Por muy poco patriotero que seamos convendrán conmigo en que la corrupción que agita algunos de los estamentos públicos no dejan de producir sonrojo. Los que ya peinamos penas y más de una arruga vino a surcar nos la frente nos causó vergüenza ajena los tejemanejes de los GAL, Roldán, el hermanísimo de Alfonso Guerra y el asunto oscuro de los fondos reservados.
Desde entonces hasta aquí ha llovido mucho, yo diría que lo ha hecho torrencialmente y con rayos y truenos. La lista de las corruptelas, nepotismos, acciones fraudulentas salpica a los dos partidos principales, engolfados en el “tú también” cuando en el “tú más” son tantas y tan papables y sangrantes que le ahorro el lector la lista porque seguro que ella ya se perfila en su mente, a fuerza de asaltarle a la sesera en toldos lo medios de comunicación habidos y por haber. ¿Para qué insistir?
¿Se puede sentir vergüenza del propio país? ¿Es posible que se nos sonrojemos cuando alguien allende frontera hable sobre las tropelías que se vienen cometiendo en España? Pues a eso vamos, a no tener respuesta plausible cuando se nos habla del desaguisado en que se encuentra y farfullemos argumentos con los que rebatir tales afirmaciones, porque no hallamos ninguna razón clara y convincente que venga a contrarrestarlas.
Los políticos tendrán que ponerse de acuerdo y articular soluciones ante una situación lamentable que presenta todos los visos de hundirnos cada vez más en un sombrío y tétrico pozo del que nos va a costar para salir, parafraseando a Winston Churchill, “sangre, sudor y lágrimas”.
Alguien de la Serranía de Ronda, contundente él y sin pelos en la lengua, solía decir que “la política tiene mucho de cebadero, salen unos engordados para que entren otros a engordar”. Muy descriptiva la agudeza, aunque haya que considerar que mi paisano exageraba. No todos los políticos son iguales, que los hay honrados y fieles cumplidores de su deber y no entran a saco para llenar su bolsillo. Pero cada día que pasa se nos hace más cuestas arriba aceptar esta certeza a tenor de los resultados de las encuestas que se hacen periódicamente a los españolitos de a pie.