No tengo más remedio que contemplarla cada mañana si quiero asomarme desde mi terraza a la quietud o al revoltijo de “ espumeantes olas”, que dijo refiriéndose al mar inquieto el maestro de periodistas y poeta Manuel Alcántara, afincado a medio kilómetro escaso de mi vivienda (“Manuel, junto a la mar, desatendido: yo era un niño jugando a la alegría”), dice en un par de redondos endecasílabos. Recuerdo los versos y contemplo la torreta.
Miro al piélago con placidez y diviso con terror mal disimulado a la torreta de telefonía móvil instalada en dirección recta en la cúspide del edificio en el que habito va ya por muchos años. Por un lado lo plácido de la Naturaleza; por otro, la amenaza de las conquistas del progreso y la tecnología. Vida y muerte, si se quiere enjuiciar la situación yendo al grano de la cuestión y obviando recovecos y componendas.
No hay que ser docto en la materia de la electrónica para percatarnos de que tener a dos pasos antenas de telefonía móvil puede acarrear a la larga serios problemas de salud, entre ellos el temible cáncer, a quienes se ven obligados a soportar su proximidad como resultado de una vecindad mal informada que vendió por un plato de lentejas el derecho a que la colocaran en nefasto día sobre su cabeza lo que tiene todas las trazas de ser una bomba con efectos retardados. Para todo el que la quiera ver no tiene más que levantar la vista sobre las terrazas del edificio que en su día construyera la antigua Caja de Ronda, Avda, Manuel Altolaguirre para más señas. Su influencia perniciosa abarca a los edificios colindantes, algo que tendría que saberse.
A los que han hecho ver a la directiva de la empresa adjudicataria el peligro inminente se la contesta con displicencia que si la eliminan de allí siempre podrán instalarla en el edificio de enfrente, con lo que las radiaciones seguirían existiendo. Pues, señores míos, llévensela ustedes a las alturas de los montes próximos, allí donde su presencia sea inocua para el común de los vecinos de La Cala, y no jueguen impunemente con la salud de todos como una amenaza que se nos impuso cuando se ignoraban los peligros inherentes, y como dice uno de mis convecinos: “ Por cuatro duros a cambio”.
Existen infinidad de documentos que afirman el peligro inminente que encierra soportar durante años la presencia cercana de una de estas torres fatídicas. Muchas aseveraciones fehacientes del riesgo inmanente y ni una que refrende lo contrario. Por algo será.
Y ahora, para colmo de una contingencia que alarma a la población circundante, va el Ministerio de Industria y se descuelga doblegándose a la posibilidad de que las operadoras de telefonía móvil puedan optar a isntalar antenas de manera forzosa en azoteas de edificios sin ningún tipo de cortapisas. O sea, quellueve sobre mojado para quienes y tenemos que soportar tamaña imposición.