~Irene~

Se nos termina un verano que ha pasado volando y nada más y nada menos que con amenaza de huracán. La ciudad de Nueva York se ha preparado para la llegada de Irene (nombre irónico para un huracán, ya que viene de la palabra griega εἰρήνη y significa “paz”), de una manera que no recuerdo haber visto ni para las peores tormentas de nieve. El metro se cerró y dejó de funcionar totalmente este sábado a mediodía a la espera de que llegase el huracán, se han evacuado varias zonas de New York y de New Jersey y se nos ha pedido que permanezcamos en casa desde la tarde del sábado a hasta, al menos, la tarde del domingo. Me imagino que, tras todos los problemas que hubo con Katrina y la tormenta de nieve del año pasado, esta vez han querido evitar problemas y han actuado con el “más vale prevenir que curar” en mente.

Es interesante ver la reacción de la gente. Como en ocasiones anteriores, en las que se han anunciado tormentas de nieve que te dejarían encerrado en casa un par de días (y que al final no ha sido para tanto), la gente se ha ido a los supermercados y han arramblado con todo lo que han pillado por delante. Ayer por la tarde encontrar pilas o agua potable en algunas partes de Manhattan era ya misión imposible. Otros han pasado olímpicamente de la alerta y han seguido con su día a día como si nada.

Hoy ha empezado el día tranquilo con llovizna, claros y lluvia fuerte a ratos… A eso de las 2 nos ha dado lo que aquí llaman cabin fever o, lo que es lo mismo, el yuyu que le da a uno cuando se tira demasiado tiempo encerrado en casa, así que aprovechando un rato que paró de llover, decidimos dar una vuelta por el barrio, a ver qué pasaba. Había locales abiertos, llenos de gente que, al igual que nosotros, estaban aburridos en casa y habían decidido salir a tomarse una cervecita (o dos). La mayoría de los establecimientos se lo han tomado en serio y han cerrado para el fin de semana, algunos de ellos tapiando los escaparates con tablas de madera y otros poniendo cinta aislante, en caso de que se rompan los cristales, que al menos no estén por todas partes. Lo interesante ha sido el uso publicitario que algunos le han dado a las tablas, que aparte de proteger los escaparates, han servido para anunciar que estaban cerrados el fin de semana o que no, que estaban a la espera de Irene mientras se tomaban una cerveza.

Esperemos que sólo sea un mal rato y que Irene pase de largo, pacíficamente, sin darnos mucho la lata.





Este local avisa que Irene es una chica cabreada y que, por lo cual, cierran hasta el lunes.

Este bar anuncia que, como la canción de “Verano azul”, “del barco de Chanquete no nos moverán”.

Y este tipo, por si las moscas, tiene un barquito en lo alto del coche.

~Cámara, acción~

Y ahí va el post de hace un par de semanas que se perdió en el ciber espacio…

Habiendo elegido estudiar letras puras, la verdad es que en mi juventud, poco me importaban las probabilidades y las estadísticas. Era algo prosaico y anodino que no me interesaba lo más mínimo (aparte de no dárseme bien). A medida que una se va haciendo mayor, se va dando cuenta de que sí, que las probabilidades forman parte de nuestra vida diaria de un modo invisible, pero están ahí casi forjando nuestras vidas que bien podrían ser totalmente distintas, dependiendo de eso, de las probabilidades de que pase una cosa u otra.

Hoy pienso en esto, porque parece ser que las probabilidades de que una duerma bien en Nueva York disminuyen a medida que otras variables aumentan: a medida que mi pequeña se hace mayor, más se levanta en mitad de la noche con ganas de cachondeo; cuanto más calor hace, parece que el aire acondicionado funciona peor y que a la gente le da por salir a tomar el fresquito en mitad de la madrugada… Y podría seguir así con una retahíla de quejas inútiles, parte de lo que es vivir en una gran ciudad.

Últimamente me sorprende el hecho de que las probabilidades más remotas, acaban sucediendo como si fuese una conspiración cósmica para que una no duerma y piense que la mejor obra literaria de los últimos tiempos es el “cuento” (para adultos) de Adam Mansbach, Go the F**ck to Sleep.

Por ejemplo, ¿cuáles son las probabilidades de que el repartidor de la compra de Fresh Direct venga entre las 8-10 de la noche? Probabilidades elevadas si vives en Nueva York, trabajas hasta tarde y no tienes portero que pueda recoger la compra. ¿Probabilidades de que aparque bajo tu ventana? Bastante inferiores, vamos casi las mismas que las que tienes para que te toque la bono-loto, porque en tu barrio apenas hay aparcamiento. Pues va el tío y encuentra aparcamiento. ¿Y que se esté escaqueando y deje a su compañero que haga todo el curre, mientras habla a grito pelado con un amigo por el móvil y te enteres de toda la movida entre el susodicho repartidor, su hermana y el novio de ésta? ¿Y que encima te pique la curiosidad y quieras saber que es lo que pasó?

Pero lo que nos sucedió ayer fue poner las leyes de probablilidad al límite: ¿Qué probabilidad hay de que en una calle cualquiera, una calle sin nombre, casi, como diría la canción de Ismael Serrano, en una casa de lo más normalito, se esté rodando una película independiente (sé que era una independiente por el tipo de focos que estaban utilizando, me lo dijo David, que es un experto en estas cosas)? ¿Y las probabilidades de que esa casa esté justo enfrente de la tuya?

Pues sí, anoche, pasada media noche, se dedicaron a rodar una escena exterior en la que el actor le decía a la actriz a grito pelado y de malas maneras que se metiera en casa. Lo malo era o que bien el actor no se sabía el guión bien (porque lo que era la proyección vocal, lo hacía de maravilla) o bien no era lo suficientemente convincente por lo que a cada rato oíamos el conocido: Action!!! Y vuelta a repetir la diatriba contra la actriz.

Hubo un momento, después de escucharles unas siete veces, que me entraron ganas de gritar por la ventana, al mas puro estilo malagueño: ¡¡¡¡Niiiiiiiñaaaaa, métete ya en la casa y déjanos dormir a los demás!!!! ¡¡Que como me despiertes a la niña, te puedo asegurar que te vas a meter en la casa echando virutas!!

Estos americanos no saben lo que se pierden con no tener patios de vecinos con los que compartes el color de las sábanas y el olor del detergente con los trucos de como te quede mejor el gazpacho, las salidas y las entradas de la niña de la vecina del quinto o como la vecina del tercero tiene problemas para que su Andreíta se coma el pollo.

Mientras recordaba esos momentos, tan malagueños, para qué negarlo, me vino a la mente un par de vecinos que teníamos en la calle en la que vivíamos antes. Es el callejoncillo del que ya os he hablado en alguna ocasión. Una bocacalle pequeñita con unas 10 casitas a cada lado y en la que todos los vecinos nos conocíamos y éramos más o menos amigos. Un día se mudó una familia, a primera vista como cualquier otra, a la calle: matrimonio con tres hijos, uno de ellos de edad univeristaria, vivía fuera de casa, y los otros dos, más pequeños, se pasaban el día jugando en la calle. Lo interesante de esta familia eran las broncas descomunales que tenían y que compartíamos sin querer el resto de los vecinos.

El padre, apodado Johnny the Arab, era un árabe delgado y nervioso, de tez aceitunada, con un bigotito fino, fumador empedernido y con el pelo enfijatado tó echao p’atrás. Siempre aseado, pero con ropa sport, vamos, la versión neoyokina de llevar puesta siempre una camiseta del Málaga, se hacía pasar por italo-americano y hablaba moviendo las manos con gestos exagerados, tratando de aparentar que era una versión más moderna (y un poco más modesta, la verdad sea dicha) de Don Vito Corleone.

Ella, llamada acertadamente Dolores, era extremadamente delgada y nerviosa. Fumadora compulsiva de Parliaments 100 Light (cigarrillos extra largos) y maquillaje exagerado aunque no saliese de casa, tenía la voz cascada no de vieja gloria de la canción, si no más bien de haber pasado muchas noches en vela fumando sin parar.

Los insultos que se lanzaban el uno al otro parecían más bien escritos por algún guionista retorcido de una comedia de situación. Imposible que a otros se nos ocurriesen burradas de ese calibre (al menos para la puritana mentalidad anglosajona. Me imagino que sería toda esa pasión mediterránea que tenían) y todo para verlos al día siguiente como dos tortolitos y como si aquí no hubiese pasado nada. La imaginación de sus insultos se convirtió en la comidilla del callejón, y no había día en el que no llegase un vecino con la repetición de la jugada de la última bronca.ue

Johnny murió hará un par de años, sin hígado, pero acompañado por su mujer. La calle en la que vivíamos ya no es lo que era. Ya nadie se conoce y no se hacen fiestas. Se ha vuelto en una de esas calles monas, pero sin personalidad.

Lo que sí que puedo deciros es que si los protagonistas de la escena de anoche hubiesen sido Johnny y Dolores, se hubiese rodado en una sola toma. Y al día siguiente la hubiesemos comentado todos los vecinos.

~Dubuque~

En mi barrio hay muchísimos restaurantes, tal vez demasiados, y lo que pasa cuando a una le gusta tanto la calle es que, al final, te acabas aburriendo un poco (aunque, como se me da tan mal eso de cocinar, lo de salir es más por instinto de supervivencia que por otra cosa).

Hace poco abrieron un bar de tapas cerca de casa y fuimos a probarlo y, la verdad, bastante decepcionados (por lo que nos ahorraremos el escribir sobre ellos). Probamos otro local que no estaba nada mal (especialmente si tenemos en cuenta que los dueños tienen un mini-imperio hostelero en mi barrio y los tenía un poco atravesados. Reconozco que, a veces, lo personal interfiere con lo profesional), y aunque tengan ofertillas, los precios acaban siendo un poco prohibitivos para frecuentarlo. Y sí, todo el mundo te dice que el clavo te lo meten con el alcohol, pero ¿cómo se toma uno unas tapitas sin una cervecita o un vinito?

Esta noche, en vista de que no teníamos nada en la nevera, fuimos a probar un local que abrieron hará un par de meses. Se llama Dubuque y aunque el nombre sea el mismo que el de una ciudad del estado de Iowa (vamos, donde Cristo perdió las llaves), este restaurante utiliza el nombre como acrónimo de “Down Under the Brooklyn Queens Expressway” (Debajo de la autopista que une Brooklyn con Queens y que todo el mundo la llama BQE, pronunciado a la americana /bi-kiu-i’/). Tiene gracia el juego de palabras, porque he visto ya un par de locales que utilizan topónimos para que el personal se imagine de qué va la cocina y, obviamente, este local se dedica a lo que se conoce como cocina tradicional americana. Sí, es lo que pensáis: hambuguesas de todo tipo.

Total, que allá que vamos, bastante temprano, porque la niña se nos caía de sueño y estaba trabajosilla (es de las que no sigue la sana costumbre hispana de dormir la siesta… ya se arrepentirá, con lo que daría yo por pegarme una, sobre todo en verano, con la plasta de caló). Lo bueno de tener críos y salir con ellos, es que al menos te ahorras todas las colas que a veces hay que hacer aquí si quieres salir a cenar.

El restaurante es pequeñito y muy coqueto, con paredes de color mostaza y con madera oscura como contrapunto, con una barra de madera y cocina abierta en la que puede verse como se prepara la comida. Así que nada, nos sentamos y vemos el menú, en el que, aparte de unos primeros interesantes, hay ocho tipos de hamburguesas (con todo tipo de carne (y hasta de pescado y verdura). Vamos, el que no se coma una hamburguesa aquí, es porque no quiere). No soy de las que coma mucha carne, pero los ojos se me fueron disparados a la hamburguesa de cerdo (a pesar de que algunos la consideren carne infiel, tal y como quería convencerme un amigo sevillano, mientras se ponía púo de comer pinchos de chorizo en mi casa), más que nada porque tenía chorizo y salsa romesco. Y ya que vamos a comer carne, pues hagámoslo con todas las consecuencias, digo yo.

De primero nos pedimos un plato de calamares fritos que venían con una mayonesa de anchoas y una salsa de tomate picante. Tengo que confesar que al probarlos, podía pensar que estaba en un chiringuito post-moderno (no creo que nos pusiesen esas salsas con la típica fritura malagueña), ya que los calamares estaban buenísimos y muy tiernos (nada que ver con algunos que he probado por estos lares y que hacen que te preguntes porqué no escarmientas y dejas de pedir calamares en locales que no estén junto a las playas de Málaga) y las salsas les iban estupendamente, no para disimular, sino para realzar el sabor. Lo único que fallaba: las vistas a la calle, en vez de al mar, pero es que una no puede tenerlo todo.


Y por fin llegaron las hamburguesas (David se pidió una hamburguesa normal con queso, y me dijo que no estaba mal, pero tampoco como para tirar cohetes). La mía estaba espectacular con trocitos de chorizo dentro de la hamburguesa, y la salsa romesco que le iba de perlas a la carne. No necesitaba nada más.



Para colmo, cuando terminamos, el camarero, un tipo con unas barbas de esas que se te quedan grabadas en la memoria, nos recitó la lista de postres caseros que tenían y no lo pudimos evitar: tarta casera de mascarpone con melocotón. Total, de perdidos al río. Lo que nos dijo también era que, para la próxima vez, debíamos pedir las coles de Bruselas que, según él, están buenísimas (y eso que no me gustan, nos dijo). Me ha entrado la curiosidad, porque las coles de Bruselas no me gustan nada y dudo que puedan convencerme de lo contrario.

Creo que no podré comer en una semana, pero ha merecido la pena… sigo pensando en ese romesco y lo bien que va el chorizo con todo… hasta en una hamburguesa… y en la posibilidad de que algún día hasta me gusten las coles de Bruselas.

Dubuque
548 Court Street
Brooklyn, NY 11231
Tel: (718)596-3248

~Man Push Cart~

Últimamente me ha dado por ver películas de varios géneros, pero con un denominador común: en todas ellas, uno más de los personajes es la ciudad de Nueva York. Me sorprende cómo los distintos directores consiguen sacarle jugo a esta actriz tan versátil, resaltando sus diferentes facetas: a veces es dura; otras, es un simple espectador, que sabe algo y no nos lo cuenta; en ocasiones es romántica y otras veces es violenta. Tiene su lado de glamour y su lado de extrema pobreza. Es alegre y le gusta la jarana, pero también es solitaria y triste.

La primera que vi, es el clásico de 1979, The Warriors, una película en la que puede verse la Nueva York de los 70, a un ritmo trepidante. Una ciudad de todo, menos segura, en la que una noche, todas las bandas callejeras envían a nueve de sus miembros, desarmados, a un parque del Bronx. Acuden a la llamada del líder de la banda más poderosa, para hablar sobre la posibilidad de terminar las rencillas entre ellos y unirse para tomarse la justicia por su mano y, de paso, la ciudad. El carismático líder muere asesinado en esta reunión y se acusa (injustamente) a los Warriors, una banda de Coney Island, de este asesinato. Los Warriors tendrán que intentar llegar a Coney Island, su territorio, desde el Bronx, sin morir en el intento. Nueva York se transforma en un campo de batalla, en el que cada esquina puede ser mortal. Acechante, no sabemos si encontraremos enemigos o una mano amiga que nos ayude a llegar sanos y salvos hasta el mar.

No podían faltar las películas de Woody Allen, en las que no falta el sentido del humor y en las que se ve esa relación amor-odio con la ciudad y todas las neurosis que tenemos los que llevamos ya algún tiempo aquí. Y cómo no, la saga de El padrino o GoodFellas. Tampoco me he perdido el Nueva York subterráneo de The Taking of the Pelham One Two Three.

La última que he visto que me ha llamado mucho la atención es la película independiente Man Push Cart, del director Rahmin Bahrani. La película nos muestra el día a día de un pakistaní, Ahmad, que se dedica a vender café en uno de los múltiples carritos que forman parte del ritmo vital de la Gran Manzana. Poco sabemos de su pasado: sólo que es viudo y que tiene un hijo de corta edad al que cuidan sus suegros y al que no le dejan ver con frecuencia. A lo largo de la hora y media que apenas dura la película, vemos como parece que la suerte de Ahmad cambia para bien. Conoce a un compatriota, Mohammed, que le reconoce como un cantante de rock conocido en Pakistán, y que dice que puede ayudarle a volver a la fama que tenía. También conoce a una chica de Barcelona y consigue poner una fianza de $5,000.00 para comprar el carrito con el que se gana la vida. No cuento más.

Para mí es un poco una mezcla del mito de Sísifo y el American Dream. Habla de la terrible soledad que se puede llegar a sentir en esta ciudad, pero lo que me ha hecho escribir sobre esta película es como nos muestra otra cara de la ciudad de Nueva York. Esa cara menos glamourosa, que se levanta temprano todos los días, cansada y ojerosa, para ir a trabajar, y encima con una sonrisa. Me ha dado mucho qué pensar. He pensado en la nepalí y en la polaca que me ponen el café cada día, a las que no tengo ni que decirles como me gusta y que, por una de esas casualidades cósmicas, las tres somos las mayores de cuatro hermanos… tres niñas y un niño, y el niño el más chico. He pensado en el afro-americano que me saluda todas las mañanas cuando paso la tarjeta de seguridad para entrar en el edificio en el que trabajo. He pensado en el mexicano que me sirve el plato de pasta de vez en cuando, que me cuenta las travesuras de su hijo de dos años y del pequeño que tiene de camino. He pensado en la dominicana que viene por la noche a limpiar en el edificio en el que trabajo y que me cuenta cosas sobre su nieto. He pensado en el ruso que nos ayuda a gestionar el edificio en el que vivo. Y esto es algo que creo que la película ha logrado retratar: esa cara invisible que mueve la ciudad de Nueva York día a día. Y lo ha conseguido a base de pequeños detalles: las tazas de café, los paraguas de la gente, las revistas de un kiosko, la lluvia sobre las alcantarillas, el viaje en metro. He visto la ciudad por la que me muevo con otros ojos. Las calles por las que paso con frecuencia, las he visto retratadas con un poco de nostalgia. Y es que hay veces en las que se agradece que te hagan pensar.

Ahí va el enlace al trailer de la película. ¡Qué lo disfrutéis!

~¡Feliz Año Nuevo!~

Pues sí, tengo que confesaros que empecé este post hará un mes o así y, eso, que se ha tirado un mes como borrador en mi ordenador. Así que aprovecho el año nuevo chino para desearos un feliz año a tod@s. Espero que hayáis pasado unas buenas fiestas y que los Reyes se hayan portado bien (y aunque aquí no tengamos cabalgata, no nos podíamos perder el roscón, con excursión a Sunset Park, para ir a recogerlo en la Panadería Don Paco, como manda la tradición).

Llevo tiempo sin pasarme por aquí: entre algunas visitas que hemos tenido, el curre y la niña, la verdad es que una acaba el día para que la recojan con cucharilla y aunque se tengan muy buenas intenciones, ya se sabe, un día por otro y la casa sin barrer. Es lo que tiene esto de ser madre proletaria. Y es que hay momentos en los que me da la sensación de ser la versión hiper-cafeinada de Sísifo: cuando a una lo único que la saca de casa todas las mañanas es un café que se lo lleva puesto al metro, porque no te da tiempo de tomártelo sin bulla; se tira una hora de camino (al menos en el metro se puede leer); pasa unas pocas de horas en el trabajo; sale pitando tras terminar la jornada laboral para ir a recoger a la niña; le da la cena; la baña y la acuesta (que se duerma es otro cantar); ha terminado de recoger la casa y se cree que puede pegarse un respiro, la piedrita de marras vuelve a rodar para que repitas la jugada al día siguiente. Pero no vamos a quejarnos que, como dice el refrán, sarna con gusto no pica.

Por aquí lo que llevamos peor (al menos, los que no somos de estos lares) son los días de nieve y de frío que nos están tocando pasar. La primera nevada fue para Navidad y nos quedamos un día encerrados en casa, porque había tanta nieve que no se podía salir a la calle. Sin ir más lejos, en mi calle, una máquina quitanieves se quedó atascada durante más de 24 horas. Parece ser que la ciudad de Nueva York no estaba preparada en esta ocasión y el escándalo de principios de año fue que el responsable del Departamento de Limpieza de la ciudad de Nueva York, John Doherty, tuvo los pantalones de darle una puntuación de sobresaliente (A+) a los empleados de dicho departamento (opinión que no compartía ni el mismo alcalde, Michael Bloomberg), cabreando monumentalmente a los neoyorkinos (que estamos (mal)acostumbrados a que todo funcione en la ciudad que nunca duerme, sin importar las inclemencias del tiempo) por la cantidad que había tanto de basura como de nieve en las calles, después de que hubiesen pasado más de 24 horas tras la nevada.

Las nevadas han seguido desde entonces, la basura se ha recogido algo y la nieve se amontona como pequeños muros a ambos lados de las carreteras. Esta semana, como ha hecho más frío, hemos pasado de nieve a hielo, con los consiguientes patinazos y la sensación de que se nos va a quedar cara de pingüino.

Con este frío, sinceramente, lo que le apetece a una es hibernar y tirarse todo el día en casa con un Cola Cao calentito, la mesa camilla (invento que desconocen en estas tierras) y no tener que salir a la calle p’a ná. Pero no os creáis que este frío impide que salgamos a explorar de vez en cuando, porque si no, apaga y vámonos, me tiraría todo el invierno en casa. Así que prometo que dentro de poco cuelgo algo de nuestras últimas excursiones por la Gran Manzana.

De momento, unas fotos de cómo estaban las calles de Brooklyn hace una semana. Y entenderéis que haya momentos en los que me pregunte si estaba en mi sano juicio cuando decidí quedarme a vivir en esta ciudad.





~Y yo con estos pelos~

La verdad es que con mi hija estoy descubriendo esta ciudad de otra manera. Y no sólo porque ahora una se fija en qué sitios son child friendly y piensa lo mal montada que está esta ciudad a la hora de encontrar una parada de metro con ascensor para poder subir y bajar el carrito, la niña, la bolsa, los pañales, el muñeco y un largo etcétera que solemos llevar los padres, sin dejarte los riñones por el camino; sino también porque ahora que la peque ha empezado a caminar, me lleva con ella de paseo y he descubierto un par de sitios que si a ella no se le hubiese ocurrido pararse y mirar, a mí en la vida se me hubiese ocurrido entrar.

Hará ya bastantes semanas quedamos con mi primo y un amigo suyo para ir a cenar en Chinatown. Hacía tiempo que no íbamos y como el amigo de mi primo vive allí, nos iba a llevar a un sitio nuevo. Hmmmm… qué ganas de comida china. Acabamos en un sitio en el que nunca hubiese entrado, Shanghai Café, más que nada porque está en Mott Street y casi siempre acabamos yendo a comer a la zona de East Broadway cuando vamos a por comida china, ya que es una zona menos turística. Total, que entramos en el sitio (fundamental ir con alguien que hable mandarín o cantonés. Sí, entienden y hablan inglés pero, como en la mayoría de los restaurantes de Chinatown, me da la sensación de que se come mejor si vas con alguien que domine el menú y el idioma). Nos sentamos para pedir y claro, la peque, al ratillo se nos pone nerviosilla y con ganas de darse una vuelta.

Así que, primer turno, una que sale con la enana a pasear por Mott Street. Vamos calle arriba, calle abajo, pasando un rato hasta que nos sirvan la cena. Pasamos por delante de puestos de verdura, restaurantes con colas de sábado noche, tiendas tipo todo a cien y una peluquería… de lo más moderno, oiga. Nada, que sigo subiendo la calle cuando noto que esta pequeñaja que apenas pesa 10 kilos, me tira de la mano y me hace pararme en el escaparate de la peluquería. Pues empezamos pronto… Y como la puerta está abierta le da por entrar, y una detrás. La recepcionista me saluda. Una con sonrisa de compromiso mira a la niña, nada, que la niña quería entrar. Mientras tanto, la niña se dedica a bailar al son de la música y los peluqueros que están de descanso se parten de risa. Bueno, niña, que nos vamos. Cojo una lista de precios impresa en un fondo negro con letras (y carácteres chinos) en blanco y en rosa, de lo más design, un poco por hacer el paripé, porque una ya tiene peluquera en Brooklyn y bien sabéis que una vez que topas con un peluquero que te gusta… no cambias salvo por circunstancias de causa mayor.

Salimos de la peluquería y volvemos al restaurante. Comemos un poco (el padre es el que sale a darse el paseo ahora) y al ratillo nos toca volver a salir a pasear por Mott Street y, claro, volvemos a pasar por la peluquería que ahora ya están casi cerrando y a la que mi hija quiere volver a entrar. Esta vez me fijo un poco más. Se ve limpia y muy moderna. Espaciosa, con líneas simples y combinación de elementos blancos, rojos y negros, y con una iluminación decente, no los fluorescentes típicos de esta zona de Manhattan.

Me fijo en el grupillo de peluqueros que están fuera fumándose un pitillo. Por un momento me parece ver un grupo de chicos que tocan en una banda alternativa de Beijing más que a un grupo de peluqueros en un momento de descanso: Dr. Martens, pelos de colores imposibles, gafas de pasta y skinny jeans. Si no fuese porque son chinos, casi que los tidaría de hipsters. Total, que volvemos al restaurante y me olvido de la peluquería totalmente.

Pasan unos días y en uno de esos momentos de desesperación por no encotrar las llaves en el bolso, lo vacío y me encuentro con la lista de precios que me llevé aquella noche de sábado porque a mi hija (que no tiene edad de ir a la pelu) le dio por entrar en una peluquería de Chinatown, que se llama Mess (traducción: caos, desorden). Vaya, lavar, cortar y peinar $25.00. ¡Esto está tirado! Uff, me encanta mi peluquera de Brooklyn que, además, para los precios que se oyen, encima, no está nada mal, pero… entre $60.00 de mi peluquera (más la propina) y $25.00… No sé, como que tengo que probarlo. ¿Qué es lo peor que puede pasarme? Que me corten el pelo fatal, que me entre una depresión durante una semana y vaya con el pelo escondido bajo una gorra y que no vuelva a ir. Me lo pienso y me lo vuelvo a pensar. Miro los comentarios de los usuarios en yelp (esto del boca a boca internáutico es un gran avance de la humanidad) y no lo ponen del todo mal. Comentarios del tipo: “llévate foto” o “cortar, sí; alisarte el pelo, no” me dan una pista sobre qué puedo esperarme.

Al final, una se arma de valor, convence a una amiga que también quería cortarse el pelo y allá que nos presentamos un sábado por la mañana (yo, con un montón de fotos de cortes que me parecían interesantes). Nada más llegar uno de estos chicos modernillos me pone una bata y me lava la cabeza. ¡Qué relax! Les oigo hablar entre ellos en mandarín y me entero de algo (del fin de semana, de un amigo de Beijing, pero no pillo mucho más). Después de un lavado de pelo tipo anuncio, que un poco más y me quedo dormida, me pasan a la zona de corte de pelo y me sientan en una butaca de cuero negra. Me siento chica L’Oréal, “porque yo lo valgo”. Llega el stylist que me han asignado, un chico chino, serio, con pelo largo de dos colores, camisa color salmón, Levi’s del mismo tono, una corbata finita azul marino y roja y las Martens. De la cintura, como si fuese la funda de un pistolero del lejano oeste, le cuelga un bolsito de cuero con las tijeras, la navaja, horquillas, pinzas y peines de diversos tamaños. Nos miramos y le explico que quiero cortarme el pelo, y bastante (hombre, ya que estamos… Soy del tipo todo o nada). Me mira el pelo mojado. Silencio…. Hmmm… Por cierto, le he traído algunas fotos para que se haga una idea de lo que quiero. Le saco un tocho de recortes de revistas varias, en las que sí, hay un denominador común: pelo corto, pero poco más. Se queda mirándolas muy serio. Hmmm… Layers (capas), me dice. Pues sí. Dios mío, ahora me empieza a entrar el ataque de pánico. Sí, quiero capas, pero esta parquedad de palabras no me da muy buena espina. Cierro los ojos y pienso, bueno, de perdidos al río. Total, son sólo $25.00. Mi stylist saca tijera, se sienta en una sillita detrás de mi butacón de cuero y empieza a cortar. No dice mucho. De vez en cuando echa un vistazo a los recortes de las revistas y sigue cortando en silencio. En el espejo delante de mí veo a un chico muy concentrado metiendo tijeretazos y mechones de pelo que vuelan y caen al suelo a cámara lenta. Pasa casi una hora y es el momento de secar el pelo. Me quedo alucinada. Ha dado en el clavo. ¡¡¡Me encanta mi nuevo look!!! Voy a la recepcionista para pagar y vuelvo a donde el peluquero para dejarle su (muy) merecida propina. Mi peluquero me sonríe y me pasa su tarjeta. Estilosa, negra, con tipografía en blanco y el carácter ? (caos, desorden) en rojo. Me fijo en su nombre y no puedo dejar de sonreir. Es un chico chino y se llama Anfield, como el estadio del Liverpool. (De su nombre chino, ni mijita).

No sé si jugará al fútbol o no, pero lo que es cortar el pelo con estilo, lo hace la mar de bien. Como diría Rick en Casablanca: Louis, I think this is the beginning of a beautiful friendship (En mi caso, Anfield, creo que éste es el comienzo de una gran amistad). Y ya sabemos que con un buen peluquer@, es algo fundamental.


Mess
106 Mott Street
New York, NY 10013
Tel: (212) 966-3866

~Una calle~

Creo que si hay algo que echo realmente de menos de Málaga, es nuestra gente. No sé, llevo aquí más de 10 años, y sí, he encontrado gente encantadora, pero todavía no me he topado con una de esas personas entrañables, de las de toda la vida. Un personaje con mayúsculas. Tal vez se deba al hecho de la cantidad de almas que se mueven en esta ciudad, o al ritmo frenético de la misma, que nos hace ir de un sitio para otro, un poco “como vaca sin cencerro”, que diría Almodóvar, sin pararnos a disfrutar de esos pequeños instantes que la vida nos ofrece.

Me ha venido este pensamiento en voz alta porque hará un par de semanas, un lector, Laureano, al que resulta que conozco de vista de toda la vida porque concidimos en el Colegio del Palo, me dejó un comentario en el que me decía que se había creado una iniciativa para pedir que se nombre una calle en Málaga en honor de Antonio del Río Soto, que así, con nombre y apellidos, puede ser que no le diga nada a mucha gente.

Ahora, si decimos Antonio, “El Almendrita”, nos hará sonreir a todos los que nos hemos criado en Pedregalejo y El Palo. ¿Quién no conoce a este señor que con su eterna sonrisa, aparte de vender unas almedras que ya quisieran estos yankies poder tener por aquí, nos ha estado obsequiando con una simpatía, un arte y un saber estar que ya quisiéramos muchos? No sé cómo lo hará, pero parece que por Antonio no pasen los años, sólo se acumulan recuerdos. Le han comprado almendras nuestros padres, ha charlado con nosotros y le ha regalado gominolas a nuestros hijos. Puedo asegurar categóricamente que en todo el tiempo que llevo aquí, tan lejos de mi Palo, no he encontrado a una persona cuya manera de ser se me haya quedado grabada en la memoria como Antonio.

Tal vez el ejemplo más cercano que pueda encontrar sea Joe Ades, un señor mayor, con una barba plateada impecable, que, con su traje de chaqueta incluso en los días de verano, se sentaba en una esquina de Union Square con un par de cajas de llenas de frutas y verduras y vendía pelapapas, pero con un acento británico y una pasión que lograban parar por un momento esa velocidad que nos consume a los neoyorkinos y atraer la curiosidad de los turistas para disfrutar de su pequeño discurso adornado con mondas de patatas y zanahorias. El Sr. Ades llegó a ser objeto de un reportaje de Vanity Fair, en el que se nos descubría que a pesar de tener un trabajo que de puertas para fuera pueda parecer de lo más humilde y sacrificado, Joe, “The Peeler Guy”, vivía en el Upper East Side, uno de los barrios más caros de Manhattan. Por desgracia, Joe falleció el 1 de febrero de 2009 y su ausencia se anunció en todos los blogs y periódicos locales. Es increíble como “The Peeler Guy” o “El Almendrita” han podido llegar a tocar tantas almas con unos simples pelapapas o unas bolsitas de almendras. Esa es la humanidad que se echa bastante en falta.

Ya sé que esta foto no es original y que la colgué hace ya unos cuantos meses, pero es la única que tengo de Antonio. Me trae muchos, muchos recuerdos.

Y sí, Laureano, desde Nueva York te llegarán unas cuantas firmas para que haya una calle que lleve el nombre de Antonio, “El Almendrita”. Estoy segura de que entre tod@s lo conseguiremos.

~Va Fa Napoli, Hipster~

Según me cuentan los nativos de esta ciudad, una característica innata del neoyorkino de pro (ya sea uno que ha nacido aquí o que se haya transplantado por circunstancias diversas) es que le encanta quejarse. Quejarse por todo y si no, señores, vean alguna película de Woody Allen, el más claro epítome de alguien que respira lo que es esta gran ciudad. Nos quejamos (y me incluyo porque, después de tantos años, algo se acaba pegando) del tiempo: en verano, que si hace mucho calor; en invierno, que si demasiado frío; de las colas para todo; de las prisas; de lo mal que conducen los taxistas; de lo lleno que va el metro; de lo caro que está todo; de los atascos en la ciudad; de los atascos en el metro; de los vecinos de arriba y de los de abajo, pero, dentro de todas estas quejas, siempre hay un algo inexplicable que no nos deja abandonar esta ciudad. Y si no, siempre que ves a un neoyorkino en una ciudad que no es la suya, lo reconocerás de inmediato, con esa mirada de que le falta aquello de lo que tanto se quejaba.

Una de las múltiples quejas que tienen lo que más tiempo llevan aquí es como ha cambiado el tejido social de esta ciudad. En concreto, suelen quejarse de una especie en particular, los hipsters, veiteañeros y treintañeros que en Nueva York suelen concentrarse en altas dosis en Williamsburg o en el Lower East Side, aunque los más New Yorkers opinan que están en todas partes. Definir a un hipster a alguien que no vive aquí, es casi como intentar definir a un cani o a una merdellona a alguien que no es de Málaga. Casi como aquella definición, sacada un poco de contexto, del juez del Tribunal Supremo Potter Stewart, que refiriéndose a la pornografía en el caso Jacobellis vs. Ohio, dijo que no podía definirla, pero que I know it when I see it (la reconozco cuando la veo).

A los hipsters se les define por una estética ochentera, a pesar de que nunca llegaron a habitar esa época, si acaso, sólo porque nacieron en los ochenta, porque si no, ¿cómo te explicas que quieran ponerse esas gafas de pasta que hacen que parezca que Manolito Gafotas ni siquiera las lleve puestas? A servidora, nacida antes de que muriese Franco, no le quedó más remedio que ponerse las dichosas gafas de pasta, porque si no, no vería tres en un burro, pero, ahora, señores, con la cantidad de gafas que hay, que te apetece ser miope sólo por ponértelas… ¡y se me plantan eso! También les gusta colocarse skinny jeans cuando no viene al caso y camisas tipo leñador, gastan un look descuidado que lleva muchas horas en conseguirse y un aire un poquillo andrógino que consiguen a base de flequillos y cortes de pelo similares para ambos sexos.

No creo que pueda describirlos en toda su intensidad ni tampoco lo que sienten por ellos lo que llevan más tiempo en esta ciudad. Si acaso, ofreceros un corto divertido, “Va Fa Napoli, Hipster” dirigido por Matt Weckel, uno de los chicos de Blue Barn Pictures, que logra describirlos bastante acertadamente porque, ya se sabe, que “una imagen vale más que mil palabras” y cómo un abuelete decide tomarse la justicia por su mano. Espero que lo disfrutéis tanto como yo.

~Strong Place~

El martes pasado, 14 de septiembre, hace ocho años, nos dimos el “sí, quiero” en un callejoncillo en Brooklyn. Con el visto bueno de los vecinos adornamos nuestra callecita, conocida popularmente como “Cats’ Alley” (el callejón de los gatos), casi como si fuese una pequeña verbena con luces a lo largo de la misma. Los vecinos se encargaron de decorar sus setos y sus ventanas, que servían de telón de fondo a las mesas que alquilamos para unos 200 amigos y vecinos que se unieron a nuestra celebración. Lo mejor, me repiten hasta la fecha, fue la comida que, por los nervios, apenas probé: como la esencia de Nueva York (y la de nuestros amigos) es la de venir de todas partes del mundo, les pedimos a cada uno que participase de lleno en nuestra boda y nos obsequiase con un plato típico de su lugar de origen. Os podéis imaginar el cariño que le pusieron a esos platos de lugares tan diversos como Tíbet, Colombia, Polonia, México, China, Italia o el Midwest americano. La música (en la que no faltaron las sevillanas, que nos marcamos Ana, Eli y yo), estupenda, con uncle Al, uno de los vecinos que llevaba más tiempo viviendo en la calle (la familia de su mujer había vivido en la misma casa durante más de 100 años), como DJ de lujo, con su mezcla de música de todos los tiempos (sin faltar, por estar en el barrio en el que estamos, Frank Sinatra).




Fotos de Jessica Leung

Así que, este martes pasado, para celebrar que hemos sobrevivido ocho años de convivencia con altibajos varios y sin echarnos los trastos a la cabeza, decidimos darnos un homenaje. Como ya sabréis, no somos el más claro ejemplo de planificación y logística. Se suponía que teníamos que haber llamado a una babysitter para que le echase un ojo a la enana mientras nosotros, como dos tortolitos, cenábamos en un romántico restaurante a la luz de tenues velas. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. El día se nos pasó volando, sin conseguir llamar a la niñera, y al recoger a la niña no teníamos mucha idea a dónde ir… Hombre, teníamos los locales que solemos frecuentar, pero a David le apetecía algo diferente y yo ya le había echado el ojo a un restaurante nuevo, Strong Place, que abrió hará un par de meses. ¡Bien! Vamos de excursión, aunque sea a pocas manzanas de casa.

Allá que fuimos con niña y cochecito incluídos, que sea dicho de paso, viene bien llevarlos incorporados para hacer la prueba del algodón, a ver si el sitio de marras es child friendly o no: unos de los motivos (aparte de la relación calidad-precio) que, a estas alturas de nuestras vidas, determina si repetimos experiencia o no. Por cierto, a los que seais padres y echéis de menos vuestra vida pasada sin descendencia, lo bueno que tiene el llevaros criaturas a cenar (si es que tiene algo bueno, porque una ha visto de todo: desde comida volando, rabietas de todos los colores o paseos interminables, mientras los progenitores se turnan para comer) es que, al menos aquí, como las criaturas se acuestan pronto (claro, están agotadas después de las palizas que se pegan de correr, saltar, chillar y qué sé yo, que lo sé muy bien), pues te evitas las colas, las prisas y los agobios de los turnos más tardíos. No verás gente guapa, ya que lo más seguro que los otros comensales sean padres en tu misma situación, pero al menos comes bien. A todo hay que verle el lado positivo en esta vida, digo yo.

La antigua tienda de artículos variados elegidos sin ton ni son, llamada Shakespeare’s Sister, a la que me encantaba ir, se ha convertido ahora en un espacio amplio con una preciosa barra de madera, sillas que parecen salidas de una escuela de las de antes y pared de ladrillo descubierto. Mesitas de mármol junto a los dos ventanales que flanquean la puerta y una camarera simpatiquísima que en seguida nos hizo sentirnos como en casa, con pequeña y todo. Lo primero, nos dijo: el menú infantil, para que pudiésemos disfrutar de la cena, con varios platos a elegir: hamburguesa, palitos de pollo o pasta. Vamos, como esto siga así, mi hija va a pertenecer al Club del Gourmet antes de ir a la guardería. Tras pedir la cena de la enana, nuestra camarera nos aconsejó un buen vino blanco para acompañar la comida que ofrecen en Strong Place: un menú de lo que se consideraría nueva cocina americana (New American cuisine), dividido en marisco (raw bar), verduritas (market), pescado (fish) y carne (meat). Pocos platos, pero todos con un pintón… Vamos, que si están tan buenos como los describe el menú, éste va a ser uno de los sitios frecuentados (para ocasiones especiales, aunque para como están los precios por aquí y lo que te sirven, como sea bueno, este sitio está pero que muy bien de precio).


Empezamos con media docena de ostras, langosta con un alioli picantito y unos gambones. David que, para mi horror, a veces creo que sigue la teoría de mi tío Eugenio con “lo verde pa los burros”, pasó bastante de la sección market, vamos, las verduritas, aunque yo me quedé con ganas de probar la ensalada de remolacha (Beet Tartare). Pasamos a probar el steak tartare, que venía con un huevo de codorniz y pan recien tostado y terminamos con un plato de vieras para morirse.



Y para remate de la jugada, el postre, acompañado de un espumoso, cortesía de la casa: una tarta de piña con helado de lavanda (tengo que admitir que lo del helado de lavanda me llamó la atención de inmediato). Me sorprendió la combinación de sabores: un helado de vainilla con un discreto sabor a flor de lavanda… Y en un momento vuelvo, casi sin venir a cuento, a ese sabor de mi infancia de los caramelos moraditos de violeta.

A los que venagáis por este lado del charco, merece la pena que si venís por Brooklyn, que os paséis por aquí. No os arrepentiréis.

Strong Place
270 Court St
Brooklyn, NY 11231

~Shakespeare in the Park~

Nueva York ofrece tantas cosas que hacer, sobre todo en el verano, que a una no le da tiempo de poder hacerlas todas. Lo mejor es el programa de cositas que son gratis y al aire libre. Con lo caro que te sale vivir aquí, se agradece que haya algo en lo que no tengas que apoquinar pasta. Mis actividades favoritas del verano son las noches de cine en Bryant Park y Shakespeare in the Park, en la que todos los veranos se representan obras del bardo en Central Park y a la que nunca he podido asistir porque pillar entradas es misión imposible.

Como no todos podemos asistir a estas representaciones, también se nos ofrecen representaciones a menor escala y no tan conocidas en otros parques, como la que se ha estado representado estas dos semanas pasadas en el parque de nuetro barrio, Carroll Park, con una versión moderna de “Romeo & Julieta” representada por Smith Street, una compañía de teatro ubicada en Carroll Gardens. Así que estas últimas dos semanas del agosto que nos acaba de dejar, a eso de las 6, se veía a gente con sus toallas de playa extendidas en el parque, y con algo de picar, sentados, esperando a que diese comienzo la tragedia de esos dos amantes de Verona.


Anuncio de la obra a la salida del metro

Hemos estado un par de veces viéndolos, pero con la peque es bastante difícil quedarse a ver la obra entera. Tengo que decir que lo poquito que vimos estaba muy bien representado y una se metía de lleno en la historia, a pesar de que el único decorado que tenían era el monumento a los caídos en la Primera Guerra Mundial que hay en el centro del parque. Creo que a la enana lo que más le gustó eran los dos músicos que estaban a un lado del “escenario” y que tocaban la guitarra. Ahí van algunas fotos para que podáis disfrutar de un poquito de Shakespeare in the Park.



Diario SUR

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