4.000 millones de colillas
Los operarios encargados de la limpieza de las playas no salen de su asombro. Tampoco los que no hemos enterado por el estudio llevado a cabo por La Politécnica de Barcelona. Y es para infundir alarma: 4.000 millones de colillas, colilla más, colilla menos, son las que se recogen al cabo de año en España, particularmente en las playas. Márgenes aparentemente limpias, bien cuidadas, como no podía ser de otro modo si de los que la escogen para su disfrute veraniego comen tantas familias. Su óptima condición para el baño lo atestigua la bandera azul y europea que es marca inequívoca de idoneidad y que ondea cada año bien desplegada sobre agua y arenas en buena parte de las poblaciones costeras.
Pero estas arenas, “antesala árida del inmenso piélago próximo”, no están todo lo limpia que debieran: esconden infinidad de residuos que casi siempre escapan a simple vista, pero que los que tienen obligación de recogerlos día a día lo consiguen recurriendo al salabardo. Millones de colillas enterradas cada semana, pesca mugrienta y cenachos de capturas nauseabundas. También en Málaga, donde el Consistorio quiere poner pies e pared en esta desagradable cuestión.
El gesto. Del gesto del fumador playero, repetido decenas de veces al día, se desprenden la inmensa masa de vestigios malolientes que la púdica arena oculta entre sus gránulos más o menos dorados. Displicentemente arrellanado en la hamaca exhala volutas de humo a placer, lee el diario, charla con la parienta o grita a los niños despendolados – ¿se habrá hecho un estudio psicológico serio de los comportamientos humanos en las playas? Seguro que arrojaría resultados tan extensos como insospechados; pero esa es otra cuestión -, decía que fuma, lee, conversa o chilla durante todo el día. A la hora de apagar el cigarrillo lo hace hundiéndolo en la arena, sin más. Ahí queda. ¿Que habría que moverse un poco y depositar la colilla, después de apagarla, en la papelera que está a dos pasos? ¿Pero que clase de descanso y vacaciones son estas?. En veinte días no hay imposiciones que valgan, qué coño.
Lo peor de todo es que este inmenso número de colillas de colilla dicen muy poco a nuestro favor por parte de quienes nos visitan en esta caliginosa estación. Hagan ustedes las cuentas y saquen conclusiones del grado de contaminación a que a diario sometemos a nuestras playas durante el `largo y cálido verano`, que dijo el cineasta. Como casi siempre, somos los propios ciudadanos de a pie los que ponemos nuestro granito de arena – nunca mejor empleada la expresión – para que la polución no cese. Los mismos que clamamos contra el desafuero de que grandes industrias atenten impunemente contra la salubridad del aire que respiramos o el agua que bebemos, o la nata que emponzoña las aguas, ponemos el grito en el cielo porque no se frene la tala de bosques en cualquier ámbito ni la extinción de una fauna cada vez más decadente, o se dé la espalda descaradamente al protocolo de Kyoto u otros foros de compromiso que le siguieron en defensa de la destrucción de la atmósfera reinante.
Para Ortega y Gasset, “las playas son los lugares femeninos de las costas, como los promontorios simbolizan su masculinidad”. Siquiera sea por no mancillar el honor de tan honestas damas ni deslucir su hermosa apariencia arrojemos las colillas en donde se debe hacer y no en los entresijos de su indumentaria.