En la visita de Rajoy al Senado días atrás los periodistas que le esperaban a las puertas del Senado se quedaron sin respuesta a las múltiples preguntas que habían preparado para espetarle.
El presidente del Gobierno los burló a todos saliendo por la puerta de los garajes del edificio. Su huidiza actitud no parece que compagine con sus alocuciones primeras, cuando acariciaba el poder, y en las que afirmaba que nunca huiría de dar explicaciones, abominar de las mentiras y decir siempre la verdad. Ver para creer.
No esperábamos que quien prometió dar la cara, por mi peliagudo que fuesen los asuntos que podrían requerir su presencia y aclarar su postura buscara la evasiva para dejar con un palmo de narices a quienes trataban de sonsacarle lo que, por otra parte, la ciudadanía tiene a derecho a saber.
Más allá del foro de Génova pensamos que el presidente no debería rehuir el contacto con el pueblo el cual lo propician las ruedas de prensa sin límites de interpelaciones, o el Congreso o en las televisiones en horas que garanticen la máxima audiencia.
La falta de comunicación del Partido Popular está resultando un lastre para acrisolar la confianza de los que en su día les votaron en masa. Lo mismo ocurre con las contradicciones en las que caen los ministros del Gobierno, enmendándose la plana unos a otros todos los días.