
En la gran depresión de 1929 (el Crack de ese año), de alcance mundial, que culminó con el hundimiento dela Bolsaneoyorkina, repercutiendo tan gravemente en la economía norteamericana (y, a renglón seguido, en la europea, expandiéndose el paro que se convirtió en angustia nacional), imágenes tan dramáticas como históricas sobrecogieron al mundo.
Fueron las de los brokers, los corredores bursátiles, y los potentados que perdieron sus caudales en el desastre bursátil, y que arruinados se arrojaban al vacío desde las ventanas de sus despachos (`viernes negro´ en Wall Street,la Bolsaperdió 45 puntos).
Fáciles créditos bancarios a las empresas se pusieron en el punto de mira a la hora de juzgar tan terribles consecuencias. En la crisis que nos solivianta en España se podían encontrar algunos paralelismos.
En la nuestra, empero, quienes se ven abocados al suicidio son las clases medias o bajas embarcados en hipotecas que se les concedieron alegremente, sin que ningún organismo supervisor (como, por ejemplo, el Banco de España) pusiera coto a tamaño desmán. Tampoco lo hicieron los políticos de cualquier signo atentos, como siempre, a su afianzamiento en el poder.
Ahora, con los muertos sobre la mesa, quieren hacerlo. Más les vale. Si quieren recuperar parte de la confianza perdida (a borbotones) se han de hacer valer para conseguir moratorias, alquileres sociales, o dación en pago para que cesen desahucios y suicidios, y peleen por el derecho a una vivienda digna y adecuada comola Constituciónque nos dimos (art.14) consagra.
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