Las cachicuernas se están mostrando como compañeras inseparables de un buen número de malagueños que recurren a ellas para resolver sus entuertos.
En lo que va de año, según fuentes fidedignas, como se suele decir, hasta treinta y cuatro embates se han contabilizado, cuatro en los pocos días que llevamos de junio. Todo un macabro récord que trae de cabeza a cuantos tienen que habérselas con este tipo de agresiones – agentes de policía y sanitarios – que no encuentran una explicación sencilla al hecho.
¿Tendrá que ver este furor desatado y la recurrencia al arma blanca para dirimir encontronazos entre la población, sobre toda en la más joven, esta malhadada crisis que nos saca de quicio?
Sin expectativas laborales y sin permanencia en centros educativos por las más variadas razones, a los que se podrían añadir enquistados problemas familiares en los que la supervivencia diaria se hace imposible, no sería descabellado pensar que formen el caldo de cultivo idóneo para que esta agresividad latente acabe por estallar. Otra secuela de esta calamitosa situación que nos ha tocado vivir, me temo.