la vecina Francia, para instalarse apenas como deporte universitario. Demasiada ventaja de años y de concepto que explica en parte por qué un país que en la última década ha destacado de forma abrumadora en casi todos los deportes no encuentra la manera de poder competir internacionalmente en rugby.
El mundo del deporte oval, sin embargo, habla en estos días en español, pero no por el León, sino por el Yaguareté, el símbolo de la Unión Argentina de Rugby, que en la primera gira internacional de su selección, de la que este año se conmemora medio siglo, los periodistas sudafricanos confundieron con un puma para bautizarla para siempre.

Después de varias décadas de lucha desigual pero obstinada para entrar en la élite, los Pumas han conseguido en este Mundial meterse en semifinales por segunda vez en su historia después de haberlo hecho en 2007, cuando obtuvieron el bronce. En aquella ocasión la prensa especializada consideró una hazaña que un equipo que tenía a sus estrellas repartidas por las ligas europeas y completaba la plantilla con jugadores ‘amateurs’ eliminara a potencias consolidadas como Francia, Escocia e Irlanda.


Ocho años más tarde, con Argentina otra vez entre los cuatro mejores, nadie habla de proeza, sino del resultado lógico de un trabajo realizado con paciencia tras la oportunidad que supuso el tercer puesto de 2007. Desde el año siguiente a aquella hazaña, Argentina está inmersa en un proceso de profesionalización de su rugby, que sigue teniendo una base de más de medio millar de clubes rigurosamente ‘amateurs’, muchos de ellos fundados por los ingleses que a finales del XIX se instalaron en Argentina para construir los ferrocarriles y que además de las vías férreas dejaron también un legado deportivo que no se limitó al fútbol.

Argentina llevaba varios años compitiendo a un nivel aceptable, pero no fue hasta el tercer puesto de 2007 cuando los dirigentes de la World Rugby –la entidad que rige este deporte a nivel mundial y que se ha propuesto convertirlo en un fenómeno global– decidieron apostar por el país sudamericano. Facilitaron recursos que permitieron abrir centros de alto rendimiento en todo el país (24 de los 31 ‘pumas’ de este Mundial han pasado por esos centros), les abrieron la puerta para competir en el campeonato de selecciones más exigente del mundo –el Rugby Championship, el torneo anual que reúne también a Nueva Zelanda, Australia, Sudáfrica– y dieron lugar a la creación de una franquicia argentina en el Super Rugby, la NBA de este deporte con equipos de esos tres países a los que en 2016 se sumarán argentinos y japoneses.
Todo ello dio sus frutos. Argentina cambió su estilo aguerrido y con el acento en la defensa que le permitía competir en inferioridad de condiciones por el dinámico y ofensivo que caracteriza a las potencias del Sur. Por eso nadie se dio por sorprendido cuando el pasado domingo los Pumas doblegaron en cuartos de final por 43-20 a la selección de Irlanda, doble campeón del Seis Naciones y mejor equipo europeo en los últimos años, en un partido brillante que supuso una exhibición de sus progresos.

La victoria argentina completó un póquer de ases del Sur. Los cuartos de final del pasado fin de semana enfrentaron a cuatro países del Sur con otros tantos del Norte. En todos salieron victoriosas las selecciones del Sur. Nunca desde que se creó esta competición en 1987, ocho años antes de que el profesionalismo se adoptara oficialmente, la hegemonía de los países septentrionales había sido tan clara.
Nueva Zelanda, Sudáfrica y Australia, con dos copas cada una, se llevaron seis de los siete Mundiales jugados hasta ahora (la restante la ganó Inglaterra en 2003), aunque los europeos siempre habían dado batalla hasta el final. Pero en esta Copa del Mundo las potencias del Sur, incluida una Argentina que reclama su lugar en la élite, han demostrado que en su adaptación a los continuos cambios que cada año se van introduciendo para hacer del rugby un juego más dinámico y atractivo van por delante de los europeos, que muestran un alarmante estancamiento. Especialmente sus dos emblemas: Inglaterra, eliminada en fase de grupos, y Francia, barrida por los All Blacks por un humillante 62-13.

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Sobre el autor Héctor Barbotta
Licenciado en Periodismo por la UMA Máster en Comunicación Política y Empresarial Delegado de SUR en Marbella