Un tendero de pueblo
In memoriam
Cada vez que el recuerdo de mi padre me viene a la mente dos cualidades personales de su trayectoria vital lo acompañan. Una es la de la honradez, otra, la del trato amigable que siempre prodigaba a quienes se le acercaban en busca de alguno de los mil artículos que en su tienda de pueblo podía ofrecer.
Ejerció otros oficios, como el de contable en la primera gran fábrica de embutidos que se levantó en Benaoján. Era la de Manuel Carrasco, mitad hacendado, mitad cacique que labró la impronta de una industria que años después, continuada por otros empresarios con visión de futuro, se abrió paso con ímpetu en los mercados de Andalucía y hasta en los del extranjero, concediéndole una nombradía al pueblo que aún perdura. Mi padre estuvo al lado de este pionero industrial durante los a.ños del despegue.
Tengo para mí que mi padre, Francisco Becerra, fue uno de los primeros mecanógrafos del pueblo (¡aquella vieja Underworld suya que yo aprendí a teclear con poquísimos años!), algo que no le impedía poseer una extraña habilidad: La de escribir a mano con una caligrafía envidiable. Tanto de una forma o de otra lograba hilvanar correctos escritos, ya propios de un oficinista, ya de índole descriptiva. Con mis pocos años me entusiasmaban, y que de alguna manera sembraron en mí la afición por escribir (aparte de imbuirme la costumbre de leer el periódico, primero el ABC de Madrid, que llegaba con un día de retraso, luego el SUR, que siempre vi en el hogar), cosa que siempre tendré que agradecerle.
En los anaqueles de la tienda de Becerra se exhibía todo lo que en un pueblo podía ser necesario: alpargatas, hilos, hoces, palustres y azadas, mosto de los viñedos del lugar y vinos de los campos de Moriles o Criptana, aceite de los molinos del municipio, avíos para la matanza casera de cerdos, parches sor Virginia para los dolores musculares, pastillas Valda para la tos, enciclopedias Álvarez y libretas para los alumnos del Grupo Escolar, postales, agujas para tricotar, naipes, boinas y sombreros de palma Todo eso y hasta adornos policromados para los ataúdes o juguetería y golosinas para los más pequeños. Un abigarrado muestrario de objetos precisos para una vecindad sencilla y sin grandes aspiraciones personales o laborales, ineludibles para el vivir de cada día.
No tenía horario de trabajo. Desde la más temprana hora hasta bien avanzada la noche, lloviera o venteara, hiciese frío o calor, siempre detrás del mostrador, sin un mal gesto ni un comportamiento desabrido. Tengo que decir que jamás le vi en la barra de un bar o con un cigarrillo en la boca. Esto no ni tiene por qué tener importancia necesariamente, pero para mí era un corolario o una prueba irrebatible más del conjunto de cualidades y sanas costumbres que adornaban a su persona.
Se cumplen ahora años de su muerte. Un fatídico tumor se enroscó en el páncreas y acabó con su vida. Pero aún en el lecho del dolor dio pruebas de su resignación cristiana y bonhomía, más atento a los desvelos que ocasionaba a quienes le cuidábamos que a su propia enfermedad. Aceptó su situación con la tranquilidad de una verdad que muchas veces le escuché de sus labios: “Aquí, en esta vida estamos de paso, una corta parada en la estación de la eternidad a la que nos debemos. Importa que en esta breve estancia nos comportemos bien para que el final no nos infunda en el menor miedo”. Hasta me recitaba los versos manriqueños: “La vida es un río que da al mar, que es el morir…”.
Porque mi padre, a su manera era un poco filósofo, y estaba imbuido de la sabiduría popular que es connatural a los hombres humildes y sencillos de los pueblos serranos apegados al terruño y conservadores de oficios antiguos y manifestaciones sociológicas ancestrales. Un ejemplo fiel a seguir.
Foto: Callejón de la tienda de Becerra /infoserranía
Categoría : serranía. Superior