Si una gota de agua es capaz de horadar una piedra, no digamos lo que puede hacer un torrente cuando una mole pétrea estorba su ansiosa búsqueda del mar. Tres ejemplos de este prodigio poseemos en la provincia de Málaga, a cuál más impresionante: El Tajo de Ronda, merced al río Guadalevín; la hondonada de las Buitreras en El Colmenar de Cortes de la Frontera, labrado en la roca por el río Guadiaro; y, a poco menos de 30 kilómetros en línea recta al suroeste de Antequera, el desfiladero de Los Gaitanes, abierto por el río Guadalhorce en el roquedo kárstico que conforma la sierra de Abdalajís.
El Tajo rondeño se lo encuentra el excursionista nada más asomarse a los balaustres del Puente de Nuevo en el centro de la ciudad. Las Buitreras exigen una larga excursión en las proximidades del puente de Los Alemanes. Los Gaitanes, en fin, sacude nuestra imaginación y provoca el asombro, bien acomodados en el tren que cubre la distancia que separa Bobadilla de Málaga. No hay viajero que, a su paso, no vuelva la cabeza y admire cómo el “Caminito del Rey” se escurre temerariamente por las paredes del hondón, atravesando desdobles sobre puentes inverosímiles. Una pasarela atrevida que faja las paredes calizas, cuyo tránsito no es aconsejable por el riesgo que se corre si previamente no se posee conocimiento real de su estado.
Las escarpaduras de El Chorro presentan en algunas zonas 400 metros de profundidad y tan solo 10 metros – el azul del cielo visto y no visto – separan entre sí las dos grandes formaciones rocosas de estratos verticales, inverosímilmente unidos por un puentecillo a media altura, que de alguna manera humaniza el imponente espectáculo de la piedra socavada por el proceso de erosión al que le sometieron las aguas del Guadalhorce durante milenios.
Historia, leyenda y tragedia se dan la mano en la visión de los Gaitanes, y el “Caminito del Rey” que, por supuesto, no deja indiferente a nadie, aparte de aguijonear su imaginación. Habla la historia de un camino de la central hidroeléctrica afincada en sus inmediaciones ( embalse de Guadalteba y Conde de Gualdalhorce ) y construido empleándose la madera y el metal. La leyenda nos retrotrae a que fue construido con el fin de que el Rey Alfonso XIII visitara las obras hidráulicas citadas.
Pero volviendo la vista mucho más atrás nos encontramos con que desde antiquísimos tiempos los alrededores del Desfiladero de los Gaitanes fue lugar propicio por lo inexpugnable de la roca viva y lo recóndito de los taludes para que proscritos y huidos de la justicia sentases sus reales, y débiles y con pocos medios, derrotar a las huestes de enemigos más poderosos. Es el caso del gran Omar Ben Hafsun (cuyo nacimiento se sitúa en la vecina Parauta), quien a mediados del siglo IX, al frente de los muladíes – descendientes de los cristianos que habitaban la región antes de la invasión árabe -, se rebeló contra la aristocracia cordobesa fundando un reino que abarcaba gran parte de la Andalucía oriental y que resistió las acometidas violentas de tres generaciones de emires cordobeses.
Huellas de estos conflictos armados se encuentran al sur del desfiladero: Las Mesas de Villaverde de Bobastro, una ciudad mozárabe fortificada que, rebelde, se levantó en armas contra el poder del Califato de Córdoba, hasta que al final fue derrotados por Abd al-Rahman III, en las primicias del siglo X. Vestigios de este reino efímero muladí son las ruinas de la ermita de Bobastro cuya planta original debió, según las huellas existentes, bosquejar una planta basilical de tres naves con crucero en la cabecera y arcadas labradas en la roca. Posiblemente allí debió implorar clemencia a Dios Ibn Hafsun, después de abrazar la región cristiana y u
El “Caminito del Rey”, en fin, tampoco escapó, en los tiempos modernos, a que sobre él proliferaran páginas desdichadas. La muda atracción de tan espectacular Paraje Natural, reconocido como tal por las autoridades autonómicas, emporio de las grajillas y el buitre leonado, solar de adelfas, sauces y lentiscos, ha venido cobrándose tributos de vida humanas a lo largo de la historia. No se aconseja, hay que reiterarlo, aventurarse por el paraje, sin un exacto conocimiento de la situación, no solo del “Caminito”, sino también del estado del curso de las aguas en su base. La Naturaleza, ajena a la admiración que provoca y a las emociones que prodiga, no siempre corresponde agradecidamente.