Las mujeres de Togo, república asentada en la parte occidental de África, han ideado una acción conjunta para derrocar al presidente del país, el heredero de la estirpe Gnassingbé, la cual lleva gobernando el país después de 45 años.
Nada de algaradas ni protestas callejeras sonoras, al uso occidental. Han optado por el silencio, pero eso sí recurriendo a un procedimiento que se nos antoja infalible para conseguir sus objetivos: echar al marido de la cama marital o impedir – medios físicos tienen para ello – el tributo que como casadas deben a su cónyuge.
Quieren estas féminas, renunciado al débito conyugal, que sus parejas muestren más decisión para derrocar al régimen en vigor. Esta guerra de sexo, que no es nueva, suele culminar con un éxito político, como se ha comprobado en otros puntos del Globo. Ni “ sábado, sabadete…”, que decimos por estos pagos malagueños, ni ninguna otra incitación carnal: las mujeres africanas parece que se muestran impertérritas.
Lástima que no sigan el ejemplo las consortes de nuestro país. A buen seguro que, sin derrocar a nadie, pero sí para cambiar nuestra situación, con la abstinencia prolongada, los políticos y la política que tanta desconfianza nos inspiran cambiarían de derroteros obligados por la terca obstinación de sus mujeres a no ceder a sus requerimientos amorosos.