La cadera de Manuel Alcántara

A Don Manuel Alcántara, articulista de los de mayor cintura periodística y literaria, se le ha quebrado la cintura; es decir, la cadera. Son cosas del directo que nos deja cojos a los lectores. A partir (no es un sarcasmo) de este traspiés el Señor Alcántara funda el deconstrucionismo de contraportada. No otra cosa sucede cuando cae una columna. Con este derrumbe episódico no hay paisaje ni paseo de lectura que se sostenga, ni hábito que no se avenga al síndrome de abstinencia. Don Manuel, no solo escribe un vacío en la última página, sino que nos pone en la pista de que la realidad es lo que queda de una antigua imaginación, sus artículos han sido partículas de una enorme explosión de artificios lingüísticos preñados de un sentido sabio, como corresponde al sabor de un vino de reserva. Nos está sometiendo a la indagación, a la pregunta y, en definitiva, a la retórica. ¿Qué hubiera dicho?

La secta judía de los Hasidim,  cuando trata el asunto de los maestros, cuenta la anécdota de un hombre que fue a Mazeritz, no para escuchar al maestro, sino para ver de qué modo se ataba éste los zapatos. Entiéndase que no es maestro quien enseña cosas, porque una enciclopedia sería, en tal caso, mejor maestro que un hombre. Maestro es quien enseña una manera de tratar con las cosas, cada maestro es un estado vital. Los sucesos incesantes, bajo la pluma del maestro Alcántara, acostumbran al giro inteligente de la perspectiva.  Los lectores de Don Manuel viajamos a la última página a ver cómo se ata los zapatos; aunque la suspicacia de la cadera rota nos desluzca la metáfora. Quiero decir por último, parafraseando al gran poeta chino Li Po, que hasta que nos vuelvan a servir el vino de reserva, nos beberemos la luz de la luna, que es lo único que le hace sombra al maestro.

En la espera.

He querido hilvanar infinitos romances,

galopando ebrio sobre lomos de un lenguaje bellísimo,

palabras bordadas y frágiles,

envueltas en cristal sonoro o sentidos abisales,

desnudas unas veces y otras adornadas

de vuelos y cendales.

 

He querido soñar a horcajadas de un renglón sin final

mil jardines femeninos, dulces,

pensados para rodear la hermosura de un encuentro,

y un escuadrón de poesía escoltando el viento

que te despeine el corazón.

 

No he puesto dorados todavía,

ni sinfonías modélicas que llamen a los mitos

a danzar un baile principesco.

Tan solo estoy esperando en la esquina de un verso

a que salga tu nombre.

Surge.

Surge, de nuevo, en la forma difusa de las palabras.

Dice que el aire está pintado de una gama de grises espontáneos,

Que el pincel arrebata la esencia melancólica y la muerte

Para transportarla en cubos rebosantes al centro mismo de todo.

 

Renace y crece, de nuevo, en explosión y en batalla.

Trae un ramillete de lloros también grises y espontáneos,

Una levedad de olvido, un cuidado, un mimo.

Y trae una convocatoria a sus brazos, a su boca, a su misterio.

 

Compone, de nuevo, la esperanza en un silencio de baile.

Disimula una masacre de colores exiliados

Que volverán triunfantes al arco iris y a sus ojos,

Y entonces, con versos decapitados, recitaré lo que pueda.

Poemilla para los alumnos de Valencia.

Si vieras cómo cruza la calle la primavera.

Al llegar al chaflán le da patadas a una lata

y, mientras termina el último bocado del recreo,

me mira con el asombro del otoño.

No es nada del otro mundo, pero en su mochila trae

los veranos de los castillos de arena y las ahogadillas de sus primos,

un estuche lleno de jardines y el frío del aula,

que es invierno sobre sus juguetes.

Si vieras, digo, cómo la primavera cruza la plaza

y, de golpe, queda cubierta por todas las estaciones.

Si lo vieras, a lo mejor, entonces, no sólo dispararías la cámara de fotos.

En Valencia la policía tiene porras.

De cómo en los extremos de una porra del Estado pueda condensarse el cúmulo de mala sangre, hablarán los sociólogos severamente, que ahora lo que urge gritar es referente a la carga y descarga policial en Valencia y a la última mano que lo ejecuta. Toda motivación que justifique la saña y la cólera con que se arrea un golpetazo a un menor se fuga por la línea recta al cesto de la basura, y cuesta mucho entender qué razones, si el término es aplicable, llama a un asalariado enclenque, de sueldo adelgazado y sometido a impuestos engordados, al uso de tanta fiereza indómita contra adolescentes. Puede encontrarse cierto sentido freudiano en el simbólico uso de la porra: cada palo una cópula y cada herida una inseminación. Lo que ocurre es que, una vez más, se engendra odio, rencor y resabio; deberían haber leído. Después el parto trae lo que puede. La reivindicación es femenina y la represión es masculina, siguiendo el símil. El dulzor del cambio y la creación está en las entrañas del grito y la denuncia. La juventud viene, el nuevo sistema se está anunciando y al viejo orden no le queda más que un ejército de porras que se están volviendo flácidas y les queda poco que derramar.
Cambiar la palabra por el rayo sólo es asunto de Júpiter, después de sentirse cansado de saber tantas cosas y aún explicarlas. Nadie cree que les valga el ejemplo, como tampoco es creíble que anden entrenados en pensar lo que hacen; les basta una orden ejecutiva para desfogar un estado de frustración vital que debieran dirigir en sentido inverso, al tiempo, para dar luminosidad a la esperanza; aunque de momento todo sigue como una fotografía en sepia, antigua estampa de las viejas ataduras, qué triste, y cada cual en su particular pesadumbre y un tanto de colectiva indolencia. “El rico a sus riquezas, el pobre a sus pobrezas y el señor cura a sus misas”. Ni las armas ni las letras mueven un palmo su sitial del curioso discurso que pronunció Don Quijote sobre ellas; pero de eso el policía no sabe o no contesta y tampoco quién los manda, porque no se puede encontrar nobleza donde se da un porrazo a un joven que está pidiendo –aquí el bucle- que no le recorten más sueldo al que pega. No se explica, quiero decir, que por lo que cobran no pasen de descargar las porras en sus propias manos.

Diccionario elástico.

            Cuando me atacaron las fiebres gripales se me ocurrieron unas cosas rarísimas y ciertamente indecibles. Recuerdo que tomé notas delirantes en papelillas que nunca más encontré y que mi deseo (febril deseo) era escribir compulsivamente a ciegas; es decir, con los ojos cerrados y la mente vagando a la deriva. Entre los jirones de memoria que me llegan de esos días, cuento con una seria proposición que hice a la Real Academia de la Lengua: un diccionario elástico. Con los ojos cerrados se me abrían vistas apasionantes e imágenes verdaderamente fantásticas de cuyos perfiles puedo intentar dar pinceladas con el convencimiento de que jamás lograré transmitir la plenitud de los acontecimientos.

            Un desfile de neuronas tomaba asiento en un aulario, digo yo que cerebral, frente a una pizarra enorme. Como había decidido prescindir de toda disciplina, deberían imaginar, mientras leen, un batiburrillo caótico de neuronas de todas las edades y condición. En todo delirio siempre hay un Napoleón falso, no obstante, allí se sentaba el auténtico, lo pude tocar. Arreciaba, en el interior de la bóveda craneal, que diría Juan José Millás,  una furiosa tormenta de impulsos eléctricos a modo de guerra de tizas, que no está mal tratándose de una gripe común.

            Una inmensa masa neuronal amorfa tomó una posición magistral bajo el encerado verde y lejano. De repente se convirtió en boca de la que salió una afilada lengua, que era claramente un florete afiladísimo y agilísimo con el que comenzó a escribir la palabra “necesidad”. Conforme el trazo avanzaba las letras iban adquiriendo vida sin eludir la palabra que las contenía. Quiero decir que se agrandaban y se encogían sin perder el orden y la conexión con la palabra al completo. El renglón con su única palabra comenzó a serpentear, cambiando al mismo tiempo de tamaño. La culebra mudó su piel monocolor por otra vistosísima, repleta de salpicaduras luminiscentes y bellísimas composiciones frenéticas, parecía un cuadro de Pollock.

            Todo así, con los ojos cerrados de par en par, se oyó proveniente del entarimado la palabra “tiempo”. Entonces, el reptil “necesidad” comenzó a engordar y a brillar, a ocupar cada vez más espacio y a moverse con cierta elegancia rítmica en una danza seductora. Cuando alcanzó una extensión universal, es decir; todo el escenario visible y audible, con una anchura inabarcable, alguien intuyó la fertilidad natural de los conceptos que atrapan la codicia seminal al vuelo. ¡Se acabó ese “tiempo”! –gritó la masa neuronal amorfa- Y con el florete pinchó la monumental “necesidad”, haciendo estallar en un innumerable rosario de palabras iguales a la boa, y dando lugar a un salpicón de pequeñas serpientes, delgaditas y escurridizas que enlazaban las letras del término “capricho”. 

            Creo que debí abrir los ojos un poco porque en ese preciso instante del estallido comprendí lo del diccionario elástico; pero la fiebre no había disminuido aún, según me dijeron, porque me lamentaba continuamente de haber perdido en Waterloo, qué cosas.

Insomnio de otoño.

Pongamos que te desvelas un tanto angustiado a una hora intempestiva de un domingo de otoño (digo otoño porque sucedió en otoño). Imagina que decides ir a la cocina a prepararte un vaso de leche caliente, tomártelo y volver a la cama a ver si pudieras dormirte de nuevo, pero al pasar por el salón hay un hombre sentado en el sofá leyendo el periódico a la luz de la lamparita de IKEA y ese hombre eres tú. Piensa que lo que te asombra de eso es la indiferencia con la que te lo tomas y la tranquilidad con la que le preguntas si quiere un vaso de leche. Y ese hombre, quiero decir tú mismo, apaciblemente te responde, sin apenas mirarte, que sí. Pues bien, esto mismo me sucedió a mí con la particularidad de que no me gusta la leche ni en pintura.
Mientras preparas ambos vasos te ilusionas con la idea de tener una conversación distinta, no en vano las compañías humanas evitan los insomnios ajenos y éstos suelen ser aburridísimos por eso mismo. Colocas ambos preparados en la mesita de centro y observas atónito cómo el sujeto en cuestión se bebe sin respirar el vaso de leche hirviendo, a la vez que a ti te arde la boca y la garganta. Quieres preguntarle algo y percibes en su rostro, el tuyo, el aspecto claro de la incertidumbre. Decides guardar silencio y entonces el hombre del sofá se relaja y continúa leyendo un periódico intemporal cuya primera página relata la pérdida del Sahara y la muerte de Gadafi. En la contraportada escriben al alimón Campmany, Camba y Umbral. Crees, como yo, que se trata de un problema de sintaxis, tal vez un abuso del “futuro histórico”.
Todo es muy confuso y, sin embargo, entretenido para un momento de desvelo en mitad de la madrugada. Te encuentras allí en tu salón contigo mismo compartiendo una realidad desdoblada. Como he repetido muchas veces que me tengo comparado con la comida francesa; soy más apetecible en la carta que en el plato, puede ser que este “yo” tan ensimismado, sea la trascripción literal de lo que los comensales leen de mí o piensan de mí. No sé qué puedes pensar, pero mirado desde aquí al lado, el hombre, que eres tú, es mucho más grande que tú; casi roza el techo y las piernas alcanzan el tabique de enfrente. Junto a él te vas mermando y él permanece altivo, arrogante, magnífico. Cada vez te haces más diminuto, hasta colarte, imagínatelo, por la hendidura que hacen los cojines en el sofá y, a todo esto, aparece tu mujer por el pasillo (antiguamente corredor) y dice: esta noche estás guapísimo, pero podías haber usado un solo vaso, corazón.

Mingote: Marqués de Daroca.

            El Rey acaba de nombrar Marqués de Daroca a D. Antonio Mingote. Me acabo de enterar y no doy crédito, sin ser Banca. Tratándose del “abecé” del humorismo gráfico, y del humorismo gráfico del “abecé”, no le faltan méritos para el reconocimiento general. Cuando aún no eran tiempos de recortes, los españoles ya recortaban sus viñetas en La Codorniz. Los académicos ya entendieron en su día la necesidad de poner chispa entre sus sesudas butacas y lo sentaron en el sillón de la “R”. Ahora la Monarquía, es lo que no comprendo muy bien,  entendiéndose escasa de histriónica nobleza, lo incorpora a su Corte Aristocrática para mejorar su casta y otorgándole el Título se apropia de Mingote. No le hace falta, digo yo, porque en sus “prietas-las-filas” goza de dos chistes mayúsculos sin parangón; uno es la Duquesa de Alba y otro es la “urdangarinada”. Con el primero te ríes a mandíbula batiente y con el segundo se te hiela la sonrisa; el pueblo no lo pilla,  pero alguien lo ha pillado.  Debe ser que la Monarquía se siente propietaria legítima de la letra “R” y, antes de que un “R-econocido” Señor de la “R-isa”, pula, fije y dé esplendor al margen de toda “R-ealeza”, lo toma para sí nombrando Marqués a quién ya es un “R-ey”. El Título no hace al monje, que ya venía así de casa. D. Antonio Mingote es Alcalde honorífico del parque del “R-etiro” y un “R-eputado” “R-egidor” de la “R-isa” y la “R-etranca”; es “R-eferente” del “R-espetable”, así que “R-eivindiquémoslo”; nos lo han “R-obado”.

Breviario de los vencidos. E. M. Ciorán.

            Mucho más acertado sería decir “breviario de los victoriosos”. En cada línea, Ciorán, reclama su nombre. Exige la autenticidad esencial de un yo sacudido de la ponzoña cultural y religiosa. Su horizonte nítido consiste en la visión de sí mismo sin filtros ni reflejos; desvestido hasta de las ideas. Reclama el misticismo del dolor como cualidad imprescindible de la existencia humana y lo va a dejar ahí sin apenas tratamiento. Cualquier pócima moral que trate de aliviar un sufrimiento se convierte en hastío; verdadero origen de los desmanes sociales. Su posición es la de un nihilista por estética también; aunque recupera a la música de toda fórmula de adoctrinamiento, como suprema abstracción. “La música sustituye a la religión al haber salvado lo sublime de la abstracción y de la monotonía. ¿Los músicos? Unos sensuales de lo sublime”. El “yo” para Ciorán es soledad a perpetuidad y consciencia de la muerte; por eso también queda alejado de la infancia. Muestra, con los rayos de su cólera pensadora, la fraudulenta felicidad religiosa que se ha impuesto a costa suya, a costa del “yo”, tornándose desde el primer momento en la enemiga de la necesidad. ¿A qué tanto veneno? La visión estética del mundo le suscita una verdad incendiaria: la vertiente artística de las crueldades del pasado. “La crueldad es inmoral para los contemporáneos; como pasado, se transforma en espectáculo, al igual que el dolor encerrado en un soneto”. Ciorán, trasciende lo superfluo para instalarse angustiosamente en sí mismo. Su intuición de que alguien “a solas” le habita radicalmente, le causa la zozobra intelectual de desenmarañar intensamente el ramaje frívolo que lo naufraga. No está vencido porque se entrega a la pelea contra la indolencia, contra el tedio y el cansancio, contra la existencia desnaturalizada.

El voto de D. Cosme.

            Don Cosme es el vecino sabio en un edificio de menestrales. Ha entrado ya en esa edad en la que se pueden fumar cigarros apagados sin despertar extrañezas, enviudado por dos veces de la misma mujer: una cuando no le reconoció por vez primera y otra cuando falleció, antiguo díscolo sin llegar a revolucionario, profesor de latín y brillante pareja para el dominó; se dijo que fue masón y nunca se supo ciertamente. Ayer coincidí en el portal con él, con su compra diaria, con su periódico redoblado bajo el brazo, con su halo de respetabilidad. Traía recortada en el rostro la sonrisa de las ironías. Posee, por mandato de su prolongada juventud, una sabiduría entrañable e inofensiva –la sabiduría es inflamable y revolucionaria por definición- porque a esa edad no hay intencionalidad expansiva y su expresión queda resumida al ámbito de la conversación bajo el principio “anti-activista”: “si lo tengo que explicar no lo vas a comprender y si lo vas a comprender no hace falta que lo explique”.

-         Buenos días, Don Cosme.

-         Buenos días, vecino.

-         ¿Le ayudo con las bolsas?

-         Dios te lo pague, gracias; pero todavía puedo solo.

-         ¿No quedamos en que no había Dios?

-         No me hagas hablar, vecino. Es el Dios de los creyentes, allá tú. Habría que decir: que Dios te lo “co-pague”, parece que es la moda y Dios debía tomar nota de la austeridad, digo yo.

-         No me líe Don Cosme. ¿Existe o no existe?

-         No solo no existe, sino que vete tú a encontrar un electricista en fin de semana.

-         Se le ve contento esta mañana.

-         No puede ser de otra manera: han ganado las derechas. –se detiene ante el primer escalón y me pone el semblante pedagógico- Utilizo el plural con sentido; el alcance es mayúsculo y aglutina todos los grados, no podemos pedir más.

-         ¿Pero usted no era de izquierdas?

-         Por eso mismo estoy que no quepo de alegría; hasta me da la risa floja a veces que tengo que hacer esfuerzos para no parecer tonto. Le hemos endosado el gobierno ahora que todo está manga por hombro, no le quedan más proyectos que los que desvelarán su condición más reaccionaria y su radical conservadurismo exigiendo esfuerzos dramáticos a los ciudadanos. No le hemos dejado más alternativa que ser de derechas propiamente en un país de izquierdas, cuya ansia de redefinición de “ser de izquierdas” precisaba leyes, gestiones, talantes, posturas y gobiernos de derechas para poder contrastar y acordarnos durante mucho tiempo de por qué somos del bando del pueblo llano. Me da risa, vecino, no puedo remediarlo. Le hemos dado el gobierno envenenado y absoluto y se ponen como locos a dar saltitos en el balcón de Calle Génova, ahora que van a ser exclusivamente responsables de todo.

-         Don Cosme, no sé qué decir.

-         Mira, vecino, habría mucha tela que cortar pero déjame que te diga una cosilla más. Un tal Max Weber habló del paso de la ética de las convicciones a la ética de la responsabilidad en un sentido pragmático y político. La izquierda adopta la ética de las convicciones cuando no está en el poder, y cuando alcanza a detentarlo se aviene a la ética de la responsabilidad en favor de un equilibrio social, en cambio la derecha se instala siempre en la ética de las convicciones y, cuando alcanza el poder no renuncia jamás a sus principios. El choque está servido, vecino. La calle no entiende de pragmatismo y convicciones al margen de las personas y la izquierda apadrinará, ahora que no tiene gobierno, esas necesidades y vindicaciones. Cuánto más dura sea la derecha, más sentido y contenido tendrán las izquierdas. Cuánto más capitalismo, monetarismo y macroeconomía, más necesidad de incorporar “humanismos” al debate. Lo realmente macabro del asunto es lo poco oportuno del momento histórico, desastroso, para el futuro de la derecha tomando el mando en estos momentos precisamente. (Para la derecha el gobierno es “mando”) Estoy contento porque ahora podemos ser abiertamente de izquierdas, porque vamos a encontrar claramente nuestras definiciones y nuestro sentido, porque los pueblos se están agolpando, en España también, del lado del sentido común de guatiné y babuchas.

-         Don Cosme, me da en la nariz que ha votado al PP.

Y Don Cosme sube las escaleras sin poder aguantar la risa; todo un personaje.

Diario SUR

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