Se preguntaba Rajoy al cumplirse su primer año de mandato que cómo irían las cosas si no se hubieran acometido las reformas y cambios que su Gobierno ha llevado a cabo.
Está afirmando hasta la saciedad que a ningún gobernante le agrada obrar como él ha venido haciendo, la cual ha hecho gemir a la clase trabajadora, a los pensionistas y a los profesionales dela Sanidadyla Educación, al funcionariado, a los jóvenes que vienen
dando palos de ciego para encontrar su primer trabajo, entre otros españolitos de a pie que han visto mermar sus estipendios cuando no han tenido que sucumbir en el negro erial del desempleo, con pocas o nulas esperanzas de un futuro mejor, por lo menos en muchos años.
No acaban de consolarnos sus afirmaciones ni su recurrencia a la herencia recibida, que fue desastrosa producto de un Gobierno nefasto, hay que reconocerlo, pero que ya hace un año que pusieron pies en polvorosa. Es ya hora de que haga rasero del pasado y tenga otras perspectivas para mejorar la situación extrema en que muchos viven.
Habría que decirle al actual presidente del Gobierno, que no dudamos de sus buenas intenciones y no negamos su empeño de reformar lo que él cree perentorio transmutar. Pero también que admitiendo la necesidad de las reformas tendría que saber que no son justas.
Lo serían si hubiese emperezado en hacerlas en casa, a saber, en las instituciones públicas: Menos coches oficiales y aviones Falcon de lujo; supresión del Senado, que de nada nos sirve, cuando el poder legislativo reside en el Congreso. ¿ Y qué decir de las comunidades autónomas y los ayuntamientos? La sangría dineraria que ocasionan se podía cortar reduciendo su número y acabando con tanta mamandurria desatinada. Un disparate que lacera y exacerba el ánimo de los millones de parados y de familias al borde del abismo de la penuria y la desesperación.