~Strong Place~

El martes pasado, 14 de septiembre, hace ocho años, nos dimos el “sí, quiero” en un callejoncillo en Brooklyn. Con el visto bueno de los vecinos adornamos nuestra callecita, conocida popularmente como “Cats’ Alley” (el callejón de los gatos), casi como si fuese una pequeña verbena con luces a lo largo de la misma. Los vecinos se encargaron de decorar sus setos y sus ventanas, que servían de telón de fondo a las mesas que alquilamos para unos 200 amigos y vecinos que se unieron a nuestra celebración. Lo mejor, me repiten hasta la fecha, fue la comida que, por los nervios, apenas probé: como la esencia de Nueva York (y la de nuestros amigos) es la de venir de todas partes del mundo, les pedimos a cada uno que participase de lleno en nuestra boda y nos obsequiase con un plato típico de su lugar de origen. Os podéis imaginar el cariño que le pusieron a esos platos de lugares tan diversos como Tíbet, Colombia, Polonia, México, China, Italia o el Midwest americano. La música (en la que no faltaron las sevillanas, que nos marcamos Ana, Eli y yo), estupenda, con uncle Al, uno de los vecinos que llevaba más tiempo viviendo en la calle (la familia de su mujer había vivido en la misma casa durante más de 100 años), como DJ de lujo, con su mezcla de música de todos los tiempos (sin faltar, por estar en el barrio en el que estamos, Frank Sinatra).




Fotos de Jessica Leung

Así que, este martes pasado, para celebrar que hemos sobrevivido ocho años de convivencia con altibajos varios y sin echarnos los trastos a la cabeza, decidimos darnos un homenaje. Como ya sabréis, no somos el más claro ejemplo de planificación y logística. Se suponía que teníamos que haber llamado a una babysitter para que le echase un ojo a la enana mientras nosotros, como dos tortolitos, cenábamos en un romántico restaurante a la luz de tenues velas. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. El día se nos pasó volando, sin conseguir llamar a la niñera, y al recoger a la niña no teníamos mucha idea a dónde ir… Hombre, teníamos los locales que solemos frecuentar, pero a David le apetecía algo diferente y yo ya le había echado el ojo a un restaurante nuevo, Strong Place, que abrió hará un par de meses. ¡Bien! Vamos de excursión, aunque sea a pocas manzanas de casa.

Allá que fuimos con niña y cochecito incluídos, que sea dicho de paso, viene bien llevarlos incorporados para hacer la prueba del algodón, a ver si el sitio de marras es child friendly o no: unos de los motivos (aparte de la relación calidad-precio) que, a estas alturas de nuestras vidas, determina si repetimos experiencia o no. Por cierto, a los que seais padres y echéis de menos vuestra vida pasada sin descendencia, lo bueno que tiene el llevaros criaturas a cenar (si es que tiene algo bueno, porque una ha visto de todo: desde comida volando, rabietas de todos los colores o paseos interminables, mientras los progenitores se turnan para comer) es que, al menos aquí, como las criaturas se acuestan pronto (claro, están agotadas después de las palizas que se pegan de correr, saltar, chillar y qué sé yo, que lo sé muy bien), pues te evitas las colas, las prisas y los agobios de los turnos más tardíos. No verás gente guapa, ya que lo más seguro que los otros comensales sean padres en tu misma situación, pero al menos comes bien. A todo hay que verle el lado positivo en esta vida, digo yo.

La antigua tienda de artículos variados elegidos sin ton ni son, llamada Shakespeare’s Sister, a la que me encantaba ir, se ha convertido ahora en un espacio amplio con una preciosa barra de madera, sillas que parecen salidas de una escuela de las de antes y pared de ladrillo descubierto. Mesitas de mármol junto a los dos ventanales que flanquean la puerta y una camarera simpatiquísima que en seguida nos hizo sentirnos como en casa, con pequeña y todo. Lo primero, nos dijo: el menú infantil, para que pudiésemos disfrutar de la cena, con varios platos a elegir: hamburguesa, palitos de pollo o pasta. Vamos, como esto siga así, mi hija va a pertenecer al Club del Gourmet antes de ir a la guardería. Tras pedir la cena de la enana, nuestra camarera nos aconsejó un buen vino blanco para acompañar la comida que ofrecen en Strong Place: un menú de lo que se consideraría nueva cocina americana (New American cuisine), dividido en marisco (raw bar), verduritas (market), pescado (fish) y carne (meat). Pocos platos, pero todos con un pintón… Vamos, que si están tan buenos como los describe el menú, éste va a ser uno de los sitios frecuentados (para ocasiones especiales, aunque para como están los precios por aquí y lo que te sirven, como sea bueno, este sitio está pero que muy bien de precio).


Empezamos con media docena de ostras, langosta con un alioli picantito y unos gambones. David que, para mi horror, a veces creo que sigue la teoría de mi tío Eugenio con “lo verde pa los burros”, pasó bastante de la sección market, vamos, las verduritas, aunque yo me quedé con ganas de probar la ensalada de remolacha (Beet Tartare). Pasamos a probar el steak tartare, que venía con un huevo de codorniz y pan recien tostado y terminamos con un plato de vieras para morirse.



Y para remate de la jugada, el postre, acompañado de un espumoso, cortesía de la casa: una tarta de piña con helado de lavanda (tengo que admitir que lo del helado de lavanda me llamó la atención de inmediato). Me sorprendió la combinación de sabores: un helado de vainilla con un discreto sabor a flor de lavanda… Y en un momento vuelvo, casi sin venir a cuento, a ese sabor de mi infancia de los caramelos moraditos de violeta.

A los que venagáis por este lado del charco, merece la pena que si venís por Brooklyn, que os paséis por aquí. No os arrepentiréis.

Strong Place
270 Court St
Brooklyn, NY 11231

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Diario SUR

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