El gran empeño de Rajoy en el primer año en que se estrenó en el poder fue cuadrar las cuentas. La desviación del objetivo de déficit público fue su bête noire, que dicen los galos, a saber, el sombrío desequilibrio que amenazaba al nuevo Gobierno de dar al traste con su trayectoria a lo largo del año pasado, que ya es historia.
Había que bajarlo a toda costa y para ello se arrinconaron la mayor parte de sus promesas electorales. No dudó en freírnos a impuestos y a recortar en donde fuese sin el menor comedimiento: mandaba Bruselas y Merkel y tocaba obedecer aunque las vigías de la nave del Estado crujieran.
Sin embargo, si consideramos los recortes llevados a cabo, existen a elementos que permanecen incólumes, porque la tijera de podar los ha respetado. Nos referimos a los asesores llamados “de confianza”, que aunque ya no llegan al disparatado número que pululan enla Moncloaen torno al anterior presidente, siguen subsistiendo en los ministerios de ahora, los cuales han hecho caso omiso de las tajaduras impuestas porla Presidencia.
Se mermó drásticamente el número de funcionarios y empleados públicos pero estos testigos de “libre designación” consiguen capear el temporal atrincherándose impunemente en los cargos.