Diario Sur
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Los 80, qué movida
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David González | 11-12-2016 | 16:26

Es tontería negarlo: soy muy ochentero. Quizás porque me tocó crecer en una década apasionante en muchas manifestaciones culturales/sociales me quedé fascinado por aquel convulso periodo de tiempo. Pese a que disimulo e intento adaptarme al siglo XXI -uso smartphone o redes sociales -soy más de los 80 que los cardados y las hombreras .
Pensaréis que soy un exagerado como buen andaluz, pero como diría Matías Prats: “permítame que insista”.

En el mundo automovilístico de 1980 trajo una serie de accesorios fascinantes e irrepetibles que marcaron una época y fue reflejo de sus circunstancias. Elementos que, en estos tiempos 2.0 dominados por el postureo y la “fashion-victim”, serían objeto de mofa. “Cabronazi” tendría material para publicar 7 años de bromas en Facebook.

El automóvil actual es considerado un portento tecnológico, objeto de culto aunque son a la vez asépticos e impersonales (obviando al tuning); por el contrario el coche de los 80 se convertía en una prolongación del salón de tu casa como el taxi de “Mujeres al borde de un ataque de nervios”.

Si echamos la vista atrás, como en un capítulo de “Cuéntame”, el interior de la mayoría de los autos estaba repleto de trastos como esas mesas de comedor atiborradas de fotos de comunión.

Quién no recuerda los asientos cubiertos con una funda de bolas, cuyo objeto era evitar que el cuerpo se deslizará y que algunos conductores buscarán petróleo en su nariz en los semáforos. O aquellas plazas delanteras y traseras envueltas en piel de leopardo -o de cualquier mamífero- que daba un aire salvaje a nuestro buga.

El salpicadero parecía la estantería de un “Todo a 100″. Allí reposaba el portarretratos con dos fotos ovaladas del conocido “no corras mucho papá ” a modo de campaña familiar de la DGT.

El pomo de la caja de cambios solía llevar motivos marinos tales como conchas , caracolas o estrellas de mar. Ríete tú de los documentales de la 2.

Sobre la guantera habitaban desde enormes pegatinas de “prohibido fumar” hasta infinidad de estampitas con santos protectores…lo importante era no dejar ningún hueco libre.

Los asientos lucían todo tipo de fundas protectoras e incluso cojines en la parte de atrás, como si fuéramos a pasar todo el domingo por la tarde.
Y cómo no, uno de los elementos estrella de aquellos vehículos post-transición era el tapete. Sí, el croché decoraba cualquier milímetro de tapicería. Las abuelas y madres cosían indistintamente paños de hilo tanto para para el comedor como para el vehículo con frenesí.

La bandeja trasera era el lugar idóneo para colocar el paño de mayor tamaño y sobre él siempre reposaba un perro que movía la cabeza con el traqueteo de la marcha.

La luneta posterior tampoco se libraba. Para combatir el sol se instalaba una especie de cortina veneciana cuya utilidad era bastante discutible y reducía la visibilidad a la hora de estacionar.


La máxima del coche ochentero era “mientras más cosas cuelguen mejor”. Siguiendo este precepto del espejo retrovisor “hacían puenting” tanto el ambientador de pino, algún objeto religioso (cruz o rosario) y cualquier regalo susceptible de ser enganchado o traer buen fario (Dioses, Vírgenes, amuletos, etc). No podía faltar un San Cristóbal (protector de los automovilistas) en forma de llavero o imagen.

La palanca del intermitente se transformaba en el gancho idóneo para almacenar los tickets de las revisiones, parking o los famosos chinitos de la suerte.

Otras veces se veían unos trozos de plástico suspendidos desde el parachoques trasero que servían para descargar al vehículo de electricidad estática y evitar el típico chispazo al tocar la carrocería.

Los conductores de hace tres décadas estaban muy concienciados con no salpicar agua al resto de vehículos y era normal instalar guardabarros tras las cuatro ruedas. Eran unos artilugios que le daban a los vehículos un aspecto peculiar. Sus carrocerías angulosas lucían todo tipo de ornamentos que le daban un toque inconfundible.

Del mismo modo, era una práctica habitual indicar con una pegatina la Comunidad Autónoma a la que pertenecía el dueño del coche; un patriotismo que se exhibía bien con un adhesivo que informaba con una letra de tu región o directamente con la bandera española.

Los largos viajes estivales junto a toda la familia hacían que el calor dentro del automóvil fuera insoportable. Se contaban con los dedos de un muñón los vehículos que equipaban aire acondicionado, así que la solución era plantar un ventilador en mitad del tablero de instrumentos…algunos parecían la central de Iberdrola.

Me llamaba poderosamente la atención, cada vez que me cruzaba con un coche francés, que  llevará los faros delanteros amarillos. Por aquella década se pensaba que este color deslumbraba menos que la tradicional luz blanca, así que reconocíamos rápidamente cuando recibíamos la visita de los gabachos.

Otro elemento de culto de aquellos autos de la democracia fue la antena de la radio. Había que montarla y desmontarla cada vez que aparcábamos porque solía ser robada rápidamente. Se convertía en un tesoro como el anillo de Gollum, por lo que había que agudizar el ingenio a la hora de esconderla.

Tres cuartos de lo mismo sucedía con el radio cassette extraíble. A veces ocultar el reproductor de música se convertía en una auténtica gymkana: debajo del asiento, en la guantera, en el maletero o la solución más engorrosa: subirlo a tu hogar y ahorrarte sustos.
Si vivisteis aquello recordaréis todos los recovecos del coche repletos de cintas para hacer los viajes más amenos. Imposible parar en una gasolinera y no comprar los últimos éxitos musicales.

Como hemos visto hasta ahora forrar todas las partes del coche se convirtió en una verdadera pasión. El volante no permaneció ajeno a esta fiebre y era recubierto con un protector racing, piel de felino, o cualquier material antideslizante…rizando el rizo se acoplaba una especie empuñadura para girar el volante con una mano.

Las modas llegan, cambian y pasan. Los vehículos de la “movida” eran un reflejo de la agitación social del momento: únicos, entrañables, personales, excesivos, rebeldes. Se convirtieron en el alter ego de sus propietarios y su look es reconocible tras el inexorable paso del tiempo. Están envueltos en ese halo de nostalgia de unas de los periodos más excitantes de nuestro país.

Sirva este post como homenaje a esos recuerdos motorizados con aroma a Nocilla, Cola Cao, Peta Zetas, laca y Barrio Sésamo…como se diría por entonces: “me piro vampiro”.

Sobre el autor David González
Licenciado en Ciencias de la Comunicación por la Universidad de Málaga. Social Media-Community Manager. Diseñador Gráfico. Tutor de redes sociales y diseño gráfico. Fundador del blog MotorGT.es. Certificado por Google y Hootsuite