Desde el monte Gurugú se domina casi a vista de pájaro la ciudad de Melilla. Desde sus faldas y a medida que se asciende por el otero observamos cómo la población se desparrama en los aledaños del mar Mediterráneo y se hacen visibles en la lejanía sus edificios de mayor relieve. Paseando por sus calles nos gana la percepción de una población animada por la belleza de su entorno, la peculiaridad de su emplazamiento y la notoriedad de su historia, confirmada ésta por la abundancia monumentos debidos a la mano del hombre. Fue escenario en el siglo XX enfrentamientos entre los ejércitos españoles y los rebeldes sublevados rifeños de Abd el-Krim: se escribieron entonces páginas sangrientas para el recuerdo.
Ahora, en nuestros días, el Gurugú, en sus laderas atormentadas por la orografía tienen cabida otros relatos no menos crueles: allí esperan como bestias agazapadas, acosadas por el hambre y la desesperación los inmigrantes que esperan el momento propicio para dar el peligroso salto hacia la península. Y lo de salto arriesgado no es un énfasis expresivo sino una realidad candente.
Cuchilla, concertinas, para suavizar el vocablo, pero que nada tienen que ver con el instrumento musical del mismo nombre. Son las que se han instalados en las vallas que separan Marruecos de España para “disuadir”, se dice, a los subsaharianos de que no intenten el paso ilegal (¿ilegal?) a la que para ellos es poco menos que la tierra prometida. Y lo intentarán, qué duda cabe, que la penuria atosiga y el deseo de otra vida mejor no les arredrará.
Hay un sacerdote, Ángel García (no hay un nombre más apropiado para la misión que él mismo se ha impuesto), fundador y presidente de la ONG Mensajeros de la Paz, que ha visitado in situ la valla siniestra y no ha dudado en calificar la instalación de las lengüetas asesinas como “una vergüenza”. Es la misma calificación que le mereció al Papa Francisco la muerte de centenares de emigrantes en Lampedusa.
El Gobierno español, por su parte, se muestra renuente por lo pronto a prescindir de ese valladar que destroza brazos y entrañas. Un claro atropello de derechos humanos ya formulados por Naciones Unidas a través de las oficinas del Alto Comisionado:“sin distinción de nacionalidad, residencia, sexo u origen étnico”. A ver si se enteran que tienen que abstenerse de tomar medidas en contra de estos derechos universales e inalienables.
Foto diario SUR