Además de sus compañeros de redacción que recuerdan ahora a Manolo Becerra, también hay quien lo echa en falta lejos de los teletipos y de todo lo que conlleva el ajetreo de sacar cada día un periódico a la calle.
No cabe duda de que este periodista de pura cepa dejó un vacío en SUR, pero también en los que de alguna manera gozamos con su amistad. Manolo, además de amar el deporte y especializarse en comentar las incidencias del rugby – atrás quedaron sus acertadas crónicas sobre carreteras, vías urbanas y puesta en marcha de las políticas de Fomento tanto del ministerio correspondiente como dela Juntaen la ciudad y sus accesos – también lo practicaba con entusiasmo. Cuando hacía las funciones de corresponsal del diario en la comarca de Ronda, siempre muy gentilmente me enviaba por correo todo lo que podía interesarme para desarrollar mi trabajo.
Verle haciendo footing por el paseo marítimo de Blas Infante deLa Caladel Moral era una imagen habitual para los que, con paso más lento, lo pisábamos con asiduidad.
No siempre, pero con mucha frecuencia detenía a su marcha atlética y tomaba asiento en el mismo banco en el que yo cada tarde me ensimismaba mirando la playa, ya inquieta ya serena, conversábamos distendidamente.
Hablábamos de lo divino y lo humano y a veces, cuando el silencio se imponía, le invitaba a oír buena música, que es lo que hago gozando de las tardes placenteras próximas ya a las puestas de sol, que por aquí son grandiosas; le dejaba uno de los auriculares de mi transistor y allá que oímos al unísono una sinfonía de Mozart o una fantasía de Schubert, aunque el confesaba su admiración por músicos españoles: Falla, Albéniz o Turina a los que yo tampoco despreciaba, ni mucho menos.
En cierta ocasión, hablamos sobre los orígenes de nuestro apellido. Coincidíamos en que ambos habíamos hecho indagaciones sobre el que compartíamos. Resultaba que el escudo de los Becerra se recogía en la heráldica española con un dibujo que nos desanimó mucho en cuanto a las ideas preconcebidas que podíamos tener en cuanto a nuestra ascendencia más o menos histórica. Nuestro escudo era de lo más bucólico: sobre un campo de verde intenso, dos becerras apacentadas. Ausencia de castillos, torres o columnas. El descubrimiento nos divirtió a ambos.
Se cumplió un año de su definitiva ausencia. Alguna vez, en el paseo marítimo, echó en falta sus carreras pedestres. Pienso que ahora corre en sendas de azul y estrellas. Hasta siempre, amigo.
Foto. SUR