La expresión nos viene de la Italia renacentista pero se acuñó en el resto del mundo para reflejar un estado de ánimo sereno, lejos de preocupaciones cotidianas y amarguras de las que la vida se encarga de proporcionarnos sin tasa, ahora más que otras veces a causa de esta malhadada crisis que a todos nos oprime y subleva.
Es el verano la estación ideal para practicar, olvidándonos de sinsabores, de “el dulce no hacer nada”, o también menos solapadamente de la “refinada holgazanería”, que no otra cosa quiere decir el encabezamiento de estas torpes líneas.
Cada uno disfruta a su manera de estos momentos de bienestar que nos pide el cuerpo después de las fatigas de ganarse el pan de cada día, porque desde luego no puede ser dulce el no hacer nada de esos ya va para 6 millones de parados que ansían un trabajo.
Por esta última circunstancia pergeño estas líneas con cierto remordimiento; puede parecer un escarnio para los que se ven obligados y no por placer a permaneces inactivos. Sin embargo, permítanme que pondere estos ratos que como jubilado me son permitidos.
Atardecer enla Caladel Moral. Se repliega el verano y el otoño se vislumbra cercano. El sol se pone en lontananza y viste de tintos cárdenos el cielo que hasta ahora ha lucido un espléndido color añil. Ni calor ni frío.
Los espeteros preparan las últimas sardinas, “plata uy fuego”, en el último mes del estío. Gente variopinta se asoma al paseo Blas Infante para aprovechar las últimas claridades del día. Mi “ dolce far niente” consiste en disfrutar en un banco del paseo y mirar. Otros prefieren para este momento un daykyri frío o paladear un “gin tonic” entre amigos.
Yo me conformo con escuchar las notas de alguna música tenue y sensitiva en mi transistor. Ahora mismo suena el ´Claro de Luna´ de Debussy, una suave suite que casi me adormece. No se puede pedir más.
Foto/ Agenda diario SUR
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