España vive los peores momentos de la historia reciente. No hace falta acudir a los medios de comunicación porque es algo que se ve y palpa en la calle.
Ahorro a los lectores la retahíla de circunstancias que han sumido al país en la desgracia. De las comunidades autonómicas y las diputaciones de las que se despotrica a cada momento a los políticos que viven sus horas más bajas hasta la banca que parece ser depositaria de toda la inquina de una población que ha perdido la confianza en las instituciones de las que no espera sino nuevos y más desastrosos desbarajustes. Sus razones tendrán.
Si sirve de alivio – mal de muchos, consuelo de tontos, que dice nuestro agresivo refranero andaluz – vemos ahora que la caída de la economía se ha generalizado en Europa en el segundo trimestre del año.
Salvo Alemania y Holanda, el resto muestra una decadencia imparable y los bigotes de la recesión asoman, sin que haya nadie capaz de desmocharlos. Y en este marasmo, se entienda o no de economía o de finanzas, nos preguntamos por el papel que juega en todo esto el Banco Central Europeo y su obstinación por no actuar.
Por lo pronto, asombra su impasibilidad y flema y su sometimiento a las órdenes de Alemania. Mario Draghi acata sin rechistar las ódenes de frau Merkel.
En el BCA cifra sus esperanzas España, pero la entidad hace oídos sordos. La deuda seguirá asfixiándonos porque nunca existió un pacto fiscal coherente.La UniónEuropea cojea visiblemente.
JOSÉ BEC ERRA