Parece causar consternación que la tenebrosa situación por la que atravesamos dé paso a una conmoción social.
Corrupciones políticas, derroches improcedentes, permanencia de instituciones administrativas que gastaron sin miramientos y que desean seguir bajo la misma tónica sin el menor reparo… Millones de personas en paro (ya casi rondando los seis millones; el paro juvenil sobre el 50%), hambre admitida y encubierta, familias vergonzantes que tienen que acudir a Cáritas, a los comedores gratuitos o a los contenedores de basura para subsistir…
Un Gobierno que pese a sus buenas intenciones para sacarnos del impasse torvo que nos encontramos parece no encontrar la fórmula eficaz para hacernos salir del atasco. Ese es el sentir de muchos: no se vislumbra la luz al final del túnel.
Con todo esto, sorprende que el estallido social no se produzca; porque el curso de los acontecimientos así lo hace prever.
Paulo Freire (1921-1997) fue uno de los mayores y más significativos pedagogos del siglo XX. Y de él tomo esta cita: “Lo que pretende una auténtica revolución es transformar la realidad de un estado de cosas que se caracteriza por mantener a los hombres en una condición deshumanizante”.
¿No estaremos en esa tesitura y abocados a una conmoción tan inquietante como no deseable?