¿Qué hacemos con los abuelos?
Lo dieron todo, incluso la vida, que ahora se les escapa a borbotones. Buena parte de ellos obtuvieron bien poco a cambio, los más nada. Renquean de cuerpo y alma y el abandono – “la soledad es el signo más evidente de la vejez” – les pesa como una losa de la que ya no pueden desasirse. Si se paran a considerar su situación lo que se les encoge es el corazón.
Hace unos meses, miles de estos ancianos ( muchos de la provincia de Málaga) que arrastran a duras penas su humanidad, las más de las veces deforme, recibieron una misiva procedente dela Consejeríade Asuntos Sociales en la que se les comunicaba que si se deseaban que su antigua solicitud de una plaza en las pocas residencias que moteanla Comunidadse siga tomando en cuanta tendrán que volver a reiniciar el proceso manifestando de nuevo sus intenciones y anhelos. O su renuncia. Si mantienen o no sus propósitos, o sea.
Y todo es porque hay muchos ancianos y muy pocas residencias. Esta si que es una asignatura pendiente dela Administraciónpor no decir una muestra fehaciente de su dejadez en asuntos que deberían gozar de absoluta prioridad y resolverse con máxima premura.
Alrededor de dos años han de esperar nuestros mayores necesitados del calor del último de sus hogares en su paso por este mundo para que pueda conseguirlo. Para algunos, obviamente, el aviso de que pueden ingresar en una residencia auspiciada porla Juntallega demasiado tarde: ya partió para otra morada, la eterna y definitiva. Con lo que la lista de espera se aligera de la manera más natural. A lo peor es lo que se pretende y así no hay necesidad de ampliaciones. ¿Van a sonrojarse nuestros políticos por esta eventualidad? Seguro que no. Que los pétreos rostros ya se muestran incólumes a dimes y diretes.
Anselmo no sabe ya cuantos años más de los80 hacumplido –“ya he perdido la cuenta, que más da” – pero tan provecta edad no es óbice para que una eterna sonrisa aflore siempre a sus facciones cuando uno le interpela por cualquier cuestión. Una sonrisa que muchas veces no pasa de triste mueca por mor de lo apergaminado de su faz y la boca desdentada. Habita en la planta baja del edificio y todos los residentes le muestran afecto, incluidos los niños.
Allí lo depositaron sus familiares más cercanos años atrás, “está muy bien, puede valerse por sí solo y no quiere depender de nadie”, dijeron, sin que nadie les preguntara; tal vez tratando de auto exculparse y de apaciguar los cosquilleos de la conciencia, esa que siempre se erige como un tribunal que jamás perdona.
Hoy, al salir, Anselmo me esperaba en la entrada veladamente compungido. Me ha tendido una carta pidiéndome que le aclarara el contenido, “no acabo de entenderla”,susurra. La misiva es la que aludía al principio y me apresuro a dejar claro el comunicado a mi amigo, lo que éste interpreta como algo farragoso e improcedente: “¿Que tengo que volver a solicitar plaza? ¿ Es que creen que ya me he muerto? ¿ Y ahora a contar otra vez los días de espera para que me admitan? No sé, no sé…” Dubitativo y apesadumbrado volvió a encerrarse en su vivienda sin dejar de mascullar interrogantes.
Vergüenza ajena, entre otros sentimientos para expresar con mayor acrimonia, es lo que uno experimenta contra esta decisión del ente autónomo. Hay miles de anselmos desperdigados enla Comunidadque barruntaron un mejor pasar los últimos días de una azarosa existencia (todas las existencias son azarosas, unas más y otras menos, no importa cómo y dónde estas transcurran, la “levedad del ser” que dijo Kundera, expuesto a todos los avatares) en donde, ya digo, encontrar la comida en la mesa, la cama hecha y los menos sinsabores posibles compartiendo con otros la misma situación o desgracia.
Caminamos indefectiblemente hacia una sociedad envejecida, lo deja traducir las estadísticas que hablan de un progresivo aumento de las esperanzas de vida y por ende de una más avanzada edad para que nos dispongamos a atravesar la tenebrosa laguna Estigia. El gobierno central y los que mandan en otras áreas se encuentran con más ancianos de los que pueden atender con la dignidad requerida, que es ésta una mínima requisitoria a la que no se puede, por justicia, renunciar. Pagas y residencias. Una trágala..
Se pregunta uno porqué a ningún político se le habrá ocurrido propiciar otro capaz de encarrilar los problemas de los mayores y solventar sus múltiples necesidades incluida la de una residencia cuando el círculo familiar les resulte refractario. Pero el `colectivo,´como se dice ahora, tiene poca voz, para qué engañarnos. Y a todo lo que más se llega es a engatusarle con falsas promesas a la hora de pedirles el voto que luego se diluyen como el agua entre los dedos. La historia de siempre. Lamentable.