Pareciera que de la política a la tecnocracia hubiera el mismo salto que de la mediocridad a la superiocridad, valga el palabro. La evolución de la patología europea, (euroquiste) salta a la fase preagónica con la irrupción de equipos quirúrgicos en Italia y Grecia. El conocimiento puesto al servicio de desplazar el deseo colectivo. Europa respira artificialmente porque está sostenida por una “tecno-medida” que la mantiene cosida con puntadas deshilachadas. Nadie se explica cómo el ciudadano “pancartista” puede ser el objeto de la indeferencia y, sin embargo, los capitanes de la contienda sean ascendidos a generales por el mérito de haber creado la guerra. La ascensión de la tecnocracia viene a ser el reconocimiento implícito de que no hay más que una manera de hacer las cosas. La tecnocracia es, en síntesis, una reparación mecánica de la máquina y las decisiones técnicas no son más que dientes de una enorme corona dentada que tiene forzosamente que engranar. Todo lo que se hace es para mantener el sistema cuando el artefacto ya no es automático y precisa de una asistencia perpetua. La idea es enchufar al moribundo a un cableado financiero y económico, sin Marqués de Villaverde que fotografíe nada, hasta que se encuentre la avería. Lo peor del asunto es que no tenga arreglo y los técnicos nos cobren el desplazamiento a precio de fontanero. Mientras tanto se afilan los bisturís de la autopsia, los pueblos deberían ensayar el verso en lugar de la prosa y estar acicalados los soñadores, los inventores y los románticos porque el tiempo les está dando la razón de momento, y no tardará mucho en darles el poder.
Notas marginales
Tan importante como elegir los conocimientos, es elegir meticulosamente las ignorancias.
Eurocracia
El pisito

Quienes sobrevivan el milenio y, auscultando la historia, descubran los minipisos de 25 metros cuadrados, van a determinar erróneamente que los habitantes de este tiempo nos desenvolvemos hacia adentro, como estoicos que acaban expandiéndose libremente por los espacios infinitos que albergan sus propios cuerpos. Creerán que el hábito de tropezar la vista en las aristas de los estantes y el repliegue gesticular preciso para no dañarse con las esquinas, han modelado el carácter típico del hombre de nuestro tiempo. Pensarán que la manifestación externa de la intimidad, esa prolongación personalísima sobre el mobiliario mínimo, evita cualquier tentación de grandeza y anula toda necesidad de conquista. Se van a encontrar con la decoración de los micro tiempos, allí donde la distancia entre el sueño y el trabajo, la cocina y el baño no va más allá de un paso, el tiempo queda reducido y amontona el comportamiento, haciendo que los habitantes minúsculos no sean capaces de separar el salón del dormitorio y por tanto, el sueño de la realidad. Ese hermetismo impone simultaneidad, pintarse es cocinar que es vestirse y descansar porque todo es y está simultáneamente. Tan a la vez sucede todo que la velocidad se reduce hasta la quietud, pues a menor espacio siendo el tiempo constante, menor velocidad. Van a sospechar que Don Tancredo, provenía de uno de estos pisos y que el minimalismo es secamente una adaptación. Nada más lejos de la verdad. Lo que sucede ha de quedar escrito y bien escrito, porque los que vivimos este tiempo queremos dejar el rastro perdurable de nuestra condición. Por eso deben saber que la invención no es gratuita y nada tiene que ver con ningún modo de vida. Aquí nadie ha pensado nunca que esos hogarcitos cumplan la finalidad de hospedar una vida digna; al contrario. Lo que ocurre es que la humanidad se ha visto obligada a crear un concepto nuevo que justifiquen los expositores en IKEA, para que en ellos se besen los amantes al abrigo de un hogar con idéntica extensión de espacio que de tiempo. Y, de paso, como todo se detendrá eternamente en ese instante, que puedan hacerse de comer aunque no lo necesiten. Eso es.
Jazmines en el champán.
Tengo resaca por haber estado tomando palabras espirituosas hasta muy tarde o muy temprano. Preparaste el alcohol con tus letras traviesas y conseguiste marearme. En cuanto viste que empecé a desnudarme quisiste cerrar el techo para que no viera más estrellas y apagaste el jazmín sin ninguna compasión y asustada. Que sea la última vez que me amas… sin decirlo! Serán las secuelas las que hacen que esta mañana me guste oír canciones en francés y que goce saber que no tengo porvenir ni edad para callarme lo más mínimo; aunque los pensamientos los hilvane en el idioma que me has dejado, sin gramáticas ni dictados.
Protocolo del mundo nuevo
Si se adquiere el hábito de mirar la vida, sentados a la puerta de casa, con el ánimo plácido de hacerlo “como si nada”, dejando que los acontecimientos tomen la mirada si han de tomarla, sin obligación ni premura de manufacturar opiniones o fijar la vista; si así, sin advertencia ni voluntad de atención, mientras se huele el perfume fresco de la tierra regada para enfriar el verano, como el que serenamente se descansa un rato después del trabajo y antes del sueño y saluda dócilmente la conversación del cigarro y el amable paseo del vecindario, se permite que la brisa perenne de la nueva vida vaya despeinando las antiguas creencias y descomponiendo los viejos vuelos de las ideas, y el viento del nuevo mundo vaya enfriando la vetusta conciencia sin exponerse al pairo ni resguardarse en puerto, entonces el sueño no puede ser otro después de tanto: este universo se nos deshace como el algodón de azúcar en la boca. Corresponde al hombre que piensa con las tripas y se niega a separar la cabeza de su cuerpo, de su sexo, de su conciencia, de su cotidianeidad y de su rutina, ponernos en la mejor pista. Aquel que se erigió en intelectual, en tecnócrata, en pensador, nos ha traído a la decadencia porque renunció antes de todo tiempo a su condición más humana que es precisamente la que equilibra todas las potencias instaladas en la persona. Renunció a la intuición, a la emoción, al alma de los asuntos. Se inspiró en los monstruos de Goya y estimuló sin descanso la lógica del plástico. Ahora hay que tomar partido por los que se presentan con forma humana, por los que ríen, por los que lloran, por los que murmullan sin pretensiones: “esto se ha acabado”. Hay que sentarse junto a quienes gozan oliendo la tierra empapada y mirar plácidamente la vida “como si nada” para tomar partido por el hombre.
El bodorrio y Ana María Matute: dos realidades.
Aprovechando la resaca general de las realezas, a sabiendas de que sus pesadas coronas estarán sobre sus regias mesitas de noche junto a una discreta cajita de “alka seltzer” y un vasito de agua (en el que ahogarse), aprovechando, digo, que duermen tras la mascarada del baile de disfraces y amenazan con despertar en cualquier momento del siglo XXI aún con semblantes pálidos del XIX, y con permiso de sus frivolidades exquisitas por inútiles, voy a intentar hablar en algún hueco de la tormenta mediática y tóxica de Ana María Matute; aristócrata real por la gracia de sus méritos y sus conquistas de la realidad. Ningún protocolo de circunstancia ha hecho exigencia del más mínimo “tocado” en su literatura. Todo “tocado” por requerimiento en literatura es un “hundido”. Tampoco han necesitado exhibirla por colocación geoestratégica junto a ningún príncipe-medallero, sino que su poderosa capacidad inventiva y su fuerte tesón literario le han hecho vivir para hacernos vivir: “el que no inventa no vive” –dijo. Todo aquel que inventa un mundo lo ha contenido previamente en su conciencia, en parte del mismo modo que se aprehende la realidad, de forma que se hace innecesaria, desde la propia literatura, la distinción. ¿Acaso al pensar en el “arzadú” puede distinguirse en la imagen representada algún elemento que delate su condición o su naturaleza imaginaria? Ana María confiesa que inventa para superar la honda frustración que le inflige la realidad. Así su inventiva es herencia y añadidura. Superar es heredar y añadir que diría Ortega. Pero también es vivir. Porque vivir es expandirse en esas infinitas galerías que la ensoñación procura a medias con el universo de sensaciones que desata. Como esa música de papá que no había que creérsela porque se la inventa, son sus libros, que le cuelgan como condecoraciones a la vista de la nobleza más elevada, que son los que admiran la belleza y el perfume del “arzadú”.
De botines y otras zapaterías.
Don Emilio Botín se aviene a tratar a Zapatero como a un igual a condición de que éste le trate a él como a un superior. No es poco asunto para D.Emilio saber que la reparación de su apellido entra en la jurisdicción profesional del remendón, de modo que esa disuasión escalofriante, por mucha costumbre a pisar terrones que tenga un botín, le hace caminar con pies de plomo, por no acabar en triste y fresca chancla, ahora que vuelven volando sus nidos a colgar como cada verano. Lo sustancioso es el trueque de la llamada democracia, diríamos la “democracia real” o “realpolitik” donde se respira el tufo hediondo del patriarca de toda la vida: -¿Qué hora es, José Luís? –La que usted mande, don Emilio. –Pues que sean las cuatro, para aprovechar este sueñecito en su hora de siesta. Decía Cicerón que “no hay anciano que olvide donde escondió su tesoro”, lo que traducido al iberismo vigente significa que estamos en la ancianidad del régimen, aunque solo sea por dar muestra de no haber olvidado su escondido B/botín. Sea como fuera cada jerifalte de lo suyo, lo visible de la mujer del César deja mucho que desear y lo que parece, en este caso, es muy próximo a lo que es en realidad, esto es; algo de Madame Recamier alongada en su canapé, con los pies descalzos, que los botines es cosa de hombre que viste por abajo con unos pantalones que no necesitan abrocharse el cinturón. Lo temible de estas apreciaciones es que resulta imposible no terminar siendo como los otros creen que uno es y no digo nada sobre lo que el ciudadano cree que es todo esto.
Historia íntima de la guerra.
La puesta en escena de una guerra resulta espectacular y muy televisiva. En el escenario bélico no hay límite de aforo, una guerra es un circo romano a lo bestia; el mayor teatro del mundo, con guionistas, directores, fotógrafos, actores principales, figurantes y unos presupuestos que no resistiría Hollywood en su mejor época. Hay que ver lo bien que trabajan las victimas. Las hay que se dejan matar por darle realismo a la interpretación. Es “realismo trascendental”, que diría Zubiri. Frente al televisor, preferentemente de plasma, con la conciencia de telenovela removida, se puede sestear sin mucho esfuerzo, mientras las bombas las tiren sin demasiado ruido. También es compatible el programa con una cervecita tipo pilsen y unos nachos con guacamole, pongo por caso, además de una tozuda resistencia en reconocer en el vecindario y ante los amigotes de oficina y picos pardos, que esas cosas se ven y se olvidan con la misma indolencia que uno se corta las uñas una vez por semana. La distancia entre la realidad y la ficción la pone la caja tonta y los cojines mullidos del sofá. No es asunto de absolutismo o relativismo filosófico, porque, bien puede tener lugar la contienda bélica en un plano de realidad “per se”, al margen del conocimiento humano y entonces no hay guerra: lo que no se conoce no existe, o bien tener lugar en la jurisdicción de un discernimiento troquelado por una televisión que, sobre todas las cosas, imprime un marchamo de irrealidad innegable. De modo que la guerra es un episodio más o menos trágico que sucede íntimamente en el salón de casa por el tiempo que dura la emisión de la noticia o el reportaje y no más allá. Y como resulta que el ser humano tiene vida real más allá de las noticias y los reportajes, (esto es dudoso también) la guerra cuenta entre las figuraciones virtuales como argumento de un entretenimiento y no como una dramática pregunta directa a las conciencias. No es que la guerra no exista porque no se conozca, sino porque se deposita en un conocimiento proveniente de la televisión y fundamentalmente porque nada de lo televisado nos está pasando en nuestras carnes y en nuestros huesos. Además hay miedo a la verdad y se prefiere, como Unamuno decía, contar las cerdas al rabo de la esfinge, por no mirarla a los ojos.
Memoria de mis putas tristes. García Márquez.
No hay final en la voracidad de la juventud, ni aún en los noventa años, parece decir García Márquez. Las memorias de un jovencísimo nonagenario, que pretende una celebración carnal con la ternura de una virgen casi niña, avisan de que en el abismo del tiempo terrenal los vacíos de amor completan toda la vida. La contemplación estética de una mujer dormida –caracolada y desnuda- “sin los apremios del deseo ni los estorbos del pudor” vienen a ser presupuestos de amor. Por eso es merecido el recuerdo, porque cuando la esperanza disuelta en la honda edad parece que no cuenta, y los juegos vitales apuran en un sentido prosaico, sucede al final de los años el principio de la vida. “El sexo es el consuelo que uno tiene cuando no le alcanza el amor”. La relación que el anciano establece con Delgadina, de cuya existencia emanan las más intensas sensaciones jamás vividas, es de una alegórica belleza sublime. Mientras ella duerme, él le lee “El Principito” o los cuentos de Perrault o Las Mil y Una Noches, y señala: “su sueño tenía diversos grados de profundidad según su interés por las lecturas”. Así el anciano, se proyecta hacia el amor dormido, contándose lo que siempre quiso escuchar y descubriendo el inverosímil placer de la contemplación por una parte, y su intacta y monstruosa capacidad de amor por otra. El diálogo entrambos es desigual; cada cual habla según su lenguaje. Delgadina, sin apenas deseos de comunicación, parece que dijera, como en el Libro de los Muertos de Egipto: “pasa, eres puro”. Y él, en trance de amor, se abandonara al sueño más deslumbrante de su vida.
Hacia un saber sobre el alma. María Zambrano.
Así de sugerente susurra María Zambrano su filosofía: “Hacia un saber del alma”. Porque María Zambrano proyecta la palabra como soplo suave y libera etérea y sutil una brisa perfumada que es la idea. Tenaz y continua en la ligereza es más fuerte que un huracán por persistente, y acaricia con aire nuevo como hiciera una mano maternal, la piel de las entrañas, sin dañarla y, aunque la víscera humana sangra herida la angustia de toda vida en desamparo, María no hace sino señalarla delicadamente y aún con la melancolía de quien se culpa por descubrirla. Se alía así con el sentimiento trágico de la vida de Unamuno, musitando apenas el ansia de la muerte. Escribir es defender la soledad, dice. Pero se refiere a la “soledad sonora”, a la íntima conciencia del ser, tan aislada, tan sitiada y tan fecunda a la vez. Es el corazón, es la poesía, es la música y la necesidad de vínculo entre el alma y la realidad. Por eso cada decir debe finalmente tener algo de explosión, porque cada libro, para serlo, ha de ser una “bomba o acontecimiento que al suceder amenace y ponga en evidencia, aunque solo sea con su temblor, a la falsedad”. María camina hacia un saber sobre el alma; metáfora, guía, psicoanálisis y el amor. “El amor es hambre de engendrar en la belleza”, dirá. Podrá beberse de esa fuente como manantial romántico, pero a poco que la frase se estruje se abrirá el paso hacia una visión biológica del amor, hacia una visión patológica de la belleza y una dimensión instintiva del deseo; en definitiva una mágica expresión redonda donde la realidad y el alma, la palabra y el silencio se unen. Todo discurrir es transitar hacia el último saber del hombre; el que proviene del más allá y sobre el que María nos da pistas.
A propósito de cadenas
Ya me he acostumbrado a recibir diariamente en mi correo electrónico decenas de textos enlatados, cuyo destino, se supone, es expandirse sin medida hasta impregnar “urbi et orbi” con su consustancial sabiduría el núcleo cognitivo del género humano. Es otro modo de ecumenismo, de evangelización o de cruzada moderna que ansía reunir en su esencia la función socializadora, la doctrinaria, la reivindicativa y, si me apuran, suplantar por sustitución la necesaria formación por la cómoda información. Circula ya una cultura del PowerPoint, una delirante conciencia de verdades prefabricadas que no sería grave si no aniquilaran el espíritu crítico y el pensamiento libre. Casi todas estas cadenas, nunca mejor denominadas, encierran un dictado dogmático y no desperdician ocasión para radicalizar los postulados que preconizan, añadiendo a ese pensamiento, por llamarlo así, una propuesta de acción concreta en consonancia con lo que expresan. Como mínimo inducen a propagarla bajo advertencia de mil desgracias si no lo haces. En otros casos es peor el asunto: tú eres responsable último de la muerte de un niño enfermo, cuya fotografía descarnada se proyecta directamente hacia el sistema límbico, caso de no hacer exactamente lo que te indican que hagas. Son constitutivamente opiniones, es decir; pensamientos individuales débiles, por contraposición a las ideas o las teorías, ya que carecen de los requisitos de demostración o fundamentación para su formulación. Se propagan como verdades universales porque su fuerza aprovecha tres circunstancias elementales: las creencias populares, el deseo humano de hacer bien y la facilidad de difundir por Internet. Atentan contra el más puro sentido de la decencia y de la sanidad mental y además ocupan tiempo, mucho tiempo, demasiado tiempo. No son más que fragmentos y esquirlas desprovistas de su contexto y entran en la jurisdicción de lo que hoy se llama “frikismo” por excéntricas y distorsionantes, y si no es así, prueben a enviar esto inmediatamente a quince amigos si no quieren quedarse en la triste soledad de haberlo leído sin compañía.

