Se llegó a un acuerdo generalizado y tácito por parte de los medios de comunicación, sobre todo de las televisiones, de ocultar las horribles escenas ocasionadas por el criminal atentado que acabó con la vida de 192 personas y millares de heridos en las cercanías de la madrileña estación de Atocha. Se convino en no recurrir a las imágenes de los trenes despanzurrados por las bombas asesinas por no ocasionar un dolor añadido a las familias de los que sucumbieron en tan atroz felonía así como a los que padecieron daños tantos físicos como psíquicos, pero que prosiguieron su vida.
Pero ha llegado el décimo aniversario de la gran tragedia del 11-M que supuso un antes y un después en la marcha de los acontecimientos de todo tipo en España, hay que recordarlo, y parece como que se olvidó el compromiso contraído con las víctimas: de nuevo las imágenes de los lamentables hechos inundan las pantallas de los televisores y los trenes siniestrados vuelven a aparecer para la angustia de quienes sufrieron la pérdida de sus seres queridos o el horror de las deformaciones provocadas por las heridas en cuerpos y almas de los que subsistieron al desastre.
Se ha homenajeado a las víctimas y eso nos parece muy bien. Se han entregado medallas y los políticos se han deshechos en reconocimientos. Es lo que se esperaba. De estas conmemoraciones oficiales se han hecho ecos los medios, también de las opiniones encontradas sobre la sentencia que condenó a los culpables: unos la consideran justa y acabada y otra obscura e incompleta ya que los autores intelectuales de la masacre están por determinar.
De lo que sí hay unanimidad, sobre todo en la gente de calle, es en que esas horribles instantáneas de los trenes reventados se podían haber ahorrados y no restregarlas una y otra vez por los ojos de quienes la padecieron en sus carnes.